Pascua:

el grito del Resucitado

 

Celebrar la Pascua no significa desparramar con megáfonos
cantos de Aleluia o gritar "Jesús venció" a un mundo
que parece haberse olvidado de Dios.

La Pascua no es una manifestación triunfalista ni es la "revancha
de Dios". En la primera Pascua, los discípulos de Jesús
pensaron que todo había terminado para su Maestro, y para su grupo.

Vivimos en un continente donde hay gente con dolor
y desesperanza, que pasa mal, y siente que otros manejan su vida.

Así se sentían los primeros discípulos de Jesús cuando lo vieron morir de la forma más espantosa y humillante de aquel tiempo.

De lo que no se percataron fue de que en realidad Él había triunfado,
puesto que sus enemigos no habían logrado comprarlo ni manipularlo,
y tampoco habían logrado que los odiara.

El odio no pudo derrotar el amor de Cristo.

Murió dando su vida y su perdón a todos, aun a sus asesinos.

Murió según nos cuenta Marcos, dando un grito (Mc 15,37)
(ningún crucificado moría gritando, porque morían asfixiados).

Fue el grito de rebeldía del crucificado
ante un mundo que sigue
crucificando a los pobres,
humildes y marginados, que sigue excluyendo y separando.

Sin embargo, ese grito de Jesús no fue un grito de derrota
o desesperación sino de triunfo. Por eso el domingo de Pascua

la tumba se abrió,
y no pudo contenerlo más.

Por eso comió en una humilde cena ese mismo día con sus discípulos que aún dudaban.
Nadie se enteró, fue una cena de hermanos.

Por eso cuando nos reunimos en la mesa fraternal del domingo,
seguimos creyendo en la vida.

Sabemos que el Resucitado sigue sembrando su revolución de amor. Hoy en nuestro mundo resuenan todavía voces proféticas cristianas
y no cristianas, que desafían el statu quo de los poderosos.

Cada día más, los pobres y los débiles van tomando conciencia
que no pueden esperar limosnas de los poderosos sino gritar
como el crucificado un tremendo ¡No! ante la injusticia

y el desprecio de los derechos y la dignidad humana.

Celebrar la Pascua es saber reconocer
en esas voces que se levantan, el grito del Resucitado.

La Iglesia no es una ONG más que hace buenas obras,
la Iglesia es y debe ser (aunque no siempre lo conseguimos del todo)
grito y presencia solidaria del Resucitado,
que junto a Él siga sembrando la paz, y defendiendo la vida
en todas sus manifestaciones, aunque pueda resultar contracultural.

¡Felices Pascuas para todos! ¡Sigamos apostando a la vida!

 

Eduardo Ojeda