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11. RADEGUNDA
De reina a diaconisa
La sociedad romana imperial, en torno a los años 500, parecía un cadáver de pie; la llegada de los bárbaros provocó su caída definitiva. Sin embargo, aun en esos tiempos oscuros y tristes, la fuerza de la fe hacía brotar figuras notables que daban al pensamiento cristiano, una nueva vitalidad. Entre éstas, en Francia, encontramos a la reina Radegunda, que luego fue diaconisa, mujer de letras y humilde monja. Parece cierto que nació en Erfurt (actual Alemania), en el año 518. Pertenecía a la Casa de Turingia, hija del rey Berthairo, muerto a manos de su propio hermano Hermenefrido. El mismo Hermenefrido, en el año 530, para verse libre de su otro hermano, llamó a los reyes francos en su ayuda. Clotario I, rey de Francia, vino y conquistó el reino de Turingia. Radegunda, con sólo 12 años, junto a sus hermanos, fue llevada cautiva. Esto iba a cambiar por completo la vida de Radegunda. Sin embargo, su extraordinaria belleza y distinción atrajo la atención de Clotario, que la eligió para que fuera su esposa. La envió a estudiar en la villa real de Athies. Allí recibió una educación adecuada a su alto rango y una formación literaria importante, tal vez única para una mujer de su tiempo. En el año 536, Clotario, viudo después de la muerte de la reina Ingonda, decide contraer matrimonio con su cautiva. Ella se resiste; tenía que resultarle duro convivir con el dominador de su propia patria, mucho mayor que ella. La joven princesa escapó, pero fue encontrada y escoltada a Soissons, donde se celebró el matrimonio. Durante varios años ella tuvo que soportar con paciencia el carácter brutal de su marido, su humor inestable y sus traiciones. Sin embargo, en la corte llevó una vida de perfecta cristiana, sin descuidar sus funciones como soberana. Pero cuando también su hermano fue asesinado a traición por Clotario, ya responsable de la muerte de todos los miembros de su familia, Radegunda decidió que para ella ya no había lugar en el palacio. Clotario, que toda su vida demostró estar profundamente enamorado de Radegunda, sin embargo, la dejó marcharse, entendiendo que le resultaría duro a la reina vivir con quien había ordenado la muerte de su propio hermano. Encontramos entonces a Radegunda en la hermosa región del valle del Loira, que ya entonces iniciaba un papel extraordinario en la historia de Francia, que habría de continuar a lo largo de siglos. La reina va al encuentro de San Medardo, en Noyon, y le pide que la consagre como diaconisa. El anciano duda, los señores francos que están en la Iglesia se oponen, pero la reina consigue, con su determinación y firmeza de ánimo, impresionar al santo, quien le impone las manos. Radegunda marcha entonces a Tours, donde venera la tumba de San Martín, allí ya vivía la reina-madre Clotilde, entristecida por los actos infames de su hijo Clotario, y ahora consolada por la llegada de la amada nuera. Allí se dedicó, durante seis años, al cuidado de los pobres y de los leprosos del lugar. Todo parecía marchar bien hasta que llega la noticia de que Clotario quiere reclamarla otra vez. Radegunda huye a Poitiers y se refugia junto al sepulcro de san Hilario. El santo consigue un milagro moral: Clotario acepta construir para ella un monasterio en Poitiers, con el título de Santa María. Intenta, sin embargo, un nuevo asalto, pero san Germán, el obispo venerado por todos, se interpone. En seguida doscientas muchachas se reunieron alrededor de Radegunda, formando así la primera abadía femenina de Europa. Sin embargo, Radegunda no quiso el título de abadesa que cedió a Inés, su hija adoptiva (ella no había tenido hijos). Allí se dedicará únicamente a santificarse en los trabajos más humildes y costosos del monasterio, y a trabajar discretamente al servicio de su reino. Cuando Clotario murió en el año 562, sus cuatro hijos (de otra esposa), favorecieron el convento, con continuas y generosas donaciones, y