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Tema Central Arte Sacro: Ordenar el espacio interior Imágenes para el alma
Grandes santos y santas no han cesado de decir que nada puede ser más grande en este mundo que alcanzar el conocimiento de sí mismo. Una de ellas, Santa Teresa, ya al comienzo de su obra Castillo interior se sorprende de que sepamos mucho de nuestro cuerpo pero poco de nuestra alma y de quien vive en ella: "¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es, y no se conociese...? ...Porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Mas, qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos...". Demás está subrayar la actualidad de este texto, en nuestra cultura consumista y hedonista, tecnócrata y efectista en la cual vivimos.Si es cierto que muchos han aportado al estudio del alma ( psiqué), entre ellos Freud o Jung -por nombrar a algunos emblemáticos-, Santa Teresa da un elemento que me parece fantástico y que le quita a cualquier concepto de ‘alma’ que podamos tener un sentido utilitarista o de objeto curioso de investigación.Me refiero a la consideración de preguntarse: "¿quién hay dentro?". Ese ‘hay’ habla de un lugar, capaz de acoger una presencia, que si está dentro, no se identifica con el lugar.Lo que sí, ese lugar es de acuerdo al que reside en él: "considerar nuestra alma como un castillo todo de diamante o muy claro cristal, donde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas". A su vez esa alma es como un paraíso (siempre concebido y representado de una forma circular en el imaginario de la tradición y del arte) donde Dios tiene sus deleites. Y por esto concluye: "¿qué tal os parece que será el aposento donde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?Pero lo que me interesa subrayar por sobre todo es que Santa Teresa utiliza para hablar de la realidad interior humana imágenes muy poderosas, que permiten el conocimiento propio. Hablar de un castillo, de un paraíso/jardín, de un Rey, reclama una contemplación de dichas realidades. También el dato bíblico es importante: porque habla de las moradas del alma, y dice que en el cielo hay muchas moradas, refiriéndose al texto de Jn 14,2. Lo más interesante de todo es que todos los símbolos/imágenes que utiliza están referidos al espacio.
Deseo compartir ahora una obra que pinté el año pasado, para la capilla Montserrat del barrio Tres Ombúes de mi parroquia (Fig. 1). Es una imagen que representa la casa de Betania, donde apreciamos a Jesús Resucitado con sus amigos Marta, Lázaro y María. Es una imagen sintética, es decir, toma varios elementos de distintos relatos bíblicos y se muestra en una sola representación. Todos los personajes están transfigurados, ya participan del Reino. Cada uno es fuente de luz, en ningún lugar se derrama sombra, llevado todo a un primer plano y en una perspectiva de tipo inversa. Esto quiere decir, que la parte más lejana de la mesa por ejemplo, donde está apoyada Marta, se realiza más grande que la más cercana al observador, para evitar la profundidad o el espacio. Este recurso hace de la imagen una realidad eterna. Se superponen los tiempos, al estilo de las lecturas post pascuales de los evangelios. La imagen sintetiza los relatos de Lc 10,38-42, donde Marta reprocha al Señor, huesped en su casa, que su hermana no la ayude en las tareas. Podemos apreciarla en la imagen en la parte central superior, con el claro ejemplo de reproche manifestado con el gesto de su mano. Se representa también el relato de Jn 11,1-43, conocido como la resurrección de Lázaro. En la imagen lo vemos sentado frente a Jesús y entre sus dos hermanas. Está en una actitud de meditación y reflexión, señalando con el dedo el esqueleto de un pez, símbolo de la muerte que él padeció. En frente a él está Jesús bendiciendo con su mano a la misma altura de la mano de Lázaro, para indicar y recordar qué él lo volvió a la vida, como si le dijera siempre y nos dijera siempre: ¡ven afuera!. Otro texto que se refleja en la imagen es el de la multiplicación de los panes, junto al relato del AT relacionado con el banquete de la Sabiduría, Mc 6,30-44, donde habla de los cinco panes y los dos peces que se pueden apreciar sobre la mesa. Y Prov 9,5: "Vengan y coman de mi pan, beban del vino que yo mezclé". Por último, se representa el relato de la Unción en