Pbro. Daniel Kerber

Sembrar la JUSTICIA

ycosechar la PAZ

Santiago 3,18

 

 

Los dramáticos acontecimientos de la nueva guerra en Oriente Medio, con la muerte de tantas personas inocentes, entre ellos muchos niños, nos interpelan fuertemente. Estas reflexiones bíblicas sobre la paz quieren ser un aporte no sólo para meditar sobre un ideal, sino para empezar a "trabajar por la paz" como nos invita la Bienaventuranza evangélica. Hoy, frente al fracaso de las diplomacias, las estrategias de los poderosos y la lógica absurda de la guerra, necesitamos volver a la Palabra y a la praxis de Jesús.

La temática relacionada con la Paz y la Justicia en la Biblia es inagotable, y no pretendo hacer una exposición exhaustiva, ni siquiera abarcar muchos tópicos fundamentales relacionados con estos temas. Mi propuesta es trazar un camino, un itinerario -entre muchos- en el cual se pueda ver cómo este binomio paz-justicia fue dejando su huella en la historia de Dios con su pueblo. Para hacer este itinerario, voy a partir del fin, viendo de alguna manera cómo este fin recapitula todo el mensaje, para luego hacer cierto recorrido por los textos a los que este mismo fin hace referencia.

 

Cuando nace Jesús, el primer anuncio está dado por los ángeles (cielo) a los pastores (tierra) y este anuncio es un anuncio de Paz: "Gloria a Dios en el Cielo, y PAZ en la tierra a los hombres que el Señor tanto ama…" (Lc 2,14).

Estas palabras inician la vida y el mensaje de Jesús, y también el mensaje que Dios quiere darnos con la vida y palabra de su Hijo. El anuncio de los ángeles es programático, porque Jesús va a hacer realidad la promesa con su vida. Reconociendo esta dimensión Pablo va a confesar de Jesús: "Él es nuestra paz" (Ef 2,14-17).

Esta paz que es anuncio y profecía, se hace realidad presente en la plenitud, en el cumplimiento de la vida de Jesús. Son las palabras de Jesús resucitado cuando la comunidad se encuentra reunida, al regreso de los discípulos de Emaús, en Jerusalén: "Paz a ustedes" (Lc 24,36). Así, la obra de Lucas queda enmarcada de alguna manera por esta paz al inicio y al final del evangelio. Sin embargo, hay un matiz no secundario en estas dos menciones; al inicio la paz es anunciada y al final se manifiesta la realización de este anuncio en la resurrección de Jesús, el príncipe de la Paz. ¿Qué pasó para que se diera ese pasaje del anuncio de paz = futuro, a la realización = presente: "paz a ustedes"?

Para comprender este pasaje del anuncio a la realización nos dejaremos conducir por Jesús, que "abre las cabezas a sus discípulos para que comprendan las escrituras" (Lc 24,45) y les enseña que "es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en Moisés, los Profetas y los Salmos" (Lc 24,44; cfr. 24,27).

La persona y la vida de Jesús sólo se entiende a la luz de toda la historia de Salvación; por eso, vamos a tratar de hacer una lectura del mensaje de la Palabra a la luz de este anuncio de Paz y de su realización en la Resurrección de Jesús.

Siguiendo las palabras de Jesús, nos detendremos en primer lugar en las tres partes que conforman la Biblia Hebrea: Moisés: el Pentateuco, Los Profetas, y los Salmos, es decir la Literatura sapiencial.

 

1. Paz (shalom) en el Antiguo Testamento

El concepto shalom en el Antiguo Testamento reviste una riqueza mucho mayor de la que traduce nuestra palabra Paz. En su raíz designa el hecho de hallarse intacto, completo (Job 9,4; Jos 10,21) y por tanto designa el "bienestar", con un gran énfasis en la dimensión material (Éx 21,34; Jue 19,20) y también en la salud física (Jer 6,14; Is 57,18). Comúnmente es referido a un grupo, por ejemplo, a una nación disfrutando prosperidad y seguridad.

