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Ps. Leonardo Buero La "santa" Ira ¿Cómo integrar una sana agresividad?
1. Introducción Vivimos en un tiempo de violencia. Basta encender la radio o la televisión para encontrarnos violencia por doquier. Actos delictivos que más allá del robo incluyen golpes, torturas, violaciones, etc. Películas centradas en destruir de la manera más sofisticada. Dibujos animados cuya temática es golpear, detonar explosivos, utilizar armas, etc.. En las calles la gente, las bocinas y frenadas se acompañan de insultos y amenazas. En el ómnibus el guarda se enoja con los pasajeros porque no tienen cambio o porque no se corren rápido. Ni que hablar de las guerras, el hambre que asola a países o las últimas armas atómicas.
2. La presencia de la bipolaridad en nuestra vida El ser humano existe y vive en una realidad dual. Pertenece al mundo terrenal y al mundo espiritual simultáneamente. Y en cada situación contempla las dos caras de la moneda: es bueno y puede ser malo, es santo y pecador. La realidad se expresa en pares y necesita de una condición para que exista la otra posibilidad. La Luz para ser Luz necesita de su opuesto para existir y viceversa. El teólogo judío Pinchas Lapide se pregunta: "¿Por qué no comienza la Biblia, como sería lógico por la letra álef? La primera página de la Biblia, he aquí el descubrimiento: el número dos es la clave de toda la creación. Dios creó el mundo en parejas. Se comienza con luz y tinieblas, cielo y tierra, sol y luna, tierra firme y mar, fauna y flora. Pero, ¿por qué todo consta de esta duplicidad, que en el fondo es unidad dual? Porque cada mitad necesita de la otra mitad; no sólo como contraste sino para la propia autocomprensión." Esta dualidad o bipolaridad también se encuentra en el alma humana. Un filósofo cristiano, Nicolai Berdiaev, dirá: "El hombre puede conocerse a sí mismo, ya sea a través de su elemento divino, ya a través de su elemento subterráneo, inconsciente y demoníaco; dicho de otro modo: a través de lo que hay en él de tenebroso. Y puede hacerlo, porque es un ser doble, contradictorio, polarizado en el más alto grado, tan cerca de Dios como de la bestia, noble y bajo, libre y esclavo, capaz de elevaciones y de caídas, de gran amor y de grandes sacrificios, como de crueldad y egoísmo sin freno". Víctor Frankl, psiquiatra sobreviviente de los campos de concentración dijo que el hombre es el ser capaz de crear las cámaras de gas para exterminar a su prójimo. Y es el mismo ser capaz de entrar en esas cámaras con la frente en alto, dignamente, y con una oración en sus labios.
Carl Jung planteó que todos los contenidos rechazados por nuestro consciente por ser socialmente negativos se ubicaban en nuestro inconciente en lo que él denominó "sombra" del individuo. El sacerdote canadiense Jean Mounbourquette plantea en su útil libro "Reconciliarse con la sombra" (Ed. Sal terrae) una serie de estrategias para reconocer nuestros contenidos anímicos reprimidos. Presentamos una de ellas: ESTRATEGIA PARA RECONOCER LAS SOMBRAS
Todo lo que rechazamos está en nosotros primero y luego "afuera" en los demás. Y lo que rechazamos tiene un efecto boomerang. Si no lo aceptamos y luego integramos volverá contra nosotros. Estos contenidos existen aunque los neguemos y aparecen intempestuosamente en algunos momentos. Así nos sorprende ver una reacción inesperada en alguien que valoramos por su tranquilidad. "Buey manso, patada fuerte", dice la sabiduría popular. Sorprende ver a una persona conocida y aceptada por su tranquilidad cuando se enoja. "Me desconozco", suele decir; "yo no soy así, no sé lo que me pasó". Desde la década del 80 se comenzaron a conocer casos de personas "tranquilas, tímidas" que de un momento a otro asesinaban a toda su familia. O los niños y adolescentes que concurrían a su escuela con un arma y cometían homicidios en serie e indiscriminados. Los testimonios son coincidentes: eran personas tranquilas, apocadas; y luego de esos episodios vuelven a ser de esa manera. Son víctimas de esta patología de la violencia, que algunos llaman "ceguera emocional", y que se desata con furia por un momento y que luego desaparece. Es posible pensar que la "sombra" psíquica irrumpió, se hizo presente, pidió su lugar y luego volvió al sótano. Allí se fortalece, crece sin que lo sepamos, agazapada. La Prueba de Anticipación del Dr. Berta, un test que determina la estructura de valores del individuo revela que en más de un 90 % de los casos el aspecto que rechazamos (y que habita en nuestra "sombra") es la agresividad (autodirigida o hetero agresiva). El mismo Dr. Berta, en su libro "Lo insólito y su sentido", lo plantea así: "¿Por qué el ser humano muestra ser la víctima propiciatoria de su propia agresividad no controlada?… La agresividad ha sido calificada, sin razón, como un factor negativo que debe ser sistemáticamente rechazado y reprimido." Esto tiene una gran lógica. Desde pequeños se nos enseña a ser "buenos" lo que equivale a decir "no agresivos". ¿Pero es siempre negativa la agresividad?
