Habacuc, la esperanza

en medio del caos

 

Entre los años 605 y 600 antes de Cristo predica Habacuc y él mismo o un discípulo suyo escribe sus profecías y oráculos que conforman un pequeño libro de apenas 3 capítulos. Pero éstos están llenos de fe y sabiduría y son un cántico de esperanza en medio de una de las peores crisis que sufrió el pueblo de Israel.

 

El profeta escribe desde Judá, al sur de Palestina, y ha contemplado a su país devastado por el Imperio Asirio, un cruel imperio militar que masacró países y poblaciones enteras.

Así en el año 721 antes de Cristo, el Reino de Israel cae ante su poder, y el Reino de Judá, al sur, no cae del todo, pero sufre devastación, ya que muchas de sus ciudades son conquistadas y arrasadas. Laquish, por ejemplo, destruida en la época de Habacuc, fue incendiada enteramente con hombres, mujeres y niños, por el rey asirio Senaquerib por ofrecer una tenaz resistencia.

Sin embargo, Asiria no puede conquistar Jerusalén y el Reino de Judá sobrevive aunque muy limitado y débil.

El profeta clama impaciente a Dios, pidiendo que haya justicia, y que no queden impunes los delitos cometidos por los opresores.

"Señor, ¿por qué me obligas a ver la injusticia? ¿Acaso tus ojos soportan la opresión? Sólo observo robos y atropellos, y no hay más que querellas y altercados. Por eso la Ley está sin fuerza, y no se hace justicia. Como los malvados mandan a los buenos, no se ve más que derecho torcido." Hab 1,3-4.

La respuesta del Señor no se hace esperar: los asirios van a pagar sus crímenes, y el Imperio Caldeo arrasará con ese Imperio cruel e injusto (Hab 1,5-11).

Sin embargo, la situación no ha cambiado para bien; es cierto que el Imperio Asirio ha sido destruido y los injustos pagaron muy duramente lo que han hecho. Nínive, la capital de Asiria fue arrasada, y no quedó de ella piedra sobre piedra.

Tan destruida estaba que los arqueólogos no podían encontrarla.

De todos modos, el profeta comprueba que el Imperio Asirio no fue reemplazado por alguien más benévolo, sino que por el contrario, Judá ha sido conquistado por un imperio tan opresor e injusto como el anterior.

Por eso el profeta vuelve a cuestionar a Dios y a quejarse de lo que ve.

Él es un testigo de la historia, pero no es un testigo indiferente, es un israelita, y si bien es cierto que su pueblo se desvió del recto camino y que por eso lo han conquistado y sometido, hay mucha gente inocente que está sufriendo injustamente. La brutalidad del Imperio Babilónico se ve reforzada por la idolatría que éstos practican; no son humildes, por el contrario adoran a su propia fuerza y a los ídolos a los que atribuyen su triunfo. Y parece que Dios nada está haciendo.

"Mi Dios, mi Santo, ¿no eres tú el Yavé de antes que no podía morir? ¿Has hecho de este pueblo el instrumento de tu justicia? ¿Acaso lo has elegido, Roca mía para corregirnos? Tus ojos son puros, tú no soportas el mal, y no puedes ver la opresión. ¿Dime por qué entonces contemplas a los traidores, y observas en silencio cómo el malvado se traga a otro que es más bueno que él?" (Hab 1,12-13).

 

La enigmática

respuesta de Dios

 

Es difícil imaginar lo duro que debe haber sido para este profeta, aceptar la justicia y el amor de Dios.

En esa época, Israel no creía aún en la vida eterna y en la Resurrección después de la muerte, y los creyentes pensaban que el Señor recompensaba a los hombres por sus actos en su vida mortal y que una larga y próspera vida esperaba al que hacía el bien y practicaba la justicia.

Dios no da razones a Habacuc, simplemente le plantea al profeta que aguarde y tenga paciencia porque el Señor no dejará de hacer justicia.

