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Gobiernos
locales,
descentralización y participación ciudadana en Montevideo
Seminario
10 años de descentralización: un debate necesario
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Participación
y eficiencia en la descentralización
Promesas y riesgos de una vida en común
por Maria del Rosario Revello
Doctora en Derecho y Ciencias Sociales,
posgrado en Desarrollo Local, directora Unidad de Gestión de
Descentralización IMM, asesora en Descentralización desde 1990
(Extractado de la revista Bitácora, del diario La República)
El poder no radica exclusivamente en la etapa de la decisión
política, sino que se encuentra diseminado, de manera desigual, en
la implementación. La riqueza que contiene el proceso de
descentralización con sus tres dimensiones, así como su
interacción, conlleva una obvia contrapartida de complejidad, que
potencialmente atenta contra los objetivos señalados de eficacia y
eficiencia.
El desafío está planteado en el ámbito de la estructura central:
la readaptación y readecuación que acompase la dinámica continua
de la descentralización para la transformación de una burocracia
tradicional que trabaja para sí misma hacia una organización
abierta que tiene clara su única e inexcusable misión: la
satisfacción de las necesidades de los ciudadanos.
La gestión en el ámbito público debe aceptar la legitimidad de los
conflictos y de las presiones y lidiar con ellos. Deben valorarse
los riesgos de la implantación automática de los modelos privados
a la gestión pública, por la evidente especificidad de ésta.
La descentralización político-administrativa de Montevideo,
iniciada en 1990 e institucionalizada en 1993, se desarrolla en el
marco de la reforma del Estado, de acuerdo a dos grandes objetivos
fundacionales: el incremento de la participación ciudadana y el
logro de una mayor eficacia y eficiencia en la gestión municipal.
La participación ciudadana y los caminos transitados en estos años
hacia la consolidación de un presupuesto participativo constituyen
la faceta más conocida y destacada del proceso, y sobre ella se
han efectuado y se encuentran en marcha, numerosos estudios y
evaluaciones desde ámbitos políticos y académicos.
En este comentario, sin embargo, nos centraremos en el otro
objetivo, el de la gestión y sus metas de eficacia y eficiencia,
pretendiendo demostrar, en definitiva, que la contradicción entre
los dos objetivos es sólo aparente y que, en cambio, se hallan
unidos en una relación estrecha de necesaria complementariedad.
La participación introduce importantes potestades de iniciativa,
propuesta y asesoramiento por parte de los vecinos desde las
zonas, y habilita el control social sobre la gestión, es decir,
sobre los grados de satisfacción de las necesidades. Pero dicho
control, para ser efectivo, requiere y exige, como contrapartida,
la transformación interna y radical de la gestión municipal en sí
misma, tal como intentaremos abordar -sin prejuicios y desde el
ángulo básicamente técnico de las políticas públicas- en los
párrafos siguientes.
Política y gestión
Entendemos por gestión local el "manejo de recursos
institucionales, financieros, humanos y técnicos para proporcionar
a los distintos sectores de la población los satisfactores de sus
respectivas necesidades de bienes individuales y colectivos.....",
y por eficacia y eficiencia, qué capaz es un gobierno de generar e
implementar programas que tengan un impacto positivo sobre las
necesidades y demandas de la población, y de qué manera emplea sus
recursos para dicha satisfacción.
En el estudio de la gestión montevideana a partir de la
descentralización resulta útil rescatar la validez de los nuevos
enfoques de las Ciencias Políticas, según los cuales políticas
públicas y gestión pública se encuentran integradas. La
segmentación entre la definición o el diseño de las políticas y
las etapas de implementación (antes llamadas de ejecución,
concepto que conllevaba la idea de mecanicismo), se ha revelado
recientemente como una mera ficción analítica. Es por ello que la
apuesta al fortalecimiento del vínculo entre ambas resulta
estratégica.
Y ello es así porque el poder no radica exclusivamente en la etapa
de la decisión política, sino que se encuentra diseminado, de
manera desigual, en la implementación, en tanto proceso de
interacción entre los objetivos y las acciones realizadas para
conseguirlos. Esta etapa se convierte, en consecuencia, en el
"talón de Aquiles" de todo cambio o reforma en la gestión. La
implementación puede hacer naufragar la mejor de las políticas
públicas y desvirtuar el impacto del programa mejor diseñado.
