1. En el mundo
diálogo con el otro

En la ciudad de Alejandría (Egipto), hace ya 1800 años, un cristiano anónimo escribía a su amigo Diogneto una hermosa carta describiendo la vida del cristiano de aquellos primeros siglos de cristianismo.

Su carta empezaba así: "Los cristianos no se distinguen de las demás personas ni por el lugar donde viven, ni por su lenguaje, ni por la forma de vestir. No viven en ciudades que les sean propias, ni se sirven de ninguna jerga especial; su género de vida no tiene nada de singular...

Se conforman a las costumbres locales en cuestión de vestidos, alimentación y manera de vivir, al mismo tiempo que manifiestan las leyes extraordinarias y realmente paradójicas de su república espiritual".

Como cristiano del tercer milenio tú puedes recuperar algunos rasgos característicos de los primeros cristianos. Tú eres una persona común, que vive en el mundo sin ser del mundo.

Esto quiere decir que tu vida se conforma a las costumbres del tiempo y del lugar, sin destacarte por ninguna cosa excéntrica o especial.

Sin embargo, tienes una regla interior que te da una libertad plena, tienes normas de vida que te hacen extraordinariamente libre y sereno frente a la masificación de la sociedad actual. Por estar plenamente encarnado en la sociedad, pero al mismo tiempo desprendido de ella, vives una seguridad y una paz que te hace una persona feliz.

 

En el mundo de la mano del Padre

Tu gozo profundo se funda en una certeza interior que nadie puede perturbar. Como Cristo, tu Maestro, sigues el camino de tu vida de la mano del Padre.

No sólo para ti, creyente, sino para todos los seres humanos, de cualquier raza o ideología, el Dios cristiano se presenta como un Padre que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,32); un Padre que invita a todo el mundo a celebrar una fiesta (Lc 15,23-24) y alegrarse con él.

Tu paz interior frente a todas las dificultades, nace de la presencia cercana de nuestro Padre-Dios.

Tu vida es sostenida, además, por la presencia de Cristo, Dios hecho hombre, que permanece con nosotros hasta el fin del mundo. Jamás lo has visto, pero lo amas; no puedes verlo, pero crees en él y te alegras con un gozo radiante, seguro de obtener por él la plenitud de la vida. El que ha venido a anunciarnos la Buena Nueva nos ha revelado su amor para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea total (Jn 15,11).

Finalmente, lo que consolida tu paz interior es la gracia del Espíritu Santo, que es júbilo absoluto. Es el resplandor de la alegría, el júbilo, el gozo pleno y verdadero (Jn 17,13). El Espíritu Santo es capaz de alegrarnos hasta hacernos parecer borrachos (He 2,15), y nos colma de todos sus bienes, el segundo de los cuales, tras el amor, es justamente la alegría (Gál 5,22).

El cristiano es una persona normal que se conforma a las costumbres locales pero no es un "uniformado social", ni un conformista.

La vida fraternal, que vive la comunidad reunida en el nombre de Jesús es un signo de pluralidad. El amor ensancha el corazón para recibir al "otro", al extraño. El respeto al otro te dignifica, la confianza mutua te pacifica, la vida común te da gozo. La alegría de vivir, que manifiestas en las pequeñas cosas de cada día, te convierte en un reflejo de la presencia de Dios y te hace su embajador en esta sociedad dividida. Por eso Pablo nos exhorta: "Estén siempre alegres en el Señor; vuelvo a insistir, alégrense. Que la bondad de ustedes sea conocida por todo el mundo. El Señor está cerca. No se angustien por nada..." (Fil 4,4-6).

 

En el mundo como extranjeros

Continuando con la lectura de la carta a Diogneto, encontramos otra característica importante de la vida del cristiano:

"Cada uno reside en su propia patria pero como extranjero; cumplen con todas las obligaciones cívicas pero soportan todas las cargas como extranjeros.

Cualquier tierra extraña es su patria y cualquier patria es para ellos una tierra extraña... En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo."

 

El cristiano está metido en el mundo, allí debe cumplir su misión, codo a codo con otras personas que no viven su misma fe. Tu manera propia de anunciar el Evangelio no es la de subirte a una tarima a predicar, sino la de manifestar con la vida los valores evangélicos en que crees.

Tú aceptas a las personas diferentes, a los que no piensan como tú, a los que te rechazan, porque es a ellos que se dirige tu misión de cristiano. El cristiano no huye de la ciudad sino que participa plenamente en ella, pero sin dejarse atrapar por ella. Vive como extranjero en su propia patria porque anuncia una patria definitiva que no conoce alambrados ni divisiones.

Si aceptas la diferencia significa que puedes aceptar la irrupción del otro en tu vida.

La uniformidad, la identificación forzada, el amoldarse a la mayoría anónima (muy bien manejada por minorías de poder) nunca es sinónimo de comunión o de acercamiento entre personas.

El otro, el diferente, es el que te permite y te invita a ser alguien, y es la base del misterio de la comunión. La "empatía" es la participación plena que te permite entrar en la realidad ajena de otra persona. Es más que un sentimiento de "simpatía" o "antipatía". No es sólo estar cerca o no del otro. Te metes en el otro y padeces por el otro, el diferente.

El otro te compromete a ser "misericordioso como el Padre es misericordioso". Porque en un mundo homogéneo no existe ni comunión ni misterio. Michel de Certeau, un gran pensador y místico francés fallecido en 1986, decía: "La unidad es estéril e insignificante, si no vuelve a renacer de la diferencia que siempre la cuestiona", viviendo así la tolerancia.

Jesús propone el ofrecimiento gratuito del perdón, sin justificar el pecado, proclamando la misericordia de Dios para todos. Ser una persona tolerante no es un objetivo utópico y abstracto. De la desconfianza pasarás al diálogo, en una actitud de enseñar y aprender mutuamente, de dar y recibir.

De la seguridad de tus convicciones pasarás a la búsqueda y al discernimiento continuo, siempre dispuesto a escuchar en el otro, la voz de Dios.

Será para ti un largo camino de conversión que te hará pasar de la preocupación por salvarte, a una entrega salvadora en favor de todos tus hermanos y del mundo entero. Tu vida será un don para el otro, una vida por y para los demás.

 

Lala

Su nombre era María Barreto de Pintos, pero todos le decían Lala. Fue una persona reconocida y estimada no sólo en su comunidad parroquial, sino en todo el barrio Jacinto Vera, en el que había nacido el 6 de noviembre de 1921. Sus características eran la sonrisa y el saludo que entregaba con generosidad a todas las personas que encontraba. Desde joven fue catequista y animadora de varios grupos en su parroquia de San Antonino. Cuando ya anciana no podía moverse con facilidad desde su nuevo domicilio, alejada del barrio, igual mantuvo su apostolado de visita y diálogo con los enfermos. Sin embargo, aprovechaba hasta el viaje en taxi para dialogar con los choferes, que quedaban atrapados por su amable conversación. Vivía en el mundo, cercana a la gente y aceptando a todos, sin renunciar a su identidad cristiana.

En una entrevista que Umbrales le hizo en 1997, Lala decía: "Tengo amigos de todas las religiones y de todos los partidos políticos. Yo respeto a la gente y la quiero, siempre pienso en positivo de las personas. En casa me dicen que siempre tengo una excusa para justificar a los demás. Es que hay que ser positivo. Mi augurio para todos es: Bendiciones y Gracias de Jesús, nuestro buen amigo. Su presencia hace posible la ternura, la solidaridad, la esperanza, la alegría y la paz entre las personas que saben vivir con amor, porque como dice San Pablo: El amor todo lo puede, el amor nunca pasará." Umbrales 74,30.

 

2. El amor
la opción fundamental

Los caminos del amor

El amor es una tarea difícil que tu estás llamado a vivir cada día. No es sólo para los "buenos", sino para todos los que quieren convivir con los demás.

Amar: no hay ninguna palabra tan maltratada y tan mal usada; algunas veces se ensucia totalmente debido a una sexualidad mal interpretada.

*El amor erótico conduce a la unión corporal más íntima, pero solamente puede ser duradero si va más allá de la unión física.

* El amor de amistad es más espiritual que corporal, nos encontramos bien en compañía del otro, buscamos estar cerca de él o de ella.

* El amor de entrega une a la persona tan profundamente, que uno está dispuesto a perderlo todo por el bien del otro. Es el "amor loco" del matrimonio "hasta que la muerte los separe". Es el "amor loco" de quien se consagra totalmente al prójimo y ha dejado todo para darse a los demás. Es el "amor loco" de Dios que en Jesús nos ha indicado el camino verdadero hacia una vida plena y feliz.