En muchos pasajes, shalom denota una relación más que un estado (1Re 5,26 en referencia a la alianza de paz entre Jirám y Salomón; ver también Jue 4,17). Esta relación que se establece es llamada Alianza. El Señor hace alianza de paz para Israel; la relación de paz es el resultado del hecho. En el código de Santidad del Levítico que establece la forma de la Alianza, encontramos la promesa que Dios dará a su pueblo: paz en la tierra (Lev 26,6: paz con los enemigos y las bestias, es decir: protección). Y por eso los bienes asociados con "paz" en Israel son siempre referidos a Dios, la paz es un don de Dios, porque Dios es un Dios de paz; cuando Gedeón fue llamado por el Señor para derrotar a sus enemigos y vió al "Ángel del Señor", "levantó un altar y lo llamó YHWH-Shalom: el Señor es la Paz" (Jue 6,24).

Sintetizando, la Paz en el Antiguo Testamento, reviste una connotación fundamentalmente relacional y abarca el bien integral de las personas que involucra; se podría traducir por bienestar, salud, prosperidad, seguridad, bien, aún en algunos casos, a costa de los "enemigos".

 

2. Moisés: la Creación

Si bien en los relatos de la Creación no aparece la palabra "paz", la idea que está detrás de esta palabra se manifiesta cuando al fin del sexto día, en el primer relato, después de crear al hombre, Dios dice: "y vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien" (Gén 1,31). A lo largo de todo el relato, después de haber repetido 6 veces: "y vio Dios que estaba bien" (1,4.10.12.18.21.25) la séptima vez -llegamos a la plenitud- no repite lo que venía diciendo sino que le agrega: "y vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien". Este añadido con la séptima repetición, marca una condición de totalidad de bien que se equipara al concepto de ‘shalom’ bíblico. Dios crea al hombre y a la mujer en la plenitud, en el bien, en la paz, y esa paz está descrita en categorías relacionales:

* El ser humano en relación íntima con Dios: Dios es su creador que le da su espíritu: e "insufló en sus narices aliento de Vida, y resultó el hombre un ser viviente" (Gén 2,7);

* en relación de armonía y paz entre ellos: Eva sacada del costado de Adán. "Ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gén 2,23);

* en relación armónica y pacífica con ellos mismos, reflejada en el último versículo del cap 2: "Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, pero no se avergonzaban uno del otro" (Gén 2,25);

* el ser humano en paz con la tierra, con la Creación: "tomó Dios polvo del suelo (adamah)" (Gén 2,7).

Esta descripción de la armonía de la Creación marca la bendición de Paz que significa todo este primer "acto" de Dios, narrado en los cap. 1-2 del Génesis; paz que va a ser rota en el cap. 3, con la narración de la caída. El cap. 3 va describiendo plásticamente las consecuencias de la desarmonización que desencadena la desobe-diencia del ser humano.

* Aquella amistad con Dios se vuelve miedo: "Oí tus pasos en el jardín, tuve miedo porque estoy desnudo y me escondí" (Gén 3,10).

* Se rompe la paz entre ellos, y la que era "hueso de mis huesos" es ahora la acusada: "la mujer que me diste por compañera me dio y comí" (Gén 3,12);

* Ya no tienen paz con ellos mismos; antes estaban desnudos y no sentían vergüenza, ahora "se les abrieron los ojos y se dieron cuenta que estaban desnudos y cosiendo hojas de higuera se hicieron ceñidores" (Gén 3,7).

* Y finalmente, también se rompe la relación con la Creación, el hombre hecho de tierra, ahora tiene a la tierra como enemiga: "... Maldito sea el suelo por tu causa, con fatiga sacarás de él el alimento… Espinas y abrojos te producirá. Ganarás el pan con el sudor de tu frente…" (Gén 3,17-19).

Sabemos bien que estos relatos no son históricos, sino que son una reflexión sapiencial que busca dar una explicación a la realidad del hombre y a la situación en la que se encuentra el pueblo. A partir de esta situación de ruptura, el camino que va a tomar el hombre será buscar el regreso; Dios mismo lo invita a través del salmista: "Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre tras ella" (Sal 34,15). Pero en este camino que el hombre recorre, no es él el principal protagonista; Dios mismo es el primer interesado en restaurar la paz en la que creó todo y en la que quiere que el hombre

camine: "Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos, y a los que se convierten de corazón" (Sal 85,9).

