Nuestro Socialismo.
Eleuterio Fernández Huidobro
A
finales de abril de 1993 dio comienzo la V Convención Nacional
tupamara. Se sabía de antemano que el gran tema "Socialismo" iba a
estar ausente de los debates en virtud de la extensión y complejidad
del mismo. Por lo mismo, se decidió su tratamiento en una instancia
posterior. Los trabajos presentados quedaron, sin embargo, como
aporte fermental para la reflexión de los militantes. A continuación
se transcribe el de Eleuterio Fernández Huidobro "Nuestro
Socialismo".
El
socialismo es necesario porque es bueno y no es bueno porque sea
necesario. Es, en primer lugar, una opción ética. Se ha cometido un
gran daño: llamar socialismo a cualquier cosa. Ese hecho histórico
nos obliga a definirlo cuidadosamente.
Las
fuentes
Somos
herederos y queremos ser continuadores de tres fuentes del
pensamiento y la acción:
El
cristianismo y de él cuatro postulados fundamentales: la
igualdad, el amor, la rebeldía y el Hombre Nuevo.
El
artiguismo
cuya
lucha aún no ha terminado. Por lo tanto nos sentimos parte de la
gran corriente popular que pugna por la liberación nacional en todo
el continente.
El
movimiento socialista.
De él, recogemos preponderantemente los aportes de Marx, pero no
descartamos los del pensamiento anarquista.
El
camino
Para
definir nuestra concepción sobre El socialismo resulta insoslayable
referirse a las TRES fases que hoy conducen a él.
Esa
obligatoriedad expresa hechos de profunda significación a saber: el
capitalismo es más que nunca, un sistema planetario.
Su
pilar principal radica en la explotación, opresión, dominio y
marginación por vía política, económica y militar de las tres
cuartas partes (o más) de la humanidad.
Una
minoría imperialista que basa sus cuarteles generales en los países
(o conglomerados de países) llamados Centrales (EE.UU., Japón,
Europa Occidental), viene saqueando al llamado Tercer Mundo desde
hace ya mucho tiempo pero ha radicalizado últimamente su explotación
a extremos tales que coloca al mundo al borde del colapso. Su
respuesta es el genocidio.
En
nuestros países han quedado truncas, por tanto, varias tareas
históricas (la liberación nacional) a las que se agregan ahora
tareas que podemos denominar de emergencia. Dado el carácter de
sistema mundial del capitalismo contemporáneo, la lucha por la
liberación nacional, las tareas de la emergencia y las de la
construcción del socialismo son, además de inseparables, mundiales.
Por lo tanto no corren por exclusiva cuenta de los pueblos
explotados y mucho menos separadamente sino que abarcan a los
pueblos de los países centrales porque el desastre también los
amenaza y victimiza. Esto va dicho sin olvidar que en el caso de
América mestiza para mejor explotarnos hemos sido balcanizados por
la acción imperial.
Las
tres fuentes de nuestro pensamiento, son ellas y son tres, como
expresión de esta realidad. Resulta imposible referirse al
socialismo desprendiéndolo del contexto. Para poder construirlo
habrá que realizar las tareas urgentes y las pendientes: ellas
influirán sobre los contenidos de dicho socialismo. Pero a su vez,
sin una perspectiva y sin contenidos socialistas será imposible
recorrer el camino ya que formamos parte inseparable de un sistema
que además de ser capitalista, para poder seguir siéndolo, debe
mantenernos, como sea, en la situación en la que estamos. Dicho de
otro modo, las tareas de la emergencia y las de la liberación
nacional serán influidas, por las del socialismo.
Resulta imposible obrar de otra manera. No se trata solo de una
opción ética; también lo es estratégica en el más práctico sentido
de la palabra.
Las
tres fases del camino
La
emergencia.
El
capitalismo contemporáneo ha llegado a una etapa sacrificial. Para
mantenerse, condena a la marginación y la muerte a millones de
personas. Su propuesta es exclusivamente para una minoría de los
habitantes del planeta (incluso los que todavía tienen el
"derecho"(!) a ser explotados). El resto, la mayoría, es
prescindible.
Estamos ante el genocidio, las migraciones masivas, el "apartheid"
racial y social, la división del planeta en dos grandes mundos:
norte y sur (aunque hay sures en el norte y nortes en el sur), el
renacimiento de las grandes matanzas por vía bélica (incluso como
modo desesperado de "salvarse"), el abandono de zonas y poblaciones
en manos de la hambruna y e caos, una incontenible explosión
demográfica producto de la pobreza y su círculo infernal, la
reaparición de enfermedades que se consideraban definitivamente
superadas, la desocupación estructural como paradojal resultado de
las innovaciones tecnológicas en el marco de una tercera gran
revolución industrial, el colapso ecológico, la proliferación de
armamentos y residuos tóxicos catastróficos, acordes con un modelo
político-económico que también lo es, el despilfarro colosal de
riqueza en armamentos "necesarios" para mantener el sistema con toda
su atrocidad.
