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Dietrich Bonhoeffer:
Una Iglesia para los otros
P odemos distinguir dos puntos de partida en el pensamiento de Dietrich Bonhoeffer: por un lado, una experiencia mística hecha como joven teólogo evangélico durante su primera estadía en Roma. Durante la Semana Santa de 1924, a los 18 años, y a pesar de su escepticismo, queda profundamente impresionado por la fe y la convicción religiosa de tanta gente. Después de celebrar las vísperas en Trinitá dei Monti, en la escalera de Plaza España, anota en su diario: "creo que comienzo a comprender el significado del concepto de Iglesia". De pronto la Iglesia se vuelve para él mucho más que un gran evento histórico, es "Cristo mismo existente como comunidad". Este descubrimiento no lo dejará en paz: la Iglesia vista en primer lugar no como institución, sino como experiencia de la presencia de Cristo; ¿cómo comprender esto teológicamente?, y sobre todo, ¿cómo vivirlo?Por otra parte, él, en la vida práctica, experimenta una Iglesia en la que esta profundidad del encuentro con Cristo parece imposible. Sus vivencias como vicario en Berlín y en Barcelona a fines de los años ’20, y sobre todo, el quiebre de su Iglesia durante el régimen nazi, le hacen ver con claridad que es necesario un nuevo despertar de la vida cristiana. Ya en 1935, le escribe a su hermano: "La renovación de la Iglesia vendrá seguramente a través de un nuevo monaquismo, una radica-lidad de vida en el seguimiento de Cristo, acorde al espíritu de las bienaventuranzas". Bonhoeffer intuye que este nuevo despertar no es posible sin un cambio profundo de la configuración de la Iglesia. Esto se refleja con claridad en una carta escrita desde la prisión: "Nuestra Iglesia, que en estos años ha luchado sólo para sobrevivir, viviendo para sí misma, no está en condiciones de ser la portadora de la palabra de reconciliación y de liberación para los hombres y para el mundo... Nuestro cristianismo hoy debe basarse en dos elementos: la oración y el obrar con justicia... La renovación no ha concluido todavía y cada tentativa de ayudar a desarrollar antes de tiempo nuevas posiciones de poder provocaría un retraso en su cambio de rumbo y en su purificación". Estas líneas contienen un anuncio de gran actualidad para nuestros días. Bonhoeffer hace un diagnóstico de la situación de entonces; pero también hoy se puede constatar el hecho de que si la Iglesia gira alrededor de sí misma, disminuye su credibilidad y la fuerza de su mensaje. Con la preocupación de salvar su identidad, su mensaje pierde incisividad y sus palabras parecen muertas. De este modo -así piensa Bonhoeffer- se destruye inexorablemente la figura para nosotros conocida de la Iglesia. Lo que primero resurgirá será un rostro existencial expresado en la profundidad de su espiritualidad, y que consiste en vivir completamente al servicio de los demás. En realidad, Bonhoeffer acompaña esta visión profética con una advertencia. En efecto, se podría frenar la transformación de la Iglesia sosteniendo con los medios tradicionales su rostro actual; algo que serviría sólo para retrasar su transformación en una realidad totalmente nueva... Éste es justamente el peligro que Bonhoeffer veía en la historia de las Iglesias alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hoy se tiene la impresión de que el retraso de este proceso institucional, ha llegado a su fin. Todo hace pensar que se ha iniciado una nueva configuración. El quiebre de una fisonomía de la Iglesia desarrollada a lo largo de la historia no es una catástrofe, sino un acontecer llevado a cumplimiento por el Espíritu. Esto nos exige vivir de manera nueva y radical nuestro ser Iglesia: mediante la oración y el compromiso por la justicia. Para Bonhoeffer, la oración significa el encuentro personal con Cristo y la inserción radical en Él. Ella es auténtica sólo cuando se manifiesta en un obrar conforme a la justicia. Era esto lo que faltaba en la vida de los cristianos. Una característica anterior del rostro de la Iglesia era, justamente, el concentrarse en el individuo. Sin embargo, la Iglesia del futuro no vive su pertenencia a Dios y su servicio al hombre de manera individual, sino en vista de una comunidad generada por el Crucificado y radicada en Él. Esto implica, a la vez, un nuevo modo de vivir: una espiritualidad que se desarrolla orientándose a una perspectiva trinitaria, centrada en Cristo presente en la comunidad. También implica una diaconía sin medias tintas, que sea testimonio de tal espiritualidad. En el conocido "Proyecto de un trabajo" de Bonhoeffer, de 1944, esta perspectiva está minuciosa-mente detallada. Por una parte, presenta una vez más su teología como cristología del Crucificado. Una relación con Dios en una perspectiva cristiana nueva no es, en primer lugar, el reconocimiento de Dios, sino entrar en la comunión y en la dinámica del Crucificado mismo, como Bonhoeffer escribe en muchas de sus cartas. "No es el acto religioso el que hace al cristiano, sino el hecho de tomar parte de los sufrimientos de Dios en la vida del mundo. Esta es la ‘metanoia’ (conversión), no pensar ante todo en las propias necesidades, dudas, pecados, miedos, sino dejarse arrastrar al mismo camino recorrido por Jesús". Esta comunión con el Crucificado testimonia una nueva fisonomía de la Iglesia: la Iglesia para los otros. "La Iglesia es tal, sólo si vive para los demás. Para comenzar, debe donar a los necesitados todo aquello que posee... debe tomar parte en la actividades de la comunidad no en posición de guía, sino ayudando y sirviendo". Esta Iglesia da testimonio del Crucificado con su fisonomía y con sus obras, y lo vuelve presente y actual. Bonhoeffer desea una Iglesia que viva en la pobreza y sin seguridades humanas, apoyándose sólo en Dios. Sus responsables también deben dejar de lado su propia seguridad. Para él, esi mportante que la Iglesia testimonie la comunión con Cristo tanto dentro de sus estructuras como en sus miembros; que dé testimonio de un amor radical, de plena donación. Este proceso de cambio, de refundación, está en pleno desarrollo y no concluirá pronto. Al respecto, Dietrich Bonhoeffer recuerda la imagen bíblica de la "tierra prometida". Después del atentado fallido contra Hitler el 20 de julio de 1944, Bonhoeffer tiene claro que él no sobrevivirá a la guerra. Sabe que sólo podrá imaginar cuál será el nuevo rostro de la Iglesia, pero que no logrará experimentarlo... No somos nosotros los que "hacemos la Iglesia", sino que es Cristo que nos hace Iglesia. Este gran teólogo de nuestro tiempo, aunque incomprendido y casi sin seguidores mientras vivió, es hoy un ejemplo de vida evangélica que nos ayuda a vivir un total compromiso con Jesucristo y su misión. Sintetizando en un párrafo su enorme legado, se puede afirmar que ser cristiano es vivir y andar con Cristo. Enviado al campo de concentración en 1944, es finalmente ejecutado el 9 de abril de 1945, un mes antes de la rendición de Alemania. Guardar lealtad a las convicciones cristianas, siguiendo radicalmente las huellas de Jesús, aún en medio de un arrollador aparato estatal perseguidor, trae inevitablemente cruz, pero también resurrección.
Extractado de Christian Hennecke (Vida Nueva n. 6, 2006). |
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