Las raíces de la violencia

Mucha gente se preocupa por el clima de violencia creciente.

Hay violencia en las calles, copamientos, robos y el peligro siempre amenazante de caer en manos de los delincuentes, cada vez más jóvenes, inimputables y violentos. Ha aumentado la sensación de inseguridad de la población. Algunos responsabilizan al gobierno;

otros hablan de una "sensación subjetiva de inseguridad".

No faltan los que creen que el problema se resuelve con mayor represión 
y bajando la edad de imputabilidad.

Sabemos que el problema de la violencia no se cirscuncribe únicamente al ámbito de la delincuencia.

En un partido de fútbol, y por decisiones no muy "prudentes" de algún árbitro, se puede desencadenar muy rápidamente la violencia.

Hay violencia hasta en el trato cotidiano, en la cola del supermercado, en los liceos, entre compañeros o en la puerta de los colegios.

No son sólo unos pocos inadaptados los que provocan estos hechos.

Toda la sociedad está enferma de violencia.

Resulta muy significativo que en un país con gran intolerancia a lo religioso organizado (no laico sino "laicista"), haya sido precisamente un sacerdote salesiano, el p. Mateo Méndez, 
conocido por su trabajo
con niños y jóvenes marginados, el elegido para hacerse cargo

de la Colonia Berro, proponiendo el diálogo personal como método

para desactivar la violencia de los adolescentes internados.

La Vicaría de la Solidaridad de Montevideo, ha lanzado este año

una campaña con el lema: "Tienes derecho a no ser agresivo",

que apunta a todos, a toda la población que está enfrentando este problema, 
tanto en sus causas como en sus consecuencias.

Las raíces de la violencia tienen que ver con la exclusión,

con el miedo al que es distinto, al que vemos como una amenaza, 
simplemente porque es de otro barrio, es pobre,

o está vestido de forma diferente.

No son motivos muy racionales, lo que pasa es que

cuando se tiene miedo no es posible razonar con calma.

A veces se enfrenta la violencia, pero se hace con agresión

y más violencia, lo que complica más la situación.

Es oportuno recordar lo que Jesús nos dice:

"Amen a sus enemigos, y oren por los que los persiguen y calumnian. 
Si ustedes sólo aman a los que los aman,

¿qué hay de nuevo en lo que hacen?" (Mt 5,44-46).

A causa de los prejuicios, nos hacemos enemigos de nuestros hermanos, 
les tememos y los vemos con desconfianza.

No son la violencia y la represión, sino la solidaridad,

la educación, el diálogo y el trabajo, los que nos ayudan

a superar el odio, dejando de lado los prejuicios.

Si aprendemos a escuchar y dedicar tiempo al otro,

como tarea prioritaria entre todos nuestros quehaceres cotidianos,

hallaremos la paz que buscamos, no sólo con los otros,

sino con nosotros mismos.

Eduardo Ojeda

 

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