Alberto Fernández:

Misionero y mártir

En el número de octubre de 2006 de la Revista "Uruguay Misionero", Francisco Canzani, presentó la vida y la muerte de Alberto Fernández, médico uruguayo, focolarino, misionero y mártir. Recordando este testimonio, reproducimos algunos párrafos del artículo.

El impacto de la muerte, en manos de rapiñeros, del Dr. Alberto Fernández a los 39 años, fue muy grande para la comunidad del Movimiento de los Focolares y para todos los que lo conocieron en Uruguay y en otros lugares del mundo donde vivió.

Fue asesinado en Baurú, estado de San Pablo (Brasil) el 19 de octubre de 2002. Desde comienzos de 2000 se encontraba entre los focolares de esa ciudad, haciendo una especialización en medicinas tropicales. Entre 1996 y 1999 había vivido en Camerún, prestando su servicio como médico.

Durante esos años, su experiencia de misión había sido dura y también había estado llena de frutos. Paralelamente, con su trabajo como médico, conoció la posibilidad de transmitir el Evangelio, antes que nada con la vida y luego con la palabra, a una infinidad de personas que se sintieron respetadas, acogidas, acompañadas y amadas por él. Y a través de él, por Cristo.

Aquel período en Brasil significaba, entonces, una instancia de formación para afrontar mejor los problemas sanitarios africanos: el sida, la enfermedad del sueño, la malaria. Saliendo de un curso de ética médica en su Facultad, se dirigía a un encuentro con un grupo de niños de los Focolares. En la ruta fue detenido por dos militares que estaban haciendo autostop. Con su habitual generosidad se ofreció a llevarlos. Lo asesinaron para robarle el equivalente a diez dólares. Su cuerpo fue hallado quince días después, cuando los militares, al ser atrapados por otra rapiña y asesinato, confesaron también el crimen de Alberto.

Varias personalidades usaron en aquel momento el término "martirio" y Alberto fue luego incluido como el único laico mártir del año 2002 en la lista que elabora anualmente la Agencia Fides. Ahora, varios años después, podemos leer en forma más completa el hilo de oro de la presencia de Dios en su vida y en su muerte.

Había nacido en una familia muy pobre... Con gran sacrificio de trabajo y estudio, se recibió de médico. Desde 1980 formó parte de los grupos juveniles de los Focolares y a principios de los 90 sintió el llamado de Dios a seguirlo en una entrega total.

En todos los lugares donde Alberto estuvo: Salto, Montevideo, Fraile Muerto (Cerro Largo), Brasil, Camerún se repiten los testimonios que lo describen como "amante de la perfección, radical en la exigencia a sí mismo, buen compañero"…

Un médico cirujano de Fontem (Camerún), cuenta: "Aprendí muchísimo de su fe. Pasaba largas horas meditando en la capilla… Siempre estaba pendiente del hermano, jugaba mucho con los niños. Un día yo tenía que operar a una joven con sida. Sinceramente, no quería hacerlo, porque tenía miedo de contagiarme con cualquier pinchazo… Pero no le dije nada a nadie. Alberto, en la sala operatoria, antes de empezar me preguntó si él podía operarla como primer cirujano. Nunca lo había hecho. Mirándome, sonriente, me dijo que yo tenía tres hijos y él no, y por eso estaba contento de arriesgarse él. Todo fue bien".

Toda su vida y en especial el último tiempo, había sido una escalada de actos de generosidad, de amor radical y concreto hacia los demás. Su frase predilecta del Evangelio era: "Aquello que hicieron a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron".

Así lo recordó Francisco Canzani en su artículo: "Alberto, tu amor quedó potenciado en aquella medida radical del amar hasta dar la vida; fue Él quien te dio el privilegio de tener una muerte cruel como la suya, que por lo tanto tu vida, de ahora en más, fructificará, así como la sangre de los primeros cristianos fue semilla que fructificó al uno por mil.

¡Gracias Alberto por tu amor heroico y radical!. Un heroísmo, que llegó hasta el martirio, por vivir y transmitir el Evangelio en los lugares y tiempos donde Dios te llamó."