María Clara Lucchetti

 

Discípulos y discípulas de Jesús hoy

 

 

La Iglesia del continente se prepara para la V Conferencia del Episcopado latinoamericano en Aparecida, Brasil, en 2007. El documento de participación ya ha llegado a las comunidades, para que todo el pueblo de Dios pueda participar y prepararse para ese gran momento de comunión eclesial que reunirá a todo el continente. Partiendo de una reflexión teológico-espiritual sobre el el discipulado cristiano, buscaremos percibir lo que implica el ser discípulo a partir del Nuevo Testamento, dando algunas pistas para caracterizar el discipulado cristiano hoy, en América Latina.

El oído y la lengua de discípulo

 

Desde muy temprano, el pueblo de Israel se comprende a sí mismo a partir de la escucha de lo que Dios le dice. El escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica ha sido lo que ha hecho que Israel, amada con locura por Yavé, haya podido seguir adelante en la dinámica de la Alianza. Pese a sus muchas infidelidades, Israel ha sido una y otra vez llamada y desposada, invitada a entrar de nuevo en el camino del amor, respondiendo a la elección y a la llamada de Dios con todo su corazón, con todo su entendimiento, con todas sus fuerzas.

La Alianza es la clave por la cual el pueblo de Dios se auto comprende y experimenta el amor de su Dios.

A lo largo de toda la historia de Israel, la Alianza de amor hecha por Dios con el pueblo es alimentada por tres fuentes principalmente: la Torah, la Ley de un pueblo libre, pedagoga de la vivencia del amor; los profetas, responsables de que el pueblo no se aleje de la Alianza y vuelva siempre a los brazos de su Dios; la sapiencialidad, que enseña cómo ser fiel a la Alianza en todas las situaciones vitales, incluso en aquellas que tocan los límites de la condición humana.

Los profetas, portavoces de Dios y del pueblo, han comprendido este misterio y lo han vivido en sus vidas, muchas veces con dolor y desgarro. Han entendido su vocación como un discipulado, en el cual eran constante y pacientemente enseñados por Dios.

El Segundo Isaías profetiza en una situación de sufrimiento y dolor. En el exilio de Babilonia, el pueblo se siente infeliz y desesperanzado. Parece que todos los caminos se cerraron. Semejante a la situación del pueblo latinoamericano, los israelitas exiliados sufren la opresión, la injusticia, la nostalgia de la tierra que fue suya y se preguntan si Dios los ha abandonado. El profeta presenta en sus cantos la figura del Siervo que sabe escuchar con atención el plan de Dios, soporta los sufrimientos inherentes a la misión y confía en la protección y auxilio del Señor. Su actitud de confianza inquebrantable contrasta con la del pueblo a punto de sumergirse en el dolor y la desesperanza.

El tercer canto del Siervo presenta un estilo de discipulado, inseparable del ministerio de la Palabra. Introduce delante de nuestros ojos qué es y qué implica la identidad, la vocación y la misión del Siervo que es ante todo un discípulo que escucha amorosamente y se deja moldear y enviar por la Palabra de Dios. En ese bellísimo e inspirador texto vemos toda la aventura y el destino del discípulo que es elegido en favor de un pueblo que sufre. Es alguien que escucha, que obedece, que es enviado y que da frutos.

En ese texto donde el profeta habla al mismo tiempo de sí mismo y del "resto" creyente de los exiliados en Babilonia, podemos sentir toda la honda y misteriosa vocación del discípulo: "El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al cansado. Cada mañana me despierta el oído para que escuche como los discípulos. El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás" (Is 50,4-5).

El profeta sigue desplegando y aclarando igualmente cual será el destino de ese Siervo que se dispone a ser discípulo con toda su persona. Y nos ofrece ahí una prefiguración de lo que será más tarde el discipulado cristiano: "Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas... El Señor me ayuda, por eso soportaba las ofensas, por eso endurecí mi cara como una piedra, sabiendo que no quedaría defraudado. Mi defensor está cerca, ¿quién me denunciará?" (Is 50,6-8).