 

Una cuestión de reciprocidad

En la época del enamoramiento todo funciona por sí mismo: las sensaciones intervienen y no hay grandes problemas pero con el tiempo vienen las dificultades. Querer a otro, sólo porque me agrada termina fácilmente en un fracaso. Amar significa confiar incondicionalmente en la pareja, es participar y dejar participar al otro; vivir juntos sueños y alegrías y también sufrimientos y penas. El amor es una cuestión de responsabilidad y de reciprocidad.

En esta reciprocidad del amor hay que entregar más de lo que se posee: hay que entregarse a sí mismo. Tú amas cuando el dolor del otro lo experimentas como si fuera tuyo y cuando las alegrías del otro se convierten en tus propias alegrías. En una pareja que funciona, ninguno de los dos está nunca solo. Cuando uno de los dos está enfermo o en crisis, no está solo. Siempre son dos, para compartir la felicidad y soportar la dificultad y el dolor.

 

Un amor puro

El tema de las relaciones y de los afectos es un tema candente para toda persona. ¿Cómo podemos encontrar nuestra justa relación con Dios y con los hermanos? ¿Puedo tener un corazón tan grande para amar de verdad a todos ellos y a Él, mi Creador? Como tu Dios es un fuego devorador, no puedes acercarte a él sin ser quemado. Ya que la sabiduría divina es ante todo pureza, no puedes saborearla sin estar purificado.

El amor puro es incomparable, es como una dura y gozosa travesía por el fuego de Dios. Todo los cristianos (solteros o casados, ennoviados o consagrados), estamos llamados a vivir un amor puro y casto hacia Dios y hacia la otra persona que está a nuestro lado.

Déjate entonces trabajar por aquel que te ha modelado. Sólo el Espíritu Santo, que quiere llegar a ser fuego y luz en ti, podrá llenarte de claridad y lavarte por dentro, donde se halla el secreto de toda pureza.Hoy sentimos la necesidad de unas nuevas relaciones de género, en igualdad, con respeto y verdadera reciprocidad.

En un mundo cuyo pecado ha roto la armonía y ha manchado la belleza primera, hasta en lo profundo de tu ser, donde tu corazón anda dividido, experimentas como todas las personas el antagonismo entre la carne y el espíritu; ¡no siempre haces lo que quisieras hacer! Acepta este combate.

A este amor que se entrega podrás añadirle tú el valor de testimoniarlo, porque Jesús llama a todos sus discípulos a vivir así con vistas al reino de los cielos.

La entrega personal (el amor) manifiesta nuestra fe y proclama nuestra esperanza, que no es de este mundo. Es una entrega y un amor que abre unos cielos nuevos y una tierra nueva, donde habite la justicia y la fraternidad. Un mundo futuro en el que, ya resucitados, no seremos más ni maridos ni esposas, sino como los ángeles del cielo, colmado todo nuestro ser de una dicha eterna. Las Bienaventuranzas proclaman: "Felices los puros de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8).

Que tu vida, consagrada desde el Bautismo a este amor, sea expresión gozosa y valiente de la esperanza que tú has puesto en el Dios vivo.

 

 

Amar con corazón solidario

«Que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea para ustedes raíz y cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, lograrán abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegarán a su plenitud, según la plenitud total de Dios» (Ef 3,17-19).Vivimos nuestra unión a Cristo con nuestra disponibilidad y nuestro amor a todos, especialmente a los humildes y a los que sufren. En efecto, ¿cómo comprender el amor que Cristo nos tiene, si no es amando como él, en obras y de verdad?

En este amor de Cristo encontramos la certeza de que la fraternidad humana podrá ser alcanzada y obtenemos la fuerza para trabajar en su implantación.

Según su designio de amor, forjado antes de la creación del mundo, el Padre envió a su Hijo: lo entregó a la muerte por nosotros (Rom 8,32). Resucitándolo, lo ha constituido Señor, Corazón de la humanidad y del mundo, esperanza de salvación para cuantos escuchan su voz. A Él le pedimos que nos de un corazón grande para amar, un corazón solidario, semejante al suyo.

Marcelo

Quien tuvo la suerte de conocer de cerca a este laico "santo", entiende perfectamente la diferencia que existe entre el Evangelio estudiado y predicado y el Evangelio vivido. Si de veras fuéramos cristianos, nuestra opción por el amor evangélico revolucionaría al mundo.

Para el que lo conoció, Marcelo Candia fue un cautivador espiritual, una persona que llegaba al corazón. ¿Qué impactaba más al que visitaba a Marcelo en el leprosario de la selva amazónica brasilera? Su participación sufrida en el dolor de sus amigos leprosos. Marcelo se paraba cerca de cada uno y se arrodillaba delante de los más devastados para establecer una relación personal y muy tierna. Uno quedaba sin aliento frente a su constante ponerse de rodillas. Decía: "Ves, me pongo de rodillas porque este leproso está sordo, éste tiene ceguera y debo tomarlo de la mano, éste habla mal porque tiene el paladar arruinado y tengo que acercarme a su boca...".

Siempre era tocado por el dolor del otro y dándose cuenta que el sufrimiento es inexplicable y misterioso, se arrodillaba en actitud de veneración, de estupor, de fe... Y acostumbraba decir, con una invocación dolorosa: "¡Dios mío, Dios nuestro, no entiendo el dolor, no puedo aliviarlo sino de una manera muy pequeña, pero debo y quiero clavarme de rodillas delante de la dignidad del hombre, humillado por el sufrimiento!".

Y así este hombre, apuesto e inteligente, con tres títulos universitarios, rico y señorial, con cinco infartos a cuestas y una intervención al corazón, peregrinaba en la periferia del mundo como embajador de Cristo. Marcelo era una encarnación del Evangelio. Cuando alguien se encuentra con un testigo como Marcelo, descubre el Evangelio vivido y se estrella contra la propuesta clara de la opción fundamental del amor encarada sin dilaciones ni dudas. Umbrales 12,9.

 

3. El hogar
la casa y la familia

Hogar, dulce hogar

Sin nadie que te estime a tu lado, tu casa se puede derrumbar; pero bien acompañado, tú siempre tienes un hogar.

"Quien se casa, casa quiere", no es sólo un buen refrán para conseguir 4 paredes lo más confortables posible.

Es un refrán que pide un "hogar": unas paredes de amor y respeto, un nido de comprensión y de afecto, un techo de seguridad y de felicidad.

La sabiduría popular sabe que casarse significa tener casa propia, es decir un hogar bien formado, autónomo y relacionado a la vez.

"Casarse" significa "crear una casa" con alguien que te entienda y que tú puedas comprender. Casarse es una estupenda realización de arquitectura humana; una obra de arte del corazón.

No puedes vivir sin alguien que te aprecie, que comparta contigo la alegría y el dolor, que tenga siempre para ti un sitio en su corazón. El primer hogar para ti es una persona en quien puedas confiar, que se preocupe por ti con cariño y que siempre te dé la bienvenida.

Sin un lugar en el mundo estás perdido. Sin un hogar eres forastero en todas partes. Sin tu propio hogar no estás en ningún lugar. Dios confía a cada uno de sus hijos en las manos de otra persona. Su cuidado lo confía a otros seres humanos que lo representan. Es por eso que necesitas buscar a alguien con quien formar un hogar. Feliz la persona que en su peregrinar ha podido encontrar un hogar. El hogar es un lugar de comunión en el que se permite que otros sean lo que desean ser y más aún se les ayuda a conseguirlo. En el hogar se educa para que el egoísmo no se transforme en un desmedido afán de controlar a los demás, de poseer al otro y no confiar en él, de creerlo incapaz de alcanzar buenas realizaciones.

 

Una casa de puertas abiertas

Deberías habitar tu casa sin poseerla, o también comprarla sin vincular a la misma tu libertad, tal como se establece en la gran regla dictada por Pablo: "Los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar" (1Cor 7,30).

Que tu casa sea acogedora. En igualdad de costo, el cristiano la buscará quizá más pobre -más despojada, o más vieja, o más periférica- pero más capaz de acoger a hijos, padres, huéspedes. Vinculado al cálculo de la familia con un solo hijo, está el otro cálculo de la vivienda destinada sólo a la defensa de la vida en pareja, sin espacios para otras presencias, sin posibilidad de unos usos comunitarios mínimos.

Como sociedad deberíamos asegurar a todos el derecho fundamental a una vivienda digna (los asentamientos precarios son una vergüenza para toda la sociedad que no debemos admitir). Hay que ayudar a los jóvenes que se casan a mirar con ojos evangélicos la casa que están proyectando. Que mañana no vayan a encontrar en las paredes un argumento contra el nacimiento de otro hijo. Y que la casa sea un argumento a su favor, cuando digan a papá o a mamá, que se han quedado solos: "¡Venite a vivir con nosotros, hay lugar!".

