La
“Populorum Progressio” hace 40 años:
Aquel grito de Pablo VI
La carta de Pablo VI “El progreso de los pueblos”, del
26 de marzo de 1967, resonó como un fuerte y apasionado grito de
la Iglesia
en favor de los pueblos pobres o “subdesarrollados” del mundo, y
sigue siendo válido aún hoy en día. El impulso decisivo de escribir
esta encíclica le vino al papa de su viaje a
la India. También
era una respuesta a la efervescencia revolucionaria de América Latina y
mucho influyó sobre
la Conferencia
de Medellín.
Es una encíclica que le costó duras críticas al papa Montini por
parte de los que pretendían que él fuera, como dijo el card. Poupard,
“el capellán de occidente” (de “marxismo recalentado” la había
acusado el “Wall
Street Journal”). Esta encíclica después del Concilio se
presentó como una palabra profética y programática, que quería poner
a
la Iglesia
al servicio del mundo y en particular del Tercer Mundo, en la línea
de la “Gaudium et Spes”. Tuvo un eco vastísimo en
la Iglesia
y más todavía a nivel internacional. Eso se debió a los temas
tratados, a la oportunidad histórica, a una lucidez poco común en
la Iglesia
y además al método. Era la primera vez que un documento papal y
oficial de
la Iglesia
citaba a teólogos, filósofos, economistas y sociólogos, religiosos y
laicos como el p. Henry de Lubac, Jacques Maritain y el p. Joseph Lebret
(que fue uno de los principales redactores de la carta); von Nell
Breuning, Colin Clarck y el p. Dominique Chenú. Es importante releer
esta encíclica; sus orientaciones son todavía actuales, simplemente
porque todavía no se han realizado. Habían pasado sólo 10 años de
la Conferencia
de Bandung (1955) en Indonesia, y de ese fenómeno que entonces se
llamaba “el despertar de los pueblos de color”, es decir de aquellos
países que llegaban entonces a la independencia de los países
coloniales o estaban luchando por conseguirla.
A fines del siglo XIX
la Iglesia
había dado, aún con cierto atraso, una respuesta a la cuestión social
de los obreros con la “Rerum Novarum” de León XIII,
afirmando que la sola lógica del mercado no podía bastar para unas
justas relaciones entre ricos y pobres, patrones y trabajadores. Ahora
la cuestión social había adquirido una dimensión mundial entre países
ricos y países pobres y esperaba respuestas nuevas y valientes. Para
algunos era ésta una ilegítima intromisión de
la Iglesia
en el campo secular, pero ya
la Iglesia
no quería seguir alejada de “los gozos y esperanzas, tristezas y
sufrimientos del hombre” (Gaudium et Spes n. 1). El drama
denunciado por la encíclica era la brecha creciente (que sigue habiendo
hoy también) entre los países de la opulencia y los países del
hambre, creando un desequilibrio que podía llevar el mundo a la catástrofe.
Pablo VI estaba convencido de que si no se atacaba las injusticias y no
se permitía a todos los pueblos lograr un mínimo de desarrollo económico,
social y político, eso traería guerras entre las naciones y terrorismo
internacional. Por eso declaraba: “El desarrollo es el nuevo
nombre de la paz” (n. 87) y esta frase es la síntesis ética
de toda la encíclica. Esta encíclica, casi olvidada en los años
setenta, ha sido retomada y puesta al día por Juan Pablo II con
la encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”.
Actualidad de la “Populorum Progressio”
En su encíclica, Pablo VI por un lado
se dirige a todos los hombres de buena voluntad y no sólo a los
creyentes, y por el otro lado trata temas que parecerían extraños a
las normales preocupaciones “religiosas” de
la Iglesia. El
ámbito económico y social era confiado entonces por la moral
tradicional a la responsabilidad del Estado y terminaba siendo desligado
de consi-deraciones éticas o morales. La
“Populorum Progressio” marca un paso más en el camino de
la Doctrina Social
de
la Iglesia
y abre nuevos horizontes. La aspiración al desarrollo de los pueblos
pobres es considerada como un
verdadero “signo de los tiempos”. Algunos años después, en el Sínodo
Mundial de 1971, se afirmaría que la justicia social es un elemento
constitutivo de la misión de
la Iglesia. Pablo
VI afirma que el desarrollo integral y no puramente económico,
consiste en “pasar
de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”, y
es un derecho de todos los pueblos. De allí viene el “urgentísimo
deber de la solidaridad” (48) por parte de las naciones más
favorecidas. La exigencia de la justicia social no podía ya cumplirse
sino en el plan mundial con una solidaridad global para evitar así “el
juicio de Dios y la cólera de los pobres”.
