Pbro. Pablo Bonavía

El Episcopado de América Latina con voz propia

 

 

Umbrales entrevistó al pbro. Pablo Bonavía, experto uruguayo en teología latinoamericana, que es consultor del CELAM en los trabajos de preparación de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano.

¿Cómo se ubica la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano en la trayectoria de las anteriores Conferencias?

Creo que el anuncio de esta V Conferencia ya es una muy buena noticia para los cristianos de América Latina. Porque algún sector de la Iglesia proponía que, en lugar de una Conferencia, se hiciera un Sínodo. Pero los sínodos, por su propia naturaleza, son instancias meramente consultivas y no tienen la posibilidad de tomar decisiones ni de elaborar un texto propio como Episcopado regional.

En cambio la convocatoria de la V Conferencia significa retornar a una muy sana tradición que tiene que ver con la valoración de la experiencia original que las comunidades de América Latina tienen del seguimiento de Jesús en nuestro concreto contexto histórico y social. Se trata de un evento que no culminará -como hacen las asambleas sinodales- con una serie de consideraciones generales para luego ser retomadas y reformuladas por algún documento de la Iglesia Universal. Por el contrario, se devuelve al Episcopado Latinoamericano su propia voz, su capacidad de decir el Evangelio desde una realidad específica de nuestro continente, retomando el espíritu del Concilio Vaticano II que es darle mayor protagonismo a las Conferencias Episcopales regionales y nacionales.

Las Conferencias Generales anteriores fueron: la de Río de Janeiro en 1955, la realizada en Medellín (Colombia) en 1968, la de Puebla (México) en 1979 y la de Santo Domingo, en 1992, a los 500 años de la llegada de los europeos a América. En realidad, la primera no tuvo gran trascendencia porque se realizó antes del Concilio y no recogió la nueva conciencia que allí adquirió la Iglesia de su misión. En cambio, la conferencia de Medellín, la primera después del Concilio, es considerada la matriz de un reconocimiento de la originalidad y valor de la experiencia cristiana de América Latina. A partir de entonces las Iglesias latinoamericanas ya no se consideran menores de edad frente a las Iglesias más antiguas. Tampoco se sienten invitadas a seguir el mismo camino de las Iglesias de los países desarrollados porque se descubre que desde la pobreza y aun la violencia institucionalizada, Dios llama a toda la Iglesia a reformular el modo de seguimiento de Jesús y de su Evangelio. Esperemos que esta V Conferencia reasuma esa tradición y sobre todo que pueda retomar en su arquitectura fundamental, el método del ver - juzgar - actuar que reconoce que Dios actúa desde la historia y desde allí, nos ofrece su salvación y nos invita a responderle personal y comunitariamente con todo nuestro ser.

 

Frente a esta nueva Conferencia del CELAM, ¿cuáles son los desafíos que más interpelan a la Iglesia Latinoamericana?

 

No soy quién para dar cátedra en este sentido, pero sí puedo compartir sencillamente mi opinión.

- Un primer desafío tiene que ver con la actitud básica que la Iglesia asume frente al devenir histórico y a las situaciones del contexto latinoamericano. Una actitud que creo debe ser de escucha: que no pretenda tener una respuesta ya elaborada para cada problema, sino que asuma una actitud de discernimiento de la presencia de Dios en los acontecimientos. Esto supone superar cierta tendencia a tomar una postura directiva o puramente magisterial ante situaciones nuevas y complejas. Creo que hay que cambiar el esquema que predominaba antes del Concilio Vaticano II en que el mundo aparecía sólo como el problema y la Iglesia sólo como la solución.

Hay que retomar la perspectiva conciliar: todos formamos parte del problema y todos tenemos algo que aportar en la búsqueda de soluciones. La Iglesia, claro está, tiene su perspectiva propia, la que surge del seguimiento de Jesús y de la renovada docilidad a su Espíritu.

- Otro desafío tiene que ver con el hecho de que en una realidad social en la que muchas cosas cambian vertiginosamente, sin embargo la pobreza y la exclusión de amplios sectores sociales no sólo no han cambiado sino que se han acentuado en los últimos años. Por eso la necesidad de retomar la perspectiva de las conferencias de Medellín y Puebla que encuentran en el acercamiento al pobre y en la perspectiva de los excluidos, un criterio espiritual y teologal insoslayable para enfocar adecuadamente cualquier tema social o pastoral.

- Por otra parte hay otras realidades que sí son nuevas:

1) hay una mayor conciencia de la originalidad de la experiencia social y religiosa de la mujer así como de la necesidad de que asuma y se le reconozcan nuevos roles en la familia, el trabajo, la sociedad y la Iglesia.

2) Hay una nueva presencia y valoración de las tradiciones originarias de América Latina: los grupos indígenas ya no son vistos ni se ven a sí mismos como un resabio arqueológico respetable pero anacrónico, sino como culturas con derechos, riquezas y aportes insustituibles para la gestación de sociedades más justas y respetuosas de lo ecoló-gico.

3) Otra realidad que nos desafía, es el diálogo con los nuevos grupos religiosos que tienen una presencia fuerte en América Latina. Esto nos plantea también la necesidad de revisar lo que fue la primera evangelización del continente con sus luces y sombras. Sólo una adecuada autocrítica nos permitirá superar la tentación de tratar a los demás simplemente como destinatarios del mensaje y no como verdaderos interlocutores, sean cuales sean las diferencias que nos separen.