4. Dialéctica de Opuestos: Nuestra manera de pensar como occidentales está marcada (por influencia de los griegos) por la exclusión. Lo podríamos representar con la expresión: "una de dos". De esta manera la realidad la clasificamos en opuestos irreconciliables: yo tengo la razón y el otro está equivocado, esto es negro o es blanco, los de este partido político son honrados y los del otro deshonestos. Sin embargo, la vida nos demuestra permanentemente que en parte el otro tenía la razón (al igual que yo tengo parte de la misma), que los honestos y los deshonestos están en ambos lados y que los matices del gris abundan más de lo imaginado. Porque en nuestra vida es "esto y lo otro" de manera complementaria. Nicolás de Cusa, el gran cardenal del siglo XV, llegó a definir a Dios como la coincidencia Oppositorum, la coincidencia de los contrarios. De esta manera de pensar y concebir la realidad en polaridades opuestas no se escapa ni el mismísimo Señor. El rabino Löw de Praga afirmó que "En la vida no hay realmente contrarios, sino sólo dos aspectos distintos de la verdad".
Jesús, Dios hecho hombre, compartió con nosotros la dimensión humana y todas sus características, excepto el pecado. Como Hombre integrado, nos indica una dirección luminosa sobre como actuar ante las diversas vicisitudes de nuestra vida. Desde siempre se nos han facilitado imágenes e ideas acerca de la bondad, misericordia y mansedumbre de Jesús. La noción del Cordero de Dios nos transmite claramente esta perspectiva bondadosa, prácticamente indefensa. ¿Cómo podemos entonces explicar las siguientes citas bíblicas?: "Misericordia e ira están con Él. Tan poderoso en perdón como pródigo en ira. Tan grande como su misericordia es su severidad" (Ecli 16, 11-12). "No piensen que he venido para traer paz, en la tierra: no he venido a traer paz sino espada" (Mt 10,36). "Después Jesús entró en el Templo, y echó a todos los que vendían y compraban allí, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas..." Y al Templo así profanado lo llamó "cueva de ladrones" (Mt 21,12). ¿Este Jesús es el mismo Cordero Misericordioso? La reducción de Jesús a un único polo es una reducción impropia. Esta unilateralidad hace que se vea amputada otra dimensión de la personalidad de Jesús: su Firmeza. La firmeza, coherencia, coraje, no son otra cosa que agresividad bien integrada. "La energía agresiva, como cualquier función psicológica, puede ser buena o mala según la forma en que se utiliza y se aplica. Esto quiere decir que, en sí misma, la agresividad no es siempre buena o mala, de modo absoluto. Lo que realmente importa es si existe o no una maestría de la agresividad" (Dr. Berta). Por supuesto que Jesús fue el Cordero de Dios (la misericordia) pero también fue el "Águila de Dios" (la firmeza), según expresión de San Francisco de Sales. Siempre es lo Uno y lo Otro. Y en nuestra vida hay muchas ocasiones para actuar con misericordia. Pero también en muchas otras la vida nos pide firmeza para corregir, ubicar, transformar. Ya no va más una aceptación pasiva incondicional (de bueno a tonto) sino que Jesús nos enseña a poner un freno allí donde corresponde.
6. La agresividad
Popularmente se dice "por ser bueno no pasar a ser tonto" y aquí radica el centro de la problemática. Esto que sucede con la agresividad también es propio de todas las funciones psicológicas. En el caso del afecto sabemos que en el niño la carencia del mismo resiente su estructura y desarrollo psíquico; y que a su vez el exceso de afecto también es paralizador o inhibidor. Cuando en una persona constatamos que existen momentos, estados y acciones donde la conciencia funciona débilmente (debajo de un mínimo suficiente) hablamos de un individuo "inconsciente". Por el contrario, cuando una persona es responsable en exceso y eso le genera inhibiciones hablamos de una persona escrupulosa. La agresividad asumida e integrada en el justo medio de su funcionalidad psicológica es justicia, perseverancia, coherencia, valor, etc. Son las denominadas "Virtudes del Guerrero". Y allí podemos reconocer la maestría de la agresividad. Uno es dueño de ella y la utiliza cuando se debe y en la dosis correcta.
7. ¿La AGRESIVIDAD puede ser un valor espiritual?