La casa del cristiano se destaca por la regla de la hospitalidad, que es un camino privilegiado de la evangelización, como era para Jesús y en las primeras comunidades cristianas "Hoy tengo que alojarme en tu casa", dice Jesús a Zaqueo, que lo recibe "muy contento" (Lc 19,5). Por lo tanto, tendrás que cultivar esa alegría evangélica de la hospitalidad como si cada huésped fuese figura de Jesús o de sus anunciadores: "Entren y quédense en mi casa", dice Lidia a Pablo y a los demás que le habían anunciado el Evangelio (He 16,15). O como si cada huésped fuese un destinatario del anuncio.

 

Una vida sencilla y linda

La casa del cristiano está hecha para vivir en ella, no para ser contemplada. El equipamiento de tu casa será sobrio, pero funcional para la familia numerosa y la hospitalidad. Le Corbusier decía que la casa es "una máquina para habitar"; el cristiano añade "y para recibir visitas". No harás de tu casa una proyección del "yo", una celebración de tu posición social. También la hospitalidad será sobria. Muebles de estilo, pisos deslumbrantes, habitaciones que nunca se abren, sillones preciosos -y por ello cubiertos- no encajan con la finalidad de hospitalidades incluso prolongadas.

La casa es un bien primario, sólo hay que avergonzarse de las casas poseídas y no utilizadas, (como la doble casa de veraneo) no de tener una casa grande y acogedora.

Así como nadie mata para comprar la casa, así tampoco el cristiano se inquieta para llenarla de bienes. Las cosas que tú no usas -desde la ropa hasta los cachivaches y algunos electrodomésticos- recargan las habitaciones y roban espacio a la vida.

Es bonito adornar la casa para alegrar a las personas que queremos. Pero para ello es mejor comprar unas plantas o flores, antes que adornos inútiles; se puede renovar a menudo la sorpresa y darle cada vez un color distinto. Para el cristiano es importante también poner algún signo religioso en las habitaciones de la casa. Es la "regla de reconocimiento" para tu familia y para tus visitas. La Biblia tendrá su lugar de honor; un crucifijo, una imagen de un santo, un ícono, con una vela o una flor..., (sin recargar con imágenes de mal gusto y adornos de devociones dudosas) son signos que ayudan a los pequeños y a los más grandes a vivir su fe en la cotidianidad.

¿Y si tu casa se halla en un barrio de mala fama?

Toda ciudad moderna es un lugar de mala fama. ¿Y qué piensa el cristiano que vive en ella, cuando ve lo que ve cada día y cada noche?

Tu amor y tu entrega tendrán que ser más grandes que todo lo que pueda ocurrir en cualquier barrio. Ojalá que tu alma sea capaz de aprender esa amplitud.

 

Elvira

Elvira de Martínez, nacida en Tucumán en 1910, fue madre de seis hijos que le dieron 20 nietos y seis bisnietos. Su conversión tuvo lugar cuando leyó la encíclica de Pablo VI, Populorum Progressio. "Pensaba enseñar filosofía, recuerda ella, pero esa encíclica me cambió totalmente la vida y dejé el estudio. No se podía permanecer insensible mientras había tanta gente que carecía de lo esencial". Fue como abrir improvisadamente los ojos a una nueva realidad y abrir el corazón a una nueva vida. "Es bravo el documento de Pablo VI... es como el Evangelio. En mí cambió todo. Ya no había tiempo para la filosofía".

Se desprendió de lo que le parecía superfluo y fue creando un movimiento de gente que entregaba donaciones... De allí surgió el fondo para la construcción de viviendas populares en las afueras de la ciudad de Tucumán. Entregaban el lote a crédito, con la infraestructura de calles, agua corriente y electricidad. Ellos mismos iban construyendo su casa siguiendo un proyecto mínimo de vivienda, con la posibilidad de futuras ampliaciones. Se entregaba ya construido el Centro Comunitario.

En un tiempo de tanta crisis, la gente humilde encontró fuerzas en la solidaridad y la ayuda mutua: se construyeron 500 casas.

Elvira decía: "Si no hay espiritualidad no se hace nada. Lo primero es sentir el llamado de Dios, tener un motor adentro (como me ha pasado a mí con la Populorum Progressio), luego las cosas se mueven con facilidad. Hay que tomar conciencia de nuestra responsabilidad frente a los demás, formar grupos y ponerse a trabajar..." Umbrales 8,9

 

4. La pareja
una vida de a dos

Una locura de amor

Formar una pareja es "una locura", una locura de amor. Cuando dos personas están locamente enamoradas, su vida se convierte en una aventura sin fin.

No existen fronteras, ni tierra ni cielo. Los relojes no andan, el tiempo no pasa. La luna brilla más que el sol y el jardín florece en invierno.

Ante los ojos brilla una nueva luz y todo se convierte en una fiesta. En cada casa brilla una estrella y en todos los caminos suena una canción.

Unos cuantos no lo creen, pero hay muchas parejas felices, en las que la opción recíproca de la pareja siempre ha sido lo más importante para los dos.

A pesar de tantas obligaciones, encontramos familias felices, donde el padre y la madre tienen tiempo para jugar con los hijos.

Si quieres una familia feliz deberás encontrar momentos para el diálogo y la conversación; alguna vez puedes también apagar el televisor, estando todos de acuerdo con esa decisión.

Si quieres una familia feliz, también sabes esperar el sol después de una fuerte tempestad familiar, y sabes levantar el viento de la reconciliación que barre con los peores nubarrones.

Una familia feliz no es un sueño irrealizable, sino una realidad al alcance de todos.

 

Las faltas de tu pareja

El otro es distinto. Lo experimentamos enseguida. Tu pareja nunca corresponde a todas y cada una de tus esperanzas. Tu pareja no es un superhombre o una mujer-maravilla. No puedes esperar más de lo que el otro puede dar. Tu amor parte de la base de aceptar a tu pareja tal y como es.

El amor aprecia a las personas tal y como son. Todos tenemos una gran cantidad de faltas y defectos. Incluso los defectos pueden jugar un papel importante. Pueden aportar riqueza a una relación entre personas.

¿Cómo ves las faltas de tu pareja? No se trata de ver las faltas de las personas que no conoces, faltas que no te afectan directamente. Se trata de las faltas de tu pareja, que está a tu lado, la que te asegura que te quiere y convive contigo cada día.

Si las faltas de tu pareja te saltan a la vista, si por ello llegan a la pelea, deberás mirar en tu propio corazón y ponerte "otros lentes", para que el amor no se vuelva un don demasiado frágil. Toma el corazón como medida. Si el amor es frágil las faltas se agigantan.

Si amas realmente a tu pareja no verás tantas faltas y debilidades. Visto de esta manera, el amor es siempre un poco ciego. Si a pesar de esto el amor se pierde, se acaba esta ceguera solidaria. Si todos sus defectos te saltan cada vez más a la vista, y ves faltas, debilidades, carencias, haz que crezca en ti el amor ciego; entonces los defectos volverán a ser pequeños y fáciles de soportar. La convivencia de pareja volverá a convertirse en una fiesta.

 

El amor nunca pasará

Quizás también tú, como muchas parejas en el momento de casarse, elegiste como lectura bíblica ese antiguo himno de la primera comunidad cristiana, que san Pablo pone en el capítulo 13 de su 1ra. Carta a los Corintios:

"El amor es paciente; el amor es servicial.

El amor no es envidioso, no se vanagloria,

no es engreído.

El amor no es insolente,

no actúa de forma egoísta, ni se deja provocar.

El amor no es rencoroso; no se alegra de

la injusticia, siempre le agrada la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree,

en todo confía, siempre persevera.

El amor nunca pasará."

 

Una pequeña prueba para que con tu pareja averigües la situación de vuestro amor: coloquen su nombre en lugar de "amor". Entonces conocerán la calidad de vuestro amor.

María es paciente. Juan es servicial.

María no es envidiosa, no se vanagloria, no es engreída.

Juan no es insolente, no actúa de forma egoísta, ni se deja provocar.

María no es rencorosa; Juan no se alegra de la injusticia, siempre le agrada la verdad.

Hagan lo mismo de nuevo e intercambien sus nombres; entonces pueden continuar leyendo juntos: "Nuestro amor todo lo disculpa, todo lo cree, en todo confía, siempre persevera. El amor nunca pasará."

 

 

Un camino de fidelidad

Si un día te comprometiste, y te prometiste a otro, y ante otros y... ante Dios, parece que lo más coherente es ser fiel a tus promesas. Romperlas significará una crisis personal, social, ideológica... Cuando te unes con tu pareja, no firmas un contrato de servidumbre o de domino con nadie, no la posees ni te posee. Tus expectativas en la relación deben estar en la línea de tu aportación. El otro no es tu servidor ni tu jefe; es un igual, y sólo desde la igualdad, lograrás mayor comunicación, más placer, mejores vínculos. La pareja no es para arrastrar uno al otro, es para caminar juntos apoyándose mutuamente en momentos de crisis y para gozar juntos.

