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Reflexiones
Navideñas de Silvia Labarthe,
Contemplar cómo la Divinidad se esconde En nuestra sociedad actual nos damos cuenta de que se acerca la Navidad porque, con al menos un mes de anticipación, los negocios y los supermercados comienzan a adornarse en tonos rojos y verdes, con guirnaldas y "arbolitos" a la venta, y las propagandas empiezan a mostrarnos a "Papá Noel" o "Santa Claus" ofreciéndonos regalos. Esos son los signos o señales que se nos ofrecen para hablarnos de la Navidad; signos, por cierto muy luminosos y llamativos, pero que poco o nada tienen que ver con el Misterio de la Navidad. San Ignacio tiene en sus ejercicios espirituales, en la contemplación de la Pasión de Jesús, una expresión que siempre me resultó significativa: "contemplar cómo la divinidad se esconde". Sin duda es fuerte ver a Jesús, expuesto al maltrato, al ultraje, a la tortura de la pasión y la muerte, y descubrir en Él, la humanidad en su absoluta indefensión, en la mayor de las impotencias y abandono, incluso en el aparente abandono del Padre, sabiendo que Jesús es Dios y, que si quisiera, a nuestro humano modo de ver, podría librarse de todo ello y hacer algún "milagro" para salvarse. Eso era lo que esperaban quienes pasaban por allí al verlo crucificado y a eso lo incitaban. Sin embargo, conocemos el final: Jesús no hizo ningún milagro para salvarse de la cruz y de la muerte, asumió en todo la condición humana. En realidad, ese es el "gran milagro" que estamos invitados a ver y a descubrir: Dios se esconde en lo más humano. Alguien me dijo que "el mayor milagro es nuestra conversión", y creo que estaba bastante acertada, y que la primera conversión que necesitamos es la de nuestra mirada; el mismo Jesús nos dice en la persona de Pedro: "tú no piensas como Dios, sino como hombre" (ver Mc 8,33 ). Necesitamos aprender de Jesús a mirar como mira Dios. Y ¿cómo mira Dios? Cuentan los Evangelios que Dios envía al Ángel Gabriel a un pequeño pueblo de Galilea, Nazaret, a una joven muchacha llamada María, y le propone que sea su madre. Dios no envía al Ángel a Jerusalén, que era la ciudad principal de aquel entonces en el pueblo de Israel; no busca a una mujer importante, o de gran familia, no. Dios elige lo que para los ojos de los "entendidos", era incomprensible. Tampoco entra en nuestra historia, en nuestro mundo de manera "visible" o "espectacular", sino en lo escondido y silencioso del vientre de una mujer, como toda vida humana, asumiendo el lento, misterioso e incierto proceso de gestación, como cualquier ser humano. Jesús no nace en un lugar digno, como tampoco lo hacen tantos hermanos nuestros hoy; sino, en un pesebre, en un refugio para los animales. Y los primeros invitados a descubrir la buena noticia "del Salvador que nació para alegría de todo el pueblo" (ver Lc2,10-11), son unos humildes pastores, considerados entre los últimos y marginados de la sociedad de aquel entonces. La señal que se les da para "reconocerlo" es "un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (ver Lc 2,12). Es decir, los que parece que no cuentan para la sociedad, son los primeros que cuentan para Dios, y la señal que se les da para descubrirlo es la fragilidad de un niño: dependiente, pequeño, pobre, indefenso y que ni siquiera puede hablar. Aparentemente tampoco acá encontramos grandes signos de Dios, nada espectacular que pueda revelarnos su presencia entre nosotros. Y es que parece que a Dios le gusta un poco jugar a las "escondidas" con nosotros y sin embargo nos da una "pista" para poder encontrarlo: lo humano, y lo humano con todas sus limitaciones y debilidades; en medio de lo cotidiano, lo sencillo, lo humilde y lo pobre. Creo que una de las cosas más lindas que tiene la Navidad es hacernos enternecer, pero no por contemplar a un recién nacido, que sin duda despierta nuestra ternura, sino por descubrir cuán grande es el amor de Dios hacia nosotros, que no duda en rebajarse, despojarse de su categoría de Dios, para ser uno más entre nosotros (ver Fil 2,5-11), y que no se cansa de invitarnos a descubrirlo "escondido en lo humano". Tal vez algo de esto quería decirnos la beata Nazaria Ignacia March, cuando decía : "el hombre nunca es tan divino, como cuando se muestra más humano". Silvia Labarthe.
