GIORGIO LA PIRA

Profeta de la "Caridad Política"

Es muy difundida la opinión de que es imposible ser honestos en política y menos encontrar allí un camino de santidad cristiana. Y sin embargo, ya se ha empezado la causa de beatificación del francés Robert Shuman que junto a otros católicos ejemplares como el italiano Alcide De Gasperi y el alemán Konrad Adenauer, ha sido uno de los fundadores de la unión europea después de la Segunda Guerra mundial. Uno de estos grandes cristianos fue también el profesor italiano Giorgio La Pira, cuyo proceso de beatificación está también muy adelantado.

Fue profesor universitario, diputado, uno de los que más trabajó en la Constituyente para la redacción de la nueva Constitución después de la guerra, miembro del gobierno, tres veces alcalde de la ciudad de Florencia totalizando 14 años de ardua labor en aquella ciudad. Aún así se lo veía manifestando en la calle con los sin techo y los trabajadores, siempre abierto a las necesidades de la gente. Construyó casas populares, ayudó a transformar fábricas en bancarrota en cooperativas, requisó casas vacías para acoger a los sin techo y a las víctimas de las inundaciones. Cuando la fábrica "Nuova Pignone" cerró sus puertas y echó a la calle dos mil obreros, éstos se atrincheraron en la misma; Lapira como alcalde tomó su defensa e hizo vigilia con ellos. Fue criticado incluso por altas autoridades de la Iglesia. La Pira era un católico que se había formado en la Acción Católica y era de una fe y de una práctica religiosa ejemplar. En aquella oportunidad escribió a los dirigentes de su partido: "Hasta cuando ustedes me dejen en este cargo, me opondré con la máxima energía a todo los atropellos de los ricos y poderosos. No dejaré indefensa a la parte más débil de la población. Los que sufren por cierre de fábricas, por desalojo o despidos, encontrarán en mí un dique que les será difícil abatir. Para mí la verdadera política es ésta: defender el pan y la vivienda de los pobres, ya que tanto uno como la otra son algo sagrado y no se tocan impunemente. Esto no es marxismo; es evangelio".

Hoy está muy extendida la postura de cierto pragmatismo político por el cual es legítimo recurrir a cualquier medio con tal de alcanzar los objetivos fijados. En todo caso se admite la necesidad de una ética para la política, pero de una ética "especial", distinta de la ética ordinaria, para que sea eficaz. Se juzga que en la práctica necesariamente hay que adaptarse a una doble moralidad (la privada y la pública). Ante esta postura, Juan Pablo II condenó a los que "en nombre del realismo político quieren eliminar del ruedo de la política al derecho y a la moral", recordando como el Concilio advertía que "los que son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan difícil y tan noble de la política, deberán procurar ejercerla con el olvido del propio interés y de toda ganancia venal, luchando contra la injusticia y la opresión y consagrándose al servicio de todos" (Gaudium et Spes n. 75). La Pira era fiel a sus principios cristianos y coherente con la Doctrina Social de la Iglesia. Inclusive frente a la reacción de ciertos ambientes eclesiásticos contestaba sonriendo: "No está dicho que los cardenales tengan autoridad en política" y a quien lo tildaba de "comunista de sacristía", le respondía: "Quédese tranquilo, estoy en compañía de santo Tomás". Para él, los nuevos movimientos de reivindicación social eran una fuerza "en las manos de Dios, que contribuirá grandemente a la creación de una nueva edad del espíritu", de una nueva mentalidad en favor de la dignidad humana. Decía: "No podemos aceptar una sociedad fundada en el mercado; el hombre no puede ser puesto en venta. Hay que dejar atrás la herencia del capitalismo individualista".

Había una fila de pobres, que todos los días por la mañana, cuando él salía de misa, acudían a él en aquellos años duros de la posguerra. Era célibe por opción, no tenía ninguna identificación partidaria, tenía como lema el sueño de Isaías: "Forjarán de sus espadas arados" (Is 2,4). La Pira hablaba de "caridad política". Reconocía que antes de la época moderna era mentalidad común en la Iglesia que los males sociales debían ser resueltos con la caridad del rico, la oración y la resignación del pobre. Por eso la Revolución Francesa y la época moderna en general tuvieron una matriz no cristiana sino más bien anticlerical. Por eso La Pira promovía el paso de la caridad individual a la caridad social y política para transformar las estructuras mismas de la sociedad. Para él la actividad política no debía ser clasista, pero sí privilegiar a los más débiles y asegurarles sus derechos fundamentales.

Él escribió un libro: "La espera de la pobre gente" donde propone una economía social de pleno empleo. "El derecho de vivir como hombres es anterior al derecho de propiedad", afirmaba.

Promovió la paz con la Unión Soviética, en Medio Oriente (fue el primero en hablar de un Estado para los palestinos y otro para los judíos) con congresos internacionales, viajes, encuentros en Florencia entre los alcaldes de las distintas capitales del mundo. Viajó a Hanoi, a Moscú, a Jerusalén y pidió el derrumbe del muro de Berlín, fomentando la "hermandad" (gemellaggio) entre ciudades.

El mismo Gorbachov comentó años después: "Fue su fe la que lo llevó a tomar posturas riesgosas de alta moralidad en la esfera política". Le había escrito a Kruschev: "El verdadero problema de Rusia es abrir las puertas a Dios y sólo usted tiene las llaves para hacerlo; por esa puerta vendrá la paz y la esperanza". Y lo invitaba a proponerse la hipótesis de Dios y de la resurrección de Cristo. A La Pira se lo acusaba de ingenuo, pero todas sus semillas están floreciendo. Lapira creía que el comunismo iba a descomponerse por dentro como un gigante con pies de barro. Seguía atentamente los acontecimientos esperando contra toda esperanza. Fue el primero que habló, antes que Gorbachov, de la "casa común" de Europa. Frente a los líderes del Kremlin no tuvo el menor empacho en declarar: "Antes de venir aquí he estado en Fátima, creando puentes de oración entre el este y el oeste. Yo también tengo mis ejércitos con las armas apuntadas hacia el cielo; son los monjes y monjas de clausura que me acompañan y rezan por la paz". Efectivamente, antes de viajar a Rusia, se había encomendado a las oraciones de los conventos de clausura de toda Italia. Intentó el acercamiento entre las religiones monoteístas (cristianos, judíos y musulmanes). El difunto rey de Marruecos, siendo islámico, manifestó su deseo de atestiguar a favor de su causa de beatificación. La Pira estaba obsesionado por la paz: "Hay que dejar de armar al mundo para destruirlo". Soñaba con el camino de Isaías: convertir las armas en arados. Quiso hacer de Florencia "la ciudad sobre el monte" de memoria evangélica, como punto de referencia de todos los esfuerzos en pos del diálogo y de la paz.

La Pira era un místico de misa y comunión diaria; rezaba todos los días las Horas Litúrgicas como los sacerdotes y religiosos. Vestía pobremente; siendo diputado iba al parlamento a pie, rechazaba el sueldo que percibía por su actividad política, que para él era un apostolado. Su sueldo lo donaba al convento de los dominicos de San Marcos, a cambio de una sencilla pieza donde él se alojaba y para las obras de caridad.

Falleció el 5 de noviembre de 1977 y su cuerpo fue llevado sobre los hombros de los trabajadores por las calles de Florencia, en medio de una enorme multitud que aplaudía. En su tumba está escrito simplemente: "Esperó contra toda esperanza" (Rom 4,18).

Primo Corbelli