OPINIÓN

La inseguridad y el aumento de la criminalidad

Escribo después de leer el Tema Central de UMBRALES n. 163, sobre "La Inseguridad". Sin pretender un estudio profundo de los dos enunciados del título -que van claramente unidos- sólo intento presentar alguna reflexión que nos lleve al adecuado planteo del problema y a sugerir soluciones.

El primer fenónemo, la inseguridad, tiene mucho de impresión subjetiva, siendo mayor o menor su innegable realidad según el perfil psicológico de las personas. Quiero decir que unos mismos hechos pueden producir -y de hecho, producen- una mayor o menor sensación de sospecha o temor individual o colectivo. En lo cual, sin duda, influyen ciertos medios de comunicación social, con el desmedido espacio de información que de aquéllos ofrecen.

El segundo fenómeno, las acciones criminales (atracos y rapiñas, asaltos a la propiedad privada, vandalismo de grupos sin control, asesinatos...) que nos dan a conocer diariamente los medios, y aun las mismas autoridades, altera de hecho la pacífica convivencia ciudadana, sin que objetivamente nos sintamos con la protección suficiente, y a la que la población tiene innegable derecho.

Siendo así las cosas, la pregunta es: ¿Qué hacer para mantener personalmente la serenidad y saber ubicarnos, en tiempos como los actuales, sin ceder a una cierta psicosis de miedo? ¿Y qué hacer para que los niños y adolescentes y, más todavía, la juventud y los adultos aprendan a comportarse, sin ceder a sus instintos, y sepan respetar lo ajeno y, sobre todo, la vida?

El problema es difícil. Y, más todavía, si no se ponen los medios para que la Familia, en preferente lugar, y la Escuela y el sistema educativo consigan cumplir su función social y contribuyan al desarrollo de la persona humana.

Me voy a referir sólo al segundo problema. Al primero habría que dedicarle otra serie de reflexiones, pero entiendo que se puede también ir solucionando, a medida que una buena y bien lograda educación vaya madurando a las personas.

Vengamos, entonces, al segundo tema.

Nunca olvidaré la lección que, con toda espontaneidad, me dio un trabajador, cuando me disponía a cruzar la calle en la que él estaba, en dura labor de "picapedrero". Interrumpiendo unos momentos su labor y haciendo con la cabeza un gesto señalando el edificio que teníamos enfrente, y que era la cárcel, me dijo: "¡Yo nunca caeré allá dentro: para mí, la ley es lo más grande!"

Evidentemente, que a este hombre, le salió de lo más íntimo la frase porque tenía bien asimilado el criterio que unos padres honrados y unos maestros y profesores conscientes de su misión le habían inculcado para ser honesto y buen ciudadano. Y en su caso, como en el de cualquier otro hombre o mujer, que su mayor título de honra -aun, si se presentaran conflictos, por sobre los propios derechos- había de ser siempre el fiel cumplimiento del deber.

Sin introducirme a fondo en el tema, es preciso ponernos de acuerdo en un punto base. Que deben saberse conjugar, en sus respectivos roles, los dos factores imprescindibles de la Educación en toda sociedad: el Estado y la Familia. No alcanza la buena voluntad de los padres, ni las estructuras del Estado de derecho.

Siendo esto así, presento tres vías fundamentales:

1. La primera medida a tomar, es una seria y eficaz promoción de la asistencia permanente a la Escuela y al Liceo, a lo largo de todo el proceso curricular. La disminución de las ausencias y de la deserción escolar y liceal, junto con la solución del problema de los niños de la calle, es prioritaria. Un pueblo analfabeto e inculto es el mejor campo de cultivo para la delincuencia. Un estudio del tema, en base a encuestas carcelarias, sin duda abriría los ojos a quienes puedan dudar de la relación incultura-criminalidad.

Pero al mismo tiempo, se hace imprescindible fortalecer la Familia y los vínculos entre padres e hijos para reforzar la labor de maestros y profesores en su esencial deber de educar, la más digna de las artes, para que no se produzca la deserción escolar.

2. Otra fundamental medida, es la eficaz promoción de los puestos de trabajo. No sólo desde la perspectiva de salvaguardar el derecho natural al trabajo y la prosperidad económica, sino para que disminuya y llegue hasta desaparecer el deprimente binomio, "vago-maleante".

3. Pero en todo esto, es evidente la gran responsabilidad del Estado y la necesaria íntima colaboración de los Ministerios de Cultura e Interior, campañas bien pensadas y programadas, dirigidas a la prevención del delito, más por el camino indicado, que por el de castigo del criminal. Y persuadámonos, y por sobre todo persuádase el gobierno, que así no harán falta más cárceles. Porque se hará realidad el sabio criterio del honrado trabajador "picapedrero".

p. Daniel Agacino,sj

Montevideo, noviembre de 2005