LA CARTA A LOS ROMANOS:

La salvación que Cristo ofrece a todos

Nadie discute la autenticidad de esta hermosa carta del apóstol San Pablo, pero está dirigida a una Iglesia que aún no conoce y a la cual espera conocer. Cuando la escribe, Pablo se encuentra en la ciudad de Corinto en Grecia y es invierno. Es aproximadamente el año 57 o 58 después de Cristo. Espera embarcarse desde allí a Jerusalén y  luego encontrar un barco que lo lleve a Roma y posiblemente a España.

 

Origen de la carta

Esta Iglesia de Roma había sido fundada por otros apóstoles y en ella convivían cristianos de origen judío y cristianos de origen griego y romano. Había problemas: no se entendían entre ellos y había  mucho malestar.

Los  cristianos de origen judío eran minoría en la comunidad, puesto que algunos de ellos habían emigrado por un decreto del Emperador Claudio, que había expulsado a los judíos de Roma. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo dice, pero no menciona el motivo que tuvo el emperador (He 18,2). El motivo nos lo cuenta Tácito, el historiador romano: Claudio se vio obligado a expulsar a los judíos porque se habían producido en la ciudad varias reyertas y peleas en las que los judíos se peleaban entre ellos mismos “a causa de un tal Cresto”. Los historiadores piensan que la pelea era a causa de Cristo, pero que como Tácito no entendía bien el nombre dijo Cresto en lugar de Cristo. La pelea era entre los judíos cristianos y los judíos no cristianos, y eran discusiones religiosas sobre la condición de Salvador de Jesús. Pablo conocía la situación de la Iglesia de Roma y lo mucho que esto la afectó porque en Corinto había un matrimonio de judíos cristianos que colaboraban con él en la evangelización, se llamaban Aquila y Priscila y como ellos al  igual que Pablo fabricaban tiendas de campaña. Ellos acababan de llegar de Roma a causa del decreto de Claudio, y le contaron al apóstol lo que había sucedido (He 18,1-3).

Por si esto fuera poco, en la comunidad de Roma había división, pues los judíos cristianos alegaban que el hecho de ser israelitas e hijos de Abraham, los ponía en ventaja respecto a los hermanos que no eran israelitas. Ellos afirmaban que la circuncisión y las prácticas piadosas previstas por la Ley de Moisés y que ellos seguían observando eran necesarias para la salvación. Y estaban desconformes con los cristianos de origen pagano, que no  las observaban. Por otra parte, los cristianos de origen griego y romano despreciaban a los cristianos de origen israelita y afirmaban que el hecho de ser bautizados bastaba para la salvación, y que no  necesitaban más que eso. Pero por otro lado practicaban todavía costumbres paganas y como estaban integrados a esa sociedad eran acusados de llevar una doble vida por los cristianos de origen judío. 

 

Carta para llamar a la paz

Era un choque cultural, choque que Pablo había experimentado en su propia persona. Él era judío y había visto con gran dolor, cómo su Pueblo rechazaba a Jesús y su mensaje, y veía también con dolor cómo judíos que se decían cristianos querían imponer la cultura judía y los usos y costumbres de su Pueblo como si fueran parte importante de la fe  cristiana. Por eso, a través de Febe la diaconisa, les envía esta carta en la cual expone sus ideas sobre el tema buscando traer paz a esa comunidad (Rom 16,1-2). Para algunos  este llamar diaconisa a Febe indicaría un ministerio ordenado (el de diácono) conferido a una mujer. Pero no hay claridad en el tema puesto que el término diaconisa (servidora) podría  indicar un tipo de ministerio distinto al de los actuales diáconos.

 

El mensaje de Pablo

Pablo habla de la situación de los  hombres, tanto de los gentiles, como de los judíos. En ambos casos dice que pesa la condenación de Dios sobre ellos, puesto que ni un grupo ni otro pueden alcanzar la salvación por sus obras, ya que éstas son injustas y malas.

Por un lado, dice el apóstol, los gentiles tenían la posibilidad de conocer a Dios pero la desaprovecharon,  tenían la posibilidad de descubrir su bondad y amor por las obras de la creación, pero su pretendida sabiduría les hizo caer en la necedad, en la idolatría y las costumbres licenciosas propias de  la sociedad grecorromana de la época (Rom 1,18-31). Pero los  judíos  tampoco tienen disculpa, puesto que a pesar de tener la Ley de Moisés no la han cumplido. También ellos se han apartado de Dios. Puede que lo invoquen con sus labios, pero no viven lo que la Ley dice (Rom 2). Pablo entonces nos afirma que no hay ningún hombre o mujer en este mundo que sea inocente, que pueda alegar justicia, y aquellos que creen que por sus solas fuerzas humanas o buen juicio, o por la bondad de sus obras se salvan, están equivocados o pecan de soberbia. Sólo la fe en Dios y en su perdón nos puede salvar. En el capítulo 4 Pablo desarrolla el ejemplo de Abraham. Abraham es el padre de los israelitas y justamente él fue considerado justo por la fe que tuvo en las promesas que le hizo Dios. Abraham no veía ni sabía cómo podía cumplirse lo que Dios le había prometido pero creyó en él y eso lo hizo justo. Esta afirmación del apóstol tomada de Génesis 15,6 es la piedra fundamental de la argumentación del apóstol.

Lo que nos salva no son nuestros buenos propósitos ni las obras de justicia que podamos realizar  sino la fe en el amor y el perdón que  Dios nos ofrece en Cristo Jesús.

Pablo compara en el capítulo 5 a Adán y a Jesús. Su argumento es muy claro. La desobediencia de Adán, nos valió a todos los hombres el ser sometidos a la esclavitud del pecado. Pero  el amor y la  obediencia de Jesús que siendo inocente se entregó a la muerte para redimirnos, nos ha dado la vida.  Para Pablo, por el bautismo hemos muerto con el Señor al pecado. Jesús siendo inocente, entregó su vida por  nosotros, se hizo a sí  mismo objeto de condenación y cargó sobre sí con nuestras culpas. Al Resucitar  nos liberó del pecado y de la muerte, y  nos  hizo nacer a una vida nueva, guiada por el Espíritu Santo que el Señor nos ha dado, y libres de las obras egoístas y mentirosas del pecado. Ya no estamos sometidos a la Ley , nos dice el apóstol, sino que nos salvamos por el amor  y la  gracia de Dios. La palabra gracia viene de “gratis”. Esto quiere decir que la pretensión de los cristianos judaizantes de “comprar la salvación, cumpliendo la Ley de Moisés” es vana e inútil y un acto de soberbia. Nadie merece la salvación, ésta es puro don del Señor.

Pero esto no significa que haya que seguir pecando porque total Dios nos salva.

Ni una cosa ni la otra. Hay que hacer un esfuerzo para vivir en el  amor de Cristo y abandonar la vida de pecado, para que el pecado  no vuelva a dominar en nosotros (Cap 6). San Pablo consuela a los cristianos y les dice que la salvación abarca a todo lo creado, y no sólo a las personas; es la creación entera, el universo entero que será renovado por la redención de Cristo (Caps. 7 y 8). Pablo se conduele y se lamenta de la situación de Israel, su Pueblo, y expresa su deseo de que alcancen el conocimiento de la verdad.

Esta parte, que va del capítulo 10 al 15, es un canto a la tolerancia y un llamado a vivir en paz, poniendo en práctica el amor de Cristo en la convivencia con los otros.

 

Eduardo Ojeda