Una llamita de esperanza

 

Aunque muchos consideran obsoletos los grandes entusiasmos

y las utopías fantásticas de la modernidad,

seguimos atrapados por algunos mecanismos

que la sed del progreso ilimitado nos impuso.

Para poder triunfar y tener éxito, para que el progreso avance seguro 

hay que tener ideas bien claras, proyectos y metas seguros,

criterios y acciones muy decididas.

La seguridad y la decisión son dos características fundamentales

del ejecutivo brillante y del manager exitoso.

¿Qué podríamos esperar de un "indeciso", de un "inseguro"?

Afortunadamente ya desde las entrañas de la modernidad

algún pensador ha cuestionado esta manera de pensar.

Erich Fromm decía: "El hombre libre es, por necesidad, inseguro;

el hombre que piensa es, por necesidad, indeciso".

No es un descubrimiento nuevo. Los sabios de todos los tiempos

nos han enseñado que la persona verdaderamente libre 

tiene que deshacerse antes que nada de su propia seguridad y autosuficiencia. 

En un cierto sentido, uno tiene que liberarse hasta de sí mismo

y con actitud de confianza (que exige también su cuota

de inseguridad y abandono) ponerse en las manos del "otro"

que con su alteridad lo interpela y lo desafía constantemente.

La sabiduría de la Buena Noticia de Jesús va por el mismo camino.

Quien quiera ser discípulo y testigo de Jesús

debe seguirlo desprendiéndose de sí mismo.

Las reglas evangélicas del seguimiento, son la fidelidad y la esperanza, 

que aceptan la precariedad, la limitación

y hasta el reconocimiento humilde de la falta y del fracaso.

La única seguridad y decisión para el discípulo

no viene de si mismo, sino del Maestro.

Él mismo, "siendo rico, se hizo pobre" para cumplir la Obra del Padre. 

La misma pobreza, la misma obediencia y desprendimiento del Maestro 

son las que caracterizan también al discípulo.

Ser pobre -calidad esencial para ser "de Jesús"- quiere decir no ser dueño, 

ni amo, ni baluarte inexpugnable de seguridades.

El seguro y decidido, el satisfecho, nunca puede ser pobre.

Y sólo de los pobres es el Reino de los Cielos.

La Conferencia de Aparecida sigue, a pesar de todas las dudas, 

generando esperanzas si se la quiere inscribir adentro de la marcha

de las Iglesias y de los pueblos de este continente.

Quedará frustrado quien espere de Aparecida recetas definidas

sobre lo que hay que hacer, respuestas absolutas sobre el futuro.

El papel provechoso que podrán cumplir nuestros obispos en tan importante asamblea, 

será el de ponerse como compañeros de viaje

humildes copartícipes de las incomodidades del camino,

participando mutuamente de nuestras inseguridades y anhelos.

Para todos será importante compartir esta llamita de esperanza,

más que alimentar muchos fogonazos de seguridad.

Q. R.

 

 

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