El discípulo puede transmitir la palabra y consolar de parte de Dios porque él mismo escucha cada mañana y tiene el oído abierto; o sea, está siempre en comunión con el Dios que le habla amorosamente y le envía. Para sostener al que está cansado y devolver la esperanza al que está abatido, hay que ser enseñado por Dios. El discípulo del que habla el Segundo Isaías es persona de oración y dócil al Espíritu de Dios. Los sufrimientos que le vendrán por cumplir lo que ha oído, los soportará y no los rehuirá. Enfrentará los conflictos y no intentará escapar de ellos. Porque confía plenamente en Aquel que le despierta el oído y la lengua y lo consuela para que sea a su vez consolador de un pueblo que está a punto de perder la esperanza y la confianza.

 

Jesús de Nazaret: el Siervo como modelo del discípulo

En el Nuevo Testamento, el ministerio de Jesús de Nazaret se realiza y es comprendido desde esa clave de la figura del Siervo. Jesús será visto y reconocido por sus discípulos y por todos los que creerán en él como ese Siervo obediente, que escucha a Dios y al pueblo incesantemente, y que carga sobre sus hombros los sufrimientos y las enfermedades de todos a fin de traerles el consuelo y la liberación.

Jesús es al mismo tiempo la Palabra y el perfecto oyente. Es el Verbo de Dios vuelto hacia la contemplación del rostro del Padre desde toda la eternidad (Jn 1,1), y por su Encarnación será el rostro del Padre vuelto hacia la humanidad (Jn 1,18.) Hijo de Dios, vive del amor que le transmite el Padre que le comunica todo lo que es. A los que hace sus discípulos, les enseñará todo lo que ha escuchado como perfecto discípulo e Hijo amado del Padre a fin de que sean en el mundo su rostro, su boca y su cuerpo dado en oblación y servicio a todos.

Los testigos de la primera hora tuvieron necesidad de encontrar nombres y títulos para anunciar y proclamar la misteriosa identidad de este hombre, con quien un día se encontraron y a causa de quien tuvieron su vida enteramente alterada. Señalaremos sólo algunos que puedan ayudarnos en nuestro propósito de conocer mejor el misterio de Jesús, hecho de una fecunda tensión entre historia e interpretación; y también, que nos ayuden a comprender mejor la novedad que trae consigo el discipulado cristiano, que consiste en ponerse en seguimiento de ese Jesús.

 

1. Jesús, el Mesías (= el Cristo): Christus es la forma latina del griego Christós. Esta palabra corresponde al hebreo másiah y designa alguien que fue solemnemente ungido para desempeñar un cargo. La forma helenizada de la palabra hebrea es mesías, que aparece en el NT griego solamente dos veces en Juan (Jn 1,41; 4,25). Es decisivo resaltar que el testimonio neotestamentario relativo a Jesús de Nazaret es conscientemente "cristológico", aún a pesar de las diferencias de detalle con la expectativa mesiánica del judaísmo de la época. Siempre que se habla de Jesús en el NT, se trata de él como Cristo-Mesías. Esto significa que en todo el NT, el mesianismo ya no está bajo el signo de la expectativa, sino bajo el del cumplimiento. Siempre se habla del acontecimiento de Cristo en el tiempo pasado del verbo. Seguramente, la mirada del evangelista se dirige también para el porvenir, e incluso algunas veces con mucha intensidad. Pero aquél a quien se espera, como alguien que ha de venir, es en realidad alguien que vuelve. No es un desconocido, al contrario, es tan conocido para los suyos -que lo esperan con impaciencia- como ellos lo son para él (Jn 10,14: el evangelio del Buen Pastor).

El nombre de Jesucristo abarca, entonces, para la fe cristiana mucho más que la mesianidad de un cierto Jesús de Nazaret, en quien Dios cumplió las promesas hechas al pueblo de Israel. Para el NT, toda la salvación que Dios había planeado y dispuesto para el mundo, está conectada a Jesús, en cuanto Cristo. Y si Cristo - título honorífico - pasó a ser una parte constitutiva del nombre de Jesús, esto significa que con él se expresaba el rasgo esencial de su aparecimiento histórico, que era, al mismo tiempo e inseparablemente, el presupuesto de toda su obra como mediador de la salvación. Esto incluye su sumisión obediente a la voluntad del Dios que él llama Abbá = Papá. En esta línea, el "Sí" de Jesús a su vocación mesiánica significa para el kerigma de las primeras comunidades cristianas el presupuesto de su camino para la cruz y de su resurrección y glorificación. Jesucristo no es un Mesías triunfal. En efecto, la expresión más completa de su mesianidad se encuentra en el llamado himno cristológico, incorporado por Pablo a su Carta a los Filipenses (Fil 2,5ss), describiendo el camino de Jesús en kénosis (= vaciamiento y obediencia), hasta su exaltación a la diestra de Dios.