 

3. Los profetas

Si bien cuando en la tradición hebrea se hace referencia a los profetas en la locución "Moisés, profetas y salmos", no se habla sólo de los que nosotros llamamos profetas sino que se incluye a los "profetas anteriores" (Jos, Jue, 1-2Sam, 1-2Rey), al referirnos aquí restringiremos el análisis a algunos pasajes de los "profetas posteriores".

Los profetas pre-exílicos

Estos profetas son antes que nada, acusadores, anuncian un juicio. Para ellos es evidente que el pueblo ha roto la Alianza, la vida no está al servicio de la paz, por lo tanto, de parte de Dios tampoco corresponde el shalom, sino el juicio que busca la conversión del pueblo.

En varios profetas, comenzando por Miqueas hasta Ezequiel, hay una resistencia apasionada al mensaje de los falsos profetas. En este conflicto la palabra clave es shalom. El término se transformó en el centro de una amarga controversia entre las dos partes. En Jer 6,14 se afirma: "Curan con superficialidad el quebranto de mi pueblo, diciendo: Paz, paz. ¡Pero no hay paz!". En Jer 28 tenemos la historia del dramático encuentro entre Jeremías y estos falsos profetas que anuncian una paz confiados en las alianzas políticas debidas a la crisis en Israel, pero Jeremías los pone en evidencia. El profeta revela que es el Señor el que "arrancó la paz de este pueblo" a causa de sus pecados que los falsos profetas ignoran. El Israel monárquico siempre tuvo "profetas cortesanos" que al "comer de la mesa del rey" muchas veces profetizaban para complacer al poder.

La tarea de los verdaderos profetas es hacer adquirir al pueblo la dimensión religiosa de la injusticia que es un ultraje a la santidad de Dios. La injusticia en la que vive el pueblo hace imposible la paz. De allí la relación íntima entre paz y justicia, que aparecen muchas veces unidas en el texto bíblico: "¡Oh, si hubieras estado atento a mis mandamientos! Tu paz habría sido como un río, y tu justicia como las ondas del mar" (Is 48,18; ver 48,22).

El período exílico y post-exílico

En el exilio todo parece aniquilado. La teología deuteronomista interpreta este desastre como consecuencia del pecado de Israel que rompió la Alianza. Ahora, con el regreso el juicio ya pasó; se abre el camino al Shalom de Dios. El retorno del cautiverio es un nuevo Éxodo en el que vuelven con alegría: "Sí, con alegría saldrán y en paz serán traídos" (Is 55,12).

La salvación prometida a los hijos de Jerusalén en Is 54,13 es asociada con la Justicia, la nueva ciudad de Dios está marcada por la justicia y la paz: "Pondré la paz como tus gobernantes y la justicia como tus administradores" (Is 60,17). Por eso en los libros proféticos aparece la idea de la "lucha por la paz", hay un combate por alcanzar la paz y en este ideal muchas veces hay tentaciones y los reyes se corrompen tratando de procurar la paz no como fruto de la justicia sino haciendo alianzas políticas, con la consecuente dependencia y muchas veces idolatría.

 

4. Los Salmos

Nos detendremos aquí particularmente en un salmo, en el que, como sucedía al ver los textos de los profetas, la justicia y la paz se unen y destacan sobremanera.

Vamos a detenernos a leer pausadamente el salmo 84 (85) y a través del análisis procuraremos ver cuál es el mensaje que nos da sobre la paz y la justicia que se besan.

El Salmo está formado por tres estrofas, la primera (vv. 2-4) es una acción de gracias; sigue una súplica en cuatro versos (5-8), y con una introducción (9) sigue un oráculo de salvación próxima. La relación entre las partes se puede comprender del siguiente modo: "Tú, que un día nos restauraste, restáuranos ahora; tú, que un día apartaste la cólera, ¿hasta cuándo seguirás airado?"

El Salmo se inicia y culmina con "la tierra": "tu tierra" (v. 2) y "nuestra tierra" (v. 13; v. 10). El sueño del Sal 85 es que "nuestra tierra" se transforme a imagen de "tu tierra" y ambas sean verdaderamente una sola cosa, una tierra en la que Dios y el hombre se abrazan.

