¡Que tu vida sea una fiesta sin fin!

 

Uno de los frutos más esperados del Concilio Vaticano II que concluyó hace más de cuatro décadas, fue la renovación de la Liturgia, es decir, de toda la acción de celebración del pueblo de Dios.

En efecto, es todo el pueblo, y no sólo los sacerdotes o los monjes, el co-protagonista de esta acción celebrativa, que tiene a Dios mismo como autor principal.

El gran documento del Concilio sobre la Liturgia (titulado en latín Sacrosantum Concilium) dice: "En efecto, la liturgia… contribuye en sumo grado a que los fieles expresen su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo…" (SC 2).

Se trata entonces de nuestra "vida", una vida sentida y desarrollada en plenitud y ofrecida a los demás como manifestación de Cristo.

En esta celebración de la vida, todos estamos implicados. Definitivamente la Liturgia no es un asunto que atañe sólo al cura que preside o al equipo litúrgico, al coro o a los músicos, al sacristán o a los monaguillos…

Por variadas que sean las funciones y ministerios, siempre será todo el pueblo de Dios el que celebra, valorando e integrando la identidad y el aporte de cada uno.

De ahí la necesidad de que todos nos formemos y nos capacitemos para celebrar nuestra vida con signos y gestos adecuados, con espacios y tiempos oportunos, con plegarias y ritos comprensibles y participativos.

Ya en el año 1927, el gran teólogo Romano Guardini al prologar su hermoso libro "Los signos sagrados", se refería a esta educación litúrgica (no simple instrucción) para poder contemplar y realizar una verdadera celebración. Y ponía el ejemplo de la madre como primera y gran educadora litúrgica: "Una madre que se haya formado litúrgicamente, y ahora enseña a su hijo a hacer correctamente la Señal de la Cruz… le enseñaría a penetrar con su humanidad viviente en la casa de su Padre celestial. Pero todo esto no como un mero pensar, alrededor del cual se hacen algunos gestos, sino como verdadero ver y obrar".

Cada cristiano tendría que ser un auténtico maestro capaz de infundir vida en los signos litúrgicos. Y citando a la gran educadora católica María Montessori, Guardini llegaba a esta conclusión: "El camino para la vida litúrgica no pasa por la mera instrucción, sino por el contemplar y obrar".

Los itinerarios de formación litúrgica que presentamos en este número especial de Umbrales, quieren seguir el mismo camino: que todos y cada uno de los fieles se formen para poder contemplar, comprender, obrar y experimentar la liturgia. En una palabra, vivir la liturgia, para que toda nuestra vida sea una fiesta sin fin.