MARIANA MARGUERY:

 

Amor a Dios y servicio a los hermanos

La hna. Mariana Marguery, recientemente reelegida Provincial de las Misioneras Franciscanas del Verbo Encarnado, con su característica disponibilidad, accedió a este diálogo cordial con Umbrales.- En su larga experiencia de comunicador, ¿qué balance puede trazarnos sobre la Pastoral de la Comunicación?

¿Cómo descubriste tu vocación?

Aparentemente, de un día para el otro; pero eso no es cierto. Nací en Argentina. Vinimos a vivir a Uruguay cuando tenía 7 años, soy la mayor y tengo 17 sobrinos. Nos queremos entrañablemente, mis padres, Marta y Jorge (f), y mis hermanas y hermanos Silvina, Jorge, Fernando, Victoria y Eduardo... son mis mejores amigos.

Tuve una vida plena y feliz, no sin sacrificios, pues estábamos en un país que sentimos nuestro ensegui-da, pero sin otra familia cercana. Fui a una escuela pública, luego al colegio Jesús María y Juan XXIII, maravillosas experiencias de lugares abiertos, que contagiaban espiritualidad y profecía. Nunca había pensando en ser "hermana". Fui a estudiar servicio social en la Universidad de la República, carrera que luego terminé, después del noviciado. A los 19 años, me invitan unas compañeras de clase, a estudiar con ellas. Una de las casas era de mamás solteras, en convenio con INAU, y pertenecía a la Congregación de las Misioneras Franciscanas del Verbo Encarnado. En aquella casa había unas 30 chicas con sus bebés. Recuerdo mi impacto cuando entré al comedor y estaban jugando. En mi ignorancia pregunté: ¿y las mamás donde están?, las hermanas se sonrieron: ¡"son ellas"!, contestaron. Hacía muchos años que a través de los colegios y la parroquia hacía misiones en distintos lugares, dedicaba fines de semana a tocar la guitarra en algún barrio. No había experiencia que no hubiera hecho, pero mi vida era otra: fiestas, onda hippie, y sí, muchas actividades en la Parroquia que era donde estaban mis amigos y amigas. Conocí a estas hermanas, y fui a realizar una experiencia de un mes con ellas. Vine porque creía que iba a cambiar el mundo, y esto se precisa a esa edad. Dios me iría transformando y no es fácil, pero es una experiencia maravillosa, donde todo mi ser de mujer, mi sexualidad, mis ilusiones, mis búsquedas, se van orientando hacia Dios. Antes del noviciado, se hace una experiencia de uno o dos años en una de las casas de la congregación, para que una vea si es su mundo, su vida, su opción. Toca mucho lo profundo de tu ser, porque te encontrás contigo misma, con tu soledad, que a veces con el tiempo pasa de ser una enemiga a una compañera inseparable...

 

¿Dónde encuentras a ese Dios en quien poner toda tu confianza?

Comencé a sentirme feliz, a veces con lágrimas en los ojos, porque la entrega de todos los días no es la misma que la de los fines de semana. Una paz por dentro me iba sugiriendo: "seguí Mariana, vale la pena para todo y para siempre". En mí latía fuertemente como el amor humano, el deseo hondo de querer eso y sólo eso. Hoy sigo experimentándolo como algo más fuerte que cualquier tentación.

Tuve ganas de ser madre, tener hijos, un compañero... Siempre fui consciente de que la única vocación es la del Amor: amar universalmente, amar a todos y a todas, todos los días de mi vida con la mayor intensidad que pueda, o dedicar mi vida particularmente a algunos/as y formar una familia. Considerándolo todo maravilloso, y sin sentirme mejor porque escogía esto, me volvía a entusiasmar recorrer distintos caminos del mundo, tener el corazón lleno de nombres, poder manifestar una mirada serena de confianza en un Dios Providente, que cuida de todos y más aún de los más desprotegidos.

 

¿Algún servicio llegó a transformarse en un verdadero desafío?