¿Es una expresión de violencia impulsiva (lo que los psiquiatras denominan ceguera emocional)? ¿Es un arrebato de ira que no pudo controlar? ¿Es un acto conciente, maduro, justo? Dado que no todos los valores pertenecen a un mismo orden jerárquico es necesario plantear una estructura por niveles. A grandes rasgos podríamos plantear la existencia de niveles subordinados: 1. el nivel biológico 2. el nivel psíquico y de niveles sobreordenados: 3. el nivel trascendente El tercer nivel, denominado existencial, es donde aparecen los valores ya sea personales como supraindividuales. Es típico de este nivel la aparición de conceptos tales como: misión, valores, trascendencia, sentido de la vida. El descubrimiento y la opción por los valores rectores de la vida suele presentarse con cierta frecuencia en la mitad de la existencia como conflictos de valores, existenciales. El caso paradigmático es el de Nietzsche donde encontramos el valor religioso reprimido. Así el Anticristo o asesino de Dios termina, en su locura, por firmar sus cartas como: el Crucificado. El valor ignorado, en la "sombra" psíquica termina por dominar al sujeto hasta el extremos de poseerlo en una total identificación. La agresividad, como cualquier función psicológica necesita su "Maestría". En el nivel 1 es la agresividad animal, ciega, destructiva. En el nivel 2 es la agresividad contra algo o alguien que representa (imagen) una situación insoportable que se debe eliminar. En el nivel 3 la agresividad es subordinada a un valor superior (justicia, coherencia, dignidad, coraje, templanza). Lo mismo sucede con otras funciones humanas: como por ejemplo el sexo subordinado al amor. En
el camino de evolución psíquica los niveles inferiores se deben poner
en camino y ser activados al nivel superior (espiritual-existencial). Es
evidente que Jesús en el templo era consciente de su actitud, que
podemos llamar "santa ira": santa porque sin ningún peligro
para la vida de los mercaderes, subraya con una acción fuerte la
defensa de la justicia y del verdadero culto a Dios.
8. El Equilibrio (Belleza) Se trata de no quedarse siempre en uno de los dos polos sino de saber cuando es el momento para uno y cuando para el otro. Pascal expresa esta relación entre los opuestos de esta manera: "Yo no admiro el exceso de una virtud, como el valor, si no veo al mismo tiempo el exceso de la virtud opuesta: la misericordia. Porque, de otro modo no es subir sino caer. No se demuestra por estar en un extremo, sino más bien tocando a los dos a la vez, y llenando todo lo que hay entre ambos." Cuando siempre actúo de la misma manera respondo de una manera rígida, neurótica. Ya lo dice el Eclesiastés: "Hay un tiempo para todo" Y cuando me muevo flexiblemente entre ambos polos respondo de una manera sana, creativa, equilibrada, bella. "La concepción correcta es que el amor y la agresividad son dos polos del alma, en interrelación estrecha; ambos necesarios para la persona. Es lo que vemos en las grandes figuras carismáticas, como Jesucristo, que pueden ser muy misericordiosos y caritativos o muy combativos y activos, según las necesidades del momento." (Dr. Berta). Lejos estamos de plantear una apología de la agresividad. Pretendemos darle una funcionalidad en cantidad y calidad correctas. Como psicoterapeuta en diversas ocasiones he planteado la "terapia del enojo" pues se necesita de una sana ofensividad para ubicar situaciones, personas y a uno mismo en relación a actos que no están a la altura de la jerarquía y dignidad personal. Priorizar, absolutamente , la pasividad, el sacrificio, la bonhomía, resignación, es un error. Teilhard de Chardin es uno de los tantos pensadores que se ha percatado de la necesidad de practicar actitudes complementarias de la mansedumbre. "Se nos ha hablado demasiado de corderos -afirma-. Me gustaría ver salir un poco a los leones. Demasiada dulzura y poca fuerza." Y en cuanto a la actitud evangelizadora apropiada a los tiempos que corren, afirmó: "Así resumiría yo simbólicamente mis impresiones y mis tesis al abordar la cuestión del reajuste de la doctrina evangélica al mundo moderno. La verdad sobre el Evangelio en la actualidad es que ya no atrae o casi no atrae, porque se ha vuelto imcomprensible. En un mundo que se ha modificado terriblemente, se nos repiten las mismas palabras que encontraron nuestros padres... No queremos ya una religión de regularidad, sino que soñamos con una religión de conquista"
Hay un aspecto psicológico de Jesús que creemos dejado de lado: "las virtudes del guerrero", que se apoyan en la maestría de una función psicológica rechazada: la agresividad. A su gran misericordia es fundamental agregarle su fortaleza, coherencia y valentía. Caer en un solo polo puede generar una actitud inadecuada de mansedumbre (que suele ser muy valorada pero que en ocasiones se asimila a la debilidad, aceptación de lo inaceptable, comodidad, resignación, pereza). Todo aquello que rechazamos en nuestra vida sigue estando presente; no por rechazarlo desaparece, más bien toma una dirección de autonomía que más tarde o más temprano irrumpe en nuestras vidas. Un autor antiguo, Heráclito (500 años a.C), lo expresó en la ley de la enantiodromía: todo marcha hacia su contrario. Si logramos poder pensar de esta manera abierta, viendo que nada es 100% negativo o positivo y que se puede rescatar lo uno de lo otro estaremos dando un enorme paso hacia una comprensión del mundo y de nosotros mismos más auténtica.
Leonardo Buero. |
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