Primo Corbelli

La imaginación de la caridad

(reflexiones sobre la Encíclica "Deus caritas est")

"La lucha del Cristianismo ya no será la de difundir una doctrina. La cuestión fundamental será el amor al prójimo; la atención se dirigirá a la vida de Cristo y el Cristianismo deberá ocuparse fundamentalmente de conformar su vida a la del Maestro.
El mundo está harto de consumir palabras y está gritando:
‘Lo que queremos ver son hechos’."

(Sören Kierkegaard)

 

La primera Encíclica del Papa Benedicto XVI, "Deus caritas est" (= Dios es amor), parecería ser una respuesta al deseo expresado por Juan Pablo II en la carta apostólica "Novo Millennio Ineunte" (n. 50) al pedir para el nuevo milenio una efusión de la "imaginación de la caridad" que ha sido una característica de la creatividad de la Iglesia a lo largo de los siglos, justamente en lo que es el "carisma mayor" de la Iglesia (1Cor 13,13). Estas reflexiones sobre la Encíclica son una introducción a la lectura de la carta en sus líneas fundamentales.

 

Hablar de caridad, es hablar de amor. El "amor" define antes que nada las relaciones interpersonales, responde a la inquietud fundamental de la persona humana y es la síntesis de la vida cristiana. Pero es una palabra que por el uso ha llegado a ser hoy muy ambigua y sospechosa, como señala el n. 2 de la Encíclica. Huele a sentimentalismo, a romance, y también a sermón. Igualmente la palabra "caridad" (del latín "caritas"), que tiene el mismo significado, hace pensar hoy en limosna, beneficencia, paternalismo. Sin embargo, estas dos palabras, opacadas y deterioradas por el uso, deben ser recuperadas según el Papa, debido a su importancia evangélica fundamental. El Papa recurre al griego antiguo haciendo ver la diferencia entre "ágape" y "eros" (n. 7) para identificar con más exactitud en el primer término el significado de caridad o amor cristiano. Es un don de sí al otro, desinteresado y gratuito, como respuesta al amor de Dios; y no una simple atracción hacia el otro. Y tampoco es sólo amor de amistad ("filía", de ahí viene por ejemplo la palabra "filantropía"). La verdadera caridad consiste en amar a Dios y al prójimo como Dios nos ama, es decir con un amor desinteresado, como entre hermanos.

El Papa repite una y otra vez, que la Iglesia nunca podrá sentirse dispensada del ejercicio de la caridad, ya sea en forma individual como organizada, siendo parte fundamental de su misión. Jamás su acción social podrá convertirse en una simple organización filantrópica desconectada de la evangelización; ella está llamada con su acción y manera de trabajar a ser testigo creíble del Amor de Dios.

Es verdad que la palabra "caridad" es hoy rechazada por los mismos pobres porque es entendida como una limosna, un simple dar algo y dar lo que sobra. Y muchos tranquilizan la conciencia con ocasionales donativos, pensando ser caritativos, solidarios y compartir por eso con los hermanos. La caridad sin dimensión social, fácilmente encubre la injusticia; y es lo que el Papa intenta explicar. Es conocida la frase del obispo Helder Cámara refiriéndose a los ricos: "Si doy de comer a un hambriento, me llaman santo; si pregunto por las causas del hambre, me tildan de comunista". El Papa explica cómo la caridad verdadera exige y supone la justicia; la caridad va abriendo camino allí donde todavía la justicia y las leyes no han llegado, impide que la justicia misma se desvirtúe y le da fuerza para enfrentar los riesgos. Ya en 1987 el Sínodo de Obispos sobre el tema de los laicos afirmaba : "Hoy la santidad no es posible sin el compromiso con la justicia, sin la solidaridad con los pobres y oprimidos". La pobreza, la miseria, el hambre y el analfabetismo con sus secuelas morales, hoy se sabe que no sólo se debe al egoísmo del corazón humano sino también a "mecanismos perversos" de la sociedad o "estructuras de pecado" (como las llamaba Juan Pablo II) que implican un trabajo concientizador y crítico y a la vez una constante y audaz acción política en favor de la justicia.