Escribir sobre la Navidad resulta difícil sin caer en lugares muy trillados; simplemente me limitaré a decir cómo siento y trato de vivir la Navidad. Cuando era niño, no tenía mucha idea de lo que era, y en realidad disfrutaba como buen gordo la rica comida, y sobre todo los postres. Lo de los cohetes también. Lo más parecido a una Navidad más cristiana fue cuando mi madre me enseñó a armar el pesebre y tuvo ocasión de hablarme del nacimiento de Jesús. Eso me conmovió bastante y por lo que sé, fue la base de mi fe cristiana actual. Me había impresionado la testarudez de ese Dios que cuando le cerramos la puerta sabe entrar igual por la ventana. Me asombré cuando supe que al niño no le permitieron nacer en una casa común, sino que tuvo que hacerlo en un establo. Tuvo suerte creo, porque los "cantegriles" nuestros o más elegantemente dicho "asentamientos marginales", son algo peor todavía que el establo de Belén. Cuando fui más grande y tuve que decidirme a ser "cristiano en serio" o dejar de serlo, preferí reafirmar mi fe cristiana de la niñez. Y fue justamente el misterio de la Navidad el que me decidió. Hay religiones muy atractivas en el mundo, y filosofías hermosas, pero la fe cristiana tiene una novedad maravillosa. Dios amó tanto al hombre, que se hizo hombre. "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su Gloria" (Juan 1, 14). Esto es muy fuerte y conmovedor para mí. Benjamín Franklin, dijo una vez: "Cuando más conozco a los hombres más quiero a mi perro." Lo dijo cuando estaba con un día malo probablemente. Pero aunque yo soy bichero, y quiero mucho a los animales no estoy de acuerdo con él. Algunos hombres y mujeres de este mundo, horrorizados al ver las bajezas humanas, como los campos de concentración, los genocidios, las guerras y las injusticias cometidas por los hombres, se preguntan si realmente valemos para que Dios nos haya hecho como dice la Biblia a su imagen. Olvidan que la misma humanidad, de la que salieron dictadores, criminales y genocidas, también engendró al Mahatma Gandhi, la Madre Teresa, san Francisco de Asís (de paso lo digo, fue el que inventó el pesebre) y al Padre Cacho. Decía san Agustín, que la corrupción de lo más noble y bueno es la peor de las corrupciones. Eso explicaría algo. Pero lo que sigue sin tener explicación es lo que más me ha conmovido y me ha hecho reconocer la fe cristiana como la más valiosa de todas. Dios nos ha amado tanto, que ha hecho más que darnos una doctrina, o mandarnos a santos y a profetas, para darnos una mano. Dios nos ha amado tanto que se ha identificado plenamente con la humanidad, y se ha hecho uno de nosotros. Él no ha tenido miedo de contaminarse con nuestra carne y sangre, se ha hecho uno de nosotros. Ha querido ser, no un superhombre, sino un hombre normal, tan normal como nosotros. Ha sufrido lo que sufrimos, experimentó hasta la tentación de caer en pecado. Tuvo miedo, y hasta dudas de su Padre Dios. Fue tan humano, que escandalizó y sigue escandalizando a los teólogos antiguos y a los actuales. ¡Es tan tremendamente humano, que nos desconcierta! Por eso me gusta la Navidad, me gusta saber que Jesús de Nazaret nació desnudo y pobre como nosotros. Me parecen ridículos los que pretenden hacerle tan elevado y divino, que no parece de este mundo. No creo en el Jesús que tiene cara de estampita. Creo en el Jesús obrero, humano, trabajador, amigo, y hermano nuestro. Creo en el Hijo de Dios, que fue tan hombre que no lo reconocieron como Dios. Perdón, creo en el Resucitado que sigue siendo hombre aún hoy en su Gloria. Creo que la Navidad nos muestra el amor y la ternura que Dios siente por nosotros. Y sobre todo, creo que Dios no dejará nunca de creer en nosotros. Yo trataré de hacer lo posible para seguir creyendo en mis hermanos los hombres, porque sé que esa es la mejor manera de creer en Dios.
