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Suscripción a:
vecinet-notici@s
- Nº
457
Fecha: miércoles, 10 de abril de 2002
5:57
De: vecinet@chasque.apc.org
Asunto: [vecinet] (III) Pueblos
originarios y el artiguismo
Uruguay: 11 de abril Día del Indio (III)
Pueblos originarios, la primera fuente del artiguismo
por Gonzalo Abella
Capítulo del libro Artigas el resplandor desconocido
(especial vecinet-notici@s)
(libro completo en Internet en la Sección Cultura e Identidad
de la WEB de Autogestión Vecinal:
http://www.chasque.apc.org/guifont)
Mi convivencia con pueblos originarios de América me marcó para siempre.
Siguen teniendo una fuerza cultural sorprendente, a pesar de que ahora viven en
ambientes degradados y han perdido ya gran parte de sus sabias prácticas
milenarias.
¿Cómo habrán influido en el joven José Artigas, en una época tan diferente,
y cuando la cultura charrúa había recuperado poder y sabiduría gracias al
caballo y al cuero?
Hubo pueblos en América que no formaron imperios, sino que lucharon para
resistir a todos los imperios.
La Antropología oficial los cataloga como pueblos "inferiores", que no
pasaron del "neolítico", pero se equivoca.
El hombre de las cavernas europeo vivía la Edad de Piedra porque no tenía
referencias de otras pautas culturales; en realidad no las había en su entorno
ni en el mundo, porque estamos hablando de cientos de miles de años antes de
nuestra época. Avanzaba y creaba exclusivamente desde su propia experiencia, que
luego transfería a las nuevas generaciones.
En cambio el hombre americano que trabajaba la piedra en la pradera en el
siglo XV estaba perfectamente informado de la existencia de imperios, sabía que
en Los Andes se trabajaba el metal, conocía la existencia de los lejanos templos
de piedra, recibía por trueque tejidos, mantas y cerámica sofisticadas.
El (en realidad debería decirse : "ellos y ellas") hacía(n) opciones de
acuerdo a estrategias adaptativas, a gustos culturales y normas éticas muy
respetuosas de la horizontalidad en el trato interpersonal.
La inmensa macroetnia Tupí-guaraní era la intermediaria canoera entre los
pueblos de América más diferentes. El investigador isabelino Chito Aspuin tiene
una punta de lanza charrúa tallada en obsidiana, piedra de la América Central.
Pero no puedo extenderme aquí en estas consideraciones. Sólo quiero
"quebrar una lanza" por las culturas superiores originarias de América, las no
imperiales, como fueron en nuestra región la cultura del numeroso pueblo
charrúa, de los abipones, de los mocovíes y tantas otras. ¡Las culturas más
artiguistas!
"Dicen que los indios de acá eran pocos", comentaba un paisano; "y en estos
parajes en cualquier lugar donde uno ponga el trasero se lo pincha una flecha de
piedra."
Es sintomático que la primera bandera artiguista se haya levantado en el
corazón de la tierra charrúa, en los potreros de Arerunguá (zonas de Salto y
Tacuarembó).
Arerunguá era muy conocido en su época. Algunos aristócratas cordobeses,
según Ferraro, aterrorizados por el fervor artiguista de los jóvenes
universitarios, decían de ellos: "Se mezclan con la plebe, y si por ellos fuera
llevarían nuestra Universidad y hasta nuestra hermosa Catedral a la bárbara
corte artiguista de Arerunguá".
Arerunguá era un símbolo charrúa y artiguista. Desde allí, recuerda Maggi,
Artigas dice "yo estoy en el centro de mis recursos"
Por eso leemos en la "Breve Historia de Salto" (11), una referencia
interesante sobre los movimientos de Artigas:
"El mes de Setiembre de este año (1814) lo encontrará en Arerunguá, lugar
donde por primera vez hace flamear la bandera de los pueblos libres de acuerdo a
la disposición que establece: `que en todos los pueblos libres de aquella
opresión se levantará una igual: blanca en medio, azul en los dos extremos y en
medio de éstos unos listones colorados'."