4) También me parece fundamental tener presente en la V Conferencia el surgimiento del Foro Social Mundial no sólo como evento anual o cada dos años sino como un proceso permanente en el que se está descubriendo y ayudando a gestar "otro mundo posible".

- Por último diría que si, como parece, hay ya una clara determinación de culminar la Conferencia de Aparecida con el impulso de una gran misión continental, esa misión deberá ser muy cuidadosa de sus objetivos y de sus métodos para no repetir viejos errores o caer en un espíritu de "cruzada". Y deberá ver cómo involucrar activamente al conjunto del pueblo de Dios en esta iniciativa. Por otra parte, la misión siempre tiene un movimiento de ida y de vuelta: ella siempre nos interpela respecto de la forma como estamos viviendo la comunión y participación al interior de la Iglesia. Las dificultades que encontramos en la misión tienen que ver, en buena parte, con las inmadureces y contradicciones que tenemos como comunidad eclesial y que el Evangelio nos invita también a mejorar.

 

En el Documento de Trabajo, ¿qué aspectos se subrayan y cuáles quedan para subrayar?

 

En mi opinión lo primero que hay que decir es que es muy bueno que exista un documento de participación y que ese documento haya suscitado la consulta y la participación activa de multitud de grupos cristianos en América Latina.

También es positivo que a la hora de hacer el análisis de la realidad retome la importancia cuantitativa y cualitativa del tema de la pobreza. Lo que encuentro negativo es la carencia de una referencia a las causas de esa pobreza: se hace una descripción de este fenómeno que alcanza niveles absolutamente intolerables en América Latina, pero sin asumir lo que Puebla (n. 30) ya recomendaba: para comprender y revertir la pobreza hay que conocer los mecanismos estructurales que la producen. Esta falta de referencia a las causas da lugar a respuestas de tipo asistencialista que ciertamente no me parece que sean las mejores. Otra dificultad es que se habla de la situación social recién en el 4º capítulo, con lo cual la realidad latinoamericana aparece casi exclusivamente como objeto de la acción de la Iglesia y no como el contexto en que la propia Iglesia debe discernir la acción de Dios, descubrir lo que se opone a ella y, en ese contexto, reformular su propia identidad y misión.

Creo que otra dificultad tiene que ver con la anterior pero se refiere concretamente a la cristología, a la imagen de Jesucristo que se presenta. No da importancia a la actividad de Jesús, a sus actitudes, su práctica, sus conflictos y por eso su mensaje aparece artificialmente descontextualizado de su propia realidad. Un Jesús así presentado es más fácilmente neutralizado o manipulado porque se le quita la mordiente histórica, el sentido de su actuar y los motivos concretos por los que en última instancia lo mataron, Dios lo resucitó y hoy es nuestra esperanza.

 

Para ser discípulo se necesita una conversión al Maestro: ¿qué exigencias comporta esta adhesión a Él? ¿Por qué la opción por ser discípulos de Jesús implica también una opción por el otro, por el pobre?

 

Una de las características del "discipulado" tal como aparece en el Evangelio es que no se trata de un aprendizaje limitado a un tiempo o que finalice con un examen académico. Se trata de un seguimiento y aprendizaje que no termina nunca, que nos pone en una actitud de aprender hasta el último día de nuestra vida. Porque el ser discípulo de Jesús es hacer propia su actitud ante Dios y ante los demás, asumir su "causa", hacer pie en su motivación más profunda: el Reino de Dios y el Dios del Reino, tal como aparece en los Evangelios. Pero siempre referido a las situaciones que hoy nos toca vivir.

El seguimiento de Jesús implica transformarse en algo así como en un artista: el cristiano no es un soldado que acata órdenes o un ejecutivo que implementa programas, sino un artista que debe inventar todos los días la mejor forma de ser fiel al mensaje, al estilo y a la motivación teologal que animaba a Jesús.

Eso supone dejarse interpelar por los demás y tomar siempre como referencia lo que otros sufren, lo que otros enseñan, lo que otros aportan, sobre todo en la perspectiva de los más pobres. Pero sin olvidar que los pobres antes que nada, son personas. Son personas que viven una experiencia de despojo y de bloqueo de sus posibilidades.

Debemos por eso superar esa actitud paternalista, que se centra en sus carencias y en lo que nosotros podemos hacer por ellos y no en lo que ellos pueden hacer por sí mismos y por nosotros, en la medida en que tengan las mismas posibilidades que tuvimos quienes no somos pobres.

La teología latinoamericana nos invita a descubrir que la única perspectiva que no excluye, la única auténticamente universal, es la que parte de los que son sistemática-mente dejados de lado.

Si ésta no es la perspectiva central, es seguro que todo lo que hagamos va a perpetuar las relaciones existentes y los esquemas que todos llevamos adentro: porque todos estamos programados para mirar hacia el centro, para descartar lo que no es rentable, para creer que la salvación viene de la fuerza, y de todos aquellos espejismos de los que Jesús vino a liberarnos.

 

En eso creo que la Iglesia de América Latina ha hecho un valiosísimo aporte a la Iglesia Universal: un don del Espíritu que, por otra parte, ella debe custodiar como un tesoro y hacer crecer permanentemente.

 

Gloria Aguerreberry