Es que no alcanza el buen diseño de una política, si no se cuenta
con la disposición de los "implementadores", si no se parte de un
buen análisis de actores y redes preexistentes internas y externas
a la organización y del análisis de los recursos disponibles.
También de los llamados "factores intangibles" o inversión
inmaterial de las organizaciones (personas, sistemas de
relaciones, cultura organizacional), que resultan más
determinantes que los materiales, lo que ha llevado a hablar del
pasaje del "hard" al "soft" en ciencias de la administración.
Tener presente estas premisas y evitar que la implementación sea
sólo una "caja negra", cuyo contenido nos es desconocido, puede
contribuir a acortar la distancia entre proyectos y
realidades.
Estas consideraciones nos enfrentan, en organizaciones complejas
como sin duda lo es la Intendencia capitalina, a desafíos tales
como la superación de los "déficit" gerenciales, mediante
capacitación y perfeccionamiento y, en especial, al logro del
necesario involucramiento en los objetivos de la gestión de todos
los funcionarios, particularmente, de los niveles superiores de
carrera de la administración municipal, en tanto constituyen el
eslabón de engarce entre los políticos y el resto de los
funcionarios. Su participación, que incluye compromiso y
desarrollo, constituye una de las garantías del éxito y de la
continuidad de las transformaciones y logros obtenidos.
De lo sectorial a lo territorial
El proceso de descentralización que se impulsa exige la
transformación de la lógica de gestión tradicional "sectorial" o
"vertical", donde la variable "materia" es la determinante, y su
sustitución por la variable "territorial" u "horizontal".
Los vecinos, usuarios y organizaciones sociales de las zonas,
padecen y plantean problemas, concebidos integral,
"multidimensionalmente", atravesando las barreras sectoriales.
Nunca es un único aspecto el que preocupa a la comunidad, por eso
el problema planteado requiere de una aproximación global,
holística. La estructura burocrática municipal, departamentalizada
y sectorizada, respondía automáticamente en forma vertical. Las
dificultades mayores se relacionan sin duda con la arraigada
cultura centralista, cristalizada en una estructura y un
funcionamiento excesivamente complejo y compartimentado.
La riqueza que contiene el proceso de descentralización con sus
tres dimensiones: política, social y administrativa, y sus
correlatos orgánicos (Junta Local, Concejo Vecinal y Centro
Comunal), así como su interacción, conlleva una obvia
contrapartida de complejidad, que potencialmente atenta contra los
objetivos señalados de eficacia y eficiencia.
Corresponde preguntarnos: ¿más complejidad a cambio de una mayor
afinación de las políticas?
Este riesgo, sin embargo, no es específico del proceso
montevideano, sino de todo proceso descentralizador. Comenta
Subirats: "La satisfacción de las necesidades de autogobierno y el
acercamiento de la administración al ciudadano… producirán como
resultado ineludible en los primeros tiempos, un incremento
notable de la complejidad del sistema administrativo".
La coordinación funcional entre las distintas partes de la
organización y la orientación a los resultados, son elementos que
definirán el acierto del proceso de implementación. Así se torna
imprescindible encarar esta etapa de mejora de la gestión
considerando la articulación constante entre cada una de las
partes de la unidad de gobierno local, y por su parte, entre todo
el sistema descentralizado y la estructura central, sin que ello
implique una "inflación burocrática" perjudicial para el usuario o
vecino.
En el caso de Montevideo, la readaptación de la estructura
orgánica viene realizándose paulatinamente, al igual que el
rediseño de los procedimientos administrativos y de gestión,
muchos de los cuales, esperan aun el reconocimiento del nuevo
fenómeno de la descentralización que los atraviesa
horizontalmente.
Hacia una organización abierta
Adecuar la gestión a los nuevos retos que presenta la
descentralización implica el abordaje de procesos potentes de
modernización de la gestión y racionalización administrativa, la
reingeniería de procedimientos y prácticas de trabajo y la
introducción de fuertes componentes técnicos en el manejo de los
trámites y en la prestación de los servicios. Una "revolución en
la gestión", que abarque todos sus principios: organización,
gestión y recursos humanos, al decir de Crozier.
El enfoque de políticas públicas (en su ciclo de diseño,
implementación y evaluación), la orientación a los resultados, la
introducción de los conceptos de calidad, la planificación
estratégica participativa, el análisis tecnopolítico de los
problemas, -metodologías sustentadas en la informática y en la
capacitación y adiestramiento de responsables y funcionarios-, son
de gran utilidad en este camino.