Cuando iniciamos una convivencia nos unimos dos personas distintas en cuerpos, sexo, personalidad, educación, cultura, hábitos... Y puesto que es verdad que sólo se ama lo que se conoce, será cierto que si no conocemos a la otra persona, ni nos entenderemos con ella, ni la podremos amar profundamente.

La naturaleza nos ha hecho distintos, para complementarnos y alcanzar la perfección en compañía.

 

Si te descubres a menudo dominante y controlador hasta en los mínimos detalles, si sientes unos celos desmesurados por tu pareja, de la que a veces te has creído dueño; si ante cualquier dificultad que te afecte piensas que el culpable siempre es el otro, necesitas repensar tu proyecto de vida.

Nunca creas que tú eres perfecto y que el resto del mundo está en un error, sobre todo los que no coinciden con tu parecer. A veces es el rencor y la envidia lo que te sacude internamente y te roban la paz.

Evita levantarte cada mañana dispuesto a criticar todo aquello que no te gusta y que no es como tú esperabas, porque tu amargura será constante. Más bien invierte esa energía en reparar o mejorarte a ti mismo y a tu entorno más cercano.

Nelly

Todo un barrio se reunió alrededor de Nelly García (1929-1983), una madre fallecida repentinamente, dejando al esposo y a 10 hijos. Hubo algo que movió a los vecinos en esa tarde de otoño para celebrar agradecidos la vida de Nelly. El testimonio de una vecina dice así:

Como dijo el poeta, "Caminante no hay camino..." tú Nelly, hiciste un camino... No el "tuyo" sino el de muchos, un camino que ni siquiera tú misma soñaste... Fuiste la "mujer fuerte" de la que nos habla la Biblia. Esa Mujer, cuyos pies, tal como te lo dijo el obispo Cáceres en la celebración de tu despedida, estuvieron siempre prontos, ágiles, jóvenes, para correr detrás de los demás.

Tu sonrisa inolvidable fue en todo momento prueba de amistad, de ternura contagiosa. Recordamos esa presencia de Esposa, Madre, Hermana y Amiga fraterna".

Pocos días antes de su muerte, en la Iglesia del barrio dedicada a San José, se había celebrado el 1º de Mayo, Día de los Trabajadores (una celebración junto a los obreros de distintas parroquias de la zona 9 de Montevideo, considerada ilegal por la dictadura militar).

Nelly fue la encargada de escribir y leer una oración para los trabajadores. Unos días antes, la compartió con su esposo Carlos, la corrigieron detenidamente para que fuera auténtica expresión de la fe y lucha de su matrimonio y su familia. La oración decía:

"Señor, no tengo nada material para darte, pero lo que tengo te lo doy. Viviré para la construcción de tu Reino de Amor y de Paz. Aquí estoy, Padre, para cumplir tu voluntad, desarrollando junto a mis hermanos esos grandes valores que dan vida al hombre nuevo: Verdad, Justicia, Libertad y Solidaridad, distintas expresiones de un único AMOR. Umbrales 9,9.

5. Los hijos
el don de la vida

El don de la vida

Te corresponde a ti como esposo/a mostrar que hoy es hermoso tener hijos, ser padre y madre. La fecundidad del amor es quizás el mandamiento bíblico más contradicho en nuestros días. Como cristiano unido en matrimonio, tienes que saber que estás llamado a engendrar y debes estar convencido -ya al inicio de la vida conyugal- que dar la vida es la cosa más hermosa que pueden hacer un hombre y una mujer en la tierra. Y que lo es de por sí, antes de cualquier implicación religiosa: dar la vida es motivo de alegría, porque la vida tiene en sí misma su propio fin.

La alegría que te traen tus hijos empieza a partir de la percepción, tan inmediata, de "su belleza". La belleza de tus hijos es un don que se renueva cada mañana. La gratitud por ese don da forma a la acción de gracias de tu matrimonio cristiano.

Además de alegría, tus hijos son portadores de novedad: son cada día distintos y te impulsan a renovarte. Son finalmente veraces y auténticos; alguien dijo: los niños son peligrosos... porque no tienen el buen sentido de guardarse para ellos la verdad. Los jóvenes de hoy conservan mucho de ese "vicio" de los niños, de tomar con las manos la verdad y esparcirla a su alrededor sin respetar conveniencia alguna.

 

Tener hijos

La tentación máxima del hombre y de la mujer de hoy es programarlo todo, para tener bajo control la vida y estar seguro del futuro. Tener hijos es, en cambio, la máxima aventura, hoy como siempre, pero quizá más que ayer, habiendo aumentado el miedo al futuro.

Tener hijos es, por tanto, hoy tu primer testimonio que va contra la corriente, el segundo es la disponibilidad a tener más de uno. Viene luego –en tercer lugar- la aventura educativa: tu matrimonio cristiano debe implicarse totalmente en la misma.

Tu vocación a tener hijos y a crecer con ellos está llena de incógnitas y te lleva adonde no conoces: tú los recibes con la actitud de plena confianza -que en definitiva es la fe- en la llamada del Señor. En analogía con Abrahán que deja su tierra, cuando con tu pareja decides tener hijos, dejas la isla de tu libertad para ir hacia una tierra que no conoces.

Esa decisión de tener hijos es una audacia, pero no es insensata. Es semejante a todas las decisiones fuertes que como cristiano tienes que tomar (como la de mostrarte creyente en un ambiente hostil, o la de evitar toda intimidad sexual antes y fuera del matrimonio) confiando en el Señor. Debes fiarte de la brújula de la fe y no rendirte frente al sentimiento de la incertidumbre.

Tu apertura a la vida no debería ser intencionalmente reducida al proyecto del hijo único. Si un matrimonio sin hijos puede llegar a representar una forma de egoísmo de pareja, el hijo único podría revelarse como la figura de dicho egoísmo. En el proyecto del hijo único hay un riesgo para la pareja y otro para el hijo. El hijo único no tiene la experiencia de tener un hermano. Pueden darse contraindicaciones psicológicas, pero tu matrimonio cristiano debería reflexionar también sobre la contraindicación evangélica: por ser hijos aprendemos a "invocar al Padre", por tener hermanos comprendemos la vocación a la fraternidad. Para los fines educativos es importante tener hermanos y hermanas. Para la educación en la paridad y en la recíproca obediencia (en orden a la vida de pareja de nuestros hijos) el primer espacio de formación es la familia. Y también para dicha finalidad, es importante tener más de un hijo.

 

Crecer juntos: la aventura educativa

Ser padres implica dedicar a los hijos el mayor tiempo disponible y vivir con ellos el máximo de experiencias comunes. Viajes, lecturas, visión de programas televisivos, ayuda en la actividad escolar, participación en la vida de la parroquia: debería resultar toda una vida en común, en la cual educarse educando.

Esa disponibilidad hoy es rara, pero la confianza con los hijos tampoco era frecuente ayer.

No es suficiente que le dediques a tus hijos todo el tiempo disponible: hay que ponerlos en el centro de tu vida de pareja y realizar las decisiones familiares a partir de ellos. La fidelidad de los padres en relación con los hijos empieza ya antes de que nazcan: el magisterio de la Iglesia nos ayuda a comprender la importancia de la fidelidad a un hijo concebido y todavía no nacido. Como cristiano no puedes aceptar de ninguna manera el aborto.

Es también importante tu disponibilidad objetiva, de tiempo y de cabeza, para el desafío de la maternidad y de la paternidad: hay que asumirlo por entero, oportunamente, no diferirlo "hasta más allá de los cuarenta años".

 

La valentía de amar de modo exclusivo y fecundo a una persona, como está mandado por el cristianismo, implica la aceptación de cada hijo, de su carácter imprevisible y exige que se corra la aventura. Vive esta aventura, que te va a llevar muy lejos.

Tienes el deber de presentar por entero a tus hijos, el ideal humano y cristiano al que intentas adecuar tu vida. No tenemos la certeza de lograr el resultado: eso será obra del Señor. Por eso, debes buscar total transparencia y confianza y tratar que el mayor número de decisiones sean tomadas en común. Está fuera de lugar ese exceso de autoridad que induce al hijo a mentir. Así como está mal ese libertinaje, que no lo ayuda a captar la seriedad de la vida.

El ideal no debe ser que tus hijos hagan esto o aquello, sino que reflexionen con toda la familia sobre lo que hacen, sabiendo cuál es su valoración moral de ese comportamiento. Dirás siempre la verdad a tus hijos, confiando que será la verdad la que los hará libres (Jn 8,32), dando tu alma por ellos y teniendo confianza en la misericordia del Señor.

