Una cuestión de moral

 

La imagen de Jesús tentado en el desierto acompaña cada año

el itinerario cuaresmal hacia la Pascua. La tentación de Jesús

sigue todavía viva y actual en la vida de la humanidad:

encontrar soluciones sencillas frente a problemas complejos.

Convertir las piedras en pan para resolver el problema del hambre;

conseguir grandes riquezas y poder para derrotar la pobreza;

maravillar con portentos para lograr consenso y aceptación.

Jesús no acepta la tentación: afirma con eso que no existen soluciones mágicas 

y que su camino, aunque suscitará escándalo y oposición,

no tiene esta orientación, sino la de compartir los problemas

para solucionarlos juntos, desde la conversión del corazón

hasta la de la sociedad. Varios son los actores que proponen

análisis sencillos de los males para hallar soluciones rápidas:

bajar la edad de imputabilidad o aumentar la presencia policial

para acabar con la delincuencia de los menores; arriesgar dinero

en un juego de azar para ganar una suma que termine

con los problemas económicos; repartir preservativos

para evitar el sida y el embarazo precoz. El listado podría ser muy largo,

incluyendo los problemas internacionales o estrictamente eclesiales, 

como volver a llenar los templos con iniciativas atrayentes.

Ninguna de estas soluciones resuelve mágicamente los problemas, 

pero algunas tienen su aspecto positivo, si son acompañadas

por la búsqueda de un cambio moral, que Jesús llamaba "conversión".

Los menores que desertan de la educación formal o que delinquen,

manifiestan la falta de atención hacia ellos por parte de la sociedad

(familias y comunidad): cada nueva medida que se implemente

puede ser positiva si es acompañada por una renovada

toma de conciencia de la necesidad de dedicar tiempo y recursos

por parte de todos, a las nuevas generaciones.

Y este cambio, aunque se diera hoy, daría sus frutos sólo a largo plazo. 

La falta de recursos no evidencia sólo la necesidad de nuevas fuentes laborales, 

sino también la urgencia de recuperar el hábito del trabajo 

(otro proceso que insumirá varios años), que no es sólo el remunerado: 

si se educa para el trabajo, auque sea el cuidado de la propia vereda, 

las fuentes laborales se multiplicarán.

Levantar forzosamente los cortes de los puentes puede solucionar

el problema turístico, pero no el conflicto entre dos países

ni el problema ecológico, que amenaza la sobrevivencia

de la humanidad y necesita un cambio de cultura por parte de todos.

Así, tampoco la educación sexual puede reducirse a evitar daños

o embarazos no queridos; lo que está en juego es la educación para el amor, 

la autodisciplina y la castidad desde la niñez hasta la edad madura.

Hoy como siempre la cuestión es moral, ética:

la persona humana puede ser ayudada por leyes o medidas sociales, 

pero lo que cuenta, lo que determina la conducta son

las convicciones profundas, los valores, que llevan años para afirmarse.

Si éstas no existen, la ilusoria tentación de las soluciones superficiales 

encontrará un terreno muy favorable.

Francesco Bottacin

 

 

 

 

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