 

Historia de la Caridad

Es en la segunda parte de la Encíclica que el Papa habla del ejercicio del amor fraterno por parte de la Iglesia "comunidad de amor", en la historia. Empieza recordando cómo la unión era tal entre los primeros cristianos (He 2,44-45; 4,32-37 ) que bien se puede desprender de su ejemplo el principio de que "en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa" (n. 20).

Los primeros cristianos se trataban como auténticos hermanos. La Encíclica recuerda al mártir san Justino (+155) que en su "Apología" describe cómo en las misas los fieles traían ofrendas de todo tipo para el sustento de los huérfanos y las viudas, los enfermos y también para los presos y forasteros (n. 22). Los dones aportados eran colocados en el altar de forma que eran consagrados a Dios, dando a entender que los pobres los recibían de las manos de Dios. Se unía estrechamente el sacramento, a la Palabra de Dios y a la caridad. Uno de los primeros teólogos cristianos, Tertuliano (+220), afirma: "El cuidado que nos tomamos de los pobres se ha convertido en un signo que nos distingue de los paganos. Miren, dicen ellos, cómo se aman entre sí los cristianos y cómo están dispuestos a dar su vida por los demás. El dinero que ponemos en común no lo gastamos en fiestas, sino en el mantenimiento y sepultura de los pobres, en el cuidado de los niños huérfanos, en la asistencia de los ancianos y de las viudas". Las viudas y los huérfanos eran su principal preocupación desde el tiempo de los antiguos profetas, por ser el eslabón más débil de la sociedad. Según la "Didaké", la comunidad proporcionaba trabajo al que no lo tenía, siendo que no debía haber ningún cristiano holgazán. Había un sistema de fondos y bolsas comunes, de asistencia organizada sobre todo en beneficio de los enfermos, que el emperador Juliano el Apóstata intentó copiar organizando una iglesia pagana del Estado, con el sistema de los cristianos que según él "habían conquistado así su popularidad" (n. 24).

Con el siglo IV y el advenimiento de la Cristiandad, la masificación del Cristianismo y el poder de la Iglesia, muchas cosas cambiaron pero la voz de los grandes Padres de la Iglesia (Basilio, Gregorio, Juan Crisóstomo, Hilario, Ambrosio, Agustín, entre otros) siguió impulsando el amor a los más necesitados. El obispo san Basilio (+379) mandó construir cerca de la puerta de la ciudad de Cesarea en Capadocia un centro asistencial para pobres, enfermos y ancianos, y un hospicio para forasteros y vagabundos sin recursos que se fue transformando en una verdadera ciudad de los pobres. En la época feudal, los obispos eran reconocidos oficialmente como "padres de los pobres". Cesareo de Arles recibía a los pobres de la ciudad en su mesa. Para ayudarlos y para redimir esclavos, vendió cálices y patenas, y hasta la casulla blanca de las grandes fiestas; decía: "Dios, que se entregó a sí mismo para la redención de los hombres, permitirá que yo pueda liberar a los presos con el metal y los adornos de sus altares". Varios concilios fueron estableciendo que los bienes de la Iglesia son bienes de los pobres y el obispo que retenga para sí las donaciones hechas a la Iglesia es asesino de los pobres ("necator pauperum").

Muchos siglos antes de que algún Estado reconociera y garantizara el derecho de sus ciudadanos a la salud, la caridad cristiana había establecido en los siglos XIV y XV una extensa red de hospitales que cubría todas las ciudades y pueblos importantes de Europa. La caridad fue pionera de la justicia. Se calcula que sólo las leproserías, ya en el siglo XIII, llegaban a veinte mil. Lo mismo podría decirse de la enseñanza. La Iglesia desempeñó un papel central en el establecimiento de las universidades (en la época de la Reforma había 81 universidades con reconocimiento papal), en los avances científicos, en el arte, la arquitectura, etc.. Durante siglos la Iglesia se adelantó al Estado en las áreas de la educación, la salud, el combate a la pobreza y a la marginación. Es apasionante estudiar la obra social y cultural de los monjes benedictinos en los siglos de barbarie. Los Montes de Piedad (los primeros sistemas de ahorro y crédito) fueron creados para solucionar los problemas de la gente humilde que no encontraba solución para sus dificultades económicas. El Papa en su Encíclica recuerda a santos de la caridad como Francisco de Asís, Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente de Paul, Luisa de Marillac, José Cottolengo, Juan Bosco, Luis Orione, Teresa de Calcuta (n. 40).