La mayor parte de la
humanidad, pero también la mayor parte de la naturaleza agredida,
está en el Tercer Mundo. Aquí hoy, la "utopía" es para mañana mismo.
Consiste-por ejemplo- en comer tres veces al día.
Combatir por conquistarla es pelear por erradicar lo anterior. Dicho
de otro modo: es atacar la base misma del sistema. Frente a ello, la
simple reivindicación de comer deviene revolucionaria. Durante esta
fase el dilema principal es vida o muerte y por lo tanto una
categoría tan poco "científica" como el amor se transforma en
arma letal.
B) La
liberación nacional. O, dicho de otro modo, la independencia,
el desarrollo económico y social recuperando para ello las riquezas
que se rapiñan, la democracia y la identidad cultural de cada
nación.
Para
ello hay que derrotar al imperialismo sin olvidar que de él forman
parte las oligarquías nativas que lo sirven. (una minoría en los
países oprimidos), y forman parte los pueblos que viven en los
países "centrales".
Por el
contrario, para poder triunfar será necesario construir esa alianza.
En ese sentido las condiciones están dadas. Los intereses
representados por el imperialismo (minoritarios también en los
países centrales) son el enemigo común de todos los pueblos del
mundo.
En lo
que nos toca esta empresa pasa por la Integración.
El
dilema principal para esta fase (íntimamente vinculada e
influenciada por las otras dos) es Norte-Sur, sin olvidar, como ya
dicho, que hay sures en el norte y nortes en el sur.
C)
Socialismo. Será imposible construir el socialismo si no se han
resuelto favorablemente las otras dos grandes tareas históricas.
Porque nada -y menos que el socialismo- se puede construir sobre un
cementerio económico, social, cultural y moral. Será imposible,
también, construirlo en un solo país o en un pequeño grupo de
países. Esta "tarea", más que las otras dos, tendrá carácter mundial
como condición imprescindible.
Hay
una "escala" para la liberación nacional y el socialismo asé como la
hay hoy para la economía.
El
dilema principal en esta fase y fundamentalmente en todo este
período histórico, es socialismo o barbarie.
"Barbarie" en lugar de "capitalismo" porque éste ha llegado a tal
grado de "desarrollo" que si no encuentra como solución el
socialismo, se transformará en sinónimo de barbarie tal como hoy lo
podemos ver en grandes zonas del planeta. Porque no es forzoso que
-como muchos creían- el capitalismo desemboque "fatalmente" en el
socialismo.
Eso
depende de los seres humanos y sus opciones.
El
Poder
"La
emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores
mismos"
"Todo
partido político, sea del signo que sea, aspira a tomar el poder"
Dicho
aserto viene avalado, aparentemente, por siglos de historia. pero el
gran problema estuvo y está en definir qué cosa es el poder y dónde
reside. La respuesta a esta cuestión define campos y no es para nada
sencilla.
Para
algunos el poder es ganar las elecciones y ejercer el gobierno; para
otros, controlar los aparatos permanentes del Estado; para otros
tener las armas, o sea, controlar el aparato más contundente del
estado. Entre dichos extremos cabe toda la gama de variantes y
combinaciones. Muchos pensamos durante un tiempo que tomar el poder
era adueñarse de los resortes fundamentales del Estado y entre
ellos, por antonomasia, el militar. Que la revolución consistía
esencialmente en eso, aunque no sólo en eso; que los revolucionarios
éramos lo que usábamos armas; y que la línea demarcatoria entre los
reformistas y nosotros pasaba por la cuestión del poder.
Pero
el poder entendido de ese modo. Por eso a la revolución la
concebíamos ingenuamente como el momento en que se "tomaba el
poder". Después de dicho acto-casi sagrado- lo demás venía por
añadidura y con pocos problemas. Por eso se llegó a dotar a la lucha
armada de propiedades metafísicas: purificaba.
Las
supremas actividades revolucionarias llegaron a reducirse a una mera
"tecnología" de la insurrección. Con el agregado de que con ella era
suficiente y olvidando que dicha tecnología, como cualquier otra,
puede servir para muchas cosas (incluso la contrarrevolución). Pero
lo más grave: cuando se reduce a ese extremo y cuando, consecuencia
obligada, todo se pone al servicio de dicha simplificación, se corre
el riesgo de caer en vicios y deformaciones que luego, aún con la
"victoria" en la mano, impiden hacer la revolución o se transforman
en palancas contrarrevolucionarias.