En el ámbito de las unidades descentralizadas, desde el punto de
vista de recursos humanos, debe continuarse el proceso permanente
de reselección, evaluación y capacitación de los funcionarios, lo
que implica una reconversión para los más antiguos que deben "dar
la cara" directamente ante el vecino desde el Centro Comunal,
intentando abandonar el tradicional "formato ranura" de los
problemas humanos. La calidad como prioridad hace que el recurso
humano sea decisivo y diferenciador en cualquier proyecto de
transformación. No el recurso humano individual, sino el recurso
organizacional que éste representa.
El desafío está planteado asimismo en el ámbito de la estructura
central: la readaptación y readecuación que acompase la dinámica
continua de la descentralización como cauce abierto para la
transformación de una burocracia tradicional que trabaja para sí
misma hacia una organización abierta que tiene clara su única e
inexcusable misión: la satisfacción de las necesidades de los
ciudadanos.
Este cambio hacia una organización orientada al vecino, exigencia
de toda administración pública moderna, es puesto drásticamente en
evidencia por el proceso descentralizador, y constituye uno de los
núcleos duros de la transformación que se encara. Se trata del
pasaje de una perspectiva básicamente centrada en el cumplimiento
de la legalidad y la regulación social a través de las normas,
hacia una organización flexible y permeable que brinde respuesta a
las necesidades de un modo eficiente y eficaz.
La especificidad de la gestión pública
La gestión en el ámbito público debe aceptar la legitimidad de los
conflictos y de las presiones y lidiar con ellos. Todas las voces
tienen el derecho a ser escuchadas y a ellas debe responder el
gobierno desde una gestión participativa.
El acercamiento de la gestión al vecino, traduce, como mínimo, la
intención democrática de romper la excesiva "impersonalidad" del
poder legal burocrático ideado por Weber.
Ante estos desafíos de modernización, deben valorarse los riesgos
de la implantación automática de los modelos privados a la gestión
pública, por la evidente especificidad de ésta. Sin embargo, en
ciertos niveles "micro" de procedimientos o servicios concretos,
la posibilidad de imitación de las prácticas modernas de la
gestión privada no debe descartarse.
Así es pensable rescatar un cierto "marketing" público que nos
guíe en el aprendizaje de cómo los ciudadanos entienden sus
necesidades, y cuáles necesidades reales se ocultan bajo demandas
tan sólo aparentes. No olvidemos que en la gestión pública, a
diferencia del mercado, son las "voces" de los ciudadanos (voice)
y no su posibilidad de escoger otra salida (exit) los elementos a
tener en cuenta por los gobernantes para conocer, responder y
satisfacer las demandas.
En síntesis, asumimos que para la burocracia es muy difícil romper
sus reglas, pero el proceso de descentralización nos ratifica que
el ámbito público es el espacio válido para el aprendizaje social.
Participación más eficiencia = democracia
El proceso descentralizador puesto en marcha en Montevideo con la
transferencia de poder que implica, resulta estratégico para la
fuerza política que lo impulsa. Sus objetivos deben marchar
acompasados y unidos, sin caer en falsas antinomias: participación
ciudadana y gestión eficaz y eficiente se complementan
inevitablemente, y se potencian en el intento de avanzar en el
acercamiento del gobierno y la gestión pública a los ciudadanos.
¿Cómo dudar que la participación social contribuye a la eficacia y
favorece la eficiencia a través del control social que introduce
en las diversas etapas de gestión de las políticas?
Comprender estos asuntos no es menor en una era en la que la
legitimidad de los gobernantes, y principalmente de los de nivel
regional o local, se basa cada vez más en la demostración de esa
capacidad práctica de dar respuesta ajustada y precisa a las
demandas crecientes de ciudadanos y vecinos.
Los dilemas entre participación y eficiencia no tienen recetas de
solución inmediata, sino caminos democráticos a ser recorridos
mediante la discusión y el análisis de los problemas integrales,
incorporando las distintas racionalidades de todos los actores
involucrados en el proceso.
Participación y eficiencia y aun la descentralización propiamente
dicha, deberían ser vistas como instrumentos hacia un valor
superior, cuya mejor expresión quizá pueda resumirse en el título
del señero trabajo de Quim Brugué: "Incorporar la dimensión
democrática a la nueva gestión pública", y demostrar que es
posible".
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