San Jerónimo Emiliani fundó los primeros orfanatos, que se caracterizaron por su calidad y profesionalidad. San José de Calasanz abrió, de hecho, la primera escuela gratuita, pública y popular de Europa.

Desde el siglo XVII en adelante el Estado y los municipios se fueron haciendo cargo cada vez más de las obras de asistencia, llegando a prohibir la mendicidad e instituyendo los "hospitales generales". San Vicente de Paul no quiso marginar a los pobres en estos hospitales-cárceles y reaccionó implementando la asistencia a domicilio. A sus Hijas de la Caridad les decía: "Tendrán como monasterio las casas de los pobres. Como celda una habitación alquilada. Como capilla, la iglesia parroquial. Como claustro las calles de la ciudad". San Vicente fundó las primeras escuelas maternas, san Juan Bosco los talleres para jóvenes, san Vicente Pallotti las escuelas agrarias y los cursos nocturnos, san Luis Orione los cotolengos..., obras audaces que se anticiparon a los tiempos. Bueno sería recordar la obra valiente de mujeres extraordinarias como santa Ángela Merici en favor de las mujeres y las jóvenes, de santa Francisca Cabrini en favor de los emigrantes, de santa Teresa Jornet en favor de los ancianos... Puede decirse sin lugar a dudas que en el mundo occidental, la conciencia de tener que asistir a los pobres, a los niños, a la mujer, al anciano, fue forjada por la Iglesia debido a una mística que le hacía ver en ellos el rostro de Cristo.

 

La caridad cuestionada

Dicho esto, hay que reconocer sin embargo que en algunos momentos de la historia, la ayuda a los pobres venía desde arriba por las donaciones de algunos ricos. Hubo predicadores que invitaban a los ricos a la beneficencia y a los pobres a la resignación; pero no cuestionaban las causas de la pobreza o el orden social, económico y político en cuanto tal. En la Edad Media, algunos obispos estaban insertos en el sistema feudal y eran llamados príncipes. Se combatía la miseria y la enfermedad practicando las obras de misericordia con la colaboración de los poderosos que así tapaban su conciencia con esas migajas tiradas a los pobres Lázaros. Obviamente, también la Iglesia fue progresando en la comprensión de los problemas sociales y de las causas de la pobreza de acuerdo con los tiempos. En la época de los grandes cambios sociales en favor de las clases postergadas, en el siglo XVIII, la Iglesia, se mostró en algunos casos refractaria y aún en contra de los mismos. El Papa Benedicto reconoce que "los representantes de la Iglesia percibieron sólo lentamente que el problema de la estructura justa de la sociedad se planteaba de un modo nuevo" (n. 27) y trata ampliamente el tema de la relación entre caridad y justicia en los números 26 al 29.

Frente a la Revolución Industrial y al surgimiento del proletariado, la mayoría de los sacerdotes quedaron encerrados en las sacristías y justificaron la desigualdad social creciente. Así se perdió a la clase obrera, como reconoció el papa Pío XI. Hubo también quien denunció ya en 1823 la esclavitud del obrero e hizo responsable de su miseria al egoísmo de los patrones y a la mala organización de la sociedad: fue el sacerdote F. Lamennais en Francia. Se dirigía a los sacerdotes con estos términos: "Ministros del que nació en un pesebre y murió en una cruz, remontad a vuestros orígenes y la Palabra de Dios pobre y doliente devolverá a vuestros labios la eficacia primera". Sin embargo, su libro "Palabras de un creyente" fue condenado. La misma bandera la recogió el periódico "La ere nouvelle" de Lacordaire y Ozanam; duró tan solo un año. Fue recién con León XIII que frente a la "pobreza inmerecida" y progresiva del proletariado industrial, la Iglesia tomó la decisión de "ir al pueblo" superando todo asistencialismo y haciendo suyas las causas populares. Antes había pobres; con el capitalismo empezó a haber una fábrica de pobres. Los pobres empezaron a aumentar y a tomar conciencia al mismo tiempo de la concentración del dinero y del poder en pocas manos a sus expensas, conformando una "clase": la clase obrera. Ellos no pedían caridad; pedían un salario justo, justicia.

