Pero  para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de  marino...
un poco de pirata...
un poco de poeta...
y un quilo y medio
de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que ese barco -ese niño, ese joven-
irá muy lejos por el agua
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca.
Hay que medir, pesar, equilibrar...
y poner todo en marcha.

 

Soñar que cuando un día
esté durmiendo
nuestra propia barca,
en barcos nuevos
seguirá nuestra
bandera enarbolada.

                                       Fermín Gaínza,fsc

 

Había una vez un señor que se llamaba Saturnino Francisco y su señora esposa Isabel Aleja, vivían en un pequeño campo a orillas del río.
Saturnino Francisco amaba el lugar y porque lo amaba lo cultivaba y hermoseaba. Pero primero lo hermoseaba mirándolo. Y miraba y miraba hasta que veía. Y veía y veía hasta que ....¡Saturnino Francisco!, exclamó su señora esposa Isabel Aleja: ¡de tanto mirar te van a crecer los vi-gotes!. Y era cierto, Saturnino Francisco tenía unos bigotes bieeeeeeeeeeeen laaaaaaaaaargos, y cuanto más miraba, más le crecían. Y cuando veía se coloreaban. Y eran tan largos que los enganchaban en las orejas. Esto lo hacía para poder escuchar a su señora esposa Isabel Aleja.

   
¿Qué miraba Saturnino Francisco?
Solía subir a un árbol que era su
mirador, y miraba a los ñandúes, detenidamente, para ver cómo y dónde ponían los huevos. Luego de mirary mirar, veía cuándo era el momento de apropiarse de ellos. Pero este buen señor, sólo sacaba uno o dos por nido. Hay que saber, que es el papá ñandú quien cuida los huevos,y los arregla de una manera por sólo él conocida. Saturnino Francisco esperaba el momento oporturno,  y con delicadeza tomaba uno o dos huevos bieeeeeeeen deeeeespacito para que el papá ñandú no se diera cuenta. Y sus vi-gotes ademásde crecer, blanqueaban como el cascarón del huevo de ñandú.Aleja y Saturnino cultivaban boniatos. 
   Estos se guardaban delicadamente en  lo que llaman la troja: una pequeña habitación pegada a la cocina que se prendía con leña, para que estuvieran calentitos y secos,como los huevos del nido del ñandú-.Sólo el Señor Saturnino Francisco sacaba los boniatos de la troja, y lo hacía despacito para que no se machucaran : así quedaban más ricos al cocinarlos. Por esto Saturnino Francisco viendo a los ñandúes aprendió a cuidar los boniatos. Y Saturnino Francisco los miraba y los miraba y con encanto los veía, y sus vi-gotes crecían y se coloreaban del violáceo de las cáscaras de los boniatos.  
                                                                                       
 

Pero desde el sauce, Saturnino Francisco 
no sólo veía los ñandúes,
 le fascinaba mirar los montes agrestes
que rodeaban las márgenes del río,
 y los miraba hasta que los veía 
y se supo lo que veía cuando un día lo descubren 
plantando árboles de duraznos dentro del mismo monte. 
Y los árboles de duraznos crecían y crecían, 
buscando luz más allá de las copas de los árboles,
 y se hicieron más altos que los montes 
y los duraznos amarillaban el horizonte.
 Saturnino Francisco los miraba desde el sauce
 y de tanto mirarlos los veía, y sus vi-gotes crecían 
y también amarilleaban, como los duraznos que veía.

         
Pero un día, mientras miraba y veía, el hermano de su esposa venía. Venía sobre los duraznos del monte, y Saturnino Francisco de tanto mirarlo lo veía. El amarillo de los duraznos se oscurecía, cada vez que el hermano uno a uno los sustraía.Saturnino Francisco se baja rápidamente del árbol, y cultiva alrededor de todos los frutales infinidad de flores, pensando que el hermano se detendría a contemplarlas y gozarlas. De esta manera, él tendría tiempo de cortar la fruta y dársela. Y Saturnino Francisco miraba las flores y las miraba, y de tanto mirarlas las veía, y de tanto mirarlas las veía, y sus vi-gotes de enrojecían. Pero el hermano se oscurecía, y tanto se oscurecía que ya nada veía. Fue tanta la oscuridad que producía, que un diluvio de lluvia amenazaba toda vida.  
   

Saturnino Francisco corre al sauce desde donde veía, y desenganchando sus vi-gotes de sus orejas, los despliega al viento y un gran Arco Iris se expande por el cielo, y de tanto vi-gotear ya no llovía.cada cosa que él veía tuvo un lugar en el cielo, donde ya nadie las tocaría: el huevo del ñandú, el boniato, los duraznos y las flores. 
Y  también su querida esposa, que al oído le está diciendo: mira por mi hermano hasta que traiga aquí todas sus cosas.

Y de tanto vi-gotear ya no llovía.

 
                                                                Ricardo Ramos.