Betania, del evangelio de Juan (Jn 12,1-11). En este relato aparece María con el frasco de perfume de nardo con el que unge a Jesús, y al hacerlo la casa se llenó del perfume. En la imagen vemos al perfume expandirse en la parte inferior de la mesa, cubriendo todo el rectángulo, símbolo del mundo, ese rectángulo es la base de la mesa que a su vez es altar, por lo que es una alusión directa a la Eucaristía. El perfume es una referencia al sentido del olfato, que adquiere dimensiones espaciales: toda la casa. El frasco de perfume aparece roto, detalle éste que corresponde a la narración de la Unción en Betania de Marcos (14,3-9). Este evangelista dice que la mujer "quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza" (la de Jesús). A su vez, se puede apreciar que toda la escena doméstica está inscrita en un círculo dorado, que representa la luz eterna. Debajo del círculo a cada extremo se aprecian dos corrientes de agua, que representan los ríos del Paraíso y la Fuente de Vida de la Ciudad Santa, Jerusalén (Ap 22,1), que conforman una cuaternidad cósmica con las dos estrellas más grandes que se ubican en la parte superior. A cada lado de estos ríos se ven follajes de diversos colores, ya que como dice el mismo texto apocalíptico: "En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay árboles de Vida, que dan fruto doce veces...y que sirven de medicina para los gentiles". Lo que quiero expresar fundamentalmente es que estamos ante una imagen de la Jerusalén Celeste, representada por el cuadrado/cubo del altar e inscrita en el cielo de Dios, representado por el gran círculo. Como se aprecia en la imagen que está en la Fig. 2, se ven las coordenadas que me permitieron organizar el espacio de la imagen, y ayudan al contemplante a organizar su espacio interior con imágenes que resultan vitales. La línea central indica el eje que une el cielo con la tierra, donde está enmarcada Marta, en la parte superior, y en la parte inferior, el frasco de perfume partido. Un eje que pasa por nuestras rupturas interiores y los reclamos elevados al cielo. Las coordenadas laterales pasan por: una estrella de mayor tamaño, un extremo de la mesa del lado de Jesús, los panes y la botella, María y uno de los ríos. La otra coordenada parte también de una estrella y culmina también en el otro río, pasando por Lázaro, el esqueleto de pez/muerte, la mano de Jesús que sostiene el rollo de la Palabra : "Yo soy la Resurrección y la Vida" (Jn 11), y el otro extremo del altar. Estamos ante una cruz cósmica, expresada también bellamente por San Pablo: "arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento" (Ef 3,17-18). Es entonces una imagen para organizar nuestro espacio interior. Queda claro que el centro, fruto del cruce de las coordenadas, no está explicitado por nada en especial más que por el mismo mantel, de hecho está insinuado. Por lo que expresa que cada altar en cada Eucaristía se transforma en un centro que nos re-centra interiormente. Nos ofrece la mesa/altar, un espacio/imagen a interiorizar y que puede organizar y fundar nuestro castillo interior, la misma Jerusalén Celeste, morada de Dios con los hombres. "Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios" (Ap 21,3). Nótese también que ese círculo de luz está enmarcado en la noche. Alrededor de la Casa de Luz, se aprecia una ciudad sumida en la sombra. Recuerda la noche de Pascua (Éx 12,21), y la luz que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no pueden devorar (Jn 1,5). En la noche de nuestras vidas, las aguas de la vida siguen fluyendo, como dice el poeta y místico San Juan de la Cruz: "Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche". Un último detalle es la integración de los contrarios, tan importantes para nuestra salud síquica: dentro del círculo hay símbolos de muerte y vida, luz en la tiniebla, varón y mujer, arriba y abajo, etc.. Pero fundamentalmente, y para terminar, la imagen habla por sí misma. Es para contemplar, en silencio, sin afán de elaborar pensamientos. Abandonarnos a la imagen que tiene por sí misma el poder de recrear nuestro espacio interior, y así poder recrear los espacios exteriores de nuestras vidas. Es una imagen para orientarnos en nuestras noches, para despertarnos a la intimidad sosegada de la amistad, para alimentar nuestra alma en el camino de nuestra vida.