Los vv. 9-14 constituyen un oráculo unitario. En este oráculo se anuncia la conclusión del drama que turba al universo. Reconciliados, cielo y tierra se darán el abrazo de la paz. Como el sol penetra la tierra para despertar la vida, así la misericordia hará nacer la fidelidad de los hombres. Justicia y paz se besarán porque el respeto del orden de Dios no puede sino dar paz y tranquilidad. La paz en la tierra es un fruto del cielo sembrado por Dios. La salvación germina sobre las huellas de la justicia de Dios.

 

5. El oráculo del "retorno" perfecto (v. 9-14)

El oráculo es dirigido al pueblo que espera y su contenido es la salvación y la paz. La paz, que es plenitud de vida, es destinada al "pueblo", a los fieles, a quien se convierte. El oráculo presenta a un Dios deseoso de establecer una comunión con el hombre. Ahora se anuncia una gran alegría: Dios ha decidido volver a ser ciudadano de Jerusalén, la ciudad de paz. De esta presencia renovada surge el mapa de un mundo nuevo cuyas dimensiones horizontales (v. 11) y verticales (v. 12) son ocupadas por los cuatro "acompañantes" del Señor, cuatro cualidades personificadas de su ser.

La misericordia -la virtud específica de la Alianza- y la fidelidad se abrazan, dando inicio a una historia de amor

que se hace explícita en el beso de la justicia y la paz. Se reconstituye así, el proyecto de armonía que estaba en la base de la creación (Gén 2, Is 11). El mundo que está por ser generado se asemeja cada vez más a aquel designio que Dios siempre ha concebido, el "reino de verdad y justicia, de amor y de paz". Dios ofrece a la tierra el bien (v. 13) y la tierra produce su fruto.

El Mapa del Cosmos pacificado se prepara para acoger la manifestación de Dios; Él aparece precedido por su avanzada, la Justicia que abre el camino, y el Señor sigue apareciendo en el mundo como fuente de gozo y de paz.

En el v. 13 podría haber terminado la escena, cuando sobreviene algo inesperado: el Señor, cuya Gloria "se ha establecido en nuestra tierra", se pone en camino, y por delante avanza la Justicia. El final es sorprendente: el Señor sigue caminando por la historia: ¿y su pueblo con él? Dios está inaugurando un reino justo donde no debe faltar nuestra mano, nuestra fe-fidelidad-confianza, nuestro obrar.

Cuando se consideran las ricas posibilidades de sentido de la palabra "paz" en el Antiguo Testamento, quedamos impresionados de que no hay textos específicos que denoten la actitud espiritual de paz interior. La mayoría de los textos se refieren a grupos y no a individuos, y en este último caso, el uso se puede equiparar frecuentemente a "bienestar". En la mayoría de los ejemplos en que la referencia es a un grupo, el término shalom denota algo que puede ser visto claramente. Cuando recordamos cómo está relacionado con la "justicia", con el "derecho" (ver Zac 8,16), nos vemos forzados a decir que en su uso más común, shalom es un concepto enfáticamente social, y en este sentido se comprende la estrecha vinculación con la justicia.

Dios ejerció su justicia salvadora a favor del Israel esclavizado y le dio las normas para que viviera como una sociedad justa y libre a su servicio, imitando su justicia salvadora. Hizo paz con sus enemigos y estableció al rey y a la monarquía como dispensadora de justicia. Suscitó profetas, que criticaron los abusos de poder, condenaron la opresión de los débiles y pobres y a los "falsos profetas" que anunciaban la paz mientras se daba la injusticia; y predijeron un cambio en el que Dios eliminaría la maldad, transformaría el corazón humano, haría de Jerusalén (ciudad de paz) una ciudad justa y fiel, y establecería con el pueblo una alianza de paz. Los salmos nutrieron la fe de los pobres en la justicia salvadora de Dios que les traería la paz. Los sabios exhortaron a los gobernantes a ser justos y defender al oprimido. Los autores apocalípticos, a su vez, anunciaron la acción de la justicia de Dios que implantaría su reinado, destruyendo al mundo corrompido y haciendo la paz.

