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Cómo
derrotar la inseguridad
Presentación
En estos últimos años, la inseguridad llegó a ocupar las primeras páginas de los diarios y de los informativos con el surgimiento del terrorismo internacional; más cerca de nosotros, el fenómeno de la violencia ciudadana, acompañado al proceso de urbanización de los últimos 30 años, preocupa a la mayoría de las personas. Pero amenazas de violencia en las ciudades y en el mundo nunca faltaron. Quizás nuestros padres las miraban con otros ojos. La inseguridad no depende sólo de la presencia de un malintencionado en el barrio o de los terroristas en el mundo: depende también de qué clase de barrio, o de mundo es el mío y de qué disposición hacia el otro me he formado. Depende sobre todo de mí y de qué tipo de sociedad quiero integrar. Como ya expresamos en el Editorial, más que soluciones represivas y violentas (cárceles y rejas) para encerrar las causas de la inseguridad, tenemos que emprender caminos educativos que nos lleven a la solidaridad y a respuestas no-violentas; tenemos que cuestionarnos nosotros y revisar nuestras actitudes, más que buscar los culpables afuera de nosotros. UMBRALES quiere dedicar el Tema Central a este asunto muy debatido en nuestros días. Lo hacemos presentando en primera instancia el artículo del sociólogo José Arocena, publicado el año pasado en la revista "Misión" (n. 147-148, pág 47-52). De la misma fuente tomamos algunos de los testimonios y entrevistas al paso que publicamos sobre lo que opina la gente con respecto a la inseguridad. Luego, el p. Francesco Bottacin, director de Umbrales, propone una breve reflexión para enfrentar concretamente la inseguridad con los medios más simples que están a disposición de todos, incluso de los débiles: los de la no-violencia. 1. Inseguridad y crisis del modelo de integración
¿Cómo se expresa la inseguridad ciudadana en las conversaciones de todos los días? Las expresiones son de este tipo: "no salgas de noche", "atención a quien se acerca a ti", "no abras la puerta a cualquiera", "vamos a poner rejas", etc.. La lista sería interminable. Los miedos se generan porque el otro se vuelve un desconocido, un extranjero, alguien que no pertenece a la misma sociedad a la que yo pertenezco. El otro es alguien a quien hay que temer. Curiosamente, por otro lado estamos ante una humanidad cada vez más uniforme. En una primera mirada, el ser humano contemporáneo se viste, come, se divierte, aprende, se relaciona, se informa, de manera mucho más uniforme que en épocas anteriores. Usamos las mismas computadoras, leemos las mismas noticias, nos desplazamos en los mismos medios de transporte. Los eventos sociales, culturales, deportivos... son seguidos al instante por millones de seres humanos. Es decir, que por un lado el otro es un extraño, pero al mismo tiempo el otro se viste más o menos como yo. Al mismo tiempo existe una señal de rechazo y una apariencia de proximidad. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
Integración social, homogeneidad y conflicto
Para responder a esta pregunta es necesario comenzar por aclarar algunos posibles equívocos sobre la noción de integración social. (Nota de la redacción): Por integración social entendemos la realidad que está en la base de un grupo de personas que se llevan bien, saben comunicarse y en la comunicación superan las dificultades del grupo mismo y del grupo hacia afuera.
1. Sociedad integrada (incluyente) no es sinónimo de sociedad homogénea. 2. Sociedad integrada (incluyente) no es sinónimo de sociedad sin conflictos. 3. Integración no es sinónimo de "integracionismo".
Frecuentemente se confunde integración con uniformidad o con homogeneidad. Es necesario superar esta confusión. Un ejército -por ejemplo- da de sí mismo una imagen de uniformidad -incluso física- lo que lleva en una primera percepción, a considerarlo una forma social fuertemente integrada. Un grupo donde rige el "uno para todos, todos para uno" aparece como homogéneo, lo que permite pensar que se trata de un grupo integrado. A la inversa, si se piensa en realidades que muestran una gran diversidad, como una ciudad cosmopolita, o que tienen un grado importante de heterogeneidad como una feria internacional, la sensación del observador es la de estar frente a universos desintegrados.