Reflexión: todo símbolo se inserta en un espacioToda la simbólica fundamental como lenguaje del espíritu es de carácter espacial. No hay que maravillarse pues si los símbolos y los arquetipos que nosotros buscamos expresar a partir del movimiento espiritual se refieren directamente a determinaciones espaciales. Hablamos de entrar en nosotros mismos; por ejemplo, ese entrar supone de alguna manera una puerta que marca un umbral entre el adentro y el afuera, como si habláramos de una casa.Podemos hablar de cuatro símbolos fundamentales del movimiento espiritual: de elevación (altura, abajamiento, caída), del centro (profundización, concentración, recogimiento), camino o viaje (dimensión temporal/mortal que caracteriza la vida humana), y por último, el retorno cíclico (la fecundidad, las estaciones, ciclos anuales, calendarios, sexualidad, fiestas litúrgicas o el Año Litúrgico).Nuestro campo de acción comporta dos polos, que son el mundo exterior y el mundo interior. De un lado nos encontramos el mundo de la realidad concreta, del otro lado un mundo que emerge en nuestra propia interioridad. Estas dos dimensiones -la realidad física y el mundo de los anhelos y del imaginario, de los pensamientos y de las ideas- están cada una junto a la otra, en total interdependencia y tensión fructífera. El símbolo, es el mediador entre una y otra dimensión. Sus signos, cargados de sentido, proceden del mundo físico, pero llevan al mismo tiempo hacia una realidad que le sobrepasa y a la cual conducen. A su vez, el fundamento de toda simbólica reclama la correspondencia entre diversos niveles de vida: decimos por ejemplo gustar la dulzura de la presencia de una persona. El mismo Jesús habla de esta forma: "mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre’, para lo cual en la base está la experiencia primaria humana del hambre, del alimento o del saciarse. Estas mismas palabras se utilizan para el pan de trigo como para hablar del Pan del cielo, de otro pan. También: "no sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios". Fundamento de toda simbólica es reclamar la correspondencia entre diversos niveles de vida: aquel radicado en la corporeidad y aquel que se refiere a la experiencia interpersonal o a valores superiores.Pero ni siquiera en el tipo de simbolismo fundado sobre el gusto, sobre el tacto o sobre el olfato se suprime toda relación al espacio; los sentidos tienen la función de significar una presencia, en medio de los objetos del mundo. Dicho de otra manera: todo símbolo se inserta en un espacio. Los símbolos auditivos pues se refieren directamente a la relación interpersonal y a la presencia en el mundo: la voz llama y puedo responder: ‘aquí estoy’, mientras que el rumor amenaza: me oculto detrás de los árboles (Gén 3,8). Una cosa se transforma en un símbolo por su valor intrínseco, dicho de otra manera, cuando éste no representa otra cosa distinta de él, sino cuando esta ‘otra cosa’ es ya perceptible en el símbolo mismo, que desde el principio está ya presente.Así el "pan" no es un símbolo designando el apaciguamiento del hambre, tiene ya verdaderamente el poder de saciar. Pero en este proceso de saciar, las otras hambres además de la física hacen su aparición, las cuales hacen necesarias la obtención de otros panes para saciarlas. El pan de la imagen.
Custodio del fuego de Emaús La contemplación de la creación es vital para comprendernos a nosotros mismos. Comprender la creación es abrirse al Creador. San Pablo dice que de no hacerlo somos inexcusables (Rom 1,20). Hoy podemos escuchar muchas cosas, sentir, ver, ser bombardeados por todo tipo de sensaciones, y señales ópticas, pero es totalmente vano, sin efecto, si no despertamos en nosotros mismos un mundo interior correspondiente. A las moradas del Cielo, corresponden las moradas del alma en el Castillo interior de Santa Teresa. El ser humano debe familiarizarse con sus propias profundidades por medio de abundancia de imágenes. La gran aventura de conocerse a sí mismo, como un viaje de reconocimiento de los lugares interiores, es una condición preliminar para poder aprehender con un ojo nuevo el mundo exterior. Las imágenes pueden ser vistas o escuchadas, incluso intuidas como una percepción global, pero siempre es lenguaje que intenta traducir, dar consistencia, revelar, dar a luz o crear. Cómo habrán sido las palabras y los gestos del peregrino de Emaús que los discípulos tuvieron que apelar a una ‘imagen’: ¡el ardor! Sin duda que palabras/imágenes/gestos ardientes de un fuego que ya comenzó a arder en sus interioridades, en sus corazones (Lc 24,32). Hagamos una brevísima meditación del texto: ‘Se dijeron uno a otro’: decir-se uno a otro es lograr ser verdaderamente.Antes venían conversando y discutiendo, ahora son ellos mismos, pueden decir palabras reveladoras, simbólicas, sagradas como la propia alma. "¿No estaba ardiendo nuestro corazón?": es notable el ‘nuestro’, se ha creado la comunión, comienza el corazón en común, ‘un mismo sentir’ (He 2,46). El ‘ardor’ era dentro de nosotros, se ha interiorizado el fuego (uno de los cuatro elementos primordiales, además del agua, aire y