El Papa, en su Encíclica, se niega sin embargo a oponer la justicia a la caridad. La caridad presupone evidentemente la justicia y si la Iglesia llegó tarde en su conjunto a entender esto, también contó con cantidad de pioneros que el Papa recuerda agradecido (n. 27) como el obispo Ketteler de Maguncia (+1877), a los que podríamos añadir: Ozanam, Kolping, Toniolo y Dehon, cuyas causas de canonización se están estudiando y tantos otros. En la segunda mitad del siglo XIX la Iglesia supo vincular justicia y caridad elaborando su doctrina social (Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, etc.) con el aporte de los "católicos sociales", los círculos católicos de obreros, los demócratas cristianos, los sindicatos, las semanas sociales. Benedicto XVI recuerda en especial la generosidad de las nuevas y numerosas "congregaciones religiosas que en el siglo XIX se dedicaron a combatir la pobreza, las enfermedades y las situaciones de carencia en el campo educativo" (n. 27). Fue una respuesta generosa, si bien insuficiente porque no llegó al grueso de la masa obrera. Habrá que esperar nuevos movimientos como la JOC del obispo Cardjin para que muy tardíamente (1924) se dé un verdadero contacto con el mundo obrero liderado en su gran mayoría por el marxismo. En esta misma línea surgieron la "Misión de Francia" y el movimiento de los curas obreros. Juan XXIII con sus grandes encíclicas ("Mater et Magistra" y "Pacem in terris") marcará una postura más profética de la Iglesia con respecto a la nueva realidad mundial. Es muy conocida su frase: "Frente a los pueblos del Tercer Mundo, la Iglesia es y quiere ser la Iglesia de todos, pero principalmente la Iglesia de los pobres". Esta postura tendrá grandes consecuencias, sobre todo en América Latina.

Aún hoy en día se le pide a la Iglesia en su conjunto una opción por los pobres que muchas veces no se percibe. Es una visión de la Iglesia que evidentemente no se puede generalizar o aplicar a cada país y situación, pero que existe y perdura. Es que hoy se requiere dar al amor al prójimo una proyección social, y más concretamente, una proyección política. Es en el ámbito de lo social y de lo político donde se juega la suerte de hombres y mujeres, no ya en la resolución de los casos individuales. Benedicto XVI en el n. 29 de la carta recuerda el deber de los cristianos laicos de actuar políticamente a favor de un orden justo en la sociedad: "La caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y , por tanto, también su actividad política vivida como caridad social". Ya el papa Pío XI había hablado de "caridad política". Sólo cuando el amor al prójimo incide en estos ámbitos y tiende a provocar una mayor justicia y una mayor solidaridad en la sociedad, puede darse al hombre de hoy un testimonio cierto y elocuente de caridad. Por eso la opinión pública y las bases de la Iglesia sobre todo en América Latina han mirado con complacencia las apuestas políticas y sociales de la Teología de la Liberación y se han sumido en el desconcierto toda vez que algunas intervenciones oficiales de la Iglesia hayan descalificado algunos aspectos políticos e ideológicos de esta teología. El pueblo cristiano admira a los hermanos capaces de dar su vida año tras año por la causa de la justicia y de los pobres en nombre del Evangelio como en el caso emblemático del obispo Oscar Romero, de quien conmemoramos los 25 años de martirio.

 

¿Caridad en nuestros días?

