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Opción por la Justicia
Se celebraron recientemente los cien años del nacimiento del p. Pedro Arrupe, superior general de los Jesuitas fallecido en 1991. Fue un hombre clave del posconcilio. Controvertido e incomprendido por muchos, gracias a él, la Compañía de Jesús reformuló su misión "al servicio de la fe y la promoción de la justicia".
N ació en Bilbao (España) el 14 de noviembre de 1907. Entrado en la Compañía de Jesús, quería ser misionero, y en 1937 fue enviado a Japón. Escaló a pie el Fujiyama, monte sagrado de los japoneses, y allí arriba celebró una Misa consagrando su misión a Dios. Muchas fueron las dificultades que encontró en la misión en Yancacuchi, fundada por el mismo san Francisco Javier. Fue arrestado como espía internacional y encarcelado por 33 días. Siendo superior del noviciado jesuita cerca de Hiroshima fue testigo de la explosión de la primera bomba atómica, en 1945. Describió así la explosión: "Un viento con una fuerza gigantesca nos tiró al suelo y allí quedamos clavados. Vimos una columna roja de llamas... y se desencadenó una ola gaseosa que destruyó y barrió todo lo que encontraba en un radio de seis kilómetros. Después cayó una lluvia negra... La gente corría pidiendo agua a gritos, por el enorme calor, pero todas las cañerías estaban destrozadas". Ochenta mil personas murieron en el acto y más de cien mil quedaron heridas. El noviciado distante más de siete kilómetros del centro de la ciudad, fue seriamente dañado, pero nadie resultó herido. El p. Arrupe, aprovechando sus conocimientos (había estudiado medicina), transformó el noviciado en hospital, salvando muchas vidas. El eco de este inmenso aullido nuclear, marcó profundamente su vida. En 1958 Arrupe es el primer provincial de la nueva provincia jesuita. En 1963 es elegido en Roma como general de la Compañía de Jesús, sucesor n. 28 de san Ignacio de Loyola. A él le tocó promover la renovación conciliar del instituto. Introdujo un nuevo estilo de gobierno, muy sensible a los problemas sociales del Tercer Mundo. El p. Arrupe dejó de ser una figura lejana, invisible; viajó por el mundo para conocer la realidad de la Compañía. Hablaba siete idiomas y su "hobby" era hablar con la gente; no rechazaba a la prensa, ni la publicidad. Participó en la última sesión de Concilio, en los distintos Sínodos y en las Asambleas Latinoamericanas de Medellín y Puebla. Fue el que introdujo en los ámbitos eclesiales el concepto de "inculturación" del Evangelio, debido a su experiencia asiática. En 1973 convocó la Congregación General de la Compañía (con 237 participantes) para definir la misión de los jesuitas en el mundo actual a la luz del Concilio.El primer tema importante de esta asamblea fue la eliminación de las diferencias de categoría al interior de la Compañía, la que fue votada por la casi unanimidad. Sin embargo, el Vaticano no estuvo de acuerdo; se temía que la Compañía dejara de ser en el futuro una Orden de claro carácter presbiteral. Convocado por Pablo VI, éste le ordenó acatar la decisión del Vaticano. Enseguida transmitió la voluntad del Papa a la Congregación General y al celebrar la Eucaristía en su homilía habló acerca de "obedecer con alegría". Pasó una noche en oración y superó la prueba. Todos recordaron la afirmación de san Ignacio de que le bastaría un cuarto de hora de oración para reencontrar de nuevo la paz, si la Orden fuera suprimida. El segundo tema conflictivo y novedoso que se encaró en esta asamblea fue la opción por la Justicia. La misión de la Compañía no sería sólo la lucha por la fe, contra el ateísmo, sino también la lucha por la Justicia. Fue aprobado, por votación casi unánime, un decreto donde se afirma que "el jesuita es alguien que se compromete bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige". La Radio Vaticana advirtió que se trataba de "experiencias azarosas" y de "innovaciones radicales". Muchas altas personalidades de la Iglesia afirmaron que este compromiso social alejaba a la Iglesia de su tarea específica. Este nuevo enfoque de la misión fue asumido sin embargo con pasión por el p. Arrupe, que cuestionó críticamente la política de muchos colegios