tierra). Seguramente es fuego de la intimidad de los fogones, de los hogares, que necesitan del soplo -en este caso de la Palabra, del aliento de Cristo- para reavivarse. San Francisco cantó al fuego: "Loado seas, mi Señor, por el hermano Fuego, con el cual alumbras la noche, y es bello y jocundo, y robusto y fuerte". Esta experiencia poética y afectiva del fuego, dice E. Leclerc, es una experiencia religiosa: una apertura a lo Sagrado.Este autor dirá también: "¿no será (esta imagen poética) el lenguaje simbólico de una experiencia de fuerza y de luz que se desarrolla en la noche del alma? El día de la incertidumbre y desolación de los discípulos de Emaús entra en la noche; qué mejor que la imagen del fuego iluminando tantas noches de intimidad familiar y amical. Los discípulos se convirtieron en un hogar, o fogón nocturno.El alma de San Juan de la Cruz sale de la noche oscura, "con ansias en amores inflamada,... estando ya mi casa sosegada" (Canción 1ª). "...Cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras": es clara la simbólica espacial del camino, un camino de interioridad a partir de palabras, imágenes y gestos. Jesús habla y explica, traduce las Escrituras desde su interioridad gloriosa e inédita hasta ahora.Por eso sin duda que el fuego que enciende es un fuego nuevo (como el de la Pascua de cada Solemne Vigilia del Sábado Santo). Jesús une lo antiguo con lo nuevo, lo de arriba con lo de abajo, Jerusalén con Emaús, y a los dos discípulos entre sí. Jesús es símbolo por excelencia, como dice Michel de Certeau: "lo impensable entre dos términos".
Ordenar el espacio interior Se ha visto entonces cómo el camino de exploración de las propias profundidades del alma es por medio de imágenes o símbolos. Santa Teresa utiliza imágenes muy fuertes como la del castillo, la morada y otras... Pero debemos dar un paso más. Vimos también cómo la búsqueda espiritual del ser humano utiliza imágenes espaciales para poder expresarla y realizarla: elevación, caída, camino, y también, de connotación de tiempo, como la del ciclo, etc.. Es espacio para que sea capaz de acoger y producir la vida, debe ser un espacio ordenado, por lo que las imágenes a interiorizar deben ayudar a esto. Si el ser humano pierde coordenadas conocidas en la vida se desorienta. El sentido de lugar, de pertenencia, de saber dónde estoy, hacia dónde me debo dirigir, son preguntas existenciales básicas. La palabra misma orientar, se refiere al Oriente, al lugar del sol, como también al lugar donde estaba el Jardín de Dios, el Edén. Es muy interesante ver cómo la misma Santa Teresa habla del sol dentro del castillo interior, y los permanentes juegos de luz y oscuridad que utiliza en su lenguaje. Pensemos que "la receptividad a las impresiones luminosas y el sentido de ubicación son las dos formas de manifestación más originarias y profundas de la inteligencia humana" (Ernst Cassirer); por estos dos caminos tiene lugar el desarrollo espiritual más esencial del individuo. Gracias a esto, se ha podido responder a las grandes preguntas que la existencia humana se plantea: ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué debo hacer? Para esto el espacio debe salir de su homogeneidad, debe marcarse de alguna manera, ya sea el exterior como el interior, y por eso, el espacio terrestre y el espacio celeste. Para eso es necesario trazar líneas, cortar: en la terminología griega témenos significa espacio delimitado -separado-, de donde viene la palabra templo, que es algo recortado, demarcado o separado para la divinidad. Con-templar tendrá relación también con esta dimensión de espacio reservado, consagrado.Es así entonces, que el ser humano (como cualquier ser vivo), necesita desde siempre señales para poder moverse en el espacio, debe orientarse y saber orientar su vida. El mundo se ordena, apenas una ínfima señal de la cruz es marcada en la superficie. Se marcan así las líneas que regularán el espacio. En el punto de la cruz no sólo se hallan indicadas las cuatro direcciones horizontales que estructuran el espacio, sino también el eje vertical que visto en planta o desde arriba, se reduce a un punto en el plano perpendicular al eje. De esta manera tres niveles hasta ahora indiferenciados se clarifican: el mundo inferior, el plano terrestre y el espacio celeste, todo unido por el eje central. A su vez la tierra de los que deben habitarla se organiza en cuatro grandes regiones limítrofes. Las dos líneas que se cortan, demarcando un centro, un punto, ayudan a la persona a descubrir cuál es su lugar, el lugar que ocupa en el mundo.Su mismo cuerpo está estructurado así: tenemos un rostro que mira hacia delante, espalda marcando un detrás, las manos extendidas hacia los lados, y los pies y la cabeza forman un eje que une el cielo y la tierra. Contemplar es ordenar el espacio, para poder orientarnos, vivir, recogernos en un centro (el interior, o la misma casa, ese lugar en el mundo, el templo...). Necesitamos interiorizar imágenes que nos ayuden a delimitar el espacio interior, que nos marquen un centro, hacia donde recogernos y desde donde salir para contemplar el mundo y transformarlo.