Por el
contrario, y en nombre de la lucha contra esos vicios, se cayó en la
otra unilateralidad: eludir, como cuestión de principios, toda
confrontación o ruptura que arriesgara llegar a llo límites de la
insurrección. Lógica consecuencia de esta postura: se echó al olvido
toda "tecnología" de la insurrección y hasta de la mera defensa
conduciendo por esa vía a desastres de tanta o peor envergadura.
La
referida simplificación reposaba sobre una ilusión: había un
"umbral", el de la "toma del poder" que, traspasado, inauguraba la
época de la revolución sin retorno posible.
A su
vez esta ilusión emanaba "naturalmente" de un equívoco: el
socialismo era una consecuencia necesaria del capitalismo y dicha
"necesidad" estaba demostrada científicamente. Por lo tanto la
revolución triunfaría ineludiblemente. Los revolucionarios
trabajaban a favor de la historia provistos además de una
demostración científica de ello. El socialismo no se instalaba en el
mundo debido a ciertos hechos y fuerzas antihistóricas que,
removidas (tarea esencial de los revolucionarios), dejarían el
camino expedito. Los cañonazos del crucero Aurora anunciaban no sólo
un hecho bélico sino la apertura de una era irreversible.
El
umbral del Paraíso
El
equívoco estribaba en la confusión entre la necesidad del análisis
científico para el estudio de la realidad (para transformarla) y la
futurología en nombre de una pretendida ciencia. El monopolio de la
"verdad"... Desde ahí hasta el despotismo no hay más -no lo hubo-
que un paso. Desde ahí hasta considerarse por sí y ante sí
representante científico de los intereses de los trabajadores y en
nombre de esa certeza sustituirlos, no hay más que un paso.
No hay
un umbral que dé entrada al Paraíso. En todo caso los hay infinitos
antes y después del de la toma del poder (umbral que hay que
traspasar).
Cuando
la emancipación de los trabajadores, o sea de la inmensa mayoría,
sea obra de los trabajadores mismos, entonces sí se habrá traspasado
un límite de envergadura histórica. Pero luego habrá otros.
¿Cuál
es el principal papel de los revolucionarios? A nuestro juicio no es
la toma del poder (ese es el principal papel de los conservadores):
su principal papel es la lucha por los cambios. La toma del
poder no es más que una función de esa lucha. Cuando esto fue
olvidado, la práctica se encargó de mostrar partidos que luego de
tomar el poder fueron tomados por el poder.
Entre
otras cosas porque los cambios revolucionarios deben conducir a la
desaparición de los partidos y de su necesidad. Que el poder
inmediato, el de todos los días, lo tiene el Estado y su fuerza, es
una realidad incuestionable y evidente. Pero no es toda la realidad.
Es por
ello que la revolución inicia su camino más difícil después de la
"toma del poder" y no antes.
"El
poder nace del fusil"... Pero antes tuvo que ser engendrado y
después tiene que crecer y desarrollarse.
Es
peligroso ganar elecciones y pretender, con el apoyo de la mayoría,
hacer cambios de fondo si no se cuenta con el apoyo de la fuerza.
A su
vez la fuerza, la lucha armada, no tiene propiedades "purificadoras"
por sí misma. Ella también puede servir para la contrarrevolución.
También para generar las más crasas burocracias.
El
poder descansa en la economía y en la conciencia de las grandes
mayorías.
Puede
mantenerse gracias al Estado sin el apoyo de las mayorías sólo
mediante la fuerza. Pero eso dura históricamente poco. Yo no dura
mucho ni poco, prácticamente no existe, sin el poder económico.
En la
sociedad actual este poder, creado por los que trabajan, está
secuestrado (expropiado) por una minoría (los dueños del gran
capital). Pero lo está a nivel mundial. Es por ello que las tareas
más difíciles comienzan después de la "toma del poder": expropiar a
los expropiadores genera confrontaciones decisivas para el
mantenimiento o el cambio del sistema. Dichas confrontaciones, desde
que el sistema es mundial y así se organiza, fueron, son y serán
también y muy especialmente en el terreno económico (desde los
bloqueos hasta la compra de conciencias. Desde los sabotajes
financieros y comerciales hasta la compra de mercenarios).
Potenciar el poder económico que ya se tiene, recuperar el
expropiado total pero también parcialmente, paso a paso, según se
pueda, es vital para los trabajadores.
Aquella concepción que creía en el umbral, junto (aunque enfrentada)
a la que proponía eludir todo tipo de confrontación, generaron una
dicotomía tajante: o reforma o revolución.
