Marcelo Mendiharat

Gran discípulo de Jesús, "pequeño" obispo

del Evangelio

El obispo Marcelo Mendiharat fallecido hace un año, el 12 de junio, es junto a mons. Carlos Parteli, una de las figuras más significativas de la vida eclesial uruguaya, de la segunda mitad del siglo pasado. Del testimonio humile y profundo de su existencia, se destaca su actitud de discipulado atento, siempre dispuesto a aprender y la fuerza de ánimo para llevar su "oficio" de pastor con heroísmo y sencillez, con cordialidad e inteligencia, con espíritu de fe y "pequeñez" evangélica. Gran amigo y sostenedor de Umbrales, lo recordamos emocionados y agradecidos.

Marcelo Mendiharat nació en Ostabat, en el País Vasco (Francia) el 2 de mayo de 1914. Allí cursó la escuela primaria y la secundaria. A los 16 años, llega al Uruguay, y trabaja algunos años en el campo.

"Llegado al Uruguay para aprender a trabajar en el campo, me di cuenta, después de diez años, que Dios es capaz de llamar de ‘detrás de las ovejas’, y en el momento menos pensado. Quizás haya sido a partir de mis lecturas en las largas noches de invierno... También a partir de una visión de la miseria moral y abandono espiritual de un pueblito, Sacachispas, a cuatro leguas de la estancia de mi padre. Mi decisión de entrar al Seminario, a los 24 años, provocó en mi padre gran desilusión y preocupación. Al fin mi padre comprendió al verme feliz en el Seminario".

Es ordenado sacerdote por el obispo de Salto, mons. Viola, el 22 de julio de 1945, y fue encargado del Seminario Menor de Salto durante nueve años y después párroco de Artigas por cinco años.

"La etapa de mi vida como párroco fue lindísima... Transcurrió dentro del estilo pastoral de la época... ¡mucha actividad, con muchos frutos! Pero también estaba presente la preocupación por la situación de la gente marginada (¡las inundaciones del 59!...)".

 

El oficio de obispo

En 1959 es consagrado como obispo coadjutor de Salto, con el lema episcopal: "A Jesús por María". Aprendió "el oficio" de obispo, al lado de mons. Viola. "Este obispo tan humano y tan señor a la vez. Tan espiritual, tan activo, tan padre y tan cariñoso... Con él aprendí a valorar la oración perseverante y gratuita y descubrí al Hno. Charles de Foucauld con su mensaje de ‘gritar el Evangelio con la vida’ y el servicio al hermano, especialmente al más necesitado.

Esa fue la época de preparación y realización del Concilio Vaticano II, así como su aplicación a América Latina a través de Medellín y de la primera Asamblea Diocesana de Salto, que señaló cuatro prioridades, que aún alientan y son punto de referencia de la pastoral diocesana: la evangelización liberadora; la corresponsabilidad; como instrumento privilegiado, las Comunidades Eclesiales de Base; como espíritu, una Iglesia servidora y pobre".

De esta época, el obispo Marcelo recuerda: "Los años siguientes al Concilio fueron una etapa maravillosa, vivida con entusiasmo como de convertido, en permanente y comunitaria búsqueda de una más pura vivencia del Evangelio, junto a entusiastas y estupendos colaboradores. Eran momentos en los cuales la Iglesia buscaba adaptarse... Cada bautizado crecía en la conciencia de una pertenencia viva a la Iglesia de Cristo. Con la conciencia de estar poniendo las bases de un mundo más humano y espiritual, aunque bien encarnado en las realidades temporales. Como decía mi amigo mons. Angelleli: con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo".