Para la comunidad eclesial, será de fundamental importancia percibir y seguir el camino vivido por Jesús en la etapa terrena de su vida, etapa que se caracteriza como de vaciamiento-servicio. En esa etapa, la comunidad observa actitudes, prioridades, comportamiento, predicación y opciones de Jesús, y percibe que esos elementos de su vida histórica tienen valor paradigmático. Para recobrar el mesianismo de Cristo, es necesario volver a Jesús de Nazaret. Pero entonces nos encontramos con una novedad impensada: Jesús es un Mesías crucificado. Esto debe ser incorporado también en la comprensión actual del Mesías. Y aunque no se trate de imitación literal y sí de seguimiento creativo y nuevo a cada paso, la comunidad se siente llevada por el mismo Espíritu que impulsó a Jesús durante su vida: el espíritu del servicio, en favor de la vida para todos, comenzando por los más marginados; aunque las circunstancias donde ese seguimiento tendrá que darse sean diferentes y puedan cambiar cada día.

El mesianismo de Jesucristo, -sin dejar de ser un regalo que ya cumplió plenamente las promesas de Dios a su pueblo elegido-, recuerda que hay que estar siempre en tensión hacia el porvenir, en dirección a lo que tiene que venir. Entonces, sobre ese Mesías esperado tan ansiosamente por el pueblo, la fe cristiana proclama no solamente que ya vino, sino que vendrá otra vez con gloria. La existencia cristiana, por lo tanto, desde el mesianismo de Jesús, es llamada a ser un constante discipulado de la esperanza que conlleva.

 

2. Jesús, el Señor: La palabra griega califica un señorío que goza de legalidad y representa una autoridad reconocida...

La proclamación de Jesucristo como Señor tiene una particularidad que la hace diferente de todos los otros señoríos y completa el perfil de este Señor que es el centro de la fe cristiana desde los orígenes hasta nuestros días. El señorío de Jesucristo es inseparable de su servicio, humilde y sin triunfalismos. El Señor exaltado es inseparablemente el Siervo de Dios, y es a causa de su condición de siervo que se le puede proclamar Señor. El concepto de Siervo, presente por ejemplo en Mc 10,44, tiene indudablemente el telón de fondo de Is 53, y trae consigo la figura del "siervo de Yavé", central en los cánticos del siervo de Dios, que según una antigua tradición fue aplicado a Jesús. Este tema prepara todos los Evangelios Sinópticos, aunque muchas veces no es expresado con la palabra Siervo, sino como "Hijo" (ver el bautismo en Mc 1,11 y la transfiguración en Mc 9,7).

En Juan, no aparece la denominación de Jesús como Siervo, solamente como Hijo. Sin embargo, según las circunstancias del Evangelio, se da también el motivo temático del siervo (ver Jn 13,4ss: el lavado de los pies, servicio humilde del esclavo, realizado por Jesús a las puertas de su Pasión). En Juan, además, aparece también Jesús bajo la imagen del Cordero de Dios, que tiene claras referencias al Siervo de Is 53, que "como un cordero es llevado al matadero" (Is 53,4-7).

Jesús no es, entonces, comparado solamente con un cordero, sino que Jesús es el Cordero de Dios (ver Jn 1,29.36; He 8,32; 1Pe 1,19). Esta presentación de Jesús como el cordero de Dios tiene un triple significado:

a) He 8,32 hace resaltar su paciencia en el sufrimiento;

b) 1Pe 1,19, con las expresiones "sin defecto y sin mancha", coloca en relieve la impecabilidad y perfección del sacrificio de Jesús;

c) Jn 1,29.36 señala la fuerza expiatoria de la muerte de Jesús, que quita, es decir, borra el pecado del mundo.