Maniqueísmo que conduce por senderos unilaterales. Reforma y
revolución es el camino de los trabajadores. Ello nada tiene que
ver, forma parte de una discusión distinta, con el tema de cómo
actuar en los momentos de ruptura.
Ni
tampoco con la polémica en torno a si hay que embellecer el
capitalismo reformándolo (de eso se encargan, cuando pueden, los
propios capitalistas) o si hay que cambiar el sistema.
La
cuestión militar
La
cuestión militar contiene, junto con la más grande abnegación que se
le puede pedir al ser humano (la ofrenda de su vida), el peligro de
las más grandes tentaciones. Mientras la tecnología no cambie la
realidad, toda organización militar deberá ser centralizada,
autoritaria, secreta y monopolizadora de la información) es poder.
Hoy,
no sin marcas en el pellejo aprendimos que revolución es aquella en
la que el poder está directamente, sin mediatizaciones de ningún
tipo, en manos del pueblo. Que el poder lo toma y lo debe tomar la
gente, para que esté a su servicio y nada más que al suyo.
Que el
poder se compone necesariamente de la garantía armada, pero no
exclusiva, y menos, suficientemente.
Que lo
único que tiene propiedades purificadoras contra la tentación
mezquina o autoritaria es la convicción antedicha.
Que la
Revolución es muchísimo más que la simple "toma del poder".
Que no
empieza ni termina con dicho acto histórico: empieza hoy mismo, en
cada uno y en cada organización, pasa ineludiblemente por "la toma
del poder" y sigue después, enfrentando en ese "después" los peores
desafíos.
Que
todo aparato, sea de la índole que sea, genera deformaciones como
secreción natural de su existencia. Pero también la otra verdad: que
sin organización es utópico plantearse la lucha en cualquier terreno
y que, además, es un atributo inalienable de la libertad organizarse
para luchar, unir en organización a todos los que tengan propuesta
y, al mismo tiempo, garantizar y aceptar la pluralidad de las
propuestas, organizadas o no.
Que la
revolución se produce cuando las ideas y la práctica de la mayoría
son revolucionarias.
Que la
vida saben ofrendarla generosamente no sólo los que tienen armas en
la mano sino también los que pelean desarmados... Porque todo es
pelea y toda pelea es imprescindible.
La
Revolución no es un resultado automático y fácil de la toma de un
cuartel ni la de una fábrica. Ella sólo se produce cuando en el
cuartel y en la fábrica hay corazones y cerebros revolucionarios.
Desde ese día comienzan a desaparecer cuarteles y fábricas...
Un
hombre armado mata y oprime al pueblo, mata y oprime, en nombre de
la democracia o del socialismo, de la libertad incluso, cuando en su
corazón y en su mente reina el egoísmo y la mezquindad.
Mata y
oprime también cuando está equivocado. Que la verdad no es poca
cosa. Egoísmo y mezquindad son formas del error pero no las únicas.
Defiende al pueblo con su vida cuando en su corazón y en su mente
reina la generosidad fraternal y la grandeza hasta el extremo, que
no lo es, de respetar y acatar a la mayoría cuando piensa diferente.
El
poder no se toma: se va tomando. La revolución no se hace: se va
haciendo.
Se
toma y se hace conquistando en buena ley el corazón y la conciencia
de la gente, para lo cual es imprescindible dejar que la gente
conquiste nuestro corazón y nuestra conciencia.
Para
que este último requisito sea posible, es necesario dejar de lado la
soberbia intelectual, sin olvidarse de aquella, la más formidable de
todas, que vértebra todo tipo de demagogia: tanto la que le dice
siempre que sí a la mayoría para "quedar bien", ganar votos y
engañarla, como la que se disfraza de pueblo. En política, la cola
del pavo real casi siempre es la capa de un pobre aunque, como lo
dijo el filósofo, a través de sus agujeros se vea la vanidad.
Si se
cae en los errores y crímenes que venimos señalando, aún cuando se
lo haga en nombre de los más sagrados ideales, el poder se irá
perdiendo y la revolución deshaciendo.
Ningún
proyecto revolucionario que merezca el nombre de tal pasa por la
muerte. Por el contrario, merece tal calificativo cuando es una
grandiosa apuesta a la vida y es sólo por eso que los pueblos
ofrendan la suya. La tristeza es siempre una consecuencia de la
contrarrevolución. La sonrisa es el emblema de los mejores sueños.
Y por
la muerte se pasa a través de varios caminos y no sólo por el de la
sangre: matando la iniciativa popular y su creatividad con la fuerza
de los aparatos; sustituyendo la soberanía de los pueblos por la
imposición de las elites; congelando el fermento de las ideas por el
asesinato del pluralismo en nombre del monolitismo y por la
aniquilación de las minorías en nombre de la unidad; monopolizando y
ocultando la información -como todo oscurantismo lo ha hecho
siempre- para abortar la cultura y el poder de decisión de la gente;
huyendo del aire libre en nombre del necesario secreto -casi siempre
inventado- para cocinar en ámbitos cerrados a cal y canto las
grandes componendas.
