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MARÍA GLADYS BRUSCO:
Vivir la Fraternidad María Gladys había nacido en Colonia, estudió y vivió con otras amigas del interior en Montevideo, con ellas entabló una sólida amistad que aún hoy perdura. Conoció la espiritualidad del Beato Carlos de Foucauld en la década del 50, impactándole la vida escondida en Nazaret, la sencillez, la humildad, el silencio "habitado". S e comprometió rápidamente, con pasión, responsabilidad, entrega y esperanza con la Fraternidad Jesús-Caritas, luego pasó a ser parte de la Asociación de Fieles "Fraternidad Carlos de Fou-cauld", opción hecha en libertad, por todo el grupo de Uruguay.Uno de sus desvelos fue ser signo de unidad en su familia, en su barrio, en su trabajo; colaborando en cualquier circunstancia adversa que se viviera a su alrededor. Se alegró con la vida de sus sobrinas y luego con la llegada de los hijos de éstas, a quienes amaba entrañablemente. Su muy fuerte vocación docente la impulsó a trabajar denodadamente junto con las familias de sus alumnos, buscando que su hacer educativo generara personas reflexivas, seres pensantes y en continua búsqueda de superación, por el camino de la cultura y de la práctica de los valores fundamentales para construir hombres y mujeres plenos y libres. Se involucró vivamente junto con sus compañeros en las actividades del gremio de maestros donde militó en la dura época de la dictadura militar. Sufrió mucho por la prisión y hasta la muerte de compañeros/as, ocupándose de preparar paquetes para los presos, visitando a sus familias. Rigurosamente, en las fiestas tradicionales de Navidad y Año Nuevo recorría la casa de familiares y amigos/as para llevar un detalle y una palabra de bienaventuranza, deseando a todos paz, unión y amor, lo que ella intentaba vivir. Fue amiga leal, fiel, sincera, sabía estar al lado de cada una en el momento preciso para acompañar, aconsejar y muchas veces discutir, rezongar y hasta "pelear" por defender una idea, un criterio que ella creía valedero por el que se jugaba hasta la tozudez, porque su carácter le hacía honor a su apellido, era "brusca" por fuera, pero muy tierna por dentro. Sufría con cada persona víctima de una injusticia, la que deploraba con todas sus fuerzas. Soñó con un tiempo mejor para "su querido país" y tuvo la dicha de ver cumplidos algunos de sus anhelos, pero su salud ya quebrantada, la decidió a dejar su querida "casita" como ella la llamaba, para pasar a residir en una hermosa casona del barrio Colón, la Residencia de Ancianos del Círculo Católico de Obreros, donde disfrutó apenas un año del hermoso jardín con el que tanto gozaba. Allí supo cosechar muchas amistades y reanudar la relación con personas que la vida volvía a reunir. La misericordia de Dios la recogió en su regazo y se la llevó el 18 de enero. Su vida fue un ejemplo de trabajo y fidelidad a los principios de fraternidad y solidaridad; siempre desconforme con ella misma y muchas veces con sus grupos de pertenencia, ya que era muy exigente y muy recta. Se podía confiar en ella, vio en cada persona alguien a quien amar y servir desinteresadamente. Su confianza infinita en Dios se puso de manifiesto cuando vendió su casa y algunas de sus amigas pensábamos que tal vez el dinero no le alcanzaría para hacer frente a los gastos el resto de su vida. Como respuesta nos decía que Dios sabría, en su momento, lo que tendría que hacer con ella, que estaba disponible a su voluntad porque confiaba en su amor infinito. Vivió y murió con la utopía de vivir la Fraternidad perfecta. Se une al conjunto, ya numeroso de cristianos/as que se jugaron la vida en el seguimiento de Jesús, intentando vivir sus valores en este mundo. Gracias a Dios en nuestras comunidades hay muchas vidas a rescatar para que se muestren al mundo como ejemplos de coherencia, rectitud, compromiso humano y cristiano, lo que cada vez se necesita más en nuestra sociedad y el mundo. Gloria Aguerreberry
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