 

Los años del exilio

A fines de los años 60 y comienzos de los 70, la sociedad uruguaya se divide. Los extremos se radicalizan. En ese marco, la conducción pastoral de mons. Mendiharat es vista con desconfianza. En una visita al Vaticano (1973), el papa Pablo VI aconseja al obispo no volver al Uruguay hasta que estén dadas las condiciones adecuadas, y lo alienta a continuar conduciendo su Diócesis desde el exterior. Se inicia así un tiempo muy doloroso para el obispo y para la comunidad diocesana. Mons. Mendiharat no deja de estar en contacto con la diócesis, a través de sus vicarios y del encuentro con sus sacerdotes en Argentina y, posteriormente, en el contacto con mons. Nicolini. De mayo a diciembre de 1973, vive en el Obispado de Avellaneda (Buenos Aires). En 1974 reside con los Padres Pasionistas. Atiende pastoralmente a los habitantes de una "villa miseria". En 1975 es recibido en la Diócesis de Morón, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, en Hurlingham. Allí estuvo hasta 1976. El golpe militar que se produce en Argentina, y el clima enrarecido que allí se respira, determina un alejamiento momentáneo, hasta diciembre de 1977.

Durante muchos años, fue para todos "el Padre Marcelo", aunque nunca ocultó su condición de obispo. Su sencillez y su cercanía le ganaron el cariño y el afecto de su feligresía, formada por trabajadores, jóvenes y matrimonios.

Así veía su exilio el obispo Marcelo:

"Este ‘hoy’ ya lleva once años y a veces se hace largo. Es cuando uno comprueba que los caminos de Dios no son nuestros caminos, y experimenta una sensación de encontrar respuesta a un ¿por qué?. Respuesta que hay que dar en la fe y únicamente a partir de la fe... Con todo, esta etapa ha sido y es una experiencia riquísima. Se trata de volver a ser ‘discípulo’, quien se deja enseñar. Aprendí muchas cosas que perfeccionaron mi visión de lo pastoral a partir de mi experiencia desde el llano, desde la base. Me ocurrió, después de unos dos años de trabajar, primero en un cantegril y posteriormente en una parroquia muy humilde, de comentar con unos hermanos obispos: ‘¡Qué bien nos haría a cada uno de nosotros el estar atendiendo alguna vez, pero solos, una pequeña comunidad o una capilla de barrio! Aunque sea un mes, para palpar de cerca las realidades crudas y difíciles de la gente... para ser verdaderamente como el paño de lágrimas de la gente que sufre’. Es posible que después de esta experiencia el estilo del pastor ha de cambiar: su vida, su preocupación, sus cartas pastorales, etc. ...

Aprendí también, porque lo experimenté, la vivencia profunda de los valores evangélicos: la solidaridad y la hospitalidad de nuestro pueblo, el sentido cristiano de la vida y de la muerte, el de la justicia. Valores que no esperan sino ser explicitados para que lleven a una vida cristiana perfecta. Me ha estado llamando la atención la religiosidad profunda del pueblo sufrido que, quizás sin ir a Misa, vive una fe profunda en Dios y en la Providencia, expresada en los grandes acontecimientos de su vida. El experimentar todo eso, a nivel de la vida de cada día, es sumamente rico y motivo de esperanza... Dios no abandona, al contrario, ilumina, sostiene y fortalece más allá de lo que uno ha imaginado nunca. Ésta, quizás, haya sido la experiencia más fuerte".

 

"Un día volverán los que se han ido..." así decía la canción de un seminarista presente en Luján, en la celebración de los 25 años de Consagración episcopal de Mendiharat, augurando un regreso que se hizo definitivo el domingo 24 de marzo de 1985.

El día de su regreso, el obispo Marcelo, desde su cátedra recuperada, decía: "¡Qué bien estamos aquí! en este tiempo del reencuentro de los presos y exiliados con sus familiares y amigos y con su tierra, tanto tiempo añorada pero ahora con la esperanza cierta de un futuro más humano y digno de ser vivido. ¡Qué bien estamos aquí! en este momento de nuestro propio reencuentro en nuestra Iglesia Catedral y con nuestras comunidades...