El rol de las imágenes y del centro El arte juega un rol muy importante, por medio de las formas y de los colores. La humanidad tiene en su posesión un inmenso tesoro, un tesoro de signos profundamente significantes (O. Betz). Las obras de arte nos ponen en presencia de imágenes que tienen la virtud de ordenar nuestra psiqué: el jardín, el círculo, la casa bien estructurada, la puerta que se abre, un abismo, el laberinto, el mandala construido alrededor de su centro, pero ante todo la cruz que es el punto de convergencia de todas las dimensiones de la vida. Estas imágenes primordiales nos son indispensables, tanto como el pan cotidiano. Éstas nos permiten orientar en los momentos de confusión y de caos; ellas nos abren perspectivas, aunque a la vez tengamos la impresión de estar en un callejón sin salida. Estas imágenes nos facilitan el ingreso al centro. Aunque es cierto que a su vez no es fácil hacerlo.Mircea Elíade dice que todo lo sagrado es ambivalente: por un lado es difícil acceder a él y por otra parte aparece en muchas formas simbólicas el fácil acceso al ‘centro’. Por esto se realizan "réplicas fáciles" de dicho centro o del mismo espacio sagrado. Incluso más, la fabricación en serie y en niveles cada vez más bajos y más accesibles, es testimonio de una reproducción mecánica de un mismo y único arquetipo, en variantes cada vez más simples. Por ejemplo, en la misma pantalla de un computador, cuando abrimos una hoja en blanco, para poder escribir o dibujar, el cursor marca un punto (a veces en forma de cruz), para marcar un lugar desde donde empezar.Hay un orden, hay que mirar al centro. Santa Teresa, con la intuición fantástica de la imagen espacial del castillo, nos dice: "Consideremos que este castillo tiene muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma" (CI, 1,3). Subrayé las palabras que remiten al trazado de líneas, a una demarcación del espacio interior, por cuyo cruce se obtiene el centro. Que además de ser centro es mitad indicando de esta manera una línea vertical o eje. Teresa ordena el espacio interior, para ayudar a comprender que Dios es capaz de morar en un espacio así. Luego aumentará el número de imágenes, sumamente sugestivas, diciendo que se considere (que se tome muy en serio), "lo que será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios...". Todas imágenes de la Jerusalén Celeste (Ap 21-22), que es cuadrada, y que el Apóstol Juan nos la hace ver en el cielo, es decir inscrita en el Círculo divino.
Santa Teresa nos da la posibilidad de pasar del cuadrado al círculo, como las antiguas cosmogonías (relatos de creación del cosmos): del castillo (cuadrado/cubo) pasa a la perla oriental (circular/esfera), y el árbol de vida es el eje que expresa la unidad de cielo y tierra. Estas cosas secretas acontecen en el centro del alma, donde está Dios.Para aclarar un poco lo de las cosmogonías, según la tradición, el círculo de la primera manifestación del obrar divino, es el Paraíso, siempre representado de forma circular en la iconografía (ver Figuras 4 y 5). Éste es creado a partir de un centro, el árbol de la vida, de donde salen a su vez los cuatro ríos, en dirección a los cuatro puntos cardinales. Es el primer cuaternario de la expansión creadora, la primera cruz. La cruz es el símbolo que hace pasar del círculo al cuadrado, así pasa al final y de manera permanente desde la creación del mundo, con la Jerusalén Celeste. Estas imágenes son indispensables para el alma, perviven en nosotros desde siempre, y son las que el gran Arte Sacro tiene la misión de trasmitir.
El espacio interior...para la fiesta En el relato de la Creación, Dios creó todo para la fiesta. Y el símbolo es como el traje de fiesta (Mt 22,12) y es esencial para poder entrar en ella. "El símbolo es una representación que hace aparecer un sentido secreto, él es epifanía de un misterio" (G. Durand). El símbolo reclama un contenido que está en un más allá, en la categoría del horizonte que es siempre un más allá. "El verdadero símbolo no es un signo arbitrariamente elegido; él reenvía más allá de sí mismo, él se ofrece a la contemplación, él posee una potencia intrínseca y tiene una dimensión comunitaria. Él es esencial para la vida religiosa siendo el medio de expresión indispensable" (Paul Tillich).
