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p. Quinto Regazzoni Misión y comunidad UNA COMUNIDAD-MISIÓN, PARA COMUNICAR VIDA
E ntrar en esta comunión-misión significa asumir "la causa de Dios", entrar en su vida, ponerse a su servicio, para realizar su proyecto. En este sentido, tanto la "Comunidad", como la "Misión" son puestas en marcha por Dios mismo, y han de ser conducidas por Él, hasta la consumación en el Reino. La "Comunidad" es imagen de la "communio Trinitatis" y la "Misión" de la "Missio Dei", y ambas apuntan a la "salvación" universal, es decir a la vida plena, a la realización plena en Dios, de toda la humanidad y de toda la creación.
1. LA MISIÓN PRIMORDIAL Después de la premisa anterior, podemos analizar cada uno de los dos términos, Comunidad y Misión, sabiendo que uno incluye al otro. La reciente V Conferencia de los obispos latinoamericanos en Aparecida nos recuerda muy bien que Jesús vino "para que tengan vida": "Porque la propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos. Por eso la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, debe dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna, en Cristo" (A. 361) La misión no es entonces algo opcional, que se pueda elegir o no, sino que es parte fundamental del proyecto de Amor que Dios establece con el género humano.Lo fundamental de la misión no es un compromiso para una simple tarea oca-sional entregada a (algunos) elegidos. Es una dimensión divina, en la que participa el ser humano. La "Missio Dei" es de Él, que nos amó pri-mero, y es el fin de nuestra vida ofrecida en don por y para los demás.
La misión primordial parte entonces del llamado a ser persona; desde el primer instante de su creación el ser humano recibe la misión de entrar en Alianza(= Comunión de vida) de vida con su Dios. La primera Misión es el llamado a ser persona, varón y mujer, a imagen de Dios.
Con Jesús, la nueva y eterna Alianza corresponde a una Comunión que nace del Amor de entrega, del don total de la vida, de su muerte y resurrección, de su Pascua. Ésta es la Buena Noticia, la novedad sorprendente que, más allá de las estructuras y los programas, llega al corazón de las personas y va abriendo espacios a una irrupción de vida nueva. "La Iglesia …no puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva" (A.11).
2. LA COMUNIDAD DEL "DISCÍPULO-MISIONERO" "Jesús al inicio de su ministerio elige a los doce para vivir en comunión con Él (cf. Mc 3,14). Para favorecer la comunión y evaluar la misión, Jesús les pide: Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco (Mc 6, 31-32). En otras oportunidades se entretendrá con ellos para explicarles el misterio del Reino (cf. Mc 4,11.33-34). De la misma manera se comporta con el grupo de los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10,17-20). Al parecer, el encuentro a solas indica que Jesús quiere hablarles al corazón (cf. Os 2,14). Hoy también el encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera" (A. 154).El lema de Aparecida anuncia: "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en él tengan Vida". Todo el Documento Final insiste sobre esta estrecha vinculación de las dos palabras, que se transforman en un solo término, que relaciona las dos dimensiones fundamentales de cada cristiano y de cada comunidad e Iglesia local. "...Escuchamos [a Jesús] como comunidad de discípulos misioneros, que hemos experimentado el encuentro vivo con Él y queremos compartir todos los días con los demás esa alegría incomparable...." (A. 364)
La comunidad del discípulo misionero no se fundamenta en su propia aspiración de unidad o fraternidad. El verdadero fundamento está sólo en Dios, que nos amó primero; el Dios Trinidad que nos reveló Jesús. "Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre (1Jn 1,3) y con su Hijo muerto y resucitado, en la comunión en el Espíritu Santo (2Cor 13,13). El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia: ‘un pueblo reunido por la unidad del Padre del Hijo y del Espíritu Santo’, llamada en Cristo ‘como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’. La comunión de los fieles y de las Iglesias Particulares en el Pueblo de Dios se sustenta en la comunión con la Trinidad" (A. 155).Envuelta en este misterio de Comunión-Alianza, la misión es una actividad abierta a la sorprendente irrupción de Dios en la historia humana. Desde el comienzo, la sorpresa es el resultado de todo camino misionero animado por el Espíritu. El tema de la Comunión-Alianza es fundamental para toda la vida del creyente. Desde la Alianza del Sinaí, entregada a Moisés, siervo de Dios y nuestro maestro, hasta la Nueva Alianza establecida definitivamente por Jesús, se hace todo un camino verdadero hacia la Vida plena. Se pasa de un significado exterior: Código, Ley (los Mandamientos...), a un significado más profundo y completo: un Pacto de Amor, una comunión grabada, no en tablas de piedra, sino en el corazón de cada persona. Es una "con-vocación", una llamada a la Asamblea (= Ecclesia).
3. CAMINOS DE LA EVANGELIZACIÓN La misión de la Iglesia no es otra cosa que la misión de Jesús que fue enviado al mundo por el Padre y que envía al Espíritu Santo a continuar y completar su Obra. El Concilio Vaticano II descartó un modelo eclesio-céntrico de la misión y puso a Cristo en el centro. Aparecida reafirma esta perspectiva, y reconoce a Jesucristo como "el primer y más grande evangelizador enviado por Dios (cf. Lc 4,44) y, al mismo tiempo, el Evangelio de Dios (cf. Rm 1,1)" (A. 103).Como discípulos-misioneros, estamos invitados a continuar la única y última misión, la de Cristo, para anunciarla a toda la creación.
Cuando Redemptoris Missio (53) destacaba la especial urgencia del primer anuncio en la actual situación del mundo, sin minimizar los otros dos campos de la actividad evangelizadora (el Cuidado Pastoral y la Nueva Evangelización), subrayaba que la misión Ad Gentes sigue siendo una materia pendiente en muchas Iglesias particulares. "Nuestro anhelo es que... muchos discípulos de nuestras Iglesias vayan y evangelicen en la otra orilla. La fe se fortifica dándola y es preciso que entremos en nuestro continente en una nueva primavera de la misión ad gentes. Somos Iglesias pobres, pero debemos dar desde nuestra pobreza y desde la alegría de nuestra fe y esto sin descargar en unos pocos enviados el compromiso que es de toda la comunidad cristiana" (A.379).El término más característico para explicar la proclamación misionera es "kerygma". El kerygma quiere dar a conocer a Cristo y su mensaje a los que todavía lo desconocen. Se trata del primer anuncio. El anuncio misionero se distingue de otras formas de predicación (por ejemplo, la catequesis). Aparecida nos urge particularmente a revitalizar en cada comunidad este anuncio kerigmático: "Sentimos la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades un proceso de iniciación en la vida cristiana que comience por el kerygma y, guiado por la Palabra de Dios, permita un encuentro personal cada vez mayor con Jesucristo, experimentado como plenitud de la humanidad, y que lleve a la conversión, al seguimiento en una comunidad eclesial y a una maduración de fe en la práctica de los sacramentos, el servicio y la misión" (A. 289).La vida cristiana se resume en la actualización del seguimiento de Jesús, el cual conlleva de modo indisoluble la transformación interior de la persona y el compromiso de transformación del mundo según el proyecto del Reino. "El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. Por eso pide a sus discípulos: ¡Proclamen que está llegando el Reino de los cielos! (Mt 10,7). Se trata del Reino de la vida. Porque la propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos. Por eso la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, debe dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna, en Cristo" (A. 361).
La predicación kerigmática tiende a la conversión y a la fe de aquellos que han escuchado el mensaje de salvación. La apertura del corazón y la fe en el Señor muerto y resucitado son obra del Espíritu Santo. La conversión no se limita al momento de abrazar la fe. Al cristiano se le pide que esté en constante conversión. Conversión significa enamorarse apasionadamente y abrazar a Cristo. Significa seguir fielmente al Maestro, personal y comunitariamente. De allí surge un cambio sustancial. "La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que ‘el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial’ (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera" (A. 370).
Si nuestro ideal de vida es este "testimonio del Evangelio de Jesús", entonces la celebración del compromiso misionero de toda la comunidad, no será una simple actividad sino una verdadera renovación global de la vida cristiana. "Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe" (A. 365).Y como resultado de esta experiencia, la comunidad de los discípulos-misioneros vivirá una nueva efusión del Espíritu cuyos frutos, después del amor, serán la alegría y la paz. "...Hemos experimentado el encuentro vivo con Él y queremos compartir todos los días con los demás esa alegría incomparable" (A. 364).
Entonces sí, con esta alegría y con renovada esperanza podemos lanzarnos a una gran "Misión continental" para seguir proponiendo un atractivo testimonio de unidad "para que el mundo crea": "Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el continente…. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo..." (A. 362).p. Quinto Regazzoni
p. Robert E. Mosher
Aparecida: "la misión ad gentes" que aún espera…
En el Primer Simposio Misionero del Uruguay, realizado en Montevideo el pasado 27 de agosto, el misionólogo Robert E. Mosher (estadounidense de la Sociedad Misionera de San Colombano, residente en Chile), tuvo a cargo la exposición principal. En su parte central, la exposición presenta un cuestionamiento bastante importante sobre el tema "Misión Ad Gentes", que todavía parece no encaminado con fuerza en nuestro continente. Umbrales ofrece a sus lectores una selección de esta ponencia.
1. La Misión en "su propio territorio" La perspectiva magisterial sobre la misión se encuentra en el documento de Aparecida, pero todavía en una manera algo limitada. Por ejemplo, el texto dice en una parte que, "...La Diócesis, en todas sus comunidades y estructuras, está llamada a ser una ‘comunidad misionera’. Cada Diócesis necesita robustecer su conciencia misionera, saliendo al encuentro de quienes aún no creen en Cristo en el ámbito de su propio territorio y responder adecuadamente a los grandes problemas de la sociedad en la cual está inserta. ..." (A. 168).
En modo semejante, los obispos perciben la misión continental como dirigida a los que dejaron de practicar o vivir una vida cristiana (la forma de misión llamada la Nueva Evangelización). "El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella" (A. 226).En suma, esta implícita restricción de los alcances de la misión contrasta con otras declaraciones magisteriales, donde se afirma que la misión ad gentes, lejos de ser una actividad que minaría la Iglesia local de su personal, energía y recursos, es la forma principal de misión y contribuye enormemente a la vida eclesial local, incluso en el fomento de vocaciones y al establecer una nueva perspectiva hacia los problemas y dificultades al interior de la Iglesia particular.
2. Un mismo proyecto misionero Por otro lado, el párrafo que sigue indica una voz más semejante a la de Juan Pablo II, cuando afirma: "La Diócesis, presidida por el Obispo, es el primer ámbito de la comunión y la misión. Ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio, ..." (A. 169). Es decir, aunque se va enfocando hacia "el propio territorio", se reconoce la dinámica unificadora y de común enfoque, canalizando las energías, planes y actividades de las distintas instancias de servicios locales en una sola línea de acción, el proyecto misionero, aún cuando no se toma en cuenta la dimensión universal.
3. El Compromiso con la misión ad gentes No sería justo concluir que Aparecida ignora por completo el tema de la misión ad gentes. Aparece en muchos lugares, y a veces recibe la debida apreciación, como la expresión de misión más importante, indicador de la vitalidad de la Iglesia de América Latina. "...Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos `areópagos’ de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia. ..." (A. 548). "...Agradecemos también a aquellos [presbíteros] que han sido enviados a otras Iglesias motivados por un auténtico sentido misionero..." (A. 191). La porción del documento explícitamente titulada, "Nuestro Compromiso con la misión ad gentes" (A. 373-379), recoge declaraciones anteriores de otras Conferencias, y afirma así su vigencia actual. El cristocentrismo del paradigma emergente de la misión se confirma aquí: "...queremos ser continuadores de su misión... es la razón de ser de la Iglesia y que define su identidad más profunda. ..." (A. 373). La misión no es de la Iglesia, es de Cristo, y la Iglesia es invitada a incorporarse a dicha misión. "El mundo espera de nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña -admiten los pastores-, un compromiso más significativo con la misión universal en todos los Continentes. Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir ‘a la otra orilla’, aquélla en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente" (A. 376).
4. La cooperación misionera Al mismo tiempo, todavía habla de "tierras de misión", a pesar de que la perspectiva que divide al mundo cristiano en "tierras de misión" y "tierras de envío" es propia del pasado. Con la secularización de muchos países "cristianos" del Primer Mundo, y la vitalidad de la presencia cristiana en muchos países "de misión", tal distinción carece de significado. Cada Iglesia particular, en cuanto Iglesia, joven o antigua, encuentra su madurez y naturaleza en el envío de misioneros interculturales a otras Iglesias y pueblos. Para preparar a estos misioneros y promover la conciencia misionera de la Iglesia del Continente, los pastores declaran: "queremos estimular a las iglesias locales para que apoyen y organicen los centros misioneros nacionales y actúen en estrecha colaboración con las Obras Misionales Pontificias y otras instancias eclesiales cooperantes, cuya importancia y dinamismo para la animación y la cooperación misionera reconocemos y agradecemos de corazón" (A. 378).
En anteriores conferencias se escuchó con claridad el desafío de ser una Iglesia plenamente misionera -y, por ende, plenamente Iglesia- con memorables frases como las de Puebla: "Ha llegado la hora," y, "debemos dar desde nuestra pobreza". En el actual documento, descubrimos más bien una acogida y aplicación más general y extensiva del concepto de la misión, vinculado con la propuesta de renovación de la vida eclesial, pero con menos especificidad sobre la misión ad gentes que aún espera…
El documento de Aparecida, entonces, a veces presenta la misión ad gentes como un asunto secundario en la vida eclesial del continente, a pesar de ser considerado por el magisterio de la Iglesia, la expresión principal de la misión de Cristo, hacia la cual se dirigen las otras dos formas (la pastoral ordinaria, y la Nueva Evangelización). "...Nosotros, participantes en la V Conferencia General en Aparecida, y junto con toda la Iglesia ‘comunidad de amor’, queremos abrazar a todo el Continente para transmitirles el amor de Dios y el nuestro. Deseamos que este abrazo alcance también al mundo entero... " (A. Mensaje Final).
Pero también manifiesta la perspectiva más universalista: "Nuestra capacidad -los obispos añaden- de compartir nuestros dones espirituales, humanos y materiales, con otras Iglesias, confirmará la autenticidad de nuestra nueva apertura misionera" (A. 379).La llamada a una gran misión continental se reconoce, en esta creciente conciencia más universalista, sobre todo como una llamada a la forma ad gentes de misión, que confirmará el resto de las expresiones: "...Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes dificiles y olvidados y más allá de nuestras fronteras" (A. Mensaje Final).
CONCLUSIÓN La falsa espiritualidad identificada por los obispos en Aparecida como de la "intimidad cómoda" puede desviarnos hacia ideas de misión no aptas y que contradicen el verdadero propósito de Dios, de hacernos socios, por su Hijo, del proyecto del Reino de Dios. Una verdadera "docilidad al impulso del Espíritu" nos desafiará con nuevas perspectivas sobre la misión y nos permitirá presenciar verdaderas sorpresas en el camino.
La radical confianza en el Espíritu que es el principal protagonista de la misión brotará de la dispocición de vivir en el misterio y estar atento a la propia visión regalada por Dios, nunca tan entendible antes de la vivencia misionera como resulta ser después. Y para América Latina, su verdadera misión también se pondrá más clara una vez que confíe en la llamada no muy nítida que hace el Espíritu Santo de cruzar el umbral de otros continentes y pueblos, entrando en la casa de los Cornelio de hoy (ver Hechos, cap. 10), quienes sienten que les falta algo central en sus vidas colectivas e individuales.
p. Robert E. Mosher misionólogo |
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