La encíclica habla de la destinación
universal de los bienes (22-23) siguiendo la enseñanza de los
Padres de
la Iglesia
, que Juan Pablo II posteriormente explicitará con el concepto de
“hipoteca social” sobre toda propiedad privada que jamás es un
derecho absoluto. Pablo VI invita a promover transformaciones “audaces
y profundas”(32-33) del sistema internacional. Denuncia el
materialismo que deshumaniza: “el hombre podrá organizar la vida
excluyendo a Dios pero al final no podrá sino organizarla en contra del
hombre” (42). A los 40 años, la brecha mundial no se ha reducido,
sino que se ha ensanchado a causa sobre todo de la deuda externa
provocada por los países ricos con la
revalorización del dólar de 1981. El Norte y el Sur son hoy más
distantes; la caída del muro de Berlín, el fin del comunismo y del
imperio comunista, han dejado la cancha libre al capitalismo liberal.
Por desgracia debemos reconocer que el Norte del mundo se ha encerrado
en su egoísmo, ostentando un progreso tecnológico y económico
creciente, mientras el Sur se está hundiendo en una creciente pobreza
agravada por una pesada dependencia del Norte. Los pueblos del Sur, en
vez de haber llegado a ser “agentes responsables de su propio progreso
material y moral” (34) son hoy objeto de lástima, ignorados o
tratados como esclavos o proveedores de mano de obra barata. Son muchas
las causas de este empeoramiento de la situación, las que Juan Pablo II
ha analizado en
la Sollicitudo Rei
Socialis: la falta absoluta de solidaridad de los unos para con
los otros, los mecanismos
“perversos” del intercambio comercial, la deuda externa, las guerras
y la venta de armamentos a los países pobres, etc.. A todo esto se han
añadido hoy el terrorismo internacional, las inútiles e interminables
guerras de Afganistán e
Irak y el fenómeno de la inmigración masiva y clandestina de los del
Sur en los países del Norte. También el proyecto del Millennium a
favor de los pueblos hambrientos lanzado por las Naciones Unidas en el año
2000 parece destinado al fracaso. Pablo VI afirma que hoy se está
realizando en el mundo la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro:
para invertir esta situación hay que terminar de acumular lo superfluo
(= consumismo) y luchar para que a nadie le falte lo necesario, a fin de
que un día “el pobre Lázaro pueda sentarse a la misma mesa del
rico” (47). Es necesario implementar la justicia social en el
campo internacional para que todos los pueblos puedan participar del
comercio mundial. Dice Pablo VI: “La ley del libre mercado ya no
puede regir ella sola las
relaciones internacionales porque los precios que se forman libremente
en el mercado pueden conducir a resultados inicuos” (58). El Papa
añade que el mundo está enfermo, no porque falten los recursos, sino
por la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos (66). Pablo
VI habla antes de que Samuel Huntington teorizara sobre
el choque de civilizaciones, de “diálogo sincero entre
las civilizaciones” (73), y sugiere una autoridad mundial que
promueva un “orden jurídico universalmente reconocido” (78).
Por desgracia todos somos conscientes hoy de la impotencia de
la ONU
, reducida a una potencia oligárquica incapaz de gobernar el mundo
porque el interés particular de los “grandes” prevalece sobre el
bien común de la humanidad: no logra
parar las guerras o impedir otras, como la de Irak, querida por un solo
Estado contra todos.
La ONU
debería ser reorganizada de manera de llegar a ser
el motor de la paz y de un desarrollo justo e integral para
todos.
Gabriele Ferrari
extractado de “Testimoni” 15-02-07