de jesuitas de América Latina por haber estado casi exclusivamente al servicio de los ricos. La reacción no se hizo esperar: "Estamos perdiendo a muchos de nuestros mejores bienhechores porque en las escuelas enseñamos a sus hijos la doctrina social de la Iglesia. Nos acusan de ser radicales o de izquierda, simplemente porque citamos el Evangelio, la Populorum Progressio o la Mater et Magistra", reconoció el p. Arrupe. Pidió "educar y educarse para la justicia"; y advirtió que "no trabajaremos por la justicia sin pagar algún precio". "Yo no quiero amparar errores, pero tampoco quiero cometer el mayor de ellos que consiste en no cambiar nada por temor a equivocarme". Efectivamente, decenas de jesuitas fueron perseguidos y asesinados en esa época en el mundo. Después que en El Salvador explotaran las primeras bombas contra la Universidad Centroamericana, Arrupe escribió: "No puedo hacer otra cosa que alegrarme y felicitarlos sinceramente porque ustedes han defendido la causa de los pobres y por eso están siendo perseguidos"; y con ese mensaje envió 5 mil dólares para aliviar los daños. El 12 de marzo de 1977 fue asesinado el padre jesuita Rutilio Grande, por los sicarios de poderosos terratenientes. Todos los jesuitas recibieron un ultimátum para abandonar el país en el plazo de un mes. Arrupe fue terminante: "La Compañía de Jesús no se mueve con amenazas. Si fueran asesinados más jesuitas, celebraríamos un funeral y continuaríamos trabajando. Estamos contra la violencia, pero no tenemos miedo". Condenó la injusticia social en América Latina, el racismo en Estados Unidos, visitó en la cárcel al sacerdote pacifista David Berrigan, desafió a la dictadura paraguaya, defendiendo a los padres Caravias y Oliva, expulsados del país. Eran años difíciles y los jesuitas no escapaban a la crisis del poscon-cilio, pasando de los 36 mil en1965 a 24 mil cuando murió Arrupe.
Obediencia profética Los profetas obedecen porque saben que "Dios trabaja a muy largo plazo" (Arrupe). Con Juan Pablo II se intensificaron las intervenciones del Vaticano, pidiendo a los jesuitas una doctrina sólida y segura, y no inmiscuirse en la solución de problemas económicos y políticos. Debido a esto, el p. Arrupe, en el año 1980, renunció como superior general "por límites de edad" (tenía 73 años), y convocó una congregación general, para que se le aceptara su renuncia. Juan Pablo II ordenó suspender los preparativos de la nueva congregación general y desautorizó el pedido de renuncia y el nombramiento hecho por Arrupe de un vicario. Pasó mas de un año y al regreso de un viaje a Asia, en agosto de 1981, el p. Arrupe sufrió una grave hemorragia cerebral con apoplejía. El 6 de octubre, el Papa nombró como "delegado personal" suyo, con plenos poderes para el gobierno de la Compañía, al italiano p. Paolo Dezza, de 80 años, y como coadjutor al p. Giuseppe Pittau. Según el jesuita p. Pedro Lamet, las medidas del Papa no tenían antecedentes desde que en 1773 Clemente XIV suprimiera la Compañía de Jesús. Todo el mundo obedeció al Papa y ya en febrero del año siguiente el mismo Papa reconocía que "la prueba había sido recibida por los miembros de la Orden con verdadero espíritu ignaciano" y agradecía al p. Arrupe por su "generosa aceptación de la voluntad de Dios". El p. Arrupe había declarado: "Me abandono en las manos de Dios dispuesto a obedecer". La Congregación General n.33 pudo finalmente reunirse en septiembre de 1983 y debido al agravamiento de la enfermedad del p. Arrupe, se le aceptó la renuncia y fue elegido como su sucesor el holandés p. Hans Kolvenbach, el que se mantuvo fiel en su gobierno a las grandes líneas marcadas por el p. Arrupe, apaciguando también las relaciones con el Vaticano. Arrupe murió el 5 de febrero de 1991 a los 84 años. Había dicho: "Yo me siento más que nunca en las manos de Dios; ahora toda la iniciativa la tiene el Señor. Saberme y sentirme totalmente en sus manos, me da una profunda serenidad". Quizás la labor pastoral de Arrupe pueda resumirse en una hermosa dedicatoria del teólogo Jon Sobrino: "A Pedro Arrupe, que ayudó a la Compañía a ser un poco más de Jesús". Primo Corbelli
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