llamaron al poeta Venancio Fortunato para que acompanara a Radegunda, como secretario, en las numerosas relaciones epistolares que ella tenía con el Papa, los obispos y los reyes de Occidente y Oriente. Venancio es un poeta originario de Italia. Viene rodeado de una aureola de gloria, después de una vida de trovador errante y devoto. Allí iba a acabarse para él ese continuo peregrinar. Radegunda e Inés lo reciben con cariño en Poitiers. Iniciado en la vida espiritual, recibe la ordenación sacerdotal y queda como consejero del monasterio. Él mismo será quien, en una maravillosa Vida de Santa Radegunda, nos contará con todo detalle cómo transcurría la existencia de la diaconisa, antigua reina. Hay, sin embargo, un episodio de la vida del monasterio que iba a tener repercusión en la liturgia universal. Santa Radegunda, hija de su propio tiempo, compartía con su época la pasión por las reliquias. Los príncipes de Turingia, sus primos, refugiados en Constantinopla, le consiguieron del emperador Justino II un fragmento considerable de la "verdadera cruz". Era el año, 569. Al acercarse la sagrada reliquia, Poitiers vibra de entusiasmo. Y al entrar la cruz en el monasterio se cantan por vez primera los dos célebres himnos compuestos por Venancio Fortunato: Pange lingua gloriosi y Vexilla Regis prodeunt. Según los expertos, es posible que atrás de estos signos estuviera no sólo la inspiración, sino la misma pluma de santa Radegunda, que por humildad siempre quizo permanecer en el anonimato, aun en los poemas autobiográficos de su trágica y atormentada infancia. En este sentido, Radegunda podría muy bien considerarse como una "Madre de la Iglesia" que con sus himnos (muy famosos) hizo un valioso aporte a la liturgia romana. Radegunda no vaciló en emprender un largo viaje a Arlés, para estudiar sobre el terreno la Regla que cincuenta años antes había escrito san Cesáreo. Así consolidó con una Regla, la organización de su convento de Poitiers, que después de la llegada de la reliquia, había tomado el nombre de Santa Cruz. La abadía de Santa Cruz reunía entonces dentro de sus muros doscientas monjas que llevaban una vida ejemplar y santa: salmodia, trabajo de la lana, copia de manuscritos, lectura, meditación, etc.. Según una de sus religiosas, Radegunda solía decirles, ya al final de su vida: "Yo las he escogido, hijas mías, y ustedes son mi luz, mi vida, mi reposo, toda mi felicidad. Ustedes son mi planta predilecta". Esto no se logró únicamente con la observancia de la Regla, sino principalmente con la ejemplaridad de su vida. Venancio Fortunato nos ha apuntado la sencillez con que la santa se dedicaba a las tareas más humildes del monasterio, las horas que pasaba en la cocina, o en el jardín, o atendiendo a los enfermos. Sin embargo, la reina viuda no se desentendió de la suerte de su pueblo. Con sus cartas y escritos, conservó siempre una influencia grande en las familias entonces reinantes. "La paz entre los reyes, ésa es mi victoria", declaraba ella con sencillez. Sin darse cuenta de toda la trascendencia que iba a tener su tarea, empujaba, con fuerza y con diplomacia, hacia la fusión de los diversos reinos francos. Murió el 13 de agosto del 587. Poseemos una descripción de su funeral, que constituye una de las páginas más emocionantes de la literatura de aquellos tiempos. La escribió San Gregorio de Tours, que presidió la celebración del entierro. Él nos cuenta cómo, al salir el féretro del monasterio, para ser llevado a la sepultura, las religiosas se apretujaban en las ventanas, rindiendo su último homenaje a su madre con sus gritos, sus lamentaciones y sus sollozos. Los mismos clérigos encargados del canto apenas conseguían sobreponerse a su propia pena, y les era difícil cantar oprimidos por las lágrimas. Fue un día inolvidable. San Gregorio al mirarla tendida en el ataúd, escribió: "conservó en su cara mayor hermosura que la de lirios y rosas". |
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