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10. CATALINA E HIPATIA DE
ALEJANDRÍA
Memorias
de fuego
Las historias de santa Catalina y de la filósofa Hipatia son muy parecidas, en su trágica conclusión y en los motivos de intolerancia y violencia que las causaron. La sabiduría y la búsqueda de la verdad de estas mujeres, que terminó en un "martirio", es una memoria de fuego para nuestra sociedad contemporánea que todavía no ha abandonado los caminos de la intolerancia. Catalina nació en el seno de una noble familia rodeada de criados y riquezas. Todos los que escriben sobre ella nos la presentan como una gran estudiante, especialmente en letras. Alejandría estaba por aquel entonces bajo el dominio del co-emperador Maximino Daya, que en el año 310, promulgó un edicto, en el que ordenaba que todos los habitantes ofrecieran sacrificios a los dioses, castigando severamente a cuantos se negasen. De Catalina no tenemos datos históricos precisos, sólo tenemos una leyenda que nos dice que ella se presentó ante Maximino como "versada en todas las disciplinas: la retórica, la filosofía, la geometría y toda ciencia". Afirmaba, sin embargo, citando la Biblia, que frente al Señor "perecerá la sabiduría de los sabios y se eclipsará la inteligencia de los entendidos". Maximino, profundamente impresionado por su belleza y sabiduría, decidió encontrarse de nuevo con ella en otra ocasión para seguir debatiendo. Lo que Catalina no sabía, es que el emperador reuniría a los 50 sabios más importantes de la ciudad. Llegó el día y sentaron a Catalina en medio de los filósofos y el más anciano de todos ellos fue el primero en hablar. Intentó persuadirla de que debía adorar al Sol bajo el nombre del dios Apolo. Catalina respondió: "Si el Sol es el más hermoso de todos los astros, toda la luz con que brilla se la debe a Dios". Al final Catalina convenció no solamente al filósofo más anciano, sino a todos los que participaban en aquel debate y que rehusaron contradecirla. El emperador Maximino, furioso, condenó a muerte a todos ellos y después sometió a Catalina al martirio, descuartizando su cuerpo con una rueda de molino llena de clavos. Catalina llega así a encarnar la figura de la mujer imagen de la sabiduría, figura simbólica muy querida en la ciudad de Alejandría, en la que se cultivaban todas las ciencias. Algunos historiadores, sin embargo, piensan que Catalina es la transposición cristiana de otra mujer sabia que quedó documentada en la historia. Se trata de la filósofa pagana Hipatia, que evidentemente, no puede considerarse Madre de la Iglesia, aunque entre sus alumnos había muchos cristianos, como el mismo obispo de Tolemaida, Sinesio. Hipatia fue una mujer sabia, astrónoma, matemática y filósofa. Así la describe Sócrates Escolástico, un historiador cristiano de Constantinopla: "En Alejandría vivía una mujer de nombre Hipatia, era hija del filósofo Teón. Ella llegó a un grado tal de cultura que superó abundantemente a todos los filósofos contemporáneos. Heredó la Escuela Platónica, que había sido reflotada por Plotino y explicaba toda la ciencia filosófica a los que lo deseaban. Todos los que querían pensar filosóficamente acudían a ella de todas partes. Por la magnífica libertad de palabra y de acción (parresía) que le venía de su cultura, acudía con sensatez frente a los jefes de la ciudad y no era motivo de vergüenza para ella estar en medio de los hombres. De hecho, a causa de su extraordinaria sabiduría, todos la respetaban profundamente y profesaban hacia ella un temor reverencial" (Historia Ecclesiastica 5,15). Hipatia aprendió también sobre la historia de las diferentes religiones que se conocían en aquel entonces, sobre oratoria y sobre los principios de la enseñanza. Viajó a Atenas y a Roma siempre con el mismo afán de aprender y de enseñar. Luego de una jornada de estudio se cubría con el manto negro de los filósofos y salía a recorrer la ciudad mezclándose con la gente simple, a la que enseñaba a razonar con Platón y Aristóteles. Una fuente particularmente significativa sobre Hipatia la encontramos en el epistolario de Sinesio de Cirene, que fue alumno de la filósofa durante toda su vida y le conservó aprecio y devoción aun cuando llegó a ser nombrado obispo de la ciudad de Tolemaida. La actitud de respeto y de apasionada búsqueda de la verdad fue lo que él había aprendido de su maestra y que guardó a lo largo de todo su ministerio. Decía: "Si fuera llamado al episcopado, no fingiría creer en afirmaciones en las que no creo, llamo como testigos a Dios y a los hombres. La verdad es un atributo de Dios y yo quiero ser en todo irreprensible delante de Él" (Ep. 105). A menudo, decía Sinesio, se encuentra también en la Iglesia a algunos que "muy fácilmente se olvidan de pertenecer al género humano y creen no tener la necesidad de seguir la guía de la razón". En una carta que envía a su maestra Hipatia, así se dirige a ella: "Tú, madre, hermana y maestra, mi bienhechora en todo y por todo, un ser y un nombre de lo más honrado". Sin embargo, no todos los cristianos compartían la actitud del obispo de Tolemaida. Un grupo de cristianos intolerantes, estimulados por la política imperial, cada vez más anti-pagana, habían destruído en el año 390 el templo de Serapeion, símbolo pagano de Alejandría. Cuando Cirilo es nombrado obispo de la ciudad, echa de ella a todos los judíos y asume una postura intransigente hacia los paganos. Los filósofos neoplatónicos como Hipatia pronto fueron objeto de fuertes presiones. Algunos se convirtieron al cristianismo, pero Hipatia no consintió en ello, a pesar de los consejos de su amigo Orestes, prefecto imperial. Este alumno suyo, que se había bautizado en Constantinopla, antes de ir a desempeñar su cargo en Egipto, se enfrentó a la posición intransigente del obispo Cirilo. Empezó entonces a correr entre los cristianos de Alejandría el rumor de que la causante de la discordia entre Cirilo y Orestes era la influyente Hipatia, amiga y consejera de su ex alumno Orestes y opuesta a los abusos del poder religioso. Un grupo de intransigentes, según nos narra el mismo historiador cristiano Sócrates Escolástico, atacó a Hipatia "por envidiar la fama que gozaba en la ciudad". Estos fanáticos "guiados por el lector Pedro, se pusieron de acuerdo y se apostaron para sorprender a la mujer cuando regresaba a su casa. La tiraron del carro, la arrastraron hasta la iglesia de Cesáreo y arrancadas sus vestiduras, la mataron apedreándola, después la despedazaron… y borraron todos sus vestigios en el fuego". Era el 8 de marzo del año 415. El episodio tuvo una enorme resonancia y suscitó muchas críticas. El intento de borrar con el fuego no resultó: muchos testimonios escritos han transmitido el horror y la vergüenza de este hecho. La investigación realizada por el prefecto Orestes no pudo identificar al culpable directo, pero logró disolver el escuadrón de fanáticos que habían sublevado a la población contra Hipatia. La entrada referente a Hipatia en la monumental enciclopedia bizantina del siglo XI conocida como Suda atribuye la responsabilidad del crimen a Cirilo y al carácter violento de los alejandrinos, y da la clave política para comprender la triste muerte de la filósofa, al equipararla a la de dos obispos impuestos a los alejandrinos por la corte imperial de Constantinopla. El pintor renacentista italiano Rafael, la incluyó en su famoso fresco "La Escuela de Atenas", pintado en las salas del Vaticano. Más recientemente, Umberto Eco, en su novela Baudolino, recuerda a Hipatia como inspiradora de una sociedad "cerrada" de mujeres amazonas, todas las cuales se llamaban Hipatia.La Unesco, en 1999, ha creado un organismo para facilitar a la mujer entrar en el mundo de la ciencia, y a este proyecto le ha dado el nombre de Hipatia. La historia anterior de Catalina se asemeja mucho a ésta de Hipatia, las dos son historias de persecución y martirio, de intolerancia y valentía. Las dos son memorias de fuego que no podemos olvidar. Para el cristiano de hoy, estas dos historias deben entenderse en clave de una memoria que borre definitivamente la intolerancia y la violencia en el diálogo cultural. El tema "fe y cultura", el diálogo del creyente con la ciencia y la razón, con las artes y las expresiones culturales, es un desafío que adquiere un sentido evangélico muy claro: el anuncio respetuoso y testimonial de la Buena Noticia de Jesús. (fuente: Cristina Simonelli, Padri e Madri delle Chiese, EDB 2006) |
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