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Siempre es Pentecostés, fiesta de la presencia del Espíritu
La presencia del Espíritu en el mundo es a la vez invisible y visible. Como el viento que sopla donde quiere (Jn 3), suscita a lo largo de la historia personas de buena voluntad que impulsan el Reino de Dios. Alguna vez podemos darnos cuenta de eso, pero otras veces no: simplemente apreciamos el progreso del Reino frente a los extraordinarios e inesperados cambios, impulsados por el Espíritu (la desaparición de la esclavitud, la terminación de la colonia, la caída de las dictaduras, la Declaración de los Derechos del Hombre...). También el constante Pentecostés de la Iglesia es invisible y visible. Invisible es la fuerza del Espíritu que actúa en los sacramentos, visibles son sus efectos en las comunidades cristianas: unidad, comunión, reconciliación, paz (Gál 5,22-23). Después de Pentecostés nunca faltó ni faltará el don del espíritu en la Iglesia; lo que puede faltar es la aceptación del Espíritu por los cristianos. Siempre se celebraron los gestos salvíficos de Jesús, pero no siempre se pudieron apreciar sus efectos. La larga y pausada lectura de los Hechos de los Apóstoles, que cada año nos dispone a vivir Pentecostés, es un espejo de nuestra recepción del Espíritu: hay algunos rasgos en las comunidades repletas del Espíritu en los Hechos que son bien visibles, y su presencia o su ausencia es criterio para saber si una comunidad se deja o no guiar por el Espíritu Santo. Algunos ejemplos:
Ésta es la imagen, usando la comparación futbolística de uno de los Padres del último Concilio, de una Iglesia que privilegia el ataque y no la defensa; que recibe lo nuevo que viene de Dios y no se limita sólo al respeto de la tradición. Así, tal vez, hay que interpretar la palabra del Vaticano II: "Por la fuerza del Evangelio, el Espíritu hace rejuvenecer a la Iglesia y la renueva constantemente" (LG 4). |
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