 

El discípulo de Jesús: escucha y responde con la vida

Los elementos distintivos de la identidad del discípulo cristiano son, por lo tanto, ante todo: la escucha a la llamada de Jesús, la respuesta creyente y amorosa, la vinculación a una comunidad de fieles y la misión que la comunión de vida y destino con Jesús le va a llevar a desempeñar. La verificación de la autenticidad del discipulado podrá ser percibida en los frutos que de ahí brotarán.

La alegoría de la viña en Jn 15 remite al discipulado ya presente en el seno del pueblo elegido y rescatado en nueva clave por el cuarto evangelio...

En el capítulo 15 de Juan, en el contexto de su despedida de los discípulos, Jesús los instruye sobre el futuro del discipulado después de su muerte. Ahí vuelve a la inspiradora imagen de la viña para significar qué es ser discípulo, qué implica, a qué conduce.

Él es la vid verdadera de la cual el pueblo era un símbolo, una imagen. Es Jesús quien produce finalmente los frutos que Dios ha estado esperando durante muchos siglos. Los frutos del discipulado, entonces, sólo serán posibles gracias a la comunión con Jesús. Ellos constituirán el criterio último de la veracidad del discipulado. La relación de Jesús con sus discípulos comienza con un llamado. Jesús convoca a quien quiere en los más diversos lugares: junto al lago, en el camino, en la montaña, en una comida; en diversas circunstancias: en la cotidianidad, en el trabajo de pescador o de recaudador de impuestos; y con una propuesta bien definida: estar con Él y ser enviados a predicar. Mientras en el judaísmo rabínico eran los discípulos quienes escogían la escuela y el maestro, aquí pasa algo nuevo. La novedad de Jesús es que Él es quien llama por propia iniciativa y lo hace con autoridad. "Ustedes no me eligieron a mí; fui yo quien los elegí a ustedes" (Jn 15,16).

Esta llamada o vocación no es algo individualista y subjetivo sino personalizante y comunitario. Exige la vida entera de aquel o aquella que escucha la llamada. Ubicada en el proyecto de salvación, en un contexto eclesial concreto, es algo exigente y vital.

La llamada de Dios por boca de su Hijo Jesús se realiza de manera directa, sensible y evidente, pero también, a través de mediaciones diversas, que convergen y se aclaran en la mediación comunitaria y social. Requiere oídos atentos y obedientes para ser escuchada. Y desde el primer momento, es una llamada a compartir la vida, el destino y la misión de Jesús.

El punto de partida del discipulado cristiano es, por lo tanto, un encuentro con la persona viva de Jesús, que puede darse en muchos lugares y circunstancias: en la escucha de la Palabra, en la mesa de la comunión, en situaciones vitales donde la mente y el corazón humanos son puestos en jaque y muy especialmente en el rostro del otro: pobre, carente, infeliz, cuya revelación es una epifanía de la presencia divina (ver NMI n. 49).

En un segundo momento se da la respuesta, la cual generalmente es inmediata e impulsa al nuevo discípulo a desinstalarse y a dejar o relativizar todo: familia, bienes, costumbres, y a seguir al Maestro. Éste será para ellos de ahora en adelante el único absoluto. La relación maestro-discípulo no se reduce solamente a una relación de enseñanza y aprendizaje intelectual, sino que implica comunión de vida y asimilación de un estilo y de un destino comunes...

Esa renuncia radical que es pedida al discípulo tendrá entonces para su vida tres implicaciones:

a) su vida será regida por una nueva jerarquía de valores, donde el amor de Jesús iluminará todo y pondrá cada cosa en su debido lugar y grado de importancia;

b) será llevado a descentrarse de sí mismo y de sus apegos y secretos compromisos con la iniquidad para centrarse solamente en Jesús y su seguimiento;

c) vivirá en un constante discernimiento de espíritu, preguntándose a cada rato y a cada paso cuál es la opción mejor, más adecuada y según el querer de su Maestro;

d) y todo eso lo conducirá a una nueva disponibilidad para el aprendizaje vital que constituye el discipulado.

