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EVANGELIO DE JUAN: El Evangelio del "discípulo amado"
Fue escrito después que los otros, a fines del siglo I. Su autor nos aclara su objetivo: "Esto fue escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo tengan Vida en su Nombre" (Jn 20,31). El autor explica la identidad de Jesús, y sobre todo su condición divina, enviado para que todos "tengan Vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Existían dos motivos pastorales que preocupaban a Juan: uno era el gnosticismo, que sostenía que Jesús no era en realidad un ser humano igual que nosotros, sino que era el "Verbo eterno de Dios" que había venido al mundo tomando una "apariencia humana", para poder comunicarse con los humanos. Todas las acciones que realizaba y que parecían humanas, lo eran sólo en apariencia (Jesús aparentaba comer cuando comía, aparentaba dormir cuando dormía, y la Cruz también fue una apariencia, porque Dios no puede morir). Siguiendo la filosofía de Platón, los gnósticos despreciaban todo lo que es material y veían al Cuerpo humano como "la cárcel del alma", de la cual la muerte lo liberaba. Por eso este grupo no creía en la Resurrección, sino en una salvación "espiritualista". Sólo el espíritu humano era creación de Dios, y era lo único que sobrevivía tras la muerte. En contra de esta postura, Juan es categórico cuando en el prólogo de su Evangelio escribe sobre el Verbo de Dios (o sea su Palabra creadora y vivificadora): "Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe... La Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron... Vino a los suyos y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron... les dio el poder de llegar a ser Hijos de Dios... Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su Gloria, la Gloria que recibe del Padre, como Hijo único, lleno de Gracia y de Verdad... De su plenitud, todos hemos recibido, gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la Gracia y la Verdad, nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto a Dios jamás. Pero el Hijo único que está en el seno del Padre, él nos lo ha dado a conocer." (Jn 1,1...18). Juan afirma claramente que Jesús de Nazaret es el mismo Verbo (Palabra) de Dios, hecho ser humano. La expresión "hacerse carne" es sumamente clara y fuerte. Para Juan, Jesús no se disfrazó de hombre, fue y es un auténtico ser humano; por eso un cristiano puede afirmar que Dios murió, que Dios tuvo miedo, que Dios se indignó; lo que Juan afirma en su Evangelio es que Jesús no era sólo un gran profeta, sino que era el mismo Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.
La polémica con los judíos El otro problema pastoral que encara Juan es el de los judíos convertidos a la fe cristiana. Estos aún después de creer en Cristo se sentían miembros del Pueblo de Israel, y se sentían con todo derecho de acudir a la Sinagoga y participar del culto religioso de Israel. Algunos incluso, usaban el derecho de hablar en la sinagoga, durante el culto, y mencionar a Jesús como el Mesías de Israel. Esto había generado muchos problemas y tumultos, así como persecuciones. El historiador romano Tácito (y Hechos 18,1-2), nos dicen que el emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma, porque habían provocado muchos disturbios, peleándose a causa de Cristo. Por eso hacia el año 90, muchos cristianos habían decidido callarse y participar en las reuniones sin decir que eran cristianos. Pero los jefes judíos no lo permitieron y sacaron un decreto por el cual al final del culto se debía rezar una oración que maldecía a Jesús, y los que no la rezaban debían ser expulsados de la sinagoga. Así cuando Juan escribe su Evangelio (90 d.C.), cuenta en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9) que "los judíos" habían decidido expulsar de las sinagogas al que fuera seguidor de Jesús. El ciego representa al cristiano de origen israelita que no teme declararse a favor de Jesús, aunque sea excomulgado. Mientras que sus padres son la figura de los cristianos miedosos que no se animan a reconocer que son cristianos, para no ser expulsados, y dejan a su hijo solo.
Algunas palabras claves Algunas palabras y expresiones se repiten en este Evangelio. - La expresión "Yo soy" en boca de Jesús aparece siempre, como afirmación de su divinidad. "Yo soy" es el Nombre de Dios; en hebreo se traduce como Yavé (el nombre del Señor). "Yo soy el pan de Vida" (6,35); "Yo soy la luz del mundo" (8,12); "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (14,6); "Yo soy la Vid verdadera" (15,1); "Yo soy la puerta de las ovejas" (10,7); "Yo soy el Buen Pastor" (10,14), son todas expresiones de su divinidad. - La palabra mundo se usa en dos sentidos: por un lado, alude al cosmos y a la Humanidad creada por Dios (3,16). Pero hay otro sentido; el mundo es también la sociedad, opuesta al Reino de Dios en sus valores, conducta y forma de organizarse. Por eso cuando Jesús afirma ante Pilato: "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18,36), está diciendo que Él no gobierna según el estilo de los gobernantes de este mundo, sino sirviendo a sus hermanos con amor, sin prepotencia ni violencia. Por eso Juan no duda en llamar a Satanás el "príncipe de este mundo" (12,31). - La palabra Judíos (20,19), no alude a los israelitas, porque excluye a los apóstoles y discípulos de Jesús. Alude más bien a las autoridades religiosas del Pueblo de Israel, que se enemistaron con Jesús y conspiraron para causarle la muerte. En el momento en que Juan escribe, también eran enemigos de los primeros cristianos y estaban en abierto conflicto con ellos. Algunos al no entender esto, acusaron falsamente al Evangelio de Juan de antisemita. - La expresión "la hora de Jesús" significa el momento en que el Señor dará el testimonio más grande de amor a Dios y a los hombres, el momento en que será levantado en lo alto en la Cruz (3,14-21) y así ser glorificado (17,1). Juan no diferencia la Pasión y la Muerte, de la Resurrección de Jesús, todo es un solo acto salvador, en el cual se manifiesta el amor de Dios, que no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo.
Eduardo Ojeda
EL LIBRO DE LOS SIGNOS
Juan el Bautista dio un testimonio acerca de Jesús, pero Jesús tiene un testimonio "mayor que el de Juan" (5,31-38). Son las "obras" que realiza en nombre de su Padre y que lo acreditan como la Palabra y el Enviado de Dios (10,25). Al hablar de estas "obras" de Jesús el evangelista suele llamarlas "signos" (y no milagros). Todo signo dirige siempre la atención hacia una realidad oculta, que de alguna manera se hace visible a través de él. Las obras de Jesús son "signos" que dejan traslucir el misterio de su Persona y el sentido de su misión. Juan nos narra siete "signos" de Jesús: 1. el agua convertida en vino en las bodas de Caná (2,1-12); 2. la curación del hijo de un funcionario real (4,46-54); 3. la curación de un paralítico en la piscina de Betsata (5,1-18); 4. la multiplicación de los panes (6,1-15); 5. Jesús camina sobre el agua (6,16-21); 6. la curación del ciego de nacimiento (9,1-41); 7. la resurrección de Lázaro (11,1-44). A la vista de estas obras, algunos supieron descubrir la realidad oculta detrás del "signo" y "creyeron en él" (2,11). Otros, en cambio, se obstinaron en su incredulidad: "A pesar de los muchos signos que hizo en su presencia, ellos no creyeron en él" (12,37). Esta permanente confrontación entre la fe y la incredulidad, entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, constituye el trasfondo del drama descripto en el Evangelio de Juan.
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