Alguien dijo hace poco que ningún paraíso es construible sobre un
cementerio económico. Es verdad, pero nosotros agregaríamos que
tampoco lo es sobre la base de un campo santo cultural y moral, aun
cuando las cifras de la economía se muestren florecientes. Tampoco
lo es sobre la base de un tendal de tumbas llenas de silencios y
mordazas sobre las que campea la voz del burócrata en el
altoparlante, cumpliendo la orden que como a toda protuberancia gris
le dieron: sí señor, sí señor...
De
medios y fines
Los
cambios (las revoluciones) no son fines en sí mismos. Tienen sentido
sólo y cuando persiguen objetivos superiores. Si bien la
superioridad de un objetivo puede ser tela de juicio y asunto de
debate desde que es inherente al ser humano establecer escalas de
valores y estos a su vez pertenecen por lo general a la ética, a la
estética, a la religión o a la filosofía, queda claro que lo que
puede discutirse es la superioridad. Está fuera de discusión
proponerse objetivos inferiores.
Por lo
tanto los cambios son el modo de conseguir los objetivos. De otro
modo carecen de sentido o son francamente regresivos. Esta obviedad
se refiere, sin embargo, a cuestiones importantes. El fin no
justifica los medios pero tampoco se puede caer en la ideología de
que los medios son más importantes que el fin: cambiar por cambiar,
confrontar por confrontar, etc., independientemente de los
resultados, conduce a un solo gran resultado: el desastre. El
desprestigio de medios y de fines. Discutir si en el marco de un
proceso habrá rupturas y confrontaciones más o menos violentas
teórica y del análisis científico pero también de la voluntad del
enemigo. No es una cuestión de principios ni mucho menos. Cuando
dicha discusión está despojada de a -priorismos se descubre que el
dilema no existe aún cuando puedan existir discrepancias.
Pero
cuando el dogmatismo o la lucha por otras razones establecen a-priorismos
se cae inexorablemente en dos actitudes metafísicas:
a)
Buscar la ruptura o la confrontación como sea. La consecuencia será
el putsch, la aventura, el vanguardismo...
b)
Eludirla como sea. La consecuencia será la claudicación o la lisa y
llana traición.
Ambas
le han costado al movimiento obrero y a los pueblos ríos de sangre y
desesperanza porque al final de su camino está siempre esperando la
debacle.
Los
socialistas somos partidarios de la paz. Deseamos fervientemente que
los cambios por los que luchamos sean realizados por vía pacífica.
Estamos, además, dispuestos a luchar para que ello sea así porque
entendemos que sólo las grandes mayorías podrán llevar adelante y
decidir dichos cambios. Sólo quien proyecta defender una situación o
cambiarla en base a una minoría debe pensar en la violencia en todas
sus formas.
Pero
una larga historia, de siglos, y una racional previsión basada en el
análisis de ese pasado, este presente y el próximo futuro nos hacen
temer como lo más probable la violencia cruenta desencadenada por la
minoría en defensa de sus privilegios. Mientras eso sea así sería
suicida y criminal fomentar falsas ilusiones y desprevenir a los
trabajadores y al pueblo.
Por el
contrario, estos deben ser asuntos del debate popular. La democracia
no puede detenerse en la puerta de los temas decisivos y vitales en
el más pleno sentido de la palabra.
Por
otra parte el derecho a la vida, a la rebeldía ante las tiranías a
la defensa en caso de agresión extranjera, están universalmente
reconocidos. Son irrenunciables. Pero dichos derechos serán
puramente formales mientras los pueblos no sepan cómo ejercerlos ni
tengan con qué. La democracia tampoco puede detenerse ante el portón
de los cuarteles. Dicho de otro modo: es un derecho de los pueblos
aprender a defenderse y tener armas.
Por
otra parte si bien fomentamos y defendemos el respeto a toda clase
de minorías y su derecho a expresarse, también reconocemos el
derecho de las mayorías a que sus decisiones sean acatadas siempre
que no atenten contra los Derechos Humanos y hayan sido tomadas en
igualdad de condiciones.
La
violencia es un mal ya que hasta en los casos extremos extremos en
los que su uso se justifica, ello se hace en el entendido de que es
un mal menor o dicho de otro modo, para evitar o combatir males
mayores.
De ahí
la superioridad ética de la lucha no -violenta y la de la no-
violencia activa que, además, puede tener, en ciertas
circunstancias, un insuperable valor táctico además de su claro
valor estratégico.