 

6. Nuevo Testamento

Al recorrer el Antiguo Testamento vimos que la realización de la esperanza del don de la Paz y la Justicia, parecía siempre quedar más allá de las expectativas. Cuando Israel sale por fin liberado de Egipto, tiene que vagar por el desierto durante 40 años en medio de las pruebas, y ninguno de los que salió de Egipto entrará en la tierra prometida. Ya en la tierra prometida, tienen que combatir con los otros pueblos para hacerse un lugar. Al llegar David parece consolidarse el reino, pero no durará más que una generación hasta que se divida. Luego viene el destierro, y en el regreso se juntan los cantos de júbilo por la vuelta con los llantos de dolor por la destrucción de Jerusalén.

En medio de esta expectativa cuya realización se posterga, los profetas habían anunciado que el rey mesiánico tendría como nombre Príncipe de la paz (Is 9,1-6); asimismo la misteriosa figura del rey-sacerdote Melquisedec (Rey de Justicia) aparece presentando pan y vino y bendiciendo a Abraham (Gén 14,18) y la tradición de la Carta a los Hebreos lo interpreta como representación de Jesús-Sacerdote. La expectativa veterotestamentaria se abre a la realización de la promesa que Dios había hecho a su pueblo y a la que se mantenía firme. Esta promesa de paz y justicia va a ser realizada en una persona.

Sí, en Jesús se unen la justicia y la paz: "Él es nuestra paz", dirá Pablo (Ef 2,14), pero también hablará de Jesús "nuestra justicia" (1Cor 1,10). Para acercarnos al significado de estas afirmaciones, recorreremos algunos textos que nos ayuden a iluminar nuestro camino.

Si bien, como veíamos, el evangelio de Lucas está enmarcado en la paz anunciada y realizada, en la subida de Jesús a Jerusalén encontramos un texto que puede resultar chocante:

"¿Piensan que he venido a dar paz en la tierra? Les digo que no, sino división" (Lc 12,49-51).

Si bien Jesús da la paz, a lo largo de su vida tuvo que enfrentar el conflicto. Jesús no fue un líder que llevó adelante un programa político con el fin de tomar el liderazgo del país. Fue más bien un profeta que anunció la venida inminente del reino de Dios y lo anticipó con sus acciones simbólicas (su preferencia por los pobres y marginados, su condenación de la explotación, su aceptación de la mujer…). Fue además un maestro que enseñó las exigencias del reino sobre los individuos y la comunidad. Al anunciar el reino y enseñar sus exigencias, Jesús dio directivas para una nueva configuración de la sociedad. En este sentido, se puede decir que Jesús fue una figura de envergadura socio-política.

Tenemos que comprender que la vida de Jesús está marcada por el anuncio programático de Simeón: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos, y para ser señal de contradicción" (Lc 2,34). Las imágenes del fuego y del bautismo evocan el juicio escatológico. Podrían tomarse como anuncio de la Pasión de Jesús. La inmersión en las aguas que supone el bautismo representaría -según las imágenes sálmicas- las pruebas y el sufrimiento. El fuego que se encenderá en la cruz purificará y abrasará los corazones. La vida de Jesús no será una vida pacífica, tranquila, sino cargada de contradicciones y dolor.

Jesús, con el trasfondo de Miq 7,6 describe su venida como provocadora de división; sus palabras y acciones van a despertar adhesiones y rechazos. En el camino paradójico de conflictos y cruz va a mostrar el sentido verdadero de la justicia que lleva a la paz. La Cruz de Cristo es la fuente originaria de la paz auténtica.

Jesús, con su palabra y con su vida, y sobre todo con su pasión, muerte y resurrección, nos trae la justicia que tiene como fruto la paz: "Habiendo sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios por nuestro Señor Jesucristo" (Rom 5,1). Hemos sido hechos justos por la muerte y resurrección de Cristo: "Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud y reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col 1,19-20). Esta "paz con Dios" puede traducirse en términos de perdón, de reconciliación (éramos pecadores), de amistad y de fe: adhesión a la persona y al proyecto conflictivo de un asesinado cuya cruz nos da la paz.

Esta paz que Dios nos da en la Cruz de su Hijo es una paz que destruye toda separación, toda discriminación: "Él es nuestra paz, él que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad… por medio de su cruz" (Ef 2,14ss). En Cristo, el conflicto entre judíos y paganos se resuelve; por tanto, la frase "él es nuestra paz" no puede ser leída en clave individualista o intimista. Es una paz histórica, social, una paz que crea la justicia.

