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3.
VIBIA PERPETUA (AÑO 203) ¡No puedo, soy cristiana!
En el año
202 el emperador Severo mandó matar a los que siguieran siendo
cristianos y se negaran a adorar a los dioses “romanos”. Perpetua
estaba celebrando una Este diario
completado con la narración del martirio de Perpetua, recibió el título
de Dice
Perpetua en su diario: “Nos echaron a la cárcel y yo quedé
consternada porque nunca había estado en un sitio tan oscuro. El calor
era insoportable y estábamos demasiadas personas en un subterráneo muy
estrecho. Me parecía morir de calor y de asfixia y sufría por no poder
tener junto a mí al niño que era tan de pocos meses y que me
necesitaba mucho. Yo lo que más le pedía a Dios era que nos concediera
un gran valor para ser capaces de sufrir y luchar”. Afortunadamente,
al día siguiente llegaron dos diáconos y convencieron a los carceleros
para que pasaran a los presos a otra habitación menos sofocante y
oscura que la anterior. Fueron llevados a una sala a donde entraba la
luz del sol, y donde no estaban tan hacinados. A Perpetua que era madre
de un niño de pocos meses le permitieron ver a su hijito. Ella dice en
su diario: “Desde que tuve a mi pequeño junto a mí, ya aquello no
me parecía una cárcel sino un palacio, y me sentía llena de alegría.
Y el niño también recobró su alegría y su vigor”. El jefe del
gobierno de Cartago llamó a juicio a Perpetua y a sus servidores. La
noche anterior Perpetua tuvo una visión en la cual le fue dicho
que tendrían que subir por una escalera llena de sufrimientos, pero que
al final de tan dolorosa pendiente, estaría en el Paraíso. Ella narró
a sus compañeros la visión que había tenido y todos se propusieron
permanecer fieles en la fe hasta el fin. Primero
pasaron los esclavos y el diácono Sáturo, que los había instruido en la fe,
preparándolos para el bautismo, y se había unido a ellos en la cárcel.
Todos proclamaron ante las autoridades que ellos eran cristianos y que
preferían morir antes que adorar a los falsos dioses. Luego
llamaron a Perpetua. El juez le rogaba que ella que era una mujer muy
joven y de familia rica, dejara su fe y que se pasara a la religión
pagana para salvar su vida. Pero Perpetua proclamó que estaba resuelta
a ser fiel a Cristo hasta la muerte. Entonces llegó su padre (el
único de la familia que no era cristiano) y de rodillas le rogaba y le
suplicaba que no persistiera en llamarse cristiana. Que por amor a su
padre y a su hijito, aceptara la religión del emperador. Ella se
conmovió intensamente pero terminó diciéndole: “¿Padre, cómo
se llama esa vasija que hay ahí en frente? Una bandeja, -respondió
él-. Entonces: A esa vasija hay que llamarla bandeja, y no pocillo
ni cuchara, porque es una bandeja. Y yo que soy cristiana, no me puedo
llamar pagana, ni de ninguna otra religión, porque soy cristiana y lo
quiero ser para siempre. Y añade
Perpetua en su diario: “Mi padre era el único de mi familia que no
se alegraba porque nosotros íbamos a ser mártires por Cristo”. El juez
decretó que los tres hombres serían llevados al circo y allí delante
de la muchedumbre serían destrozados por las fieras el día de la
fiesta del emperador, y que las dos mujeres serían echadas amarradas
ante una vaca furiosa para que las destrozara. La
“esclava” Felicidad que estaba por esperar un hijo, en los días
del proceso dio a luz una linda niña. Durante el parto un carcelero se
burlaba diciéndole: “Ahora se queja por los dolores de dar a luz.
¿Y cuando le lleguen los dolores del martirio qué hará? Ella le
respondió: Ahora soy débil porque la que sufre es mi pobre naturaleza.
Pero cuando llegue el martirio, lo que voy a padecer no lo padeceré yo,
sino que lo sufrirá Jesús por mí”. A los
condenados a muerte se les permitía hacer una Cena de Despedida.
Perpetua y sus compañeros convirtieron su cena final en una Cena
Eucarística. Dos diáconos les llevaron la comunión, y después de
orar y de animarse unos a otros se abrazaron y se despidieron con el
beso de la paz. Todos estaban alegremente dispuestos a entregar la vida
por proclamar su fe en Jesucristo. El diácono
Sáturo había logrado convertir al cristianismo a uno de los
carceleros, llamado Pudente, y le dijo: “Para que veas que
Cristo sí es Dios, te anuncio que a mí me echarán a un oso feroz, y
esa fiera no me hará ningún daño”. Y así sucedió: lo
amarraron y lo acercaron a la jaula de un oso muy agresivo. El feroz
animal no le quiso hacer ningún daño, y en cambio sí le dio un
tremendo mordisco al domador que trataba de hacer que se lanzara contra
el diácono. Entonces soltaron a un leopardo que destrozó a Sáturo.
Cuando el diácono estaba moribundo, untó con su sangre un anillo y lo
colocó en el dedo de Pudente y este aceptó definitivamente volverse
cristiano. A Perpetua
y Felicidad las envolvieron dentro de una malla y las colocaron en la
mitad de la plaza, y soltaron un toro bravísimo, el cual las corneó
sin misericordia. Perpetua se preocupaba por irse arreglando los
vestidos y los cabellos para no aparecer como una llorona pagana. La
gente emocionada al ver la valentía de estas dos jóvenes madres, pidió
que las sacaran por la puerta por donde llevaban a los gladiadores
victoriosos. Perpetua, como volviendo de un éxtasis, preguntó: ¿Y
dónde está ese tal toro que nos iba a cornear? Pero luego
ese mismo pueblo cruel pidió que las volvieran a traer y que les
cortaran la cabeza allí delante de todos. Era el 7
de marzo del año 203. Ser cristianos en esa época constituía
un riesgo cotidiano: el riesgo de terminar en un circo, como pasto para
las fieras y ante la morbosa curiosidad de la muchedumbre. A su padre,
que le suplicaba y le recordaba que bastaría una palabra de abjuración
y ella regresaría a casa, Perpetua, llorando, repetía: “No puedo,
soy cristiana”. Quinto Regazzoni
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