Es un error confundir la "caridad" o amor cristiano con la simple asistencia. La asistencia en muchos casos es absolutamente necesaria y urgente (hoy en día el Estado se ha hecho cargo de muchas de esas tareas) pero siempre hay que tender a la promoción de las personas. Ésta se da cuando el beneficiado toma conciencia de sus derechos y también de sus capacidades y posibilidades, participa en su recuperación, se une a otros, se capacita para el trabajo. En una palabra el beneficiado ha de pasar a ser sujeto de su superación y no simplemente objeto de ayuda. A veces se promueven obras, pero no se promueve a la gente, a la comunidad. El verdadero logro no es construir un comedor o una capilla, sino que la gente los sienta suyos por su participación; implica trabajar con la gente y no tan solo para la gente. A la promoción se opone el asistencialismo, donde uno da y el otro recibe y no se busca que las personas se orienten para manejarse solas en la vida superando la dependencia. Otra grave enfermedad es el paternalismo cuando se trata a la gente dándole todo como si fueran incapaces de cualquier cosa y no se le pide ninguna colaboración o contraprestación. La caridad, como se ha visto, exige la justicia (porque sin justicia sería hipocresía), el respeto de los derechos humanos de todos y la lucha por implantar estructuras económicas, jurídicas y sociales. que conformen una sociedad justa. Por eso hoy muchos, en vez de hablar de caridad que parece una palabra gastada y ambigua, prefieren hablar de solidaridad, de opción por los pobres.

El Papa afirma que la justicia no basta. Algunos piensan que si la justicia hiciera bien su trabajo, no haría falta la caridad; sería algo marginal. Dice el Papa: "El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor... Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre habrá situaciones de necesidad material en las que es indispensable un amor concreto y cercano al prójimo. El Estado que quiere proveerlo todo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido necesita: una entrañable atención personal" (n. 28). El Papa añade que, de acuerdo al principio de subsidiaridad, el Estado debe reconocer y apoyar las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio, entre las cuales se encuentra la Iglesia (n. 28). Y afirma además que sólo el amor "brinda a los hombres no sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre, el prejuicio de que el hombre vive sólo de pan (Mt 4,4; Dt 8,3): una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano" (n. 28).

Como conclusión de este apartado, quizás el más importante de la Encíclica, el Papa declara: "La Iglesia nunca podrá sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor" (n. 29).

Es justo que el Estado, que tiene más medios, atienda hoy aquellas áreas que atendía antes la Iglesia porque la Iglesia de por sí no es una institución de ayuda social. Sin embargo, no hay que olvidar que, si bien tiene medios, al Estado le falta muchas veces el espíritu que animó a tantos santos y santas y sigue animando a tantas religiosas, religiosos y laicos. El espíritu de san Pedro Claver que entregó toda su vida en Cartagena a los esclavos de los negreros haciéndose "esclavo de los esclavos para siempre", del p. Damián Veuster que desembarcó solo en la isla de Molokai adonde tiraban a los leprosos para consagrar su vida a ellos y morir con ellos, del p. Maximiliano Kolbe que ofreció su vida en lugar de un padre de familia para morir en el bunker de la muerte en Auswitz y de tantos otros cristianos que han dejado su familia, su patria, han jugado su prestigio y su seguridad para estar al lado y defender a los últimos de la historia.

 

"El amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5,14)

Hoy los pobres están más solos que nunca. Crece cada vez más el número de los excluidos, de los "nuevos pobres" del modelo neoliberal, de los que no pueden sindicalizarse, no tienen trabajo y viven sin futuro. La Iglesia acude con iniciativas nuevas y creativas (como en el mundo de la droga, del sida, de la marginación) adonde se dan los nuevos heridos al borde del camino. Ella no quiere suplantar al Estado pero puede señalar los estratos más débiles de la sociedad y permanecer cerca de ellos. La opción por los pobres asumida hoy por la Iglesia exige la reconversión de muchas obras tradicionales ya existentes (educacionales, sanitarias, asistenciales, promocionales...), privilegiar las nuevas necesidades no cubiertas, con estructuras sencillas y dimensión humana, lograr una formación seria de líderes que sepan llevar adelante un proyecto comunitario y participativo, con una visión política de la realidad.