 

 

Rezar con y por los hijos

Dar el alma por los hijos quiere decir gritar al Señor (y por los hijos llega, tarde o temprano, el momento en que hay que gritar de verdad) que estamos dispuestos a todo -a hacerlo todo y a aceptarlo todo- con tal que cuiden la fe en la que los hemos iniciado. Más cotidianamente, querrá decir también rezar en nombre de tus hijos que -quizá- ya no rezan. Los padres tienen que aprender a estar ante el Señor también por los hijos, si no les es concedido el poder rezar junto con los hijos. Junto con tu pareja, deben decírselo alguna vez, el uno al otro. Y -si pueden- deberían decirlo también a los hijos: es bueno que ellos sepan que hay, en algún lugar, en toda su jornada, esa oración hecha en su nombre.

 

 

 

 

Waldomira

Cuando Doña Waldomira después de una jornada llena de trabajo, llegaba a su ranchito de madera, algunas veces soñaba con tener un lavarropas automático: poder pulsar un botón y mientras se lavaba la ropa, descansar un rato... Esa mujer con las manos hinchadas y una amable sonrisa, se disculpaba con Dios por aquel sueño, que le parecía demasiado ambicioso. La misma amable sonrisa de esta lavandera testimoniaba, el milagro de la vida que nace allí donde nadie podría imaginar.

Waldomira fue una de las 1.600 lavanderas de la ciudad de Salvador de Bahía. Permanecía parada 17 horas al día para lavar un montón de ropa sucia por un salario de hambre. Su marido había sido asesinado mientras intentaba mediar en una pelea de vecinos. Ella no se quejaba de su trabajo: "Ya estoy demasiado vieja para hacer reivindicaciones", aunque tenía todos los motivos para hacerlo. "Mi vida ha sido trabajo y más trabajo. Sin embargo, siempre he sido una mujer y una madre feliz".

Ella tuvo 14 hijos, todos casados, pero además tuvo otros 23 hijos adoptivos. También a 12 de ellos los pudo ver casarse. Claudomiro, el más chiquito, tenía 3 meses cuando los vecinos lo encontraron en un tacho de basura. Mamá Waldomira contaba con mucho orgullo no haber nunca abandonado a sus hijos (los propios y los adoptivos). Se entristecía un poco al pensar que en su favela, (que lleva el nombre de "Mundo Nuevo"), tantas madres dejaran a sus hijos solos durante todo el día. A veces llegaba a su casa un mendigo con un plato en la mano y Doña Waldomira decía: "El es Zé (José), ya forma parte de nuestra familia". Y justificaba su generosidad diciendo "que tampoco ella nunca fue abandonada por Dios". Umbrales 89,90.

 

6. La libertad
un proyecto de vida

El amor te hará libre

Uno de los rasgos característicos del proyecto de vida del cristiano, es su realización por medio de la liberación de todo lo que limita. Tú puedes conseguir esta liberación integral, y también ofrecerla a tus hermanos, pero sólo si tu libertad interior nace de la verdad. Si permaneces fiel al proyecto de Dios, conocerás la verdad y la verdad te hará libre (Jn 8,32). La verdad, para el que sigue las huellas del Maestro, es entonces aceptar el proyecto de Dios. Un proyecto muy sencillo: uno solo es el Padre y todos somos hermanos. Tu Padre quiere que no haya discriminación, ni esclavitud alguna entre los hermanos, sino relaciones fraternales de solidaridad y aceptación mutua.

La verdad te hará obediente a este proyecto de Dios, te hará libre de toda atadura.

Obediencia es entonces fidelidad al Dios, que es Padre. Por medio de tu adhesión a ese proyecto, tú eres hijo, y no esclavo; participas no en una relación de dependencia, de sumisión, ni siquiera de conciliación, sino en una relación de amor.

Por eso, Jesucristo, Hijo de Dios y hombre perfecto, se hizo obediente hasta la entrega total (Fil 2,8). Por ser Hijo, fue disponible y fiel al proyecto del Padre. Si tú quieres llegar a la meta, a la plena realización, acuérdate de Jesucristo; tu Maestro es el primer obediente (Mt 10,25). Por esta disponibilidad, aprenderás a amar, a servir a tu Dios y a tus hermanos. Aprenderás a amar a tu prójimo como a ti mismo, y a Dios por encima de todo. A coincidir con otros para trabajar juntos, en una comunión de escucha, según el plan de Dios (1Pe 1,22). El Padre espera tu libre participación de comunión en este amor. Cuanto más ames, más obediente se volverá tu vida. Amor y obediencia forman una sola cosa.

 

Un proyecto como un viaje

Tu vida es como un viaje. Así como haces un proyecto para un fin de semana, unas vacaciones, para dedicarte a la política o colaborar con una obra social, es imprescindible tener un proyecto por el que luchar y que te mantenga entusiasmado. Un proyecto que cada mañana te impulse, porque algo importante te espera y también que te haga sentir útil y cada día un poco más cerca de tu meta.

Mide bien tu tiempo y la empresa que te propones, no sea que un mal cálculo deje tus ilusiones... sólo en eso.

El tiempo es breve, y sabes muy bien que el transcurrido no vuelve más. Pero también sabes que quienes lo distribuyen sabiamente son los que viven más felices. Reflexiona un minuto sobre cómo empleas tu tiempo, cuánto construyes en esta vida, cuánto aportas a los que te rodean. Si todos hacen lo que tú haces, ¿cómo podría ser este mundo dentro de diez años?

La meta es importante, pero no lo es menos conocer el momento presente, el lugar donde ahora te encuentras.

Puedes tener frecuentes sentimientos de baja autoestima, de inseguridad, dudas, de incapacidad para afrontar y superar con éxito las dificultades. Si es así, no podrás experimentar todo el potencial que tienes, porque los temores te agobian y te limitan. Intenta evitar las quejas frecuentes sobre tu persona, sobre tu salud o tu mala suerte. Más bien modifica lo que no te parezca correcto. Las quejas jamás te resolverán las dificultades. Por otra parte, si en tus encuentros con los demás utilizas la queja como tema favorito, intentarán ayudarte y apoyarte al principio pero más tarde, se alejarán de ti porque sólo les transmites preocupación. Si no quieres quedarte solo, muéstrate abierto, escucha a los demás y apóyalos en sus dificultades de manera generosa, pero no les exijas que te correspondan. Recuerda que si siembras bienestar y alegría, de todo eso cosecharás en abundancia; si lo que siembras es otra cosa, es lógico que recojas de eso mismo.

Intenta cambiar tus fantasías destructivas por las realidades positivas de tu presente. Disfruta de lo que tienes y goza con ello, en lugar de ansiar aquello de lo que careces, pensando que eso te hará feliz. Descubre que la felicidad nace desde tu corazón. Entonces comprenderás que todo es don y que todo es posible para Dios (Lc 1,37).

 

La obediencia de la fe

Así entrarán en tu corazón la alegría profunda y la paz. Obedeciendo al proyecto de Dios en tu vida, no quedas empequeñecido, al revés, te engrandeces, no te limitas, sino que te proyectas. El amor de Dios habita en ti y su voluntad, al guiar tu vida, la vuelve sereno. Sabes en quién has confiado. Te has metido en tal desprendimiento que tu camino ya no tiene fin. Pero tu ruta no está marcada por la fatalidad, es Dios mismo quien te guía por el camino de la plenitud. Ábrele hasta el fondo de tu corazón y brillará su luz sobre tu rostro: la Ley del Señor es límpida, da luz a los ojos (Sal 18,9).En fin, la obediencia de la fe hará de ti un verdadero hijo. En tu corazón abierto, disponible, liberado, podrá ya hablarte el Padre como a su propio hijo. Y tú podrás también, con la ayuda del Espíritu, tener el atrevimiento de llamarlo, con el más entrañable de los nombres: ¡Abbá! ¡Papá! (Rom 8,15). Hijo en el Hijo, tú ves al Padre y eres escuchado y amado por él (Jn 14).

La verdadera disponibilidad es, a la vez, escucha y acción. Supone en ti una docilidad atenta -presta atención, ven a Dios, escúchalo y vivirás (Is 55,3)- y una actitud verdaderamente operante hasta ponerla en práctica (Sant 1,23). Acostumbrándote a descubrir en tu vida de fe la voluntad de Dios, irás adquiriendo el don del discernimiento: con él podrás encontrar lo que Dios te dice en todas las oportunidades. La obediencia a Dios desbordará de esta forma, en obediencia a todos tus hermanos. Por la comunión y en la escucha mutua se manifiesta la voluntad de Dios. Deja que el Espíritu de Dios hable por medio de tus familiares, tus vecinos, tu comunidad cristiana. Respeta al que está designado a algún servicio de autoridad, sólo así se construye el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, todos nosotros. La autoridad en la Iglesia es servicio (Lc 22,27); quien tiene autoridad es el primero no en un orden jerárquico, sino "el primer obediente": el primero en querer hacer la voluntad del Padre. Es a Dios, y solamente a Él, a quien debes obedecer. Porque sólo Él es tu maestro y tu guía; tu Padre y tu único Señor (Mt 23,8-10). Sabiendo que te ama infinitamente no puedes escoger nada más hermoso que seguir el proyecto de amor que tiene trazado para ti, desde antes que tú nacieras.