Sin embargo, estas imágenes de integración o de Esto quiere decir que integración no es un término contrario a diversidad o heterogeneidad. En realidad, un proceso de integración genera la inclusión de lo diverso o de lo heterogéneo, sin que se eliminen las diversidades o heterogeneidades.
En segundo lugar, la idea de integración social puede suscitar también una imagen sin conflictos de la sociedad funcionando en perfecta armonía. Las sociedades estarían tanto más integradas cuanto menor fuera el grado de conflictualidad. En este caso los esfuerzos por integrar deberían orientarse a eliminar las fuentes de los conflictos. Una sociedad sin alguna forma de conflictualidad abierta -necesariamente de carácter totalitario, autoritario, dictatorial- sería una sociedad más integrada que una sociedad democrática en la que el conflicto se puede expresar abiertamente. Tras esa apariencia de paz por carencia de conflictos, se suelen esconder sin embargo fuertes procesos de exclusión social, que no son menos reales porque no puedan expresarse abiertamente. Las experiencias históricas son muchas y muy conocidas.
En tercer lugar, hay que darse cuenta del riesgo "integracionista": de llamar globalmente "desviantes" a todos aquellos cuya conducta no se rige por las normas socialmente aceptadas... El precio de una sociedad integrada sería la exclusión de esos individuos o esos grupos "desviantes", como incapaces de reintegrarse a la sociedad. Esta tendencia a la exclusión del diferente, (con pretextos de "purificación") lleva en seguida al poder y la dominación que se puede usar diciendo que se desea la integración.
La noción de integración social exige por lo tanto una reflexión que permita situarse más allá de estas primeras imágenes engañosas. Para que sea posible hablar de integración, debe existir un "espacio y un tiempo común" a un conjunto de individuos o grupos. Es decir, que más allá del grado de diversidad, de heterogeneidad o de conflictos que exista en ese conjunto, las relaciones sociales deben encontrar formas de desarrollarse, de comunicar, de existir como relaciones y no como patologías relacionales... o enfermedades sociales.
(Nota de la redacción): Es evidente que cuando el otro se percibe como "extraño" falta el espacio común para comunicarse con él; mientras que cuando el otro es "uno como yo", si hay dificultades las puedo enfrentar. Cuando las relaciones sociales en un grupo llegan a presentarse como enfermedades sin salida porque el otro es un extraño, entonces se presenta la falta de verdadera comunicación y de integración con el aumento del grado de inseguridad. Es interesante notar que siempre se necesita de alguien que declare que es imposible una comunicación ("con los extranjeros no es posible comunicarse, porque tienen otra cultura"): esto es exactamente lo que piensa quien detenta el poder en un grupo, ya sea directamente un dictador (según los ejemplos de arriba), o indirectamente quien maneja un poder (como por ejemplo, el de las informaciones).
El ejemplo del trabajo
La sociedad industrial comenzó su aventura histórica generando nuevas claves de inclusión social. Los nacientes polos industriales de la primera mitad del siglo XIX generaron una fuerte atracción sobre la población hasta entonces radicada mayoritariamente en las áreas rurales. Los anteriores mecanismos de inclusión social basados en la aldea rural o en el taller artesanal fueron sustituidos por las nuevas formas de socialización y de sociabilidad generadas en la fábrica.
