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Hebreos
y Santiago
El Nuevo Testamento contiene una serie de cartas atribuidas a los apóstoles que no se dirigen a una persona en concreto o a una comunidad sino a un grupo no definido de cristianos: mensajes para todos los cristianos del mundo mediterráneo y grecorromano en donde tuvieron lugar los primeros emprendimientos misioneros de los apóstoles y sus colaboradores. Por eso estas cartas se han agrupado en el Canon como las "Epístolas Católicas". Recordemos que "Católico" significa universal. Cómo se agrupan y a quién se atribuyen La primera que encontramos en nuestras Biblias (atribuida erróneamente a San Pablo) es la Carta a los Hebreos, digamos que el autor es anónimo. Luego, está la carta del apóstol Santiago, el primo de Jesús, el "hijo de Alfeo" que fue durante mucho tiempo obispo de Jerusalén. Luego hay dos cartas de San Pedro: la primera seguramente de San Pedro, la segunda se le atribuye a él. Luego tenemos 3 cartas atribuidas al apóstol San Juan. Y por último hay una breve carta atribuida al apóstol San Judas: se trata de Judas Tadeo, que también según la tradición se dice que es hermano de Santiago y primo del Señor. Hablaremos en esta parte de la Carta a los Hebreos y de la Carta de Santiago, y dejaremos para la próxima vez las dos de San Pedro y San Judas. Luego en una tercera parte hablaremos de las cartas del apóstol Juan.
La Carta a los Hebreos La Carta a los Hebreos es más bien una homilía, una predicación en la cual se trata de comparar el culto antiguo de Israel en el Templo de Jerusalén con el de los cristianos. Por la temática se pensó siempre que estaba dirigida a cristianos de origen israelita y que practicaban con mucho fervor la fe de sus padres. La denominación Hebreos habla no sólo de los cristianos israelitas vivos en el momento en que este escrito es compuesto, sino que también hay una referencia a los primeros israelitas, los antepasados de los destinatarios de la carta, que ya vivían la fe judaica y la habían celebrado en el Templo. ¿Cuándo fue escrita? Se piensa que desde Roma en el año 66 cuando la persecución de Nerón se descargaba sobre las comunidades cristianas. Esta carta fue dirigida a judíos convertidos que estaban en una tremenda crisis de fe, sometidos a una persecución por miembros de su mismo Pueblo.
El Mensaje La Carta a los Hebreos, demuestra que el culto del Templo anunciaba el verdadero y definitivo culto a Dios. (Heb cs. 9 y 10). Que los sacrificios de animales no eran sino una figura del único y auténtico sacrificio agradable a Dios. Sacrificio que no será necesario repetir, ya que fue definitivo para reconciliar a Dios y a la humanidad, o sea la Pasión y Muerte de Jesús.
Jesús, único y definitivo Sumo Sacerdote El sumo sacerdote judío no podía salvar a su pueblo de sus pecados por sí mismo, y por eso debía ofrecer sacrificios por él y por el pueblo. Como era pecador y sus sacrificios no eran aceptables a Dios, sólo eran aceptados provisoriamente como anuncio y preparación del verdadero culto a Dios (Heb cap. 5). Jesús era de la tribu de Judá, no era en realidad de la tribu sacerdotal que era la de Leví. Pero su sacerdocio es superior y está anunciado por la figura de Melquisedec, un misterioso rey de Salém (Jerusalén) que bendijo a Abraham, y que era figura del definitivo sacerdocio (Gén 14,17-20). Melquisedec ofreció pan y vino igual que Jesús y anunció de antemano el culto definitivo de Jesús (Heb 7 y 8). Ya no hay mediaciones sacerdotales ni una casta sacerdotal. El único sumo sacerdote es Cristo, y no son necesarios los Templos, ni los cultos fastuosos, porque Jesús ya realizó el definitivo sacrificio. Sacrificio que los cristianos actualizamos en cada eucaristía que celebramos (Heb 10,19-39). El autor hace ver que no sirve quedarse con la nostalgia del antiguo culto. En la "fracción del pan" que los cristianos realizaban con sencillez en las casas, está el más grande culto a Dios, y todos los cristianos porque están unidos a Cristo son un pueblo de sacerdotes para Dios. Ya no hay "castas privilegiadas de sacerdotes". Todo el Pueblo del Señor eleva sus plegarias simplemente renovando el único y definitivo culto del único Sacerdote, que no ofreció sacrificios de animales, sino su propio cuerpo y su propia sangre, o sea su propia vida. Él no entró a un santuario hecho por manos de hombres y que puede ser profanado o destruido, sino que entró en el Santuario del Cielo (Heb 9,11-27). Este hermoso texto ayuda a valorar la sencilla Eucaristía dominical que celebramos como comunidad; aunque sea una pequeña comunidad, hay que ver más allá de las apariencias, pues estamos celebrando la salvación de todo el mundo, y la renovación del Universo entero, reconciliado al fin con Dios.
La carta del apóstol Santiago Santiago, "el hermano del Señor", no es muy mencionado en los Evangelios (Mc 6,3) pero sabemos que era muy respetado en Jerusalén, y muy apegado a las costumbres judías. Su carta es un fuerte mensaje que sacude la conciencia cristiana. Si pudiéramos decir en pocas palabras lo que esta carta encara, la podríamos llamar la carta de la Coherencia cristiana entre la fe y la vida.
A quiénes se dirige El encabezado nos habla de "las doce tribus dispersas entre las naciones" (Sant 1,1). Santiago no sólo era obispo de Jerusalén, sino que también estaba encargado del cuidado pastoral de varias comunidades de Palestina, Siria y Cilicia en las cuales predominaban cristianos provenientes del judaísmo. Estas comunidades perseguidas sufrían los primeros coletazos del conflicto religioso y político que concluiría con la destrucción de la ciudad de Jerusalén en el año 70. Por eso esta carta debe haber sido escrita entre los años 50 y 60. El apóstol exhorta a los pobres a sentirse orgullosos por haber sido salvados, y les hace ver que no deben sentirse menos. A los ricos les recuerda que todo pasa y que sus riquezas son efímeras (Sant 1). El apóstol afirma que en las comunidades cristianas, y en sus asambleas o reuniones, no debe haber ninguna desigualdad o diferencia entre pobres y ricos, y fustiga con gran energía a quienes cometen la torpeza de adular al rico y despreciar al pobre, recordándoles que Dios ha elegido a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe (Sant 2,1-13).
La fe se demuestra por las obras Santiago insiste claramente en que una fe que no se demuestre por su conducta es una fe estéril que nada produce de bueno. Porque si la fe es auténtica transforma toda la vida del cristiano. Así el apóstol previene contra las difamaciones y calumnias y los pecados de la lengua. Igualmente advierte con energía contra las actitudes soberbias, las discusiones inútiles y las violentas peleas que dividen a las comunidades y sólo alejan de Dios (Sant 3 y 4). Famosa es la diatriba de Santiago contra los ricos que explotan a sus trabajadores, y que se aferran a sus riquezas. Esto mismo servirá de testimonio contra ellos (Sant5,1-6). Santiago exhorta además a la perseverancia en la oración y la paciencia en las pruebas; no se trata de una resignación fatalista, sino de una esperanza que no se entrega y que busca los caminos para establecer la justicia aún en los momentos más difíciles. Hay en esta carta además la primera referencia concreta al Sacramento de la Unción de los enfermos (Sant 5,13-16).
Eduardo Ojeda
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