"El Señor Yavé me respondió: Escribe la visión y anótala en tablillas, para que pueda leerse de corrido. Esta visión espera su debido tiempo, pero se cumplirá al fin y no fallará; si se demora en llegar, espérala, pues vendrá ciertamente y sin retraso. Aquí la tienes; el que vacila, nunca contará con mi favor. El justo vivirá por su fidelidad." (Hab 2,2-4).

No resulta sencillo que alguien se conforme con esta respuesta, pero es la más importante que el profeta descubre y en ella se funda su esperanza. Parece poco, pero es la esperanza más importante, que hará que Israel siga creyendo y se levante de la ruina y las cenizas del exilio. Experiencia que en la época de Habacuc, recién comienza.

Después de la toma de Jerusalén (587 a.C.) por el Imperio Babilónico, habrán 70 años de cautiverio, en los cuales Israel purificará su fe, y se despojará de lo que lo ha llevado a la ruina: la idolatría.

El profeta es durísimo con los idólatras, que adoran a los dioses falsos, inventados por el hombre para que le complazcan en sus deseos y ambiciones egoístas, y con la codicia que no es nada más que otra forma de idolatría (Hab 2,5-6 y 2,18-20).

El libro concluye con una oración en la que el profeta se afirma en su fe en Dios, y que nos recuerda al Magníficat que María entona llena de esperanza.

En la fe sencilla y profunda de Habacuc, encontramos el eco de la fe de los "pobres de Yavé", de los llamados "anawin" que esperaban al Mesías con una actitud de humildad y sencillez. Ellos serán más tarde los que sigan a Jesús de Nazaret sin escandalizarse de su pobreza y mansedumbre, ni de su amor por los pecadores y excluidos.

"Viene Dios de Temán, el Santo, desde el monte Parán. Su majestad envuelve los cielos y su Gloria repleta la Tierra. Se asemeja a la luz su resplandor; un par de rayos brotan de sus manos...

Se detiene y la tierra se estremece, mira y se sobresaltan las naciones, las montañas eternas se desploman, las colinas antiguas se derriten.

¡Yavé sale como en los tiempos pasados!

Al oírlo mi corazón palpita, al sentirlo mis labios se estremecen, se corrompe la médula de mis huesos, y temblequean mis piernas.

Espero sin embargo el día amargo que sobrevendrá al pueblo que nos oprime.

Pues aunque no florezca la higuera, ni den las viñas uvas en adelante; aunque falte el producto del olivo, y se niegue la tierra a darnos pan, aunque no queden ovejas en el corral, y se queden sin bueyes los establos; yo seguiré alegrándome en Yavé ¡Me llenaré de gozo en Dios mi Salvador!

¡Yavé es mi Señor y él es mi fuerza. Él da a mis pies la agilidad de un ciervo, y me hace caminar en las alturas! " (Hab 3,3-6;16-19).

 

Hay acontecimientos en la historia que cuestionan nuestra creencia en la providencia y en la protección de Dios. Pensemos en el Holocausto perpetrado por los nazis, en las tremendas injusticias a que los pueblos se ven sometidos. En las feroces dictaduras que violan los derechos humanos, y destruyen vidas inocentes.

No podemos conformarnos con frases hechas y sentimientos piadosos. Menos todavía podríamos afirmar que los que sufrieron "algo habrán hecho porque Dios los castigó".

Habacuc nos dice que las respuestas simplistas no nos sirven aquí y que no podemos explicar y tratar de evitar el escándalo tratando de no mirar la realidad.

La fe espera contra toda esperanza pero no es ingenuidad ni conformismo. El profeta nos llama a no tener una actitud fatalista y pasiva ante la injusticia y la opresión.

Por el contrario, el creyente debe rechazar la injusticia con todas sus fuerzas, debe saber que no puede tener todas las respuestas, pero que a pesar de las dudas y dificultades que pueda experimentar, sólo en Dios debe poner su esperanza.

 

Eduardo Ojeda