Eduardo Ojeda Entre Mundo y Encarnación El ser humano es una realidad biológica y psico-espiritual. Como tal pertenece simultáneamente a dos planos: uno material y el otro espiritual. A esta posibilidad de vivir en ambos planos la denominaremos entre mundo. El entre mundo es la existencia entre estas dos realidades (materia y espíritu). Entendemos que para el ser humano esto exige una actitud de comprensión amplia ya que estamos habituados a la identificación con uno de los planos. De esta manera clasificamos a las personas de materialistas o espiritualistas. Mientras que "el hombre es un punto de cruce (o de intersección) de dos mundos, pertenece no solamente al mundo natural sino también al mundo espiritual." (Berdiaev). Una de las grandes tareas exis-tenciales consiste en articular de una manera armónica estos dos aspectos fundamentales del ser humano: "Materia y espíritu se presentan como opuestos cuya integración es posible y urgente, para el individuo y para la evolución actual de la Humanidad. Sin embargo, la opción parcial de uno u otro polo opuesto ha tenido y tiene, para el ser humano, una fascinación especial, que atrapa y bloquea. La parcialidad es atractiva y cómoda. Pero tanto el materialista radical como el idealista radical escamotean una parte del ser humano y deberán pagar por su unilateralidad, actualmente injustificada, porque el hombre no es materia o espíritu sino materia y espíritu, naturaleza y suprana-turaleza, inmanencia y trascendencia y no uno solo de los extremos. La rigidez de todas las perspectivas unilaterales es abusiva y termina en la patología, en el fracaso o en el olvido." (Berta y Mané Garzón). Una descripción muy clara del entre mundo se encuentra en Pascal quien decía: "No admiro el exceso de una virtud, como por ejemplo el valor, si no veo al mismo tiempo el exceso de la virtud opuesta, como en Epaminondas, que tenía el valor extremo y la extrema misericordia. De otro modo, no es subir sino caer. No se muestra la grandeza por el hecho de estar en una extremidad sino por tocar las dos a la vez, llenando todo en entre-dos….Esto señala la agilidad del alma". Cuando el hombre tiende a identificarse con uno de los dos extremos (materia o espíritu) olvida su condición de entre mundo y pierde de esta manera su equilibrio interior. Nuevamente Pascal nos dice: "El hombre no es ángel ni bestia y la desgracia es que aquel que quiere hacer de ángel se comporta como una bestia". El entre mundo es frontera, puente, patria del ser humano, zona de desarrollo y comprensión de la existencia, tensión fecunda entre materia y espíritu simultáneamente. Desde una perspectiva psicológica quien vive apegado al mundo terrenal desarrolla una patología (neurosis); de la misma manera enferma quien "vive" solamente en el mundo espiritual (desconectado de la realidad: psicosis). Jesús, al nacer en Belén se encarna en la historia siendo nuestro Maestro del entre mundo. Jesús nos enseña a vivir en un tiempo histórico real, con dificultades y desafíos, de una manera comprometida y transfor-madora. Sin perder su condición divina se encarna en la tierra y vive en esa zona intermedia. Un grande de la talla de Tehilard de Chardin lo expresó en fórmulas bellas e impactantes: "al espíritu por la materia", "santa materia", "niño del cielo y niño de la tierra"... La Navidad nos recuerda, nacimiento mediante, que nuestra vida se juega en el equilibrio de contemplar la materia con una actitud espiritual, materializando el espíritu en gestos concretos. Leonardo Buero
NAVIDAD es la fiesta de la familia
Hablar de Navidad es también recorrer con nuestra mirada y sentir con nuestro corazón, el misterio de un Dios que por amor a cada uno de nosotros, se hace niño, débil, frágil como todos los niños... Hablar de Navidad hoy es pensar en la familia humana, herida en su propia esencia, creada para ser feliz, para "dominar" la tierra para felicidad de todos... Es recordar la humildad de un Dios que se hace humano y que nace en un pobre pesebre, con el calor del amor de su madre, de su padre y de los animales que le dieron cobijo... Hablar de Navidad es ver brillar la luz de la estrella que iluminó la noche del alumbramiento de Dios con nosotros... Hoy vivimos en el imperio de la desigualdad, del desamor, de la hipocresía, del poder del dinero... Hemos preferido las tinieblas a la luz y muchos han perdido el sentido de la vida, porque a pesar de ser hijos de Dios, nos ignoramos unos a otros... Hemos olvidado que debemos estar al servicio de la vida, por eso no la defendemos ni la salvamos como es nuestra misión, por eso hoy sigue siendo noche porque vivimos ocupados de nosotros mismos... Muchas veces nos falta corazón para escuchar al enfermo que reclama cariño y comprensión, al anciano que mendiga una mano amiga que lo saque de la soledad, al niño que lo eleve a la dignidad de hijo de Dios, para que se respeten sus derechos y se le eduque en el respeto a sus obligaciones y en la responsabilidad... Hoy es noche porque como hace 21 siglos, Jesús no tiene lugar donde nacer; porque no somos "voz de los sin voz" y seguimos pasando de lado frente al explotado e ignorado en sus derechos... Por eso hoy más que nunca estamos llamados a detenernos ante el grito de todo un mundo que solicita un poco de atención y calor humano... Hoy es Navidad si con nuestra actitud y servicio, hacemos presente el amor misericordioso de Dios y comunicamos luz y esperanza a los que viven en tinieblas. Navidad es cuando regalamos nuestro tiempo y nuestras vida para transformar la noche de los que sufren en noche de luz, de paz y de amor... Navidad es siempre que la luz brilla en el silencio de la noche para enseñarnos que vivir no significa ya vagar en torno a nosotros mismos, sino caminar seguros en la luz, ofreciendo toda nuestra riqueza humana al servicio de la vida, de toda la vida y de la Vida de Todos... Navidad es donde se promueve la libertad, la justicia y el amor... Que la vida de cada uno de nosotros sea verdaderamente Navidad! Este es mi ferviente deseo para todos los que aquí sueñan, trabajan, luchan, sufren, esperan, aman, liberan, ríen, lloran... ¡Buena y Santa Navidad! Gloria Aguerreberry.