La primera bandera diseñada por Artigas se levanta en territorio charrúa, y
no es una casualidad. Ahora queda más claro por qué liquidar a los charrúas fue
preocupación central de todos los enemigos de Artigas.
Acosta y Lara, en un interesante trabajo (12) reconoce que la traición de
Rivera a los charrúas, su trampa en el Salsipuedes, no pasó inadvertida para los
gobernantes de la región. Escribe:
"Las autoridades de Entre Ríos y Río Grande do Sul siguieron muy de cerca
el operativo."
Aún más: Acosta y Lara reconoce la participación del genocida argentino
Lavalle y del "comando fantasma" del brasileño Rodríguez Barboza en la masacre
de Salsipuedes.
Pero en cierto sentido la justifica, porque era una acción, dice
textualmente,
"...tendiente a erradicar todas las formas de barbarie que imperaban en
nuestras tierras interiores..."
¡¡Para Acosta y Lara, como para Sarmiento, la barbarie es la forma indígena
de vivir, no el genocidio!!
El Estado Oriental masacró a los charrúas, organizó un remate para subastar
a las muchachas charrúas sobrevivientes en el Durazno, repartió a los niñitos
charrúas sobrevivientes en Montevideo, enjauló y vendió a un circo francés a
cuatro charrúas, entre ellos una mujer embarazada y luego dice oficialmente que
eran pocos, brutos e incorregibles. ¡Y 160 años después todavía alguien dice que
eso se hizo "para erradicar todas las formas de barbarie que imperaban en
nuestras tierras interiores"!
Algunas cosas se hicieron demasiado de prisa. A través de Rivera, primer
presidente, el Estado Tapón de los Comerciantes y Terratenientes recibe las
protestas de Rondeau por no avisarle a tiempo del reparto de muchachitas
charrúas
Después, la defensa del Estado como elemento de progreso, obliga a los
universitarios "progresistas" a relativizar el crimen y devaluar a las culturas
derrotadas; a decir por ejemplo que "posiblemente nunca sepamos cómo era la
religiosidad charrúa" o que "el crimen de Salsipuedes no levantó una sola voz
criolla en su contra", algo así como "todos somos culpables". (Pobre periodista
Porley, documentó la indignación montevideana y criolla de la época, documentó
la indignación de extranjeros en tránsito, pero nadie en la Universidad
reproduce sus documentos).
No se puede enterrar un crimen para siempre. Tampoco se puede desmerecer
eternamente una gran cultura, porque deja demasiadas huellas. Hoy hay estudios
serios sobre la lengua charrúa y su apasionante estructura gramatical, pero
desgraciadamente estos estudios no han sido publicados en el Uruguay (13).
Por otra parte la información sobre la riquísima cultura charrúa siempre
estuvo allí, desagregada y esperando (14)
Artigas en realidad logró varias cosas extraordinarias: entre ellas la
alianza de los pueblos indígenas que mantenían su cultura tradicional con los
pueblos indígenas que se habían convertido al cristianismo bajo la influencia
franciscana y jesuita.
No caigamos en esquematismos étnicos: no hubo razas incorruptibles ni razas
flojas; en general no hubo razas sino culturas y opciones culturales personales.
Hubo charrúas cristianos así como hubo guaraníes "infieles"; ser charrúa
(pertenecer a una de sus comunidades) a comienzos del siglo XIX era una opción
cultural y no una determinación genética; y así como hubo irlandeses gauchos, y
africanos entre los guaraníes, hubo gente de sangre charrúa (gente renegada y
muchas veces adicta al alcohol) que traficó con esclavos en Santa Fe; aunque no
podemos extendernos aquí en esos aspectos, el mosaico era complejo, aunque
coherente en sus trazos generales. No era el color de la piel lo determinante en
cada caso individual, aunque el color de la piel predisponía en un sentido u
otro.