Ese cambio radical de vida está lejos de ser una actitud provisoria que dura mientras el discípulo no llega a ser maestro. Del principio al fin no hay más que un Maestro, Cristo (Mt 10,24s; 23,8).

Por eso, la vinculación de los discípulos con su Maestro es infinitamente más estrecha e íntima que la de otros maestros. Jesús llama a los discípulos "para que estén con él" (Mc 3,14), participando de su camino errante, de su carencia de domicilio e incluso de su peligroso destino.

Se trata de una comunión total y carga en sí la fuerza y el contenido de una confesión de fe y de vida en Jesús como Mesías. Confesar esto con la boca y la vida podrá llevar al discípulo hasta el final del testimonio, o sea, al martirio.

 

Incorporados a Cristo: la primacía del amor

Vocación y seguimiento están, en el discipulado cristiano, íntimamente unidos. Cuando Jesús llama y la persona responde afirmativamente, la dinámica del amor se ha puesto en marcha. Al amor que se manifiesta primero, que se anticipa, que se propone y que se ofrece entero y sin reservas por parte de Jesús, el discípulo responde con la vida. Ahí comienza el camino del discipulado que implica, por una parte, el seguimiento en el amor, la amistad y la comunión con Jesús, que permite participar de su vida divina, con el fin de aprender de Él; y, por otra, la exigencia de compartir su estilo de vida y su destino que no es otro que el camino hacia la gloria del Padre, los cielos nuevos y la tierra nueva, la Jerusalén celeste, a la que no se llega sino por el camino de la entrega y del sacrificio por amor al Reino, muy especialmente en el servicio concreto a los más pobres y desposeídos.

La participación en la vida divina es un don gratuito del Señor que exige del discípulo una fe profunda y una disponibilidad a un nuevo nacimiento por medio del bautismo. Bautizado, el discípulo es sumergido en la muerte de Jesucristo para desde ahí resurgir a una vida nueva. La vivencia del Bautismo será un ejercicio de conversión y aprendizaje vital de este amor en Cristo. Desde este momento, el discípulo ya no está solo, sino que es incorporado a una nueva familia, la comunidad eclesial. La gracia que recibe viene acompañada de diversos dones y carismas, que deberán ser puestos al servicio de esa misma comunidad.

La identidad del bautizado es marcada toda ella por una dinámica pascual. Significa muerte al "viejo hombre" y a todo cuanto constituye el reino de las tinieblas. Esta muerte y ruptura radical implica un estar dispuesto, como Jesús, a dar su vida hasta sufrir y morir por el pueblo. Ahí está el sentido último de la existencia de todo cristiano.

Tal conversión se da por una identificación del cristiano con Jesús, "por una muerte semejante a la suya... a fin de que, por una resurrección también semejante a la suya, podamos no servir más al pecado, sino vivir para Dios" (Rm 6,5-11). Vivir para Dios significa empezar a comportarse en el mundo tal y como Jesús se portó. Ser pro-existentes, es decir, existir no más para sí, sino para Dios y para los demás (ver 2Cor 5,15).

Pero la condición para que la fecundidad del discipulado sea un hecho es una sola: permanecer con Jesús. Y permanecer con él es permanecer en su amor. Por eso, Jesús también pide una sola cosa: "¡Permanezcan en mi amor!" (Jn 15,9). Y lo hace desde el secreto más profundo de su vida: ser amado por el Padre: "Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes" (v. 9). Igualmente el discípulo es alguien que ha sido amado, es amado y por eso puede amar y regalar el amor que recibió y sigue recibiendo.

Cada discípulo, en ese proceso de amoroso seguimiento de su Señor, tiene identidad propia, según los distintos modos particulares de vivir su bautismo, bien sea en la niñez, en la adolescencia, en la juventud, en la madurez o en la condición de adulto mayor; como laico o laica, consagrado o consagrada, presbítero u obispo; o en las diversas formas de organización de la comunidad cristiana, o bien en el ejercicio de una actividad o profesión concreta.

