OPINIÓN:

EL SÍNODO DE LA PALABRA

 

 

El momento más

auténtico y ecuménico

 

 

Ha sido uno de los momentos auténticamente "fuertes" de este Sínodo de los Obispos y una nueva etapa significativa en la historia del ecumenismo contemporáneo. Para resaltarlo incluso visualmente se escogió un escenario de excepción: la Capilla Sixtina, donde el sábado 18 de octubre se celebraron unas solemnes Vísperas presididas conjuntamente por Benedicto XVI y Bartolomé I. Sesenta cardenales y patriarcas, 170 arzobispos y obispos, 200 presbíteros, religiosos y laicos acompañaban al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica y al Patriarca Ecuménico de Constantinopla, "el primero entre sus pares" de la jerarquía de la Iglesia ortodoxa. El patriarca Bartolomé I había llegado a Roma el viernes 17 desde Constantinopla, y al día siguiente fue huésped del Papa.

Juntos hicieron su entrada en la Sixtina para la celebración de las Vísperas. Ambos ocuparon sendos sitiales a derecha e izquierda del altar principal, de espaldas al Juicio Final pintado por Miguel Ángel. Después de cantar el Ave María gregoriano, el Patriarca Ecuménico tomó la palabra ante los sinodales de esta XII Asamblea General: "Esta amable invitación de Vuestra Santidad a mi modesta persona es un gesto lleno de significado y de importancia, atrevámonos a decirlo, un acontecimiento histórico en sí mismo. Es, en efecto, la primera vez en la historia que se le ha ofrecido a un Patriarca Ecuménico la oportunidad de dirigirse a un Sínodo de los Obispos de la Iglesia Católica Romana y, por lo tanto, de participar en la vida de esta Iglesia hermana a un nivel tan alto". La rica alocución de Bartolomé I se centró en tres puntos: escuchar y proclamar la Palabra a través de la Escritura; ver la Palabra de Dios, la belleza de los iconos y de la naturaleza; y tocar y compartir la Palabra de Dios, la comunión de los sacramentos y los sacramentos de la vida. Citando abundamente a los Padres de la Iglesia, afirmó: "La injusticia social y la desigualdad, la pobreza global y la guerra, la contaminación y el deterioro ecológico derivan de la incapacidad y la falta de voluntad de compartir la Palabra". "Como discípulos de la Palabra de Dios -añadió- es hoy más necesario que nunca que ofrezcamos una perspectiva única (más allá de lo social, lo político y lo económico) acerca de la necesidad de erradicar la pobreza, ofrecer equilibrio en un mundo globalizado, de combatir el fundamentalismo y el racismo, de desarrollar la tolerancia religiosa en un mundo lleno de conflictos".

Cuando el Patriarca finalizó, Benedicto XVI improvisó unas palabras de agradecimiento: "El aplauso de los padres era mucho más que una expresión de cortesía, era verdaderamente expresión de una profunda alegría espiritual y de una viva experiencia de nuestra comunión. En este momento hemos vivido realmente el Sínodo; hemos estado juntos en camino en la tierra de la Palabra divina bajo la guía de Vuestra Santidad. Todo lo que ha dicho Usted estaba profundamente nutrido por el espíritu de los Padres, de la Sagrada Liturgia y precisamente por eso también fuertemente contextualizado en nuestro tiempo con un gran realismo cristiano que nos hace ver los desafíos. Era también una alegre experiencia, una experiencia de unidad tal vez no perfecta pero verdadera y profunda. He pensado: vuestros Padres, que usted ha citado ampliamente, son también nuestros Padres, y los nuestros son también los vuestros. Si tenemos Padres co­

munes, ¿cómo podremos nosotros no ser hermanos? Gracias, Santidad, sus palabras nos acompañarán en el trabajo de la próxima semana, y más allá, en un camino común al suyo".

Antonio Pelayo

Extractado de "Vida Nueva" n. 2633