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Navidad: descansar, cambiando
La Navidad, por estas latitudes viene de la mano de una serie de estímulos sensoriales: el perfume de los jazmines, el calor, el encuentro en torno a una mesa bien servida (las despedidas del año laborales, familiares, entre amigos). En ocasiones, el alcohol hace aflorar cierta nostalgia por los que a lo largo del año partieron y ya no están. Algunos porque ya están junto al Padre Dios disfrutando de otra realidad; otros, exiliados económicos, porque partieron buscando posibilidades laborales y económicas que su "paisito" no supo ofrecerles. Estas ausencias tiñen de un color emotivo la celebración y aflojan alguna que otra lágrima. El final de las actividades curriculares o la anhelada licencia nos ponen de cara a las soñadas vacaciones. El deseo profundo es descansar, tomar sol y mate, sin hacer nada. Es la fantasía rioplatense de no trabajar como aspiración máxima. Heráclito (filósofo griego del 500 a.C.) en uno de sus aforismos expresa: "descansar, cambiando". ¿Cómo es posible esta paradoja? Descansar implica quietud y cambiar implica movimiento. La Navidad es nacimiento (cambio, novedad) en el Pesebre (lo que somos, nuestra humilde casa de barro). Descansar cambiando supone esta actitud interior de renovación permanente. El dinamismo de la vida que no descansa nunca es el "todo fluye" (Panta Rei) de Heráclito. Es la actitud interna que grandes místicos (el dominico Mestre Eckarth entre otros) sugieren como la "chispa divina" que habita en nosotros. Es el niño que nace en el pesebre. El niño que es creatividad, sensibilidad, novedad y cambio. La Navidad, lejos de ser una oportunidad para llenarse de comidas y alcohol, es la posibilidad de hacer lugar en el pesebre ("vaciarse" para llenarse de Dios). No se trata de anestesiarse sino de despertarse. Es la oportunidad de descansar, cambiando.
Leonardo Buero
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