Sin embargo, en cada etapa, estado de vida u oficio, el discípulo entiende que no puede dar fruto por sí mismo, sino que necesita permanecer en Aquel que le transmite la savia preciosa del amor. La imagen de la vid y los sarmientos es sugerente y elocuente. La dinámica del discipulado será la permanencia y la comunión con Jesús, sin el cual "nada se puede hacer" (Jn 15,5). Ahí está el secreto de la santidad, a la cual todo discípulo es llamado. Todo discípulo, de cualquier raza o condición, está llamado a la santidad, la cual consiste en nada menos que permanecer en Jesús y que Jesús permanezca en él o ella. Así como Jesús permanece en el Padre y el Padre en él (Jn 14,10-11)...

 

La formación del discípulo: ser como el Maestro

Toda la convivencia de Jesús con sus discípulos fue un proceso progresivo y paulatino de formación. Los cuatro evangelios son itinerarios que describen las etapas, los destinatarios, los espacios, los medios, las formas didácticas y las finalidades para las cuales deseaba formarlos.

La formación del discípulo tiene como primera finalidad ayudar a desarrollar la asimilación a Jesús, el proceso por el cual el discípulo podrá llegar a tener "los mismos sentimientos de Jesucristo" (Fil 2,4).

Al entrar en esta progresiva y radical identificación, el discípulo comprende la misión de Jesús, dejándose amar por Él, fortalece su propia identidad que no es otra que la del Maestro mismo. "El discípulo bien formado será como su maestro" (Lc 6,40). La formación es, entonces, un verdadero proceso de cristificación que determinará un nuevo estilo de vivir.

Este estilo de vida supondrá para el discípulo la toma de conciencia constante de las formas concretas por las cuales Jesús lo ama y sigue amando. Así, será llamado a redescubrir cada día el sentido de su vocación y misión, teniendo en cuenta que ha sido llamado por Jesús con nombre propio a fin de permanecer en su amor y dar frutos de justicia y santidad. La respuesta del discípulo será entonces la práctica obediente del amoroso querer del que le ha amado primero, siguiéndolo con fidelidad y coherencia. Ese seguimiento lo llevará a dar al amor de Jesús respuesta semejante a la que el mismo Jesús ha dado al amor del Padre. El "permanezcan en mi amor" de Jesús es una llamada permanente. A ella se responde guardando sus mandamientos como Él mismo ha guardado los mandamientos de su Padre (Jn 15,9-10). El discipulado no se reduce, por lo tanto, a puro sentimiento, sino que se demuestra con un compromiso firme y una práctica concreta, "cumpliendo sus mandamientos", o sea, queriendo lo que Él quiere y haciendo lo que Él hace. Éste será el camino que el discípulo recorrerá al seguir fielmente detrás de su Maestro.

La respuesta del discípulo a la gracia de la vocación por amor es una opción fundamental que debe renovarse día tras día. Por eso, la formación debe entenderse como un "camino de conversión y medio para la fidelidad" (SD 72), lo cual exige un trabajo continuo sobre la propia persona y un proceso permanente e integral que tenga en cuenta, tanto el crecimiento en la vida espiritual del discípulo, como su capacitación y la proyección de toda su persona en la misión, y en el servicio pastoral, siendo testigo de la misericordia, del perdón y de la reconciliación propuestos por Jesús.

En la formación de sus discípulos, Jesús se preocupa en asimilarlos e identificarlos siempre más a su propia persona por la permanencia en el amor.

Para eso, no cesa de acercar su vida y la vida de ellos, su relación con ellos y su relación con el Padre, enseñándoles a sentir como Él, actuar como Él, vivir como Él, ser como Él (ver todo Jn 15).

En la formación de los discípulos de hoy la Iglesia es llamada a ofrecer a los que desean seguir a Jesús, los medios de formación de que dispone.

Los sacramentos de la iniciación cristiana merecen aquí un señalamiento especial. El Bautismo, punto de partida de toda la vida cristiana, da al ser humano una nueva identidad. La Confirmación es para los discípulos de Jesucristo hoy lo que fue Pentecostés para los primeros discípulos. Recibiendo la unción el confirmado recibe una marca, el sello del Espíritu, que es el mismo Espíritu que movía a Jesús siempre en dirección a la obediencia al Padre en la vivencia plena del amor. Así como Jesús está marcado con el sello de su Padre (Jn 6,27), así el discípulo está marcado y sellado para la misión con la unción del Santo Crisma. Ésta le concede una fuerza especial del Espíritu Santo para la misión, configurándolo al modo de vida apostólico.

