7. MELANIA Y OLIMPIA (s. iv y V):

Ammas anacoretas

y diaconisas

Una clase muy particular de Ammas en el s. IV fueron las llamadas Ammas anacoretas. Mientras los hombres anacoretas se caracterizaron por un extremismo ascético, las mujeres se mantuvieron más prudentes.

Aunque el monacato y el diaconado femenino son fenómenos diferentes, en tiempos antiguos la mayoría de las diaconisas eran monjas. La superiora de un monasterio, dentro de la tradición siríaca, era siempre una diaconisa y presidía el Oficio litúrgico comunitario. Para hacer este servicio recibía la consagración del obispo. Los armenios gregorianos han mantenido a las diaconisas hasta 1915.

Amma DOMNINA, anacoreta en Siria.

Era hija de una familia rica de Antioquía (Siria). Su memoria se celebra el 5 de enero. En el jardín de su casa se hizo una pequeña cabaña, donde vivió dedicada a la penitencia y a la contemplación. Iba vestida con una túnica de piel de cabra que la cubría totalmente, de manera que nadie le veía la cara. Era severa con ella misma, pero muy comprensiva con los demás. Teodoreto de Ciro la visitaba a menudo. En sus exhortaciones decía: "En la oración tenemos que hacer como Moisés que entra en la nube para hablar solo con Dios, y después sale y habla al pueblo de parte de Dios".

Decía también, con una confianza ilimitada: "Cuando cerremos los ojos a las cosas terrenales, los abriremos para contemplar las maravillas de Dios".

 

Ammas MAPANA y CIRA

Mapana y Cira nacieron en Berea, donde había una de las iglesias fundadas por san Pablo, y eran de familia ilustre.

Al hacerse mayores, se recluyeron en una pequeña habitación sin tejado, dejando sólo una ventana para recibir el alimento. Así, a la intemperie, a merced del sol o la lluvia, vivieron como las plantas silvestres. Teodoreto las conoció cuando ya hacía 42 años que vivían allí, y aseguró que su virtud rebasaba la de los hombres. Sólo salieron una vez de su cercado, para ir a pie en peregrinación hasta Jerusalén, pasando también por Seleucia para venerar la tumba de santa Tecla.

Murieron hacia el 440. La Iglesia oriental celebra la fiesta de las dos, el día 3 de agosto.

Nos han dejado una gran estima por la austeridad, unida a la dulzura del espíritu. Decían: "Guarda silencio y escucharás la voz de Dios. Si dices lo que conviene y cuándo conviene, no tendrás que escuchar lo que no conviene".

Ellas llevaban unas cadenas de hierro alrededor de su cuerpo, y las consideraban el signo de lo fácil que es atarse al orgullo. Y decían: "Jesús romperá nuestras cadenas en nuestro último día".

 

Amma EUFRASIA

Nació en Constantinopla, en el s. IV. Era hija del gobernador de Lícia.

Cuando tenía 7 años, murió su padre. Entonces fue con su madre a Egipto para visitar los monasterios, y ella se quiso quedar allí. Pasados 5 años, murió su madre. Entonces Eufrasia donó sus bienes a los pobres. Pronto la gente acudió a ella para pedirle consejo, a pesar de su juventud, y Dios le concedió el don de hacer milagros. Murió cuando tenía 30 años. Decía: "Todo tiene remedio menos rechazar el amor".

 

La Diaconisa OLIMPIA

Poco después de la muerte de san Basilio (384) el monaquismo floreció en Constantinopla con el abad Isaac, de manera que en la capital había 80 monasterios donde se educaban los príncipes del imperio. Al lado de los monasterios de monjes, también abundan los de monjas que se unieron a los círculos de diaconisas, muy florecientes en esa época.