En el ámbito libérrimo de la Liga Federal la confluencia de propuestas es
prácticamente inabarcable para una sistematización sencilla. Por ejemplo, una
pieza clave en la estrategia agraria artiguista en la provincia de Misiones es
la recuperación del "avá mba'é" y el "tupá mba'é", las formas comunitarias y
colectivas guaraní-jesuíticas que estaban en la memoria de la gente de Andresito
Guacurarí, quien está, según mis investigaciones, entre los líderes artiguistas
más consecuentes y formidables.
Dediquemos algunos párrafos, necesariamente, a las Misiones.
Las misiones jesuitas, los pueblos de indios misioneros, habían tenido
aspectos aculturizantes y represivos, pero fueron un muro contra el tráfico de
esclavos. Más aún: los jesuitas enseñaron a los indios cristianos a leer, a leer
música, a construir los instrumentos de la orquesta filarmónica y del templo, a
entender un plano y construir fortificaciones y hasta a fundir campanas. Quien
funde una campana funde arados y cañones.
Las misiones fueron así escenario de una colosal transferencia de
tecnologías europeas a comunidades que no perdieron su tecnología indígena ni el
recuerdo de su organización social comunitaria; además, el cultivo en común, la
vida en colectivo, generaron una nueva propuesta política que sobrevivió a la
expulsión de los jesuitas, y se transformó en una especie de teoría y práctica
de la Teología de la Liberación.
En el libro de Poenitz y Poenitz "Misiones, Provincia Guaranítica" (15) se
habla de la tragedia que representó para los indios tapes la destrucción de las
Misiones Jesuitas, la única opción no selvática (para gente que ya no estaba
adaptada a la selva) que a la vez era no esclavizadora. Dicen los Poenitz, padre
e hijo, que la medida de expulsión, impulsada por los cazadores de esclavos, fue
aplaudida por los librepensadores "urbanos", que equivocaron el sentido de la
expulsión jesuita.
Comentan luego los Poenitz, hablando de la acción del funcionario Bucarelli
al servicio de la temporalización de los bienes de la Orden, lo siguiente:
"Se incautaron las casa y colegios y sus respectivos bienes muebles e
inmuebles y se deportaron a los religiosos a los Estados Pontificios de Italia.
Dicha incautación fue llamada temporalización por pasar del poder espiritual de
una congregación al poder temporal de la Corona" (...) "Pero en los casos de las
reducciones o doctrinas donde se catequizaba en plenitud a decenas de miles de
naturales la expulsión de los padres jesuitas y la temporalización de las
misiones creaba problemas probablemente no previstos por la Corona española"
(...) "Postergada la expulsión de los Padres hasta 1768, la operación fue
planificada con fuerte aparato militar porque se temía el levantamiento de los
naturales en defensa de los misioneros, tal como había ocurrido en las Guerras
Guaraníticas en rechazo al tratado España-Portugal de 1750. Previa convocatoria
de caciques y corregidores de los 30 pueblos se los retuvo como rehenes y
Bucarelli marchó con una columna..."
La expulsión de los jesuitas fue entonces en 1768. Artigas había nacido en
1764. Los indios tapes misioneros, cristianos y perseguidos, no volvieron a la
selva con sus hermanos: se expandieron por el Paraguay, la Banda Oriental, el
Entre Ríos argentino (que comprendía por entonces a las tres provincias
mesopotámicas) y el Sur Riograndense. Después los reunificaría Andresito
Guacurarí, guaraní cristiano, en la Utopía artiguista de la Liga Federal.
Pero deseo volver por un momento a la cultura charrúa. Hace ya años que me
hice la reflexión que sigue y formulé estas "cinco preguntas sobre los
charrúas". Ahora, una vez más, desando el tiempo y recurro a lo que escribí en
el momento en que las nuevas evidencias me sacudían.
"Nada podemos esperar si no es de nosotros mismos" "La causa de los pueblos no admite la menor demora" "Que los más infelices sean los más privilegiados" (José Artigas)
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