El
socialismo
"No
somos de esos comunistas que quieren aniquilar la libertad personal
y hacer del Estado una gran cárcel o un gran cuartel". Marx.
La
empresa capitalista ha demostrado muchas veces (no siempre) ser más
eficaz y hasta más eficiente que la empresa estatal. Aunque no debe
olvidarse que las empresas estatales han estado y están al servicio
de los capitalistas o de los burócratas.
No
discutimos hechos emanados de la realidad. Lo que sí cuestionamos es
la subrepticia identificación de empresa capitalista privada con
iniciativa privada (que puede ser de un capitalista pero también de
un obrero, una cooperativa, una asociación de vecinos, etc.).
El
capitalista destruye y anula la inmensa mayoría de las iniciativas
privadas. Una de sus características más escandalosas es el colosal
desperdicio de trabajo, inteligencia y riqueza que lleva a cabo. El
capitalismo sólo fomenta y admite la iniciativa privada (Por regla
general proveniente de obreros, científicos, etc., NO CAPITALISTAS)
cuando ella le da ganancias a un capitalista concreto.
Ni
siquiera lo hace cuando simplemente da ganancias.
No
concibe, no puede concebir, que una empresa dé ganancias que no se
puedan apropiar.
Los
servicios públicos, la cultura, los Estados, sirven, según su
concepción, en la medida que acrecienten sus ganancias particulares
o reproduzcan el sistema que lo permite.
Cuando
admite la iniciativa privada ("que no da ganancias") la confina en
las obras de caridad funcionales al sistema entendiendo que ese es
un acto apartado de la "economía". Que pertenece más bien al rubro
de los "hobby".
Tiene,
está obligado a tener si quiere seguir siendo lo que es, una visión
parcial y distorsionada de la economía.
Un
ejemplo desastroso de ese primitivismo es el colapso ecológico que
ha provocado. Desastre que a la humanidad le va a resultar más caro
que todas las ganancias acumuladas gracias al despojo vandálico que
se le hizo al mundo. Vandalismo que desde el punto de vista de su
ciencia económica no es ni puede ser tal desde que las cuentas
"cierran" dejando ganancia. Ahora el sistema capitalista, o parte de
él, corre presuroso a corregir el error en una operación de
salvataje del sistema y no de la naturaleza.
Esa es
su dinámica. No puede ser otra: vivir corrigiendo los desastres que
permanentemente genera, siempre y cuando corregirlos sea
imprescindible para mantener el sistema. La reconstrucción de Europa
occidental después de la II Guerra Mundial es otro ejemplo.
En
fin: en el sistema capitalista la iniciativa privada (así sea la de
Einstein) debe pasar por la "aduana" de alguna empresa o, en el
mejor de los casos, la de algún organismo estatal al servicio de las
empresas o las burocracias.
El
socialismo se propone abrir las puertas a las iniciativas privadas
derribando esas barreras.
Las
únicas "aduanas" que se deben poner ante los individuos y sus
iniciativas en todos los órdenes son aquellas que impiden que la
iniciativa privada de unos pocos destruya la iniciativa privada de
la mayoría.
El
capitalismo no sólo no pone esas barreras sino que abre anchas
avenidas para que por allí pasen los blindados de su empresa y nadie
más.
Mediante otra subversión ideológica esto se hace en nombre del
derecho a la propiedad privada. Al mismo tiempo que se le niega ese
derecho a la inmensa mayoría. Mejor dicho, se aplasta el derecho a
tener ese derecho, procediendo a una gigantesca expropiación de
individuos, naciones, continentes, grupos étnicos, etc.
Mirando las cosas desde este punto de vista el socialismo no es una
subversión sino el esfuerzo por poner las cosas en su lugar y
terminar con el caos.
La
vieja consigna socialista que dice "De cada cual de acuerdo a su
capacidad y a cada cual según su necesidad" es una apoteosis del
individuo y de la propiedad privada para todos y no para una
minoría. Es incluso una apoteosis del ser humano concreto sobre lo
colectivo abstracto. Entendemos que no puede haber una sociedad
justa "en general" que no lo sea para cada uno/a en particular. Una
asociación de seres humanos que en nombre de la liberación no libere
a cada uno/a de sus miembros.
En ese
sentido el socialismo, que se caracteriza por la propiedad social de
los grandes medios de producción, es la mejor posibilidad de liberar
al ser humano de la esclavitud de la necesidad y también de la
explotación de uno/as sobre otros/as y de todas las formas de
opresión. (económica, nacional, étnica, etaria, sexual, religiosa,
etc.). Pero no creemos que con dicha socialización baste.