Hubo en la capital una boda ostentosa: la novia se llamaba Olimpia, y tenía 16 años. Huérfana de padres, fue educada por su tío Procopio, amigo íntimo de san Gregorio Nacianceno. El novio era Nebridio, prefecto de Constantinopla, que murió un año después. Entonces ella dio libertad a los esclavos de su casa y repartió sus innumerables bienes entre los pobres, aconsejada por san Juan Crisóstomo.

La generosidad de Olimpia ha sido considerada una de las más excepcionales entre las comunidades eclesiales de Siria, Turquía y Grecia. Dio su casa, que era una de las más bonitas de Constantinopla, para hacer una basílica cerca de la de Santa Sofía, que todavía hoy se llama "la casa de Olimpia".

Necratio, patriarca de Constantino-pla (381-397) consagró a Olimpia como diaconisa de esta Iglesia, a los 25 años. Necratio seguía fielmente los consejos de Olimpia. Esta estima todavía aumentó con el siguiente patriarca: san Juan Crisóstomo, que la hizo administradora de la beneficencia de la Iglesia. Olimpia era para él una hija espiritual, una hermana confidente, y una madre que cuidaba con ternura.

En 404, junto con otras diaconisas, recibió de él la última bendición, antes que él marchase al destierro, donde murió. Desde allí, y para su consuelo, le escribió 14 cartas que son un verdadero tratado sobre cómo se debe aceptar el dolor. Después también ella fue difamada y desterrada. Murió a los 40 años en Nicomedia.

La diaconisa Olimpia fundó un gran monasterio del que fue abadesa, y que llegó a tener 250 monjas, además de 4 diaconisas. Después de su muerte, Olimpia fue considerada entre los "confesores" (= testigos), ya que sufrió muchas persecuciones con una caridad sin límites.

Además de san Juan Crisóstomo, fue consejera de muchos otros obispos, entre ellos de su primo san Gregorio Nacianceno, y de los hermanos Basilio, Macrina y Gregorio de Nisa. La sucedió como abadesa la diaconisa Marina.

 

MELANIA LA VIEJA en el Monte de los Olivos

También en Roma, en el s. IV, surgió un movimiento monástico. La primera representante fue Melania la vieja (341), que después de la muerte de dos de sus hijos y de su marido, prefecto romano, cuando ella tenía tan solo 22 años, se fue hacia Alejandría con otras damas. Habiendo repartido su fortuna, vivió un año en Egipto, visitando los monasterios de Nitria. En Alejandría conoció a Rufino, que era un monje erudito y fervoroso. Había llegado a Egipto siguiendo el ejemplo de su compañero de estudios en Roma, Jerónimo, que se había ido a Belén.

A causa de la herejía arriana dominante en Egipto, varios obispos y presbíteros que no seguían a Arrio, fueron desterrados a Palestina, y Melania se fue con ellos. En el año 373, cuando los exiliados pudieron volver a Egipto, Melania y Rufino se quedaron en Palestina, y fundaron 2 monasterios, uno de hombres y otro de mujeres, en el Monte de los Olivos. El cenobio de Melania reunió a 60 monjas.

Ella no impuso las austeridades de los anacoretas, sino que prefirió dar cultura a sus monjas. Adosada al monasterio, hizo una hospedería para indigentes y peregrinos. Según Paladio, durante 37 años acogieron "a todos los que pasaban".

La espiritualidad de Amma Melania es la de ser una gran Madre para todo el mundo. Esa espiritualidad la compartió con Rufino, y sobre todo con Evagrio Póntico, a quien enderezó del mal camino consiguiendo que se hiciera monje.

Sabiendo las herejías que asolaban Roma, Melania volvió para ayudar a su familia. Allí atrajo a su nieta, Melania la joven, junto con su marido, y otros miembros de la familia. Con todo el grupo, fue a visitar a san Paulino de Nola, que era su primo, y le dio muchos bienes para su obra de caridad. Luego el grupo se dirigió hacia el norte de África y visitó a san Agustín, en Hipona. Pasando después por Egipto, volvieron al Monte de los Olivos. Allí, poco después, ella murió.

 

Quinto Regazzoni