Los desafíos son muchísimos. Llegar a una tierra, como cuando fui a Fraile Muerto en Cerro Largo, a los 25 años, sin conocer a nadie, no de paseo, a vivir, a estar, a permanecer. No a que te llamen hermana, sino a tratar de serlo. Al segundo día de estar en el pueblo, agarré una bicicleta y salí a recorrer las Instituciones, como nos habían enseñado en Servicio Social, con una mezcla de ansia misionera, de compartir al Jesús del que me había enamorado. Sólo una semana demoré en experimentar que aquel pueblo era mi pueblo y aquellas calles de tierra eran tierra sagrada. Sería ésta una experiencia fundante de mi vida y de mi vocación. Iba aprendiendo con ellos. Quizás les doné mi "garra", mis ganas, mi visión esperanzada de la vida, porque para eso me había puesto en sintonía con Dios y "Su" Proyecto de vida; pero ellos me dieron todo su caudal de historias, luchas y sacrificios, de fe sin tantas palabras, de cosas que se saben sin haber estudiado, y son verdadera sabiduría.

 

¿Por qué viniste a Montevideo?

A cumplir el servicio de Provincial. Era el que menos me entusiasmaba, pero siempre tuve un lema y fue el de "no hacer lo que me gusta", sino de "que me guste lo que hago". Cuando me tocó este servicio, creo que sin haberlo pensado, dije como Pablo: Dejo atrás lo pasado, y sigo corriendo hacia la meta. Aprendí mucho, conocí las realidades de nuestras otras misiones. Aprendí del misterio del ser humano en las charlas compartidas con las hermanas sobre sus búsquedas, sueños, anhelos, y opciones misioneras personales y comunitarias, las de cada día, las más difíciles. Me "arrodillé" frente a la grandeza del alma de tantas que lo dejaron todo para toda la vida; y también frente a los esfuerzos para superar cualquier tipo de dificultad, personal o inherente a la misión. Ser Provincial es coordinar una región, pero es sobre todo escuchar, alentar, a veces instigar, a veces proteger, cuidar los brotes para que las plantas den flores y frutos.

 

¿Qué pasó después?

Fui feliz a vivir a La Teja, donde todavía estoy: una casa con 120 niños, 80 adolescentes que desertan del sistema formal escolar y una policlínica barrial. Me "enamoré" de los adolescentes, etapa de la vida que siempre me gustó particularmente acompañar. Me sentí de nuevo plenamente misionera, vi a Dios en los rostros de cada chico.

 

Nuevamente fuiste nombrada Provincial...

¿Qué más puedo decir? Así sea, como el primer día, "todo, siempre y dondequiera, para hacer conocer, amar y servir a Dios". No era mi deseo sin duda, pero no puedo manifestar que por eso no soy feliz.

 

Seguís vinculada a la casa del Noviciado...

La casa está en medio de gente buena, sencilla, humilde, pobre. Es una lucecita en el barrio, una casa de oración y de entrega, de vida con Dios y de lucha con los vecinos para hacer una vida más digna y feliz. Allí viven las novicias, la gente más joven, las lindas esperanzas que siempre Dios y la vida nos regalan. Este intercambio apasiona especialmente a la juventud, y hace crecer inmensamente. La vida misionera es de una riqueza incalculable, es difícil pero amplía mucho el horizonte de tu vida. Tu cultura se mezcla con otra, y van quedando los valores absolutos, aquellos que no se negocian. Vamos y venimos a las distintas misiones: oportunidades para cansarse sí, pero también para compartir la vida de aquellos que peregrinan por el mundo y no tienen ni tierra, ni casa, ni lugar fijo ¡y a veces ni pan! Puede ser un viaje agotador, o una de las mejores escuelas de formación para la vida.

 

En resumen: ¿Quién eres?

Soy Mariana Marguery Spiller, me gusta decir mis dos apellidos porque pertenezco a una familia que tiene mucho de las dos, una mezcla que amasamos juntos y que consideramos sólo nuestra. También la hna. Mariana, la misionera francis-cana, la que se siente tan íntimamente perteneciente a esta familia religiosa, como a su familia de sangre. Sencillamente Mariana, Misionera Franciscana, y soy feliz.

 

Verónica Herrera