Mucho
menos que con la simple expropiación de los medios de producción y
su administración por el Estado baste. No sólo no basta sino que
puede ser peor. Por el contrario, nuestro objetivo es la disolución
del Estado.
Entre
el "jean" y las lentejas
Los
burócratas que en nombre del socialismo se adueñaron del poder del
Estado reproduciendo de un modo peculiar los valores del
capitalismo, introdujeron la confusión entre socialización y
estatización. Sólo ellos y los capitalistas -porque los convenía-
entendieron y predicaron que eso era socialismo.
Mediante otra subversión ideológica unos y otros, confundieron la
lucha de los seres humanos por la igualdad con el grueso rasero del
igualitarismo burocrático, traicionando aquella otra vieja consigna
socialista que dice "De cada cuál según su capacidad a cada cuál
según su trabajo". El capitalismo no permite como ya vimos que cada
ser humano aporte su capacidad. La burocracia tampoco. Ni unos ni
otros retribuyen según el trabajo. Por el contrario unos y otros se
apoderan del trabajo de los demás. Ambos -mucho más la burocracia-
necesitan para ello de poderosos aparatos estatales.
Nosotros entendemos que mientras haya necesidades humanas de
carácter material y vitales no satisfechas, seguirá habiendo
necesidad de Estado y de "economía política". Mientras esa escasez
exista seguirán generándose valores insolidarios en la lucha por la
vida. Y en esa lucha, la retribución del trabajo aportado al
conjunto debe ser de acuerdo a dicho aporte, porque en esas crueles
circunstancias la más alta solidaridad es el trabajo. Sólo los
burócratas y los capitalistas pueden ser partidarios de retribuir
por no trabajar o de no retribuir por lo que se trabaja. Sólo el
egoísmo mezquino e irracional de una minoría puede levantar como
"valores" el sobreconsumo y el asco -o el miedo- al trabajo. Porque
la cuestión no es sólo repartir con justicia lo que hay sino también
lo que no hay. La riqueza disponible pero también los trabajos
desagradables y la escasez.
Olvidar este triple sentido del reparto es olvidar la lucha contra
los explotadores sean de la calaña que sean. Esa distracción también
le costó muy cara a los trabajadores. Mientras dichas escaceses
existan será necesario, lamentablemente, no sólo administrar las
cosas sino también los distintos intereses sociales (las personas).
Se ha
dicho que esta es una utopía irrealizable. y se lo ha dicho desde el
examen de experiencias concretas llevada a cabo a veces en un grupo
de países pobres rodeados por un mar planetario de capitalismo.
A su
vez se ha incurrido en el error de pretender una defensa acatando
esa ideologización que acepta el sofisma.
El
capitalismo como sistema mundial acorraló múltiples intentos,
algunos frustrados de inmediato, otros con mayor tiempo de
aplicación, mediante bloqueos, guerras, sabotajes de todo tipo, etc.
A la
postre, cuando fallaron -gracias al heroísmo de las multitudes- los
"argumentos" de la guerra más desembozada, terminaron triunfando los
"argumentos", estratégicamente decisivos, de la simple mercancía.
Asistimos, por la otra parte, al penoso (incluso a fuer de sincero)
esfuerzo de "inventar" los modos de combatir las expresiones
materiales,sociales y políticas emanados de los "valores" del
egoísmo irracional, ante la avalancha de la escasez o simplemente de
la mercancía y el consumismo... Tarea de cíclopes casi siempre
destinada al fracaso mientras la derrota del capitalismo no se
produzca a una escala internacional que a su vez genere condiciones
determinantes. Dicho de otro modo, mientras el socialismo no sea un
sistema "a escala".
Por
poner un solo ejemplo: La heroica Cuba debe hoy plantearse (en
realidad desde hace muchos años se lo plantea) cómo construir el
socialismo no sólo sin el apoyo de la clase obrera norteamericana
sino contra el imperialismo de ese país. Resulta fácil comprender el
tamaño de dicha empresa. ¡Qué distinto sería si pudiera contar con
esa solidaridad y no tener que enfrentar esa agresión sino todo lo
contrario! En ese caso sería inconcebible que una mercancía tan
simple como un par de zapatillas de cierta marca pudiera dar de sí
valores insolidarios, originar colas, tristeza por necesidades
insatisfechas.
Un
blue-jean o un plato de lentejas pueden tener ese "efecto" -y lo
tienen con más fuerza que nada- cuando se anda desnudo/a o con
hambre. La polémica entre estímulos materiales o morales sólo puede
tener sentido en el mundo de la escasez -a veces de la escasez
atroz-. La comida, para una sociedad de hambrientos deviene
imperativo moral y estímulo revolucionario, aunque en las
universidades bien alimentadas pase por cosa demasiado prosaica.