Santiago

Se llamaba Carlos Paravís (1938-1994) y era médico traumatólogo; se lo conoce como Santiago Chalar, uno de los más famosos cantantes de música folclórica uruguaya. Especialista en milonga, serranera, media serranera, valsesito criollo, etc.; le cantó al hombre de campo, a su vida, a lo cotidiano. Estuvo prohibido en la dictadura por pedir a través de un poema de Santos Inzaurralde: "Dándole de comer a una paloma", la liberación de los presos políticos y la reconciliación nacional. Era muy sensible al dolor de su pueblo. Alternó el estudio de la Medicina con la guitarra y la música. En 1963 grabó su primer disco y el tema "Gurí pescador" fue premiado por la Cámara del Disco. Trabajó varios años en el Hospital de Minas, del cual fue director. En 1977 su obra "Minas y Abril" obtiene el primer disco de platino otorgado a un cantante de folclore nativista. Casado con Adela Martínez, tuvo 4 hijos: Adela, Carlos, Santiago e Isabel. Cristiano comprometido, participó de las actividades de la Parroquia de Minas, dio con su esposa charlas prematrimoniales y se encargó del ministerio de atención a los enfermos, llegándosele a confiar el ministerio extraordinario de la Eucaristía. Era frecuente verlo curando a los pacientes y al encontrarlos deprimidos, agarrar la guitarra y dedicarles un breve "recital". Muchos comentaban bromeando: "el doctor Paravís los cura con la guitarra".

Vivió la pobreza evangélica en la práctica. Trabajó casi gratis para Salud Pública, y cuando le otorgaron un sueldo, sobreviviendo con sus ingresos de cantante, auxilió con su sueldo de médico a un desocupado y su familia con hijos pequeños, sin que nadie se enterara entonces del hecho. "Nunca nos faltó nada -dice su hijo Santiago- pero no nos dejó plata. Para él el dinero era nada más que un mal necesario". No había nadie que precisara ayuda, con quien él no compartiera lo que tenía. Decía que "sólo le bastaba con lo necesario para vivir dignamente". Un cáncer acabó con su vida el 21 de noviembre de 1994. Umbrales 70,30.

 

7. El trabajo
misión y tarea

El trabajo a imagen de Dios

El papa Pablo VI, en su histórico documento sobre la Evangelización (EN. 70) afirmó que de los laicos la "tarea primera e inmediata no es la instalación y el desarrollo de la comunidad eclesial -ésta es una función específica de los pastores-, sino poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez presentes y activas en las cosas del mundo". Uno de los lugares más específicos de la evangelización que le corresponde a un laico-cristiano es su propio ámbito de trabajo, con la variada forma de presencia en los distintos campos sociales y culturales según la tarea que cada uno realiza.

Mediante tu trabajo, gozas e imitas a tu Dios.

Trabaja el Padre, que crea, juzga y sostiene al mundo (Jn 5,17). Trabaja el Hijo, que se ha hecho carpintero (Mc 6,3), que siempre cumple la Obra del Padre, y que con su palabra mantiene el universo (Heb 1,3).

Trabaja el Espíritu, que sin descanso, renueva los corazones y la faz de la tierra.

Alégrate de vivir a imagen de Dios, por medio de tu trabajo: así te asocias al perfeccionamiento de su creación (Gén 1,28), y también participas en su obra de redención, ganándote el pan con el sudor de tu frente como tu Dios lo ordenó (Gén 3,19).

Por medio del trabajo tú vives la pascua cotidiana haciendo el "paso" del dolor de una tarea al don de ti mismo para los demás. De un trabajo "forzado" pasas a su aceptación. Que tu persona, así unificada, lo haga todo para gloria de Dios. Así, gracias al trabajo, llegarás a vivir solidario con los hombres y, a la vez, cercano a Dios. El trabajo será para ti lugar privilegiado de encuentro con tus hermanos, allí donde están (Éx 20,9), y será también servicio vivido en el corazón del mundo en donde estás inserto, porque hay una semana laboral en la que se debe trabajar. Y Jesús, como hombre, lo ha dicho y lo ha hecho (Lc 13,14).

 

El testimonio del trabajo

Para que tu trabajo pueda conducirte a la unificación personal de tu ser, al encuentro de su valor más profundo y de su dimensión espiritual, procura que sea:

* Útil: Tu trabajo no debe ser ni un pasatiempo ni una condescendencia, ni una concesión; eso lo convertiría en algo vano y caprichoso.

* Bien hecho: Cada uno debe estar atento a su propio trabajo y apIicarse a él con esmero.

* Vivido como un testimonio de tu fidelidad, de tu espíritu de servicio, de tu alegría, de tu solicitud, de tu discreción y de tu entusiasmo, de una fe que no hace proselitismo, pero que tampoco se calla por vergüenza.

Que tu trabajo sea para ti oportunidad de oración y de caridad, porque es en el amor donde reside toda perfección (Gál 5,14).

Por encima de todo, trabaja con el deseo de llevar a cabo tu salvación, sin olvidar que Dios está ahí, obrando en ti, para llevar adelante su proyecto. Sea cual sea tu trabajo, hazlo con toda el alma, como si fuese para el Señor (Col 3,23). Tu trabajo es tu primera misión evangelizadora. Pablo VI continúa afirmando: "El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación..." (EN. 70). Doce años más tarde, en 1987, Juan Pablo II, se atrevió a afirmar que los laicos "no siempre habían sabido sustraerse a la tentación de reservar su interés por los servicios y tareas eclesiales... dejando de lado su responsabilidad específica en el mundo profesional, social, cultural y político" (ChL. 2).

 

El trabajo tiene sentido

Desde el momento en que descubrimos y experimentamos que nuestra existencia es única e irrepetible comenzamos a descubrir que existen tareas, "misiones", que esperan por nosotros. Nadie puede dar las respuestas, "tus" respuestas, porque ellas son originales e insustituibles. Nadie lo puede hacer como lo haces tú.

Todo tiene una pizca, un pedacito nuestro, una característica que permite distinguirnos.

Quizás no sólo sea en el producto que se nota tu huella: hay una manera de hacerlo, una actitud, un deseo.

Quizás no conozcas al destinatario, pero puedes transmitir en la tarea más pequeña y simple tu buen deseo.

El trabajo es una de las maneras mediante la cual puedes dar respuestas al mundo de una forma concreta, cotidiana. Al realizarlo te trasciendes, apelas a los valores de creación, transformas el mundo.

El trabajo de cada día es tu respuesta, tu "misión en el mundo". Es tu posibilidad de realización: en él vuelcas tu riqueza única al momento que te vinculas con otros, con la comunidad humana.

El psiquiatra argentino Roberto Almada dice: "El trabajo por sí solo no brinda la realización al hombre, ni la felicidad; la realización la logra poniendo toda su capacidad hacia la obra en relación a la comunidad. Hay que hacer valer en nuestro trabajo, ese algo personal y específico que da un carácter único e insustituible a nuestra existencia y con ello un sentido a nuestra vida".

Más allá de la tarea concreta, importa cómo la haces. Es el ser sobre el hacer. El hacer en la mayoría de los casos está pautado, pero no tu toque personal y único. También en tu trabajo puedes practicar el "cambio de actitud" y ver con ojos nuevos las realidades y relaciones fácilmente desgastadas por la rutina. El trabajo no debe ser algo humillante o vergonzoso.

"El trabajo -decía el p. León Dehon- lejos de ser un motivo de vergüenza constituye el honor del ser humano. Lo que es vergonzoso es usar a la persona como un vil instrumento".

El trabajo, siempre y cuando no te deshumanice por la explotación, te construye y tiene un "sentido".

Nadie te puede quitar esta libertad interior. Por más que la tarea parezca tener poco valor o escaso sentido puedes ofrecer y amar a través de tu acción anónima, como hizo Jesús el Carpintero, durante su vida escondida en Nazaret.

Clotario

Clotario Blest nació en Santiago de Chile en 1899, y murió en 1990 dejando este epitafio: "¡Paz y bien! Grandes cosas prometemos, mayores nos están prometidas. Comencemos, porque hasta el momento poco o nada hemos hecho". En 1920, desde la Juventud Católica buscó acercarse al mundo obrero con sus capacidades de líder y periodista. La primera lucha en el campo sindical fue apoyar a los empleados del Estado. Impulsó la creación de la Central Nacional de Defensa de los Consumidores. Buscó siempre la unidad de los trabajadores: fundó la Central Única de Trabajadores de Chile (CUT) en 1953. En esa misma época fue perseguido, apresado y relegado en innumerables ocasiones. Presidió el "Comité de los sin casa", luchó por un sindicalismo libre y autónomo, por la reforma del Código del Trabajo y sobre todo contra la burocracia y la falta de unidad de los trabajadores. Al producirse el golpe militar en 1973, don Clotario asumió la defensa de presos, relegados y procesados, hasta que el 1° de mayo de 1978 fue golpeado y encarcelado (ya tenía 79 años).

