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Viktor Frankl: La vida como tarea
V iktor Frankl había nacido en Viena en 1905, de una familia judía profundamente religiosa. En sus estudios se orientó hacia la psicología, la filosofía y la medicina. Fue discípulo de Alfred Adler, famoso psicoterapeuta que se había distanciado de la escuela de Sigmund Freud para proponer una escuela propia. Al llegar el nazismo al poder, Viktor se rehusó a escapar a Estados Unidos, para asistir a sus padres ancianos. Lo detuvo la famosa frase bíblica: "Honra a tu padre y a tu madre, para que Dios prolongue tus días sobre la tierra" (Éx 20,12). El 17 de diciembre de 1941 se casó con Tilly Grosse. A los nueve meses de casado, en el otoño de 1942, la Gestapo arrestó a toda la familia Frankl, que fue enviada a los campos de concentración. Viktor estuvo en distintos campos, inclusive en Auschwitz y Dachau, los que pusieron a dura prueba su convicción de que la vida vale la pena, e hicieron tambalear su fe en la humanidad y en Dios. Salió de aquel infierno el 27 de abril de 1945, liberado por las tropas norteamericanas. Fue redescubriendo lentamente la vida y a la vez se topó con la noticia tan temida: sus padres, su hermano y su esposa habían muerto en los "lager".Sin embargo, después de esa terrible experiencia y en el mismo año, Viktor Frankl escribió un libro largamente elaborado en las durísimas jornadas de trabajo y en medio de las peores brutalidades humanas, cuyo título es: "El hombre en busca de sentido". Es un libro donde Viktor cuenta su trágica experiencia y afirma que aún en situaciones extremas, la vida es digna de ser vivida y siempre se puede encontrar una razón para vivir; y esto sobre la base de la dimensión espiritual del hombre. El libro tuvo decenas de ediciones, fue traducido en 23 idiomas y se vendieron más de diez millones de ejemplares. Figura actualmente en la biblioteca del Congreso de Estados Unidos como uno de los 10 libros que han cambiado el curso de la humanidad. Frankl confiesa que después de una carrera brillante en Viena, se había encontrado en el "lager" "con su existencia literalmente desnuda". Era tan sólo el número 119.104. La comida diaria era un plato de caldo aguado con una pequeña ración de pan. El trabajo manual era durísimo, con temperaturas de hasta veinte grados bajo cero en invierno. La tentación cotidiana de los presos era tirarse contra la alambrada electrificada. Frankl se prometió a sí mismo no quitarse la vida, aprovechar algo de ese lugar para ponerlo un día al servicio de la humanidad, ofrecerse como médico y psicotera-peuta para los compañeros del campo. Escribe Frankl que el hambre, la humillación y la cólera ante la injusticia se hacían tolerables pensando en las personas amadas, en Dios, viendo la belleza de una puesta de sol, la sonrisa de un amigo, destellos de bondad hasta en algunos guardianes de las barracas. Aprendió el "arte de vivir" y se dio cuenta que "hasta las cosas más pequeñas pueden originar las mayores alegrías". Un día tuvo la posibilidad de huir, pero no quiso abandonar a un enfermo que lo necesitaba; "una vez tomada la decisión -escribe- encontré una paz interior que nunca antes había experimentado". Frankl pensaba que el hombre que se hace consciente de su responsabilidad ante los demás, ante su familia, ante Dios nunca podría tirar la vida por la borda. El día de su liberación, dice él mismo: "Caí de rodillas; sólo tenía en la cabeza una oración, siempre la misma: desde la cárcel llamé al Señor y Él me escuchó". Recuerda cómo en la barraca se oraba diariamente, se rezaba en grupo y se cantaban los salmos en hebreo. "La oración es un diálogo íntimo con el más íntimo de los amigos", escribe. A lo largo de toda su aventura humana, Frankl siempre se acordó de una frase de F. Nietzsche: "Quien tiene un por qué para vivir, encontrará casi siempre el cómo". En los campos experimentó que las personas que tenían esperanza de reunirse con sus seres queridos o que tenían proyectos inconclusos o una gran fe en Dios, podían resistir. De esas experiencias surgió su teoría de la "logoterapia". El mismo escribe: "Para la logoterapia, la palabra griega ‘logos’ es equivalente a ‘sentido’. El ser humano en su existir no va tanto en pos de placeres o de poder, sino de llenar su vida de sentido".
Frankl constata que hoy la neurosis se debe más que nada a una vida vacía, sin sentido, sin propósitos, sin objetivos. Este aburrimiento es el signo de un "vacío existencial", como él lo llama. Hasta el dolor, que es algo intrínseco a la naturaleza humana puede ser oportunidad de desarrollo, aprendizaje, madurez. La plenitud de la vida está en el amor, en vivir para algo, para alguien. La terapia de Frankl es ayudar a los demás y a uno mismo a descubrir la propia misión en la vida. Hay un designio que nos supera, trascendente, nunca comprendido del todo y en el cual cada uno tiene su lugar. "La vida como tarea" es el título de uno de sus libros. Esta faceta de la espiritualidad en Frankl se debe a lo que él llama "suprasentido" de la vida, un sentido último que no depende de los demás ni de uno mismo. No son muchas las veces que Frankl habla expresamente de Dios, porque no hace teología. Pero en su libro: "La presencia ignorada de Dios" reconoce: "Hay siempre en nosotros una tendencia inconsciente hacia Dios, es decir una relación inconsciente pero intencional con Dios. Así como el animal no puede estar en condiciones de entender al hombre y a su mundo, tampoco es posible que el hombre llegue a hacerse una idea clara de ese ultramundo, es decir a comprender a Dios o a penetrar en sus designios. El reconocimiento de la fe revelada como tal presupone ya una decisión de fe". Afirma Frankl: "Ser hombre es ir más allá de uno mismo. La felicidad no hay que buscarla por sí misma; es una consecuencia, es el fruto maduro de una vida de entrega a los demás, de una misión cumplida, olvidándose de uno mismo". Viktor Frankl, un apasionado de la vida y del hombre, vivió hasta los 92 años. Publicó más de 30 libros, viajó por todo el mundo, enseñó hasta la edad de 85 años en la Universidad de Viena; escalaba montañas y era piloto de aviones. Creyó en la libertad y la dignidad del ser humano. Escribió: "Después de todo, el hombre es el ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración, con la cabeza erguida y el Padre Nuestro o el Shemá Israel en los labios".
Primo Corbelli
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