La Historia de Salvación

Este número especial de Umbrales es una propuesta importante,

para que podamos redescubrir la Historia de Salvación.

No es una historia más, ni un simple relato

de acontecimientos ocurridos hace muchos años.

Es una historia de sentido, una manifestación de la presencia de Dios.

No es una historia paralela a la que nos toca vivir cada día,

sino que es esa misma historia, interpretada y trasformada

como historia de Dios, historia de su bondad salvadora.

La historia es parte de nuestra identidad, y también es fuente de sabiduría.

El Dios en quien creemos es un Dios que se ha revelado en la historia.

Allí es el lugar de la revelación de su amor, allí descubrimos su lenguaje

y encontramos el espacio en el que se realiza su salvación.

Creemos en un Dios que se da a conocer en las entrañas de la historia,

y cuya máxima revelación es la persona de Jesús,

el Dios hecho hombre, nacido en nuestra historia.

Jesús es el centro de la historia,

porque da a la historia su significado y su valor de salvación.

El hecho fundante de la fe judía es la experiencia histórica del éxodo,

una experiencia tangible de salvación (en un tiempo y en un lugar).

Es por eso que el Credo se expresará en términos históricos

y será clave fundamental de interpretación religiosa de la historia.

Para un judío, recitar el Credo es recitar la historia de las intervenciones

de Dios a favor de su pueblo; y en su momento más doloroso y crítico,

el del destierro en Babilonia, el hecho de recordar la historia

fue la fuente de resistencia de la fe y de la identidad del mismo pueblo,

en un contexto pagano y extranjero (allí nacieron los libros históricos).

Activar la memoria histórica fue una manera de mantener la fe

y la identidad del pueblo, que había perdido su libertad, su tierra,

y que ya no tenía reyes, ni sacerdotes, ni templo.

El tiempo es entonces el instrumento del que Dios se sirve

para encarnarse, y para revelar y regalar su gracia.

Los tiempos de la historia: pasado, presente, y futuro,

son todos tiempos referidos a Jesús, que con su venida

abre la "etapa final", la última hora con que se inicia el tiempo de la Iglesia

y que durará hasta el final de los tiempos, la Parusía.

Cristo, es el centro del tiempo, no porque esté en la mitad matemática

de los años anteriores y posteriores a su venida,

sino porque todos los acontecimientos de la historia, sean anteriores

o posteriores, están referidos a su Pascua, de Muerte y Resurrección,

que introduce su gracia como elemento primordial

de la realización definitiva de nuestra salvación.

El misterio de la persona de Jesucristo, lejos de aislar la fe de la historia,

exige una relectura de la historia, una recomprensión de la misma.

Recitar el Credo para el cristiano, será narrar el misterio de Jesucristo.

El encuentro de los discípulos de Emaús con Cristo resucitado

no se da antes de que éste les explique lo acontecido con Él,

a la luz de las Escrituras. Fue un encuentro en la fe,

pero que no se dio al margen de una experiencia histórica (Lc 24,5-7).

Primero fue el tiempo de preparación para la llegada del Salvador,

luego su glorioso advenimiento,

y luego la expansión de su Reino mediante su cuerpo que es la Iglesia.

Hoy es ese tiempo precioso de la Iglesia,

que va desde la resurrección hasta la gloriosa segunda venida de Cristo.

Porque Jesús es el mismo, ayer, hoy y siempre.