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Relato de visitante escocés en la Villa de Purificación en 1815

(Crónicas de los hermanos Robertson, escoceses que comerciaban en la región del Río de la Plata en los años de apogeo de José Artigas, 1815, que lo visitaron en Villa Purificación, capital de la Liga Federal de los Pueblos Libres, ubicada entre Paysandú y Salto)

     “Provisto de cartas del capitán Percy […] me hice a la vela atravesando el Río de la Plata y remontando a bello Uruguay hasta llegar al Cuartel General del Protector. Y allí (les ruego no ser escépticos), ¿qué creen que vi? Pues al excelentísimo Protector en la mitad del nuevo mundo sentado en una cabeza de vaca, junto al fogón encendido en el piso de barro del rancho, comiendo carne de un asador y bebiendo ginebra en una guampa. Lo rodeaba una docena de oficiales mal vestidos, en posturas semejantes y ocupados de lo mismo que su jefe. Todos fumaban y charlaban ruidosamente. El Protector dictaba a dos secretarios que ocupaban junto a una mesa de pino las dos únicas desvencijadas sillas con asiento de paja. […] El piso de la única habitación de la choza (que era grande y hermosa) estaba sembrado de pomposos sobres provenientes de todas las provincias (algunas distantes 1.500 millas de aquel centro de operaciones) dirigidos a 'Su Excelencia el Protector'. A la puerta estaban los caballos humeantes de los correos que llegaban cada media hora, y los frescos de los que partían, con igual frecuencia. Soldados, ayudantes y exploradores, llegaban al galope de todas partes. Todos se dirigían a Su Excelencia el Protector. Y Su Excelencia el Protector, sentado sobre su cabeza de vaca, fumando, comiendo, bebiendo, dictando, hablando, despachaba sucesivamente los varios asuntos de que se le noticiaba con tranquila y deliberada nonchalance [indiferencia], que me mostraba de manera práctica la verdad del axioma "vamos despacio que tengo prisa". Creo que si todos los asuntos del mundo hubieran estado a su cargo no hubiera procedido de otro modo. Parecía un hombre incapaz de atropellamiento, y era bajo este único aspecto, si se me permite, semejante al jefe más grande de la época [...]. Cuando leyó mi carta de presentación Su Excelencia se levantó del asiento y me recibió no solamente con cordialidad, sino lo que me sorprendió más, con maneras relativamente caballerosas y propias de un hombre educado. Habló conmigo alegremente acerca de su casa de gobierno y me rogó que, como mis muslos y mis piernas no estarían tan habituados como los suyos a la postura de cuclillas, me sentase en la orilla de un catre de guasquilla que se veía en un rincón del cuarto y que pidió fuera arrastrado cerca del fogón. Allí, sin más preludio o disculpa, puso en mi mano su cuchillo y un asador con un trozo de carne muy bien asada. Me rogó que comiese, luego me hizo beber e inmediatamente me ofreció un cigarro. Participé de su conversación y, sin darme cuenta, me convertí en un gaucho [...]". "Por la tarde su excelencia me dijo que iba a recorrer a caballo el campamento e inspeccionar sus hombres, y me invitó a hacerle compañía", continuó John Parish Robertson. Las fuerzas artiguistas podían ponerse en movimiento a caballo casi de inmediato, señaló el inglés, y viajar a marchas rápidas hasta 125 kilómetros en una noche. "De ahí muchas de las sorpresas, los casi increíbles hechos que realizaba y las victorias que ganaba".[...] "No había ninguna afectación de superioridad por su parte o señales de subordinación diferencial en quienes le seguían. Reían, estallaban en recíprocas bromas, gritaban y se mezclaban con un sentimiento de perfecta familiaridad [...], excepto que todos, al dirigirse a Artigas, lo hacían con la evidentemente cariñosa y a la vez familiar expresión de 'mi general'".[...] "Tenía alrededor de 1.500 seguidores andrajosos en su campamento, que actuaban en la doble capacidad de infantes y jinetes. Eran indios principalmente sacados de los decaídos establecimientos jesuíticos, admirables jinetes y endurecidos en toda clase de privaciones y fatigas [...]. Chaquetilla y un poncho ceñido a la cintura, a modo de 'kilt' escocés, mientras otro colgaba de sus hombros, completaban con el gorro de fajina y un par de botas de potro, grandes espuelas, sable, trabuco y cuchillo, el atavío artigueño. Su campamento lo formaban filas de toldos de cuero y ranchos de barro; y esto, con una media docena de casuchas de mejor aspecto, constituían lo que se llamaba Villa de la Purificación". El interior contra Buenos Aires "El aire de superioridad y, a menudo, arrogante de los porteños disgustaba a muchos de los principales habitantes del interior, y los hacía ver en sus altaneros compatriotas solamente otros tantos delegados substitutos de las antiguas autoridades españolas [...]. Las ciudades del interior se negaron a obedecer, nombraron gobernadores de su elección, y para fortificar sus manos, pidieron la ayuda de Artigas, el más poderoso y popular de los jefes alzados [...]."

 

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VER TAMBIÉN:

"En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo..."

(1815, sacerdote Dámaso Antonio Larrañaga, describiendo su visita a Artigas, en su libro "De Montevideo a Paysandú")

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