En conclusión, lo que tradicionalmente se ha llamado amor al prójimo o caridad cristiana es, como se ha visto, un concepto muy amplio con niveles distintos y capaz de recoger múltiples significados. Es un don teologal capaz de fecundar distintas prácticas y que se fue enriqueciendo con el tiempo, a través también de la Doctrina Social de la Iglesia, de nuevos términos y contenidos actualizados. La caridad o amor cristiano que llega hasta a amar a los enemigos y a dar la vida por los demás, se fundamenta antes que nada sobre la justicia, presupone la solidaridad y la opción por los pobres y tiene como objetivo el bien común de todos. El Papa no habla de la opción preferencial por los pobres ni de los derechos humanos, como tampoco desarrolla el concepto de solidaridad; son temas tratados ampliamente por el papa anterior. Y sin embargo, no estamos frente a una Encíclica asistencialista. Benedicto XVI, pone el acento sobre el espíritu que debe animar todas estas dimensiones del amor al prójimo y las iniciativas sociales de la Iglesia.

Este espíritu es el espíritu del amor que debe tener su fuente en Cristo para que su amor se difunda a través de nosotros. Todas nuestras opciones por los pobres son antes que nada opciones por Cristo; es "el amor de Cristo que nos apremia", repite el Papa con san Pablo (n. 33). Y el amor es más que simple actividad. Recuerda que el famoso himno al amor de san Pablo "debería ser la carta magna de todo servicio eclesial" (n. 34): "Podría yo repartir en limosna todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; pero si no tengo amor, de nada me sirve" (1Cor 13,3). Como consecuencia de esto, Benedicto XVI subraya cuáles son las características específicas del amor cristiano. Dando por supuesta una exigente profesionalidad, pide "personas que sepan brindar humanidad, atención cordial y que para eso reciban una formación del corazón moldeada en la fe" (n. 31); que no dependan de ideologías o partidos políticos y que eviten el proselitismo. En el n. 15 ofrece la inspiración evangélica recordando las dos grandes parábolas de Jesús: las del Buen Samaritano y del Juicio Final.

El Papa Benedicto busca evidentemente con esta encíclica fortalecer la identidad católica de la acción social de la Iglesia, sin olvidar la necesaria colaboración con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y sin pretensiones integristas. Nos alegra que el Papa haya vuelto a gritar el primer y fundamental anuncio de nuestra fe, que Dios es amor. Que intente recuperar la palabra "amor", como clave de la existencia humana y del estilo de vida de los cristianos. Y que frente a una Iglesia volcada cada vez más hacia el tercer mundo (el 62% de los católicos), es decir el mundo de los pobres, el Papa nos invite a redoblar nuestra creatividad, la "fantasía" del amor. En este contexto tiene importancia también la reafirmación de la validez de la Doctrina Social de la Iglesia, (n. 27 y n. 28). Ésta, forma parte esencial de la evangelización, llámese Moral Social, Enseñanza Social, Evangelio Social... Muchos desearían también hoy escuchar un fuerte llamado de la Iglesia que sacuda las conciencias como en su tiempo lo hicieron la Rerum Novarum o más tarde la Populorum Progressio, frente a la actual ignominiosa globalización del mercado y del capital; un llamado que invite a un audaz compromiso cristiano por la paz en el mundo.

La pobreza es el problema número uno de la humanidad; el hecho de que 35 mil niños mueran de hambre cada día, no puede dejar tranquilo a nadie. Aún así, el Papa nos recuerda que la pobreza no es sólo material: "Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento humano es precisamente la ausencia de Dios" (n. 31). De allí la necesidad de que la Iglesia esté presente con sus obras y también insertándose en los movimientos sociales que hoy más representan la cultura de la solidaridad, cuando no son elitistas o burocratizados. El Papa subraya el voluntariado como una gran reserva para el futuro, sobre todo después de la crisis del "Estado de Bienestar" a nivel mundial. Obviamente la Iglesia actuará según los lugares y las circunstancias, más a favor de la justicia, la acción política y la concientización en algunos casos, más a favor de la cercanía y la promoción en otros, o de la asistencia y la respuesta urgente en otros. Lo que siempre tendremos que controlar, como nos enseña la parábola del buen samaritano, es "al sacerdote y al levita" que todos,
los que nos decimos cristianos,
tenemos adentro.

 

Primo Corbelli