Es muy significativo el término contemplación, lo que también nos acerca al concepto de epifanía del misterio: el misterio se manifiesta por sí mismo, no puede ser violentado, se ofrece a ser contemplado. El símbolo educa para la vida contemplativa, realidad ésta esencial para el mundo en que vivimos.El símbolo permite abordar lo impensable de otra manera: religando, volviendo a unir lo que estaba separado. Ese impensable es Dios, Dios es un impensable entre dos términos: entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche (Gén 1,4); entre lo firme y lo acuoso, entre el firmamento y los mares; entre lo seco y lo húmedo, entre el mar y la tierra; entre la semilla y el árbol; entre el sol y la luna. Y a estos dos astros el escritor sagrado los llama signos del kairós, de la fiesta y la solemnidad. El Génesis, con los siete días de la creación, introduce un círculo o ciclo anual y festivo, como tiempo de actualización de los acontecimientos salvíficos en el tiempo, como síntesis de tiempo histórico y cósmico. La fiesta, dice M. Elíade, es a la existencia lo que la manifestación de lo sagrado (= hierofanía) es a la naturaleza. Por la fiesta, la existencia y la temporalidad humana recobran su referencia más directa al misterio, revelando la presencia divina. La liturgia cristiana reactualiza según un ciclo anual los hechos que Jesús hizo para que nosotros reprodujéramos: "Yo les he dado ejemplo a fin de que ustedes hagan lo mismo" (Jn 13,15). Si el relato de la creación (libro del Génesis) está vinculado a la contemplación de un Dios que saca a un pueblo de la nada (libro del Éxodo), también la Pascua de Jesucristo, celebrada en el ciclo anual, actualiza la creación o Nueva Creación.La celebración verdadera alcanza su plenitud gracias a la combinación lograda de dos coordenadas fundamentales del ser humano: el tiempo y el espacio. Todo celebrar tiene su dónde y su cuándo, su lugar y su día. El dónde por excelencia de la celebración es la comunidad cristiana, la asamblea eclesial, y por ende el lugar de la reunión, el espacio del templo. El NT abandona de alguna manera los lugares fijos simbólicos de culto. Hay una libertad sistemática de las reuniones litúrgicas de los cristianos. Pero es indudable que el culto cristiano supone al menos un soporte-mesa para los dones y un lugar para reunirse, donde simbolizar/presenciar a Dios -el impensable entre dos términos: arriba y abajo (un eje que una cielo y tierra), este-oeste, norte-sur, adentro y afuera. Estoy hablando del propio ser humano en toda su estructura corporal como un microcosmos. El templo cristiano, con su estructura, su ábside semicircular, sus naves y estructuras cuadradas o rectangulares, su agua, su fuego, su centro teologal: el altar, ofrece al ser humano imágenes que reestructuran y orientan su vida. Es como un sacramento de la palabra del Señor dirigida a Abraham o a Jacob, que les promete que será suyo el lugar que pisan, recreando su interioridad. En el antiguo Sacramentario de Drogón (s IX) (Fig. 6), hay una ilustración sobre Pentecostés, en la que los Doce discípulos están dentro de una construcción esquemática con forma de iglesia con cúpula (que simboliza el cielo visible). Por encima de ella en un extremo está la mano de Dios, que junto con el Hijo resucitado, envía la paloma/Espíritu Santo. De la paloma salen rayos, que al atravesar la cúpula, la convierten en mediadora de dicho misterio. El edificio cristiano por su composición también es una imagen del alma, de nuestra interioridad. Se puede decir, que en la creación del sol y de la luna como signos del tiempo, se introduce un círculo que como todo círculo, necesita un centro, una cruz (puntos cardinales, o cualquier cuaternario que exprese la realidad del mundo), permitiendo así el arquetipo universal del pasaje ritual del centro al círculo, pasando por la cruz-cuadrado y viceversa. Es decir, del mundo divino (círculo) al mundo humano (cuadrado), del mundo humano al divino.Por último, continuando con el relato de la creación, el impensable entre dos términos, está también entre el hombre y la mujer, puestos como sujetos en un espacio heterogéneo (amueblado de miles de cosas, poblado de animales, de otros seres humanos), en el que toda dirección presenta un significado vital. El espacio simbólico se irradia a partir de un centro al cual todo se refiere como el fundamento y valor. En fin de cuentas se necesita confesar el ‘centralismo’ fundamental del ser humano: según la observación de un teólogo, " mi cuerpo es el lugar privilegiado en el cual experimento y concentro, como en un fuego viviente, el universo inmenso de la materia y de la vida".Todo parte de mi propio cuerpo. Gracias al cuerpo se actúa la solidaridad con el mundo, fundamento de la simbolización: "Este espacio existencial, escribe Gusdorf, encuentra su principio en mi cuerpo, mediador espacial de mi ser, principio y conquistador de mi universo. Mi cuerpo me incorpora en el mundo de los cuerpos y hace de mi presencia en el mundo, una solidaridad compleja". En virtud de esta solidaridad yo percibo la correspondencia entre los varios movimientos de mi vida y el dinamismo del mundo: de aquí nace el símbolo.
