Reivindicar la vida laical

 

 

Dios siempre llama para una vida plena (Jn 10,10), y feliz (Jn 15,11).

La vocación del laico es un llamado de Dios y una responsabilidad

que supone, el cumplimiento de una misión en la Iglesia y en el mundo.

Su llamado siempre es libre, inmerecido porque nuestro Dios

desborda de amor y sorprende siempre.

Es común que vocación se identifique con Vida Religiosa

o Ministerio Ordenado, por eso es necesario reivindicar en los medios eclesiales,

la vida laical como la respuesta a un llamado de Dios,

como un don recibido para ofrecerla a la Iglesia y a la Historia.

El Concilio Vaticano II determina el lugar de los laicos en la Iglesia

y en el mundo, mirándolos como ciudadanos de primera clase

y ya no definiéndolos por su "no ser": no ordenados, no religiosos,

sino por su "ser". El documento Lumen Gentium (nº31) nos dice:

"los laicos son fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo

mediante el Bautismo, constituidos en Pueblo de Dios

y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética

y real de Cristo, ejercen, en la parte que les toca,

la misión de todo el pueblo cristiano en la iglesia y en el mundo".

Es en el seno de la vida cotidiana, con sus tensiones inevitables,

que los laicos descubren los signos del Reino de Dios

que busca abrirse camino, casi siempre con dolores de parto.

Les toca vivir con permanente entrega personal para

transformar la sociedad y mejorar la Iglesia.

Más que hacer cosas extraordinarias se preocupan

del mundo del trabajo, la desocupación, los bajos salarios,

la discriminación de género.

En la familia asumen las alegrías y las angustias económicas,

de vivienda, de salud que tantas veces generan problemas en la pareja,

siendo artífices del diálogo y la comprensión.

En el mundo de la política, de las organizaciones sociales,

de los medios de comunicación, en el que a menudo se dan conflictos,

buscan vivir el compromiso y la honestidad.

Escuchan la voz de Dios en el amor a sus hermanos,

para volver a Él, nutriéndose de sus valores

y luego anunciarlo con gestos y palabras creíbles.

Donde cada cristiano debe combatir diariamente entre la injusticia

y la exclusión, se juega la misión evangelizadora de la comunidad.

Los laicos se han abierto paso, para participar en la vida de la Iglesia

desde sus comunidades, pero, aún hoy, la realidad está muy lejos

de lo que proclaman los documentos

de las Conferencias de los obispos latinoamericanos,

en relación a asumir más responsabilidades dentro de la Iglesia.

El lugar del laico no es la "sacristía", sino el mundo

en el que debe ser luz, sal y fermento.

 

Gloria Aguerreberry