En esta nueva trama social, esa actividad humana que siempre ha sido llamada "trabajo", cambió dramáticamente su carácter y su lugar en la sociedad. Al mismo tiempo que el trabajo salió de los ámbitos reservados de la estructura familiar rural o de los universos corporativos de los talleres artesanales, se convirtió en el motor por excelencia de una nueva forma de integración social. Los individuos debieron "salir" de sus familias rurales o artesanales para "ir" a trabajar a la fábrica, como forma de procesar su integración social. Nació así la palabra "trabajador" para designar a las personas que realmente trabajaban; las otras tareas -las domésticas por ejemplo- no fueron consideradas trabajo. Los sistemas educativos fueron transformando rápidamente sus estructuras domésticas o aldeanas, en estructuras masificadas y uniformes orientadas a servir mejor las necesidades de la industrialización. La formación para el trabajo se constituyó en una clave fundamental de todo el sistema educativo. En esta naciente "sociedad del trabajo", la desocupación se convirtió en sinónimo de exclusión social. ... Para el hombre de la sociedad industrial, el trabajo era el espacio común donde el otro no era un extraño sino uno como yo. En los últimos 15 o 20 años, el mundo del trabajo perdió su característica de espacio común. Por un lado, la pérdida irreversible de puestos de trabajo tiene como consecuencia el aumento incesante de quienes quedan fuera, al margen de este mundo. Pero por otro lado, quienes están aún en el mundo del trabajo, se ven obligados a trabajar individualmente frente a computadoras o complejas consolas informáticas, desde las que se controla una estructura robotizada. Esto quiere decir que en la sociedad que está naciendo existen simultáneamente dos fenómenos: - se han perdido irremediablemente puestos de trabajo. - el trabajo tiende a no generar espacio de comunicación sino espacio de soledad.
Estos dos fenómenos están quitando al trabajo su papel de espacio común, poniendo en cuestión todo este modelo de integración social con consecuente aumento de inseguridad y falta de espacios para sanear comunicaciones enfermas... Tal vez el desafío no sea buscar un único modelo integrador para todos, sino más bien multiplicar las instancias en las que los diversos sectores participen... en la construcción de sentido. No se trata de construir una sociedad uniforme, sino una sociedad que integre la diversidad. José Arocena (Extractado de "Misión" n. 147-148, pág. 47-52).
2. Para derrotar la inseguridad, educar en la solidaridad
Seguridad a nivel local e internacional
Más allá de la explicación histórica, es cierto que vivimos en un tiempo donde en varios lugares se plantea la falta de seguridad, tema que está en el orden del día de muchas reuniones. Los trabajos de sereno, vigilante privado, policía y militar, ocupan una buena parte de la población activa no sólo de Uruguay. Los vecinos se encuentran y hacen manifestaciones para pedir seguridad a las autoridades; hacen turnos de vigilancia para cuidar sus casas y eligen escuelas para los hijos donde la seguridad sea garantizada. Y aumentan las personas empleadas en seguridad. No es exagerado decir que la falta de seguridad llegó a ser un negocio.
Después del 11 de setiembre de 2001, con la posibilidad evidente de que el terrorismo llegue a alcanzar sus objetivos hasta adentro de los lugares de poder del mundo, el tema de la seguridad ocupó uno de los primeros lugares en las agendas de los gobiernos mundiales. Así como a nivel local aumentó el número de las personas empleadas en trabajos de seguridad, a nivel internacional aumentó el presupuesto de la Defensa, empleando los ejércitos afuera de los confines de los estados, porque hay que prevenir las causas de la inseguridad derrotando a los responsables del terrorismo antes de que lleguen a sus objetivos. Con trágicas consecuencias, como la del joven brasilero muerto en Inglaterra, por la simple sospecha de ser un terrorista. También a nivel internacional se puede decir que la falta de seguridad es un buen negocio.
Las soluciones para la inseguridad: respuesta violenta y respuesta no violenta
Se puede definir respuesta violenta la que, en nombre de la defensa legítima de una persona o de un pueblo, llega a planificar y a justificar la eliminación del "enemigo" que perjudica la propia seguridad. Esta postura considera al "enemigo" como alguien tan extraño que no solamente no puede integrarse en mi mundo, ni la comunicación (enferma) con él se puede sanar, sino que en algún caso es preferible eliminarlo -y enseguida- por el bien de todos: donde los "todos" son los "otros como yo". Este tipo de respuesta no excluye entonces el uso de la violencia homicida como solución rápida de los problemas. La respuesta no violenta, en cambio, no niega que hay problemas y conflictos; ni niega la falta de seguridad. Sólo la considera como una enfermedad en las relaciones, entre las personas o los pueblos, que se puede sanear y recuperar, por supuesto en tiempos no rápidos, con ventajas para todos: tanto a los que les falta seguridad, como también para los que la perjudican. En la base de esta respuesta está la convicción de que el otro no es un extraño, sino uno como yo que puede haberse extraviado y que no se puede perder porque es una riqueza para todos. Es por eso que esta respuesta puede llegar a usar la fuerza (por ejemplo para inmovilizar al violento), pero jamás admite la eliminación del otro. No es superfluo anotar que la respuesta no violenta es la que predicó y practicó Jesús de Nazaret, hasta donar su vida para ganar las de los que lo crucificaron. El hecho que se admitan los medios violentos como la guerra y que se siga justificándola, es la prueba más evidente -como decía Bonhöeffer- de la falta de fe.
Una seguridad posible
La apuesta, y el desafío, es recuperar espacios de integración, espacios comunes donde se pueda reconocer al otro no como un extraño sino como "prójimo". En realidad, se trata también de conquistar espacios de integración: para que no se den situaciones de calle habrá que reapoderarse de la calle, haciendo de ella un espacio de educación y no de degradación. En este rumbo se pone el fenómeno emergente del voluntariado y de las asociaciones que reúnen a personas interesadas en "compartir actividades musicales o deportivas, o en vivir solidaridades generacionales y de género, o en formar parte de comunidades basadas en afinidades de distinta índole". A nivel internacional tienen la misma orientación
las Éstos fenómenos no son ajenos a nuestro tiempo: como se ve, hay muchas señales de esperanza que no son subrayadas, mientras que hay varios motivos de preocupación (como cierto nacionalismo o el individualismo de quien no quiere necesitar de los demás) que a veces son vistos como valores.
Reapoderarse del poder
¿Quién decide que un fenómeno es un valor o una fuente de inseguridad? Muchas veces lo deciden quienes manejan las comunicaciones y las informaciones, según los negocios más importantes del momento. Quien decide si un barrio es seguro o no, son los vecinos que viven en él; pero esta decisión puede llegar de otro lado y reforzarse sobre la base de hechos puntuales que pueden ser manifestados, ocultados o exagerados. En realidad, sin quitar una cierta objetividad al tema de la seguridad, una persona puede sentirse segura aún siendo "un cordero en medio de lobos" o puede sentirse insegura aun perteneciendo al estado más armado del mundo: la seguridad y su contrario tiene que ver con la propia actitud relacional y disposición hacia los demás.
En conclusión
La inseguridad sentida por nuestros contemporáneos seguirá sólidamente instalada, mientras las sociedades no estimulen la integración gracias al desarrollo cada vez más generalizado de las nuevas formas de hacerse prójimo. El desafío está en multiplicar las instancias de encuentro entre personas (o sociedades) diversas para buscar un sentido al vivir, manteniendo intacta cada diferencia y generando actitudes y comportamientos que ayuden a integrar la diversidad existente en nuestras sociedades. No se trata de crear un barrio o un mundo distinto, sino de mirarlo con otros ojos.
p. Francesco Bottacin
"Entrevistas
al paso" sobre la
inseguridad ¿Qué hace cuando se siente
inseguro?
Alicia, 43 añosYo me refugio en mis afectos, en mi familia, mis hijos y mi marido. Es que eso es lo más seguro que tengo, donde sé que estoy tranquila. Uno va con muchos problemas por la vida por todos lados y yo trato, cuando llego a mi casa, que ese sea el lugar de referencia para mirar todo el resto. El hogar es en definitiva eso, el lugar donde uno se siente «como en casa» como dice el dicho. María
Elena, 58 años Andrés,
30 años Clara,
29 años Ana,
20 años Marcelo, 38 añosCreo que el sentimiento del miedo o la inseguridad nos hace estar atentos y alertas a las cosas. Salvo que sea algo crónico y que uno siempre viva de esa manera, hay que tratar de convertir ese sentimiento de inseguridad en motor para salir de eso, siendo creativos y buscando activamente soluciones para los problemas. Siempre hay una cuota de incertidumbre con la que tenemos que convivir y hay que enfrentarla con creatividad. Marcos,
31 años (Misión 147-148, Entrevistas al paso, págs. 36-37).
Jorge, Patricia, Jonathan, 13 añosLa inseguridad no es un problema que nos afecta: a pesar que el barrio donde vivimos les da miedo a muchos vecinos, nosotros no tenemos nada para preocuparnos. Mirta,
54 años |
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