Viaje al interior: de la Luz a la Casa El gran acto de la Creación comienza con la creación de la Luz. Dios va entrando poco a poco en su obra creadora en un proceso de iluminación progresiva (creada e increada, visible e inteligible), hasta la creación de la carne: "Dios creó mediante una ‘aclaración progresiva’, al cabo de seis días, el ser cósmico del hombre" (Paul Evdokimov). Todo es conducido hacia un lugar habitable, con un centro, cuatro ríos como direcciones en un gran círculo protector donde Dios se comunicaba con su criatura a la brisa de la tarde (Gén 3,8).Jacob salió de Bersheva (Gén 22) y fue a Jarán. Bersheva significa siete pozos y Jarán o Harán, palabra que pertenece a la raíz hebrea que evoca lo sagrado, lo prohibido o consagrado, pero también fuerte o iluminado. Incluso el relato termina diciendo que Jacob le cambia el nombre al lugar por Betel, y el nombre de la ciudad -dice el texto- era Luz; Jacob emprende un viaje hacia lo sagrado, aunque él no lo sabe aún: "¡...está Dios en este lugar y yo no lo sabía!" (Gén 22,16). Es un hermoso paradigma para nosotros. Jacob llega a un cierto lugar, se dispone a pasar allí la noche, ya que el sol se estaba poniendo. Toma una piedra del lugar y se acuesta, usándola para apoyar la cabeza. Ya esta primera parte del texto nos ubica en el camino de la simbolización de lo sagrado. Hay que resaltar algunos elementos para este camino: la salida de una ciudad, el viaje, un cierto lugar, la caída del sol, la noche, una piedra donde apoyar la cabeza, y la postura corporal horizontal, como un volver a la tierra (dormir es como morir).Jacob declina poco a poco con el ritmo natural de la creación. Esa declinación no es total, lo detiene una piedra. Una piedra que no se distingue de ninguna otra, salvo por la elección que él ha hecho.En ese lugar sueña con una
escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los cielos y por la que
subían y La escalera es un gran eje que une el cielo con la tierra. La escalera es un símbolo que vincula con la elevación, pero a su vez con la elevación de una forma gradual, es decir escalón por escalón. Las expresiones de "orientación" espacial, las palabras para designar el "adelante" y "atrás", el "arriba" y "abajo", suelen desprenderse de la intuición del propio cuerpo: y desde estas realidades sensibles, perceptibles, se organiza su espacio interior, como vimos en el Castillo interior de Santa Teresa. Según E. Cassirer, estas orientaciones, en la mentalidad mítica (es decir, en la mentalidad de los que buscan significados, o me atrevo a decir en lenguaje teresiano, que son capaces y se atreven a considerar), tienen una fuerte carga emotiva. Por ejemplo, el oriente es el lugar de la luz y de la vida, el occidente es el ocaso, la muerte.Por el paso de la cruz al círculo se integran los opuestos en la realidad personal. Jung dice lo siguiente: "psicológicamente, ese curso circular sería un ‘dar vueltas en círculo en torno a sí mismo’, con lo cual evidentemente quedan implicados todos los aspectos de la personalidad". Los polos de lo luminoso y de lo oscuro son puestos en movimiento circular, o sea, surge una alternancia de día y noche. "Alterna la lucidez del Paraíso/ con la noche profunda, plena de terrores" (Goethe).Las zonas y direcciones en el espacio se diferencian entre sí, en virtud de que a cada una se le imprime un acento significativo diferente ; el sentimiento mitológico espacial tiene su punto de partida en la antítesis de día y noche, luz y oscuridad. Es la oposición entre luz y tinieblas o la distinción de los opuestos que ha informado el mundo espiritual de todos los pueblos. El ordenamiento original del cosmos y de los espacios sagrados eran ‘orientados’ según dichas oposiciones.El lugar de la manifestación divina se convierte en un altar, en un centro desde donde organizar la vida. Ese construir está indicado con el término oikodemesan. Este término, relacionado con edificar, está constituido por dos palabras importantes: oikos =casa y demos, o domos = pueblo. El primer significado de demos era el de "tierra habitada por un pueblo", y ‘domos’ era el nombre con el que se designaba toda construcción humana, ciertamente un hogar, o el "primer hogar", el hogar