Recreando la "utopía"
Por lo
general los capitalistas, y a veces muchos socialistas, cuando
piensan en la posibilidad de realizar "la utopía" lo hacen siempre a
partir de esa inferioridad de condiciones casi total que dan por
descontada. Sin embargo, hasta los organismos internacionales en
manos hoy de países capitalistas, reconocen que solamente con la
riqueza que se dilapida en gastos militares bastaría para resolver
las más grandes necesidades materiales de la humanidad.
Producto indirecto de esta subversión ideológica y política ha sido
la elaboración "teórica" que contrapone, nuevamente de forma
maniquea, mercado con planificación, llegando a niveles metafísicos.
Se
cuestiona la planificación en base casi siempre a la maciza
peripecia burocrática sin libertad, participación, ni democracia que
se llevó a cabo en algunas malas experiencias. Se postula el mercado
en base a la muy interesada visión de un puñado de empresas
monopolistas transnacionales que desean campo abierto a su acción
asoladora.
Nosotros entendemos que ambos aspectos de la contradicción edificada
no se oponen. Postulamos la planificación sometida al examen del
mercado y corregida permanentemente en consecuencia. Sospechamos que
luchar por disolver el Estado es también una apoteosis del mercado
supremamente libre. Pero libre de verdad.
Para
finalizar, no creemos posible para el logro de los objetivos
propuestos, el camino de la reforma del capitalismo o su
embellecimiento. Han sido dichas ya una cuantas características que
son inherentes al sistema, que no sólo impiden su "reforma" sino que
generan de modo permanente e inagotable los "valores" y las
condiciones materiales y políticas que actúan contra la posibilidad
de una superación del capitalismo en el marco del capitalismo.
Se
confunde adaptación con superación. El capitalismo ha mostrado una
proteica capacidad de adaptación, incluso a sangre y fuego. Siempre
para peor. A lo largo de mucho tiempo ha reinado sobre la tierra. Ha
tenido la posibilidad de agotar alternativas. Ninguna de ellas ha
conducido al bienestar de la mayoría. Por el contrario, lo que hoy
nos muestra a nivel planetario es un agravamiento, de horror, de las
consecuencias de su sistema. Peor: de las consecuencias
imprescindibles para que el sistema siga en pie y se reproduzca.
Además
es notorio que prácticamente todas las propuestas de reforma o
embellecimiento son tendencialmente socialistas o socializantes aún
cuando ellas se hagan para frenar la caída del capitalismo. una
especia de -como decía el filósofo- tributo que la hipocresía le
paga a la virtud.
La
democracia capitalista es parcial y lo es en grado sumo.
Ella
se detiene ante una serie de portones. Allí no entra. Ante el portón
de la fábrica; de los cuarteles; de los bancos; de los canales de
T.V.; de los otros grandes medios de comunicación e información; de
los partidos políticos... Se detiene ante los legajos de los grandes
títulos de la propiedad abusiva. Se detiene, en fin, ante todos los
lugares donde se toman o gracias a los que se toman, las más
importantes decisiones. Las que habrán de determinar el futuro de
las grandes mayorías. Se detiene también ante el portón de los
almacenes de alimentos. Su democracia no llega ni tan siquiera a la
hora de comer. Bochorno para todos los seres humanos, coman o no.
Luchar
por la democracia en su pleno y cabal sentido, en su sentido
completo, sin portones ante el paso de la gente, conduce a otra
sociedad. Para nosotros esa sociedad se llama socialista. Sin la
democracia, los/as trabajadores/as, aunque crean vencer, serán
vencidos/as: de entre sus propias filas surgirán los/las nuevos/as
explotadores/as.
Para
los/las trabajadores/as y el pueblo el compromiso con la democracia
es un principio. Ella es el idea de una sociedad solidaria de
personas libres e iguales. Sin ninguna clase de opresión ni
discriminación.
Es por
eso que defendemos la democracia actual -producto de la lucha
popular y no de la generosidad capitalista frente a todo intento de
limitarla aún más. Sólo aceptamos como alternativa un sistema con
mayor democracia.
Ya
dijimos que para nosotros la emancipación de los trabajadores (o sea
de la inmensa mayoría) será obra de los trabajadores mismos. Ello
conlleva una concepción directa de la democracia en todos sus
aspectos.
Estamos en contra de los diversos modos de intermediación que, como
la experiencia muestra, sólo sirven para manipular en contra de las
grandes mayorías los resortes del poder, generando además nuevas
modalidades de opresión. Si el poder, como ya vimos, descansa en la
conciencia de las mayorías, ellas deben ejercerlo directamente. El