Para la reconstrucción democrática de Chile, Blest insistió sobre la necesidad de un "hombre nuevo" que buscando su fuerza en Cristo "fuera capaz de sentir y alzarse contra la injusticia, la violación de los derechos humanos y sindicales y la explotación del hombre por el hombre, donde quiera que se cometiera, quien fuera el que la ejecutara, ordenara o tolerara". Y añadía: "Hay que sentirse guiados en todo momento por el amor y huir de todo dogmatismo hueco... Es preciso pagar en cualquier momento la cuota de sacrificio necesaria, aún con la propia vida, para que haya un mundo mejor teniendo presente que no hay resurrección sin crucifixión". Hasta el día de su muerte, renovó su amistad con Cristo y su amor a las personas concretas, los trabajadores, los pobres, los marginados. Umbrales 4,9.

8. El dinero
un corazón pobre

La pobreza evangélica

El salmo canta: "Dios encamina a los pobres, por la rectitud les enseña su camino" (Sal 24,9). Camina así en seguimiento de Cristo que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2Cor 8,9). Durante demasiado tiempo se pensó que la pobreza evangélica era una virtud heroica reservada a las personas que con los votos hacen una especial consagración a Dios. Pero las Bienaventuranzas no son sólo para monjas y frailes; todo cristiano está llamado a la felicidad de la pobreza evangélica. El camino que te lleva a la verdadera riqueza pasa necesariamente por la pascua de la pobreza. Sabiendo esto, serás capaz de aceptar perderlo todo para ganar a Cristo (Fil 3,8).

Tu pobreza no es una teoría, ni una práctica, ni siquiera un ideal, sino un rostro concreto: Dios se hizo pobre, por ti, en Cristo Jesús. Contemplando este rostro, como lo hizo Francisco de Asís, comprenderás el verdadero sentido del misterio de la pobreza.

Como laico cristiano, tú actúas en medio de las riquezas de este mundo pero con corazón de pobre. Apóyate en esta sabiduría del Evangelio y tendrás una nueva esperanza. Contempla el rostro de Cristo pobre para llegar a parecerte a él.

 

 

El cristiano y el dinero

Recuerda lo que Jesús dijo en el Evangelio: "Ningún sirviente puede servir a dos señores: porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. No pueden servir a Dios y a mammona"(Lc 16,13). Mammona es una palabra aramea usada cuatro veces en los Evangelios y una sola en el Antiguo Testamento, para indicar precisamente el dinero y las riquezas. Piensa también en las reiteradas denuncias de los profetas contra el ansia de enriquecimiento o los comentarios de la sabiduría de Israel. El Eclesiastés, por ejemplo, repite que "el que ama el dinero no se sacia nunca" (5,9).

"Que el corazón no se apegue a las riquezas, aun cuando abunden", advierte el Sal 62.

Y la Biblia parecería escrita para hoy cuando afirma en el libro de los Proverbios: "El malvado acepta regalos a escondidas ...Cuando gobiernan los corruptos, se multiplican los delitos..." (17,23; 29,16).

Que el dinero no se vuelva para ti un ídolo exigente (la avaricia es como una idolatría, observa Pablo) y "la raíz de todos los males es el apego al dinero; por entregarse a él, algunos se han extraviado..." (1Tim 6,10).

Una regla importante la puedes encontrar en el dicho de Jesús: "Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Que la moneda, marcada por la pertenencia oficial al emperador, sea del César; que el ser humano marcado por la imagen y la pertenencia a Dios se deba a sí mismo y, en su dignidad última, a Dios.

 

No debes despreciar el ámbito de la economía y de la política, anulándolos en una especie de integrismo religioso; pero el poder del Estado y de la economía deberían tener límites bien precisos e infranqueables, a fin de que no sometan y humillen a la persona en su realidad más genuina y completa. La opresión económica, la exclusión y el empobrecimiento causado por la injusta distribución de los bienes, no tiene nada que ver con la pobreza del corazón, de la que habla el Evangelio. Al contrario, quien es pobre de corazón tiene hambre y sed de justicia y lucha contra la opresión.

 

Pobre de corazón

Podrás comenzar a ser pobre de corazón siguiendo a Jesucristo, aceptando, como él, recibirlo todo y darlo todo. Dar todo con amor, recibir siempre todo con humildad.

La primera etapa de tu compromiso de pobreza pasa por la humilde aceptación de tus riquezas. Acepta lo que sabes hacer, tu trabajo y profesión. Acepta, lo que sabes decir, la riqueza de tu fe, de tu esperanza, de tu amor, de tu cultura. Acepta tu salud, la enorme riqueza de cada persona, de tu familia y de tus amigos, tu libertad. No tengas vergüenza ni vanidad.

Por eso vive en continua acción de gracias, ya que no posees nada que no hayas recibido en don (cfr. 1Cor 4,7). Tu pobreza te hace vivir en perpetua alabanza. Podrás entonces pasar a la etapa de la pobreza del corazón, que es el grado supremo de pobreza. Esta pobreza te conducirá al desapego de tus propios deseos, de tus ambiciones, de tu amor propio, siguiendo a Jesucristo, cuyo alimento es hacer siempre la voluntad del Padre. Ésta es la pobreza en el Espíritu que Jesucristo propone a cada uno de sus discípulos. No rechaces este don del Espíritu; Él le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Rom 8,16). Ya no eres esclavo de nadie, sino hijo, heredero de Dios y coheredero con Cristo: tu riqueza es el Reino.

Desprenderse de algunos bienes materiales puede ser fácil; el desprendimiento solidario te va a costar un poco más. Pero la pobreza del corazón, del espíritu, siempre es entrega total. Lo saben muy bien el papá y la mamá que están dispuestos a entregarse y "perderlo todo" por el bien de la pareja y de los hijos. Si tomas en serio tu compromiso de pobreza de espíritu, estarás dispuesto a compartir solidariamente con los pobres y los necesitados.

Sentirás predilección por quienes tienen más necesidad de ser reconocidos y amados. En el barrio o en tu trabajo te esforzarás por evitar toda forma de injusticia social, y podrás despertar las conciencias a los dramas de la miseria y a las exigencias de la justicia.

En esto, seremos discípulos de Cristo, siempre preocupado por estar presente entre los hombres y mujeres de su tiempo, sobre todo entre los más pobres y excluidos: los que carecen de recursos, de razones para vivir y para esperar. Para ti, como fue para él, tu opción por los pobres no es una estrategia o un sentimiento de lástima; sino una actitud de vida (de corazón) que te hace verdadero seguidor de Cristo.

Dominga

La Dra. Dominga Riolfo nació en Montevideo, en un modesto hogar en 1903 y llegó a culminar sus estudios y ejercer la profesión médica; cosa muy difícil para una mujer en aquellos años.

En la catequesis se destacaba por su puntualidad y finalizada ésta se la veía correr a su casa para ayudar a su madre. Para no gastar luz eléctrica en su casa estudiaba junto a la ventana con la luz de la calle, y para comprarse un libro tenía que lavar una tina de ropa... pero todo era poco para ella con tal de llegar a la meta de su profesión médica. Pasado el tiempo sintió el deseo de consagrarse a Dios, dedicarse a Él como su posesión exclusiva. Su director espiritual le aconsejó permanecer en el mundo, donde podía hacer mucho bien, siendo laica. Ella supo formar en su corazón la imagen perfecta de Cristo. Nadie acudía a ella sin salir consolado, socorrido, escuchado. A cada hora había en su puerta pobres pidiéndole comestibles, empleo... y hasta libros, que ella les compraba de su bolsillo.

Cierto día el cristal de sus lentes se le hizo añicos; pero para poder ayudar a una persona que en esos momentos necesitaba el dinero, tuvo que demorar la compra de los lentes. En su corazón los pobres tenían un lugar especial; por eso un día de la semana era dedicado a ellos. Y no sólo eran atendidos gratuitamente sino que luego les conseguía los medicamentos y todo lo demás que el paciente necesitara.

Desarrolló una intensa labor social y profesional: fundó la Asociación de Estudiantes y Profesionales Católicos, la Bonne Garde y el Hogar de Empleadas y Escuela Privada del Servicio Social. Fue médica de la Comunidad Vicentina del Buen Pastor, del Cottolengo Don Orione y de la Cruz Roja.

La Dra. Riolfo, más que perseguir una ganancia económica, llevó muy dentro de sí el tesoro de la caridad y andando entre la gente en la larga carrera de su vida lo supo conservar hasta el fin. Falleció el 8 de setiembre de 1992 a los 89 años de edad. Umbrales 54,32

9. El compromiso social
una tarea específica

Bandera o levadura

La fe y la vida van siempre unidas; tu fe necesita transformarse en compromiso, en obras concretas para tus hermanos. Sin esta dimensión práctica tu fe está muerta (Sant 2,26).

