Introducción

 

Desde el Corazón de Cristo, 
haremos
un mundo nuevo

 

Todos podemos reconocer al Señor a nuestro alrededor y en nuestro propio interior: "en Él vivimos, nos movemos y existimos" (He 17,28), y Él habita dentro de nuestros corazones (Jn 17,23; 6,56).

Cristianos de todas las épocas han buscado el camino del encuentro con Dios y han explicitado esta búsqueda en una propuesta de vida, que lleva a la trasformación del mundo. Así se cumple en cada uno la Historia de Salvación empezada por Dios. En efecto, esta salvación no es algo que podamos hacer por nosotros mismos. Es Él, que se mueve hacia nosotros. "Mira que estoy a la puerta y llamo" (Ap 3,20).

Esto supone aceptarlo y unirse a Él en un nivel muy profundo y personal. En el Corazón de Jesús podemos encontrarnos con Dios. La Carta a los Hebreos (10,20) dice que por la herida abierta de su corazón traspasado en la cruz, podemos encontrar "el camino nuevo y viviente" que nos lleva al Padre. Por eso, el primer paso es aceptar a Jesús, como Señor y Salvador personal, que se entrega por mí, como subraya San Pablo: "Me amó y se entregó por mí" (Gál 2,20).

 

Desde el Corazón de Cristo

El p. León Dehon, fundador de los padres dehonianos, siguiendo el ejemplo de san Pablo acostumbraba repetir: "No. Ya no puedo vivir más, quiero que el Corazón de Jesús viva en mí". Y también: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, en mí ora, estudia, habla".

Esta actitud de profunda unión con el Señor, nace en el corazón de todos los cristianos que se "enamoran" de Cristo. Son los momentos lindos de conversión y de entusiasmo que todos tenemos en alguna circunstancia de nuestra vida de creyentes; sin embargo, aún después, cuando, por las dificultades de la vida, nos hacemos más duros y menos soñadores, el Señor sigue estando allí y no deja de llamar a la puerta. En uno de sus numerosos escritos espirituales el p. Dehon hace hablar al Señor, que dice:

"Mi corazón amante los convida a un místico banquete en el fondo de su alma. Bienaventurado el cristiano en el que me quedo. Ya les he dicho: ‘Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo’ (Ap 3,20)".

"Yo quiero vivir en ustedes y comunicarles mi vida, como la cepa de la vid comunica su vida a los sarmientos, como la cabeza anima y vivifica todo el cuerpo humano".

Esta Vida de unión, podría parecer algo teórico, pero no lo es. Todos los que la experimentamos sabemos que es la cosa más sencilla y práctica de nuestra oración, aun cuando estamos distraídos o en crisis, o hemos "metido la pata". Cristo está allí a la puerta y llama. Sólo hay que abrirle, invocarlo con una pequeña frase, o un balbuceo de niño, o también un llanto.

Consecuencia espontánea y lógica de esta Vida de unión es entonces la Vida de Amor.

Aquí nos volvemos todos enanos y mucho nos falta para llegar a "la plena estatura de Cristo" (Ef 4,13). ¿Qué vamos a decir sobre el Amor? Nada que no podamos y debamos vivir. En las buenas y en las malas...

"Especialmente en el sufrimiento queda a la vista toda la fuerza que se puede sacar del amor del Corazón de Jesús. La Caridad es paciente. Cuando se ama, siempre se encuentra la paciencia para soportar lo que hiere la naturaleza. Las ocasiones para sufrir y para mostrar la firmeza y la solidez del amor no están muy lejos".

Para el p. Dehon no hay que buscar muy lejos esta oportunidad de amar, no hay que buscar nada especial, la vida de cada día nos ofrece la ocasión para amar.

"Quien ama, soporta todo con paciencia, acepta todo con alabanza y acción de gracias a Dios. El Cantar de los Cantares (8,6) lo dice: ‘El Amor es fuerte como la muerte’. Es una hoguera ardiente que ni los ríos, ni los torrentes pueden apagar. Quien ama da todo y sufre todo por su amado y no considera lo que debe soportar. Si quieres medir el grado de amor que tienes al Señor, observa cómo enfrentas las dificultades. ‘La Caridad todo lo sufre, todo lo soporta’ (1Cor 13,7). La paciencia y la fortaleza en el sufrimiento son signos infalibles de caridad, cuando están firmemente anclados en el amor que se tiene al Señor".

La Historia de Salvación en nuestra vida, no es la visión romántica de una vida de amor hecha exclusivamente de sentimientos y emociones. Es más bien una historia de Amor-Entrega (Ágape). Un amor que es don de sí y por ende siempre implica entrega y también sacrificio, pero nada de masoquismo o de resignación. Por eso, el p. Dehon llega a decir: "El amor a la Cruz es el fruto más precioso producido por el Amor".

 

Haremos un mundo nuevo

La Historia de Salvación nos muestra a Cristo resucitado, que vive entre nosotros y sigue mostrándonos su corazón traspasado, sus manos abiertas y marcadas por las llagas... Él nos alienta a seguirlo para rees-tablecer el proyecto del Padre, de su Reino de amor y de paz.

Este proyecto busca "reparar", transformar el mundo y rehacer al ser humano desde dentro, infundirle un corazón nuevo. Es un proyecto que no excluye a nadie de ese espacio sagrado en el que nos encontramos, con aquél que se ha hecho Corazón del mundo; nuestra vida será en consecuencia una vida transformada y transformadora.

Porque el corazón y el mundo se miran mutuamente y se reflejan uno en el otro. Y "reparar" es aprender a no excluir a nadie del corazón del mundo, porque los sabemos incluidos como nosotros mismos en el corazón maternal del Padre Dios.

Hemos de ser personas con el corazón permanentemente abierto a Dios y abierto a los hermanos, como "expertos en humanidad", como diría Pablo VI; atentos, solidarios, conscientes de nuestra propia debilidad, respetuosos de las personas, pacientes, no pasando nunca de largo cuando alguien nos necesita, viendo en los demás todo lo bueno que nadie ve. Nuestra Historia de Salvación, la Historia del Reino, que Dehon llama "El Reino del Corazón de Jesús" debe estar fundamentada en el Amor.

"Por amor y en amor se establecerá. Podría fundar Él mismo este reino en los corazones. Pero siempre ha querido pedir la ayuda de sus amigos para las obras de la gracia.

Para comunicarse así con muchas personas generosas desea servirse de sacerdotes dedicados y laicos apostólicos y fervorosos para que sean propagadores de su Reino de Amor".

De una vida llena de amor nace espontáneamente el deseo de "reparar" todo lo que está mal.

El Amor rescata, recupera a las personas y las salva. Jesús, después de buscar y encontrar al pecador Zaqueo dice: "Vine a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

La búsqueda de una Historia de Salvación, para encontrar una realización plena, personal y comunitaria, se topa con la búsqueda que el mismo Dios hace para encontrar al ser humano.

En estas dos búsquedas del corazón del hombre y del corazón de Dios se basa seguramente toda la vida del cristiano: "Pasión por Dios y Pasión por la humanidad". Uniéndose a esta doble "pasión" (de amor y de entrega) de Cristo, toda nuestra vida cristiana se hace solidaria con Jesús.

Solidaria para "reparar" las rupturas creadas por el mismo pecado del hombre, con una obra de reconciliación que abarque a Dios y a todas las personas y así pueda transformar la sociedad.

La Historia de Salvación, de la Primera y de la Nueva Alianza, es en primer lugar una invitación a unirnos a la obra Salvadora de Cristo, que nos quiere reconciliar con el Padre. Pero al mismo tiempo esta reconciliación implica una transformación del mundo, para restaurar la imagen de Jesús en esos rostros de los que hablan los obispos latinoamericanos en el Documento de Puebla: "rostros de niños golpeados por la miseria, rostros de…".

Siguiendo a Jesús, esta Historia de Salvación nos impulsa a una misión de reconciliación hacia los más lejanos, a los que en el mundo necesitan pan y justicia, pero más que nada necesitan ser amados y considerados.