de los antepasados, la patria o la tierra inmemorial. Demos y domos designan pues realidades espaciales humanas muy cercanas. Es notable ver que Jacob una vez que despertó de su sueño/teofanía, toma conciencia de la presencia de Dios, levanta una estela con la misma piedra en la que estaba apoyado y llama a ese lugar terrible, "Casa de Dios", Bet-el. Un lugar incierto se convierte en un lugar habitado por Dios y por él. Lugar desde donde puede emprender su viaje (el viaje de la vida) y volver seguro.Comienza su hogar y la piedra ahora adquiere una nueva cualidad. Es casi una piedra fundacional de su hogar que deberá construir poco a poco, como una escalera; deberá ir al encuentro de su esposa Raquel y el encuentro será en un pozo (ya no siete, símbolo de perfección), de donde salió. Y deberá sacar la piedra que está en la boca del pozo. Luego de encontrar a Raquel con el rebaño, él mismo retiró la piedra del pozo, ya que era muy grande y se retiraba una vez que todas las ovejas estaban reunidas para destapar el pozo una sola vez. Jacob es fuerte, ha interiorizado la piedra, se ha relacionado con ella, símbolo de la teofanía divina, y ha descubierto un misterio relacionado con él y su descendencia. Incluso se dirá de él: "En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte (como una roca) contra Dios y contra los hombres". Ya no es cualquier piedra la que puso en Betel, aunque a ojos vistas no se diferencia de ninguna otra, es Casa de Dios, Puerta del Cielo, eje de ascenso y de descenso, a las alturas divinas y a las profundidades del pozo.Ha sido un viaje de muchos componentes, pero fundamentalmente ha sido un viaje de crecimiento interior, de reencuentro con el Dios de las promesas, de interiorización y de expresión externa de dicha experiencia, que lo hace lúcido de su propia fuerza para alcanzar la meta. Toda profundidad, abismo, pozo, mundo inferior, caverna, casa, ciudad, son expresiones de un único arquetipo: el femenino vinculado al vientre, a la cavidad circular que contiene y da a luz la vida. Destapar el pozo es destapar la propia ánima/alma cuya imagen correspondiente es Raquel. El encuentro con el Otro lo ha iniciado para el encuentro con el otro y la otra. Podría decirse que Jacob se encontraba en una etapa de mayor conciencia de sí, simbolizado por los siete pozos, digamos aguas abundantes, como un círculo perfecto, similar al Paraíso, refugio y protección inconsciente, espacio de protección más materno.
"...en un cierto
lugar" Es verdad, en un cierto lugar nos encontramos todos, como Jacob, en la noche, sin coordenadas. Y de esta forma vino Dios al mundo, en un lugar concreto. También tuvo que salir de ese lugar, hacer su viaje para hacer de nuestra tierra un lugar para la vida. Sobre una roca edificará la Iglesia (Mt 16,18). Sobre ella se ha dado la revelación del Padre que está en los cielos. Él edificará sobre esa roca, Mateo utiliza el mismo término que en el relato de Jacob: oikodomeso.En seguida se refiere al abismo ( Hades) el cual no prevalece sobre él, es decir, se retirará la roca sin dificultad, ahora será fuerte, el rebaño se apacentará para la vida. Se establece un eje abismo-cielo, cuyo punto o centro es la roca sobre la que se edifica. Las llaves permiten entrar y salir por la Puerta del Cielo, en la Casa de Dios. "Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del Hombre" (cfr.: Gén 28,20). Las mujeres van muy de madrugada al sepulcro (Mc 16,1), y se preguntan unas a otras: "¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? Porque "era muy grande". Cuando llegan levantan los ojos y ven que la piedra ya estaba retirada (Fig. 8). Hay un joven vestido de túnica blanca sentado a la derecha. Es decir, hay una indicación espacial dentro del sepulcro y a su vez las invita a mirar el lugar (topos) donde le habían puesto. Jesús es el hombre fuerte, la roca es enorme como dice el texto, pero él la remueve como lo hizo Jacob, ahora se puede abrevar el rebaño (Gén 29,7). Vayan y anuncien, me verán en Galilea; y ellas corrieron. También Raquel corrió a anunciar a su padre Labán -que significa blanco, brillante- el triunfo de Jacob sobre la roca.Pbro. Dr. Ricardo Ramos
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