 

Conclusión: el discipulado en América Latina hoy

Formado por la identificación total a su Señor y por la pertenencia a una comunidad de amigos en ese mismo Señor, el discípulo es enviado al mundo para allí construir y hacer crecer el Reino de Dios, ya presente en la misma persona de Jesús. Su misión, sin embargo, la vivirá en profunda unión con su comunidad, adonde es llamado a compartir sus angustias y esperanzas y amorosamente invitado a vivir la comunión que deberá regalar a los demás. En la vida comunitaria se desarrollarán, entonces, los diversos liderazgos, ministerios y servicios, en los cuales el discípulo entregará y perderá con gusto su vida, a ejemplo de su Maestro e identificándose con Él, hasta culminar en la pasión y en la cruz, con la esperanza firme en la Resurrección.

La misión que el Señor les encomienda es hacer discípulos mediante la predicación de la Buena Nueva, bautizándolos e iniciándolos en la vida cristiana, y practicar la caridad para con los pobres y abandonados. Esa misión exige una preparación adecuada y pertinente a las necesidades de cada estado de vida, época y lugar. Una verdadera formación en el discipulado debe tomar en cuenta la realidad del discípulo y del ambiente en que vive, su contexto social y cultural, redundando en un real servicio.

Es así que se requieren hoy, en el momento complejo y desafiante que vive el continente latinoamericano, proyectos de formación exigentes y diferenciados según las distintas necesidades. Partiendo del suelo común del bautismo, donde se radican todas las vocaciones, habrá que repensar en adecuación al tiempo y el espacio en donde se vive, los programas y proyectos de formación que puedan atender obispos, presbíteros y cristianos laicos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, y consagrados de todo tipo. Cada uno y cada una deberá poder encontrar, disponible por parte de la comunidad eclesial, la propuesta de formación que necesita o el apoyo para seguirla a fin de poder responder a los desafíos que le presenta la realidad.

En los documentos del magisterio latinoamericano se ha insistido en la formación de los creyentes para ejercer servicios y ministerios en diversos campos de acción pastoral, haciendo énfasis en la preparación doctrinal y espiritual, en un sólido conocimiento de la Biblia, en la profundización en la dimensión social de la fe y en una seria y permanente capacitación litúrgica.

Además, en la formación integral del discípulo se deberá tener en cuenta, al lado de retiros espirituales, cursos de teología y programas de formación litúrgica, un sólido énfasis en la capacitación para la actuación en las distintas actividades en el mundo, y en la enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en orden también a una acción social diversificada en una gran cantidad de ambientes: movimientos sociales, economía, y una "actuación política dirigida al saneamiento, al perfeccionamiento de la democracia y al servicio efectivo a la comunidad" (SD 193). En un continente tan marcado por la injusticia y la opresión, ese conocimiento con vistas a una actuación política y a la búsqueda del bien común es seguramente una necesidad apremiante y los discípulos de Jesucristo no pueden estar ausentes de ello (OA 4).

Así el discípulo que hoy tiene los oídos despiertos y abiertos por la Palabra del Señor podrá abrir su boca y entregar su cuerpo y su vida en una misión que es la del mismo Jesús: el Reino de Dios, la gloria del Padre. Los frutos que ese discipulado podrá dar, dependerán en mucho de cuán estrecha sea la unión de amor que ese discípulo tenga con Jesús, ya que sin Él nada puede hacer y que, separado de la vid, no podrá dar frutos abundantes y duraderos (Jn 15,5). Porque "el amor crece a través del amor. El amor es divino porque viene de Dios y nos une a Dios, y, a través de este proceso unificador, nos trasforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos hace ser uno solo, hasta que, al final, Dios sea todo en todos" (Dios es amor, n. 18). Solamente este amor es clave para comprender y practicar el discipulado cristiano en el mundo de hoy.

 

María Clara Lucchetti

Teóloga brasilera.

(Tomado de "Tejiendo redes de vida y esperanza", Amerindia, Bogotá 2006)