Una vez resucitado, Jesús, que ha pasado el rechazo, la condena, el sufrimiento, la pasión y muerte -vencidas todas éstas por la entrega de amor al Padre y a los hermanos-, trae como trofeo de su victoria, la paz.

Además de Lucas, es particularmente Juan quien después de anunciar la Paz -"La paz les dejo, mi paz les doy" (Jn 14,27); "Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo" (Jn 16,33)- va a destacar este don de la paz de Jesús resucitado. Tres veces Jesús va a repetir a sus discípulos: "Paz a ustedes" (Jn 20,19.21.26). Estas palabras de Jesús no son sólo un saludo -típico en la cultura hebrea- sino que es el don de la paz que Jesús les está dando. Sin embargo, del texto se desprende algo más. Después de darles la paz, agrega: "Les mostró las manos y el costado" (v. 20); es decir, las marcas de la Cruz, a través de la cual obtuvo la paz. Y en la segunda vez agrega: "Como el Padre me envió, también yo los envío, reciban el Espíritu Santo, a los que perdonen los pecados les quedan perdonados" (21-23). Ahora el don de la paz está asociado a la misión, en continuidad con la misión de Jesús. Jesús por su palabra, su vida y su muerte y resurrección trajo la paz. Los discípulos serán ahora portadores de esa paz y trabajadores de ella. Por otro lado, el soplo de Jesús está indicando el soplo de Dios sobre el primer hombre (Gén 2,7). Es un gesto creador. El don de la paz de Cristo hace criaturas nuevas a sus discípulos.

Podemos tener la sensación que ya que Dios es el que justifica, nada le toca al hombre, sin embargo, la justicia de Dios que nos da la Paz (= la plenitud de vida), no tiene como finalidad que nos quedemos satisfechos y "reposados" en esa situación, sino todo lo contrario. La Justicia-paz que el Señor nos da como regalo, nos compromete a gastar nuestra vida por la justicia y la paz, don de Dios que también quiso que fuera tarea de los hombres. Se da nuevamente el binomio permanente en la Escritura: don-tarea, al don de Dios corresponde una tarea por parte del hombre; el don permanece siempre siendo don-regalo, pero no hace superflua la tarea; por otro lado, la tarea nunca busca hacerse meritoria, porque prefiere recibir la justicia-paz como don. Los discípulos, engendrados en la vida nueva de la resurrección son enviados en la fuerza del Espíritu a ser testigos, servidores, y obreros de la paz que el Señor les da. Hay quien sostiene que el mensaje del evangelio se puede sintetizar con las bienaventuranzas de Jesús (Mt 5,1-11). Creo que podemos ver en ellas una de las tareas propias de los discípulos que continúan la tarea y el don de Jesús.

 

Bienaventurados los pobres en espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos,

porque recibirán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque recibirán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón,

porque verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

 

Bienaventurados son ustedes cuando los insulten y los persigan, y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa.

Las primeras 8 bienaventuranzas, con el término justicia propuesto en la cuarta y octava, se presentan como dos estrofas de igual extensión (como el decálogo en 2 tablas): la primera suele aplicarse a los que esperan o a los pobres y la segunda a los que actúan. Parece que en todas las bienaventuranzas late en el fondo un tema: la justicia. Esta justicia pertenece, junto a la misericordia y a la fe a lo "más importante de la ley" (Mt 23,23). En la lectura del evangelio el lector comprende hasta qué punto el hijo de Dios practica aquello que exige.

En la conjunción de la séptima y la octava bienaventuranza, se unen los dos componentes, de paz y justicia, y a la vez, como en la vida de Jesús, pacificación y cruz, pues son perseguidos por la justicia. Si bien la tarea de la justicia es justa, en este mundo va a acarrear persecución, y según el mensaje del Nuevo Testamento, quien siga al Señor, lo sigue en paz y justicia, y por eso está dispuesto a cargar la cruz, y a perder su vida para que la paz y la justicia que el Señor vino a instaurar con su vida, muerte, cruz y resurrección, siga llegando y sembrándose en esta tierra.

Daniel Kerber