Es evidente entonces que tu fe, aceptada como don de Dios en lo íntimo de tu conciencia, tiene que tener también una dimensión pública. Más allá de compartirla en el ambiente fraterno de tu comunidad, tu fe será la fuerza que te impulsa al compromiso para la transformación de la sociedad.

El Evangelio pide a cada seguidor de Jesucristo, una proclamación pública de su fe y un compromiso transformador. "No sé qué Biblia leen los que dicen que la religión no tiene que ver con lo político", dijo decididamente el arzobispo sudafricano Desmond Tutu.

El Concilio Vaticano II afirmaba la específica vocación del laico que consistía en "ordenar según Dios los asuntos temporales, y hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal sino a través de ellos" (LG 31 y 33).

Sin embargo, esta afirmación solemne no alcanza a explicar qué tipo de presencia pública necesitamos reafirmar en nuestra sociedad. Se ha suscitado entonces un debate que refleja dos posturas algo diferentes y contrapuestas: por un lado hay quienes sostienen una "presencia-bandera" (un protagonismo activo y compacto, que enfrenta a la sociedad no cristiana); por otro lado hay quienes sostienen una "presencia-levadura" (una propuesta más inserta y de mediación, tendiendo puentes con la sociedad).

1) La presencia-bandera pretende ser una fuerza de choque y sostiene una propuesta militante que presenta los valores cristianos en oposición a las corrientes de pensamiento y a los movimientos político-sociales de matriz no cristiana.

2) La presencia-levadura sostiene un compromiso "de frontera" que prefiere el camino del testimonio para que los valores del Reino fermenten (como levadura) en la sociedad, y las aspiraciones de la sociedad fermenten a su vez en la comunidad cristiana.

 

A pesar de tu opción entre estos dos tipos de presencia, recuerda lo que al respecto te dice Jesús: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada" (Mt 5,13).

La condición secular, el estar presente en el mundo, es una modalidad significativa de tu ser laico-cristiano, o sea de tu ser sal de la tierra: no tanto como un dato sociológico, sino como algo esencial de tu misión cristiana.

Como laico asumes decididamente tu "carácter secular" buscando "el Reino de Dios". Desarrolla entonces una búsqueda evangélica, cristiana, católica, de la secularidad y la laicidad, y que se asimilen y desarrollen como base de tu identidad. Lo que también conlleva la crítica al secularismo y al laicismo, es decir una crítica profunda, inteligente y actual sin reeditar peleas antiguas que reabren heridas y crean resistencias inútiles contra el anuncio de la buena nueva. (Ver Informe Sinodal, Mdeo., 2005).

 

 

La formación laical

El Concilio te recuerda también que "el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes para con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación" (GS. 43). Todo esto implica para ti una formación en lo profesional, lo social y lo político. Los obispos latinoamericanos en Santo Domingo (n. 96) afirman que una deficiente formación "priva a los laicos de las respuestas eficaces a los desafíos actuales de la sociedad". Por eso invitan a impulsar, como objetivo pastoral inmediato, "la preparación de laicos que sobresalgan en el campo de la educación, de la política, de los medios de comunicación, de la cultura y del trabajo" (n. 99). ¿Cómo está tu formación en este sentido?

Al hablar de la formación de los laicos, el documento de Puebla te recuerda que un aspecto importante de esta formación es el que concierne a la profundización de una espiritualidad más apropiada a tu condición de laico (n. 796) y pide que "el laico no huya de las realidades temporales para buscar a Dios sino que persevere, presente y activo, en medio de ellas y allí encuentre al Señor"(n. 797).Tu espiritualidad laical implica el saber que es posible santificarte a través de la vida ordinaria, en las cosas pequeñas, en los detalles con los demás, en saber descubrir a Dios en las cosas de todos los días. Lo secular es el ámbito privilegiado en que ha de manifestarse la verdad y la fecundidad de la fe, la esperanza y la caridad que mueve tu existencia. (Ver Informe Sinodal, Mdeo., 2005).

 

 

 

 

 

"Envíanos Señor tu Espíritu divino, que renueve la faz de la tierra.

Que ilumine a los hombres, que construya tu Iglesia con los lazos del amor. Para que la Iglesia sea más pura, purifícanos del pecado.

Para que la Iglesia sea más radiante, aumenta nuestro celo misionero.

Para que la Iglesia sea más santa, aumenta en nosotros tu caridad. Amén".

 

(Oración escrita por Julio Espósito).

Julio

"Nuestro compromiso de cristianos, nos tiene que impulsar a luchar por la construcción del Reino de Dios, aunque no lleguemos a ver cumplido aquello que queremos conseguir" (reflexión de Julio Espósito).

Julio nació el 22 de enero de 1952 en Montevideo en el seno de una familia cristiana. Estudiaba y trabajaba en un quiosco de venta de diarios y revistas, aportando al presupuesto familiar. Integraba activamente los grupos de jóvenes de la parroquia de Pocitos, y se desempeñaba como animador del Movimiento de Infancia y Adolescencia (MIYA) dedicado a la educación cristiana de los niños y adolescentes. El 1º de setiembre de 1971, Julio participaba en una manifestación estudiantil en protesta por la desaparición de dos militantes en manos de un escuadrón parapolicial. En determinado momento se hacen presentes las fuerzas de represión, gaseando y baleando a los estudiantes, y es ahí, donde Julio cae, baleado cobardemente por la espalda, mientras intentaba ayudar a una chica que se había desmayado a causa de los gases. Tenía 19 años. Algunos simplemente lo pusieron en la lista de los estudiantes asesinados en esa década. Para nosotros es un testigo de Cristo, que supo entregar generosamente su vida, por el Reino.

"Desde que lo conocí, lo estimé como un excelente compañero, inquieto, inquisidor, exigente consigo mismo y con los demás, entregado a lo que hacía, pobre y desprendido, audaz en lo que buscaba. Leal con todos... Alegre, una profunda alegría que tan bien expresaba con su guitarra y su canto. Preocupado por todos, cariñoso en su amistad, buscaba ser un cristiano íntegro, de una sola pieza". (Pbro. Adolfo Chapper).

"Mi hijo fue un laico, que desde niño sintió el llamado de Jesús, y la responsabilidad de serle fiel; hizo un camino de fe, su compromiso creció día a día hasta llegar a la plenitud del darse. Para mí su muerte fue una reproducción de la Resurrección de Cristo. Me sentí impulsada a ocupar su lugar. A pesar de llorar y llorar, Dios me dio la gracia de no sentir odio por sus asesinos y me impuse continuar su entrega" (Libia, su madre). Umbrales 22,9

 

10. La vida política
el servicio solidario

La "política" en su sentido más amplio

La vida política, entendida como defensa de los derechos humanos, como búsqueda del bien común y de la justicia social, es un deber fundamental para ti y para todo cristiano. El ejercicio de la vida política, considerado como medio para el bien común, es "la expresión más alta de la caridad" (Pío XI) ya que tiene los resortes efectivos para ir estableciendo una sociedad más justa y solidaria.

No puedes dejar que tu vivencia cristiana se exprese sólo en el cumplimiento de variadas prácticas religiosas, pero sin ninguna incidencia en la vida pública. No aceptes el preconcepto (fruto de la ideología racionalista) que reduce la fe cristiana a una opción privada e intima.

Es importante que conozcas la enseñanza social cristiana (Doctrina Social de la Iglesia) que insiste en la necesidad de evangelizar la totalidad de la existencia humana; el documento de Puebla (n. 515) critica a quienes tienden a "reducir la fe a la vida personal o familiar excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor y el perdón no tuvieran allí relevancia".

Tres son los ámbitos más importantes en los que debes desarrollar, más allá del ámbito familiar, tu compromiso de cristiano: el ámbito profesional, el ámbito social y el ámbito político. En los últimos años se ha notado un repliegue de los cristianos hacia el interior de la Iglesia. Por eso el documento de Santo Domingo
(n. 98) pedía "evitar que los laicos reduzcan su acción al ámbito intraeclesial (o parroquial), impulsándolos a penetrar los ambientes socioculturales y a ser en ellos protagonistas de la transformación de la sociedad a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia".

 

La política partidaria

La política partidaria en cuanto afiliación o militancia en un partido político es una buena forma de servir a la sociedad. Esto es un compromiso propio del cristiano-laico, ya que debe promoverse desde las entrañas de la sociedad civil, sin injerencias del Estado en los asuntos eclesiales ni de la Iglesia en asuntos partidarios. Recuerda la enseñanza del Concilio que destaca la importancia de los partidos políticos, cuando funcionan como escuelas de formación cívica e invita a los cristianos a prepararse para ejercer "un arte tan difícil pero a la vez tan noble, sin buscar el propio interés ni