En esa ocasión, el arzobispo de Montevideo, Carlos Parteli, luego de recordar cómo había ido conociendo a Mendiharat, manifestó: "su intimidad menos visible, su serenidad interior y el temple de su alma vine a conocerlos más tarde, en la hora de la prueba, cuando desdichadas circunstancias dieron lugar a que las sospechas recayeran sobre su persona, sin que faltaran quienes aprovecharan la ocasión para descalificar su acción pastoral. En los días amargos del exilio supo llevar su cruz con fe intrépida, ánimo tranquilo e ilimitada confianza en el Señor. Felizmente podía contar con el consuelo de saberse acompañado del afecto y la oración de sus diocesanos y la comprensión de sus amigos de todas partes, y en primer término del papa Pablo VI, de quien es la respuesta dada entonces: Jamás removeré a un obispo imbuido del espíritu evangélico".

 

En el surco de la Evangelización Nueva

A comienzos de 1985, los obispos Mendiharat y Nicolini dirigen una carta a toda la comunidad diocesana, llamando a colaborar en la elaboración de un Plan Pastoral Diocesano de Evangelización Nueva. La Asamblea Diocesana llega a definir que un desafío fundamental para poder ser fieles a Cristo como Iglesia, es el de remediar el creciente empobrecimiento de nuestro pueblo. En su carta pastoral para la Cuaresma de 1986, los obispos aclaran el contenido de esta expresión, mostrando un doble aspecto de ese empobrecimiento: material y moral, y llamando a los diocesanos a reflexionar más profundamente esa realidad. Así se llega a formular el objetivo pastoral para crear Comunidades Eclesiales de Base, orantes y serviciales… fomentando la participación de todo el Pueblo de Dios, promoviendo la pastoral social liberadora y formando animadores de comunidades y agentes de pastoral social. Fue precisamente la Evangelización Nueva el tema central de la homilía de Juan Pablo II en su visita a la diócesis de Salto, el 9 de mayo de 1988.

 

Últimos años

¿Qué hace un obispo jubilado o, mejor dicho, "emérito", como se les llama en la Iglesia? Aquel obispo que, durante el tiempo de su exilio, supo ser el "Padre Marcelo" tan querido por la comunidad de la Capilla San Carlos, vuelve a ser el "Padre Marcelo", ahora como párroco de la Santa Cruz, en Salto, desde 1988 hasta 1994. Allí sigue viviendo Don Marcelo, al servicio de la comunidad, y participando también en la Conferencia Episcopal Uruguaya, como presidente de las comisiones de Pastoral Familiar y de Pastoral Bíblica.

En la vida y espiritualidad del obispo Marcelo, jugó un rol especial el Hno. Charles de Foucauld; la familia espiritual que se formó a partir de su experiencia de fe, incluye también una fraternidad de obispos, a la que perteneció mons. Marcelo, como "pequeño obispo" del Evangelio.

Un rasgo característico que desde Umbrales recordamos con cariño fue su amistad y apoyo constante a nuestra revista. En ocasión del número 150, nos escribía: "Quiero felicitarlos en proximidad de este aniversario (15 años). No es la primera vez que les digo sinceramente el bien que hace esta revista en los que la leen, junto conmigo en este lugar lejos de toda comunicación importante. Por experiencia sé que hay muchos sinsabores en mantenerse mes a mes en una línea editorial pero les digo que no hay que desanimarse ni bajar los brazos, porque se hace un bien real, y a mucha gente. Un abrazo".

Desde julio de 2004, necesitado de cuidados de enfermería, pasa a residir en el Hogar Sacerdotal, en Montevideo. Allí dedica largas horas a la oración, con una agenda en la que coloca cada día el nombre de una parroquia, un sacerdote, una comunidad religiosa de su querida Diócesis de Salto. El 12 de junio de 2007 por la mañana fallece en Montevideo, en el Hogar Sacerdotal. En la tarde sus restos son trasladados a Salto, para ser velados en la Catedral y sepultado al otro día en el Cementerio local.