La apuesta de Dios sobre la debilidad Cuando Dios pensó acercarse a los hombres, ¿tenía otras maneras para hacerlo, o tuvo que pasar a la fuerza por la fragilidad de un niño? No sabemos las opciones de Dios, pero sí sabemos que la Navidad nos hace reflexionar sobre la encarnación, con un niño que nos mira desde un pesebre. Cada niño es un don de Dios: un don débil. También el niño Jesús es marcado por la debilidad: la debilidad de Dios, que es mucho más segura y fuerte que cualquier fuerza humana; una debilidad sobre la cual podemos apostar nuestras esperanzas más profundas. Aquellas esperanzas que no es oportuno poner en la fuerza humana, capaz de producir fracasos, dolor y muerte como los que estamos viendo en el panorama mundial. Si las personas apostasen e invirtiesen más en la fragilidad de un niño, de un enfermo, de un anciano, de un pobre sin casa... que en la fuerza de un profesional, de un atleta, de un Estado, de un ejército...: ¿en qué clase de mundo viviríamos? Vivimos en un mundo que premia a los inteligentes y a los que llegan a recibirse: y en cambio tendríamos uno donde los discapacitados serían los privilegiados. Vivimos en un mundo donde los ricos se concentran en pocos lugares protegidos y los pobres quedan en barrios marginales (con las trágicas consecuencias que vemos por ejemplo en Francia); y en cambio tendríamos uno donde la integración de los más pobres sería la primera preocupación de los ricos. Vivimos en un mundo que privilegiando la fuerza juvenil considera la vejez un peso social; y en cambio tendríamos uno donde la sabiduría del anciano estaría al servicio del futuro de los jóvenes. En fin, Jesús puso en el centro del Reino de Dios a los niños y a los pobres porque Él se hizo uno con ellos: no fue retórica. Cada niño que nace es un don frágil que nos pide sólo ser amado y protegido, dejándole el lugar privilegiado que merece. La Navidad nos pide hacer lo mismo con los ancianos, los niños, los pobres, los enfermos, porque Dios eligió sus debilidades. No sólo a nivel personal, buscando cumplir una buena obra: el Hijo de Dios se hizo niño de veras, asumiendo todas las debilidades de los niños que después puso en el centro del Reino. Se trata de cambiar el criterio de nuestros juicios y nuestras estructuras sociales: empezando, por ejemplo, con nuestras comunidades cristianas. En ellas, en los consejos pastorales, en las prioridades económicas: ¿están en el centro los ancianos, los niños, los pobres, los discapacitados? Y a nivel más profundo, nuestras comunidades, ¿sólo aman a los pobres o son también pobres? Una Iglesia pobre y débil: el sueño de algunos padres conciliares que sólo quedó expresado en la segunda parte del nº 8 de la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, que culminó hace exactamente 40 años. Navidad es la apuesta de Dios sobre la debilidad, para ganar nuestro amor. Valdría la pena intentar lo mismo para ganar el Reino; por fe. Y si esta no alcanza, podríamos intentar por amor a la estadística: a lo sumo, si no funcionase, no iríamos más allá de los fracasos que hemos conseguido apostando a la fuerza y al poder. Francesco Bottacin |
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