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Dra. ALBA PÉREZ BILLOTTO
Médico
se nace, no se hace
Conocí a la Dra. Pérez hace más de 20 años como paciente reumatológica. Siempre la admiré mucho por su calidad humana y su capacidad profesional. Nadie quedaba indiferente hacia un trato tan personal, por el que cada uno de los que concurríamos a su consultorio, nos sentíamos sus únicos pacientes. En esta entrevista queremos compartir la personalidad de una mujer y profesional sumamente valiosa. Me gustaría, que en sus recuerdos, se remonte a los orígenes de su vocación. Yo siempre dije que el médico nace, no se hace. Tiene que nacer con la vocación de servicio y de amor a todos los seres que le rodean. Son dos las condiciones que se requieren: 1) amar a la gente que nos rodea y 2) tener el gusto de poder dar todo lo que uno tiene y más allá de lo que tiene y puede. Esto es un privilegio y sé que fui favorecida por un ser superior, que para mí es Dios, porque soy muy creyente. En cuanto a los orígenes de mi vocación, destaco que en mi familia no hubo ningún médico. Lo más cercano a la vocación médica fue mi abuelo italiano: Billotto, calabrés de Potenza, quien no sabía ni leer, ni escribir. Era un emigrante y en esas condiciones vino a Uruguay, donde conoció a mi abuela, una criolla oriunda de Paysandú, con la que se casó, y fueron a vivir allí en el pueblito de Merinos donde nació mi madre y donde tuvieron 13 hijos. Este abuelo italiano tenía un libro de la curación de las enfermedades por yuyos y conocimientos homeopáticos. Mi madre y la hermana mayor de mi madre, nacida en 1900, se levantaban a la hora que llegaban los gauchos a caballo con algún malestar. Le decían a mi abuelo el mal que sentían y éste hacía el diagnóstico, por los síntomas. Como no sabía leer mi madre o su hermana buscaban en el libro el yuyo indicado para la presunta enfermedad. Creía mucho en el poder de sanación del agua. Aún conservo el libro. También creía en la Homeopatía. Con la ayuda de sus dos hijas mayores, una de ellas mi madre, venía a Montevideo y se llevaba la medicación homeopática para Paysandú... Esto fue lo más cercano a la medicina. Conozco esta historia a través de mi madre y de mi tía; él murió cuando yo tenía tan solo dos años. Hay otra anécdota que revela el llamado de la vocación: mi padre era marino, práctico de puerto, y yo única hija. Cuando estaba en Preparatorios me preguntó: ¿qué vas a estudiar? Le dije: yo quiero ser médica. Me contestó: qué esperanza, y de ninguna manera, una mujer médica no, se tienen que levantar a cualquier hora... Que estudie sí, pero medicina, no. Entonces me dijo: te voy a depositar $ 7.000 en el Banco, te vas a comprar una farmacia. Así que estudia para químico farmaceútica ya que te gusta lo relacionado con la medicina. Terminé Preparatorios con 17 años y me fui directo a la Facultad de Medicina a inscribirme. Después de completar el trámite de inscripción, el bedel me dice: está todo en orden pero como eres menor, tienes que traer firmada la autorización de tu padre, madre o tutor, lo que tengas. Tomé el papel vine para casa y le dije a mi padre: tú tienes que firmar este papel pero es de la Facultad de Medicina, porque yo quiero ser médica. Mi padre bajó los ojos, me miró y con un mudo silencio me dijo todo: ¿dónde hay que firmar?. Después estuve absolutamente apoyada, cada examen que daba él pasaba la guardia de su trabajo para otro día u hora para estar atento a cómo me iba en el examen. El apoyo de mi madre fue siempre incondicional. Reconozco que esos apoyos emocionales fueron fundamentales para mi graduación,o sea que estaban todas las condiciones dadas para que yo hiciera esta carrera.
¿Cómo era la formación en esa época? Estudié con el Plan del año 60. Conté con profesores extraordinarios por ejemplo el prof. Mario Ferrari en 3º, 4º y 6º año y la práctica era en el Hospital Maciel. Éramos 4 estudiantes por paciente con el profesor que era médico semiólogo. No había forma de errarle porque nos enseñaban profundamente y también nos tomaban los exámenes exhaustivamente, de acuerdo a lo que nos habían enseñado. Cuando estaba en 3er. año de Facultad mi padre enferma gravemente y muere a los tres meses. Hasta ese momento tenía todas las necesidades básicas cubiertas pero a partir de allí tuve que salir a trabajar como practicante de radio y de urgencia de varias mutualistas hoy ya desaparecidas. Daba inyecciones y hacía curaciones, aceptando todas las suplencias que salían. A las 7 de la mañana salía con mi valijita a trabajar, sin auto en una larga zona: desde Cno. Castro a Cno. Lecoq, luego iba a la Facultad a clase, llegaba a casa, dormía y me levantaba a las 3 ó 4 de la mañana a estudiar. En 1970 me recibí de médica, y en 1975 de reumatóloga, pero desde 1968 veía pacientes con enfermedades reumáticas. Me vinculé, siendo estudiante, al prof. Vladimiro Batista que se encargó de la Cátedra de Reumatología que dirigía el Dr. Carlos Oheninger en el Hospital Maciel. Es a Batista al que le debemos la experiencia acumulada durante tantos años. Desde su fundación en 1971, el 1º de octubre ingresé como médica de Policlínica en el Instituto Nacional de Reumatología del Uruguay, pasando por todos los cargos pertinentes: Jefa de Policlínicas, de Ateneos, de Piso de Internación terminando mi actuación funcional como sub-directora del mismo. Este hospital fue construido por el pueblo uruguayo a través de donaciones hechas en un programa televisivo de 24 horas de duración que fue el primer programa de estas características en nuestro medio. Llegaba el dinero de muchas formas, también en latas de durazno… fue mucha la generosidad del pueblo…
Más allá de los conocimientos que son muy importantes, ¿qué es lo que la lleva a ser una médica tan especial? Fui una privilegiada por haberme sido confiado lo más importante que tiene un ser humano, la vida. Tengo que agradecer la distinción de haber sido elegida por tantas personas a lo largo de mi carrera.
Sus pacientes siempre comentábamos en la sala de espera lo hu- mana que es usted y el trato siempre igual a todos, aunque nos imaginábamos, que como cualquier ser humano tendría sus problemas… Es la vocación... siempre le dije a mis alumnos: miren que el enfermo ya viene con la desgracia de estar enfermo y si todavía le ponen mala cara o lo tratan mal, o no lo interrogan, es doble la desgracia. Al enfermo hay que ponerle "alfombra roja", porque es la autoridad principal, es la persona máxima, para eso es que estudiamos. Hace un año que me jubilé y muchas veces le digo a mi hijo: "tengo unas ganas de ponerme el uniforme blanco e irme al Hospital Maciel, donde empecé mi carrera, a pasar visita, a ver a los enfermos, a hacer la recorrida… Me gustaría hacerlo, aprovechando toda la experiencia que tengo…" Durante la crisis del año 2002 estaba muy preocupada porque estaba haciendo mi casa y temía perderla; una paciente se dio cuenta que algo me pasaba y me invitó a conocer al Padre Pío y desde ese día pertenezco al grupo del Padre Pío de los Capuchinos. La fe en Dios la vivo muy profundamente…
Gracias Alba, por darnos la oportunidad de conocer un alma grande, una cristiana auténtica, una vocacional de la medicina. Sus pacientes la queremos y la extrañamos mucho. Sin embargo, sabemos que está allí para seguir ayudando desde su lugar a quién la necesite.
Gloria Aguerreberry |
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