ARGENTINA

Balance del conflicto campo-gobierno

Oficialmente la Iglesia no intervino en el conflicto ni se ofreció para mediar, ya que todavía mantiene con el gobierno serias diferencias en varios puntos. Transcribimos algunas opiniones sobre este conflicto, que no está plenamente solucionado.

El ex arzobispo de Resistencia, Carmelo Giaquinta, se refirió así al contexto político del país: "La Argentina ha hecho una experiencia diluida de casi todas las ideologías, sin llegar al extremo de otras latitudes. El terror de Estado de la década del setenta ha emulado las mazmorras y los tormentos de las SS nazis y de la política soviética... Hemos inventado varias fórmulas para confiscar en un instante los ahorros de la gente. Podemos ofrecer recetas del más crudo capitalismo... Tenemos ahora al político que aplasta, humilla, vocifera, acalla, atemoriza; es un impaciente que puede parecer eficaz, pero pronto se estrellará junto con quienes se le someten servilmente". Advirtió que "esta impaciencia puede llegar al paroxismo y hasta al matonismo, si bien a éste se le reviste muchas veces con el traje de la ideología". Lamentó que "después del retorno de la democracia, el Congreso atribuya poderes desmedidos al Poder Ejecutivo". El pensamiento del arzobispo refleja el documento de la Comisión Permanente de obispos del mes de junio cuando decía: "No es propio del gobierno mezclarse como parte en los conflictos, siendo él, el principal responsable del bien común" y con respecto a la agresividad de los políticos, concluía: "ni la moderación en las demandas, ni la magnaminidad en el ejercicio del poder son signo de debilidad".

Los sacerdotes de Córdoba, de acuerdo con su obispo Carlos Ñañez, se quejaron de que el interminable conflicto haya dejado al margen "la situación del pueblo pobre, la mayoría, todos aquellos que no tienen un lugar en las estructuras políticas ni tampoco campos, a veces ni un lote". Denunciaban "los inconstitucionales cortes de ruta, el desabastecimiento, los discursos violentos y a la vez la concentración hegemónica del poder en el Ejecutivo, la debilidad del parlamento, la indiferencia de la mayoría de los gobernadores para buscar una solución, una visión del país desde Buenos Aires mientras va creciendo la pobreza en la Argentina profunda". Proponían políticas de Estado, un proyecto de país y una real y justa distribución de la riqueza a partir de un debate que incluya a todos.

El obispo Miguel Hesayne afirmó: "Hemos vivido cien días de Babel, de confusión; la palabra que más se usó fue diálogo y no hubo diálogo. Solamente si el gobierno y los empresarios rurales acuerdan, según sus ganancias, compartir y distribuir en justicia social con la gente empobrecida, se logrará la reconciliación nacional".

Desde Humahuaca, el obispo Pedro Olmedo reclamaba: "Este debate está escondiendo las historias reales mucho más lamentables y trascendentes en la vida de la mayoría de la gente que son la falta de medicamentos, de insumos, de médicos y atención en nuestros hospitales y puestos de salud, la desnutrición de los niños, la suba desmedida en el precio de los alimentos básicos, la altísima desocupación".

El Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, fustigó a los grandes terratenientes y a las grandes empresas por sus enormes ganancias y su falta de sentido de justicia y solidaridad. "Confunden desarrollo con explotación y son como las termitas; devoran todo lo que encuentran a su paso". Criticaba también la soberbia del gobierno por no reconocer sus errores. "Se sienten infalibles, autoritarios, en el olimpo de la idiotez; juegan en definitiva al desgaste de la gente del campo, de los pequeños productores y no de las grandes empresas ya que a ellas no les faltan recursos para resistir un largo tiempo de confrontación...Sólo saben restar y dividir, no saben sumar y multiplicar".