La vida como MISIÓN,

para que tengan Vida

 

En este mes de octubre recordamos a los misioneros y a la misión.

Es una oportunidad para reflexionar sobre la misión en nuestra vida.

Una existencia vivida como misión implica la convicción

de que nuestra vida tiene sentido.

Y esta certeza hace que todo lo que vivimos (alegrías y dificultades) 

tenga un mensaje para descifrar lo que nos ayuda a crecer.

Quizás el gran mal de nuestro tiempo sea el vacío existencial:

una vida que sufre por no saber para qué vive.

Este gran sufrimiento de no descubrir nuestro "lugar en el mundo"

está en la base de grandes trastornos modernos:

depresión, adicciones, violencia, suicidios.

La vida que se vive en clave de misión es una vida enraizada

en la certeza de que Dios tiene un proyecto para nosotros,

marcado por los valores y talentos que tenemos.

Basta observar a una persona para distinguir que su existencia

se orienta por uno o más valores: humor, solidaridad, humildad,

sabiduría, coraje, bondad, paciencia, creatividad, etc..

En el lugar en el que nos encontremos estamos llamados

a desplegar esos valores y hacerlos crecer entre los que nos rodean.

La misión no es un lugar geográfico o un apostolado específico.

La misión consiste en salir de nosotros mismos,

desde nuestras riquezas interiores, al mundo.

La vida como misión, y la misión como vida,

nos interpelan y nos cuestionan sobre nuestra actitud ante la historia:

no siempre estamos comprometidos con lo que nos pasa

y con lo que sucede en nuestro entorno (familiar, laboral, social...),

para poderlo transformar con una actitud creativa.

Sabemos que la misión tiene como principal objetivo

el don de una vida entregada con generosidad.

Como dice el Documento de Aparecida,

nuestra misión es para comunicar vida (n. 360).

Sin este compromiso de engendrar vida,

podríamos parecernos a turistas, a gente de paso,

que mira a su alrededor y no se compromete con nada.

La misión nos pregunta sobre este compromiso de vida

y si estamos conformes con nuestra manera de encararlo.

El discípulo-misionero necesita ponerse a la escucha

de la voluntad de Dios, con la oración y la meditación de la Palabra,

si quiere transparentar con su vida, la acción de su Señor.

Una existencia que se descubre como misión

es aquella que puede saltar por sobre sus propios muros interiores

para ponerse al servicio de los otros y del Otro.

La vida es rica en tareas para realizar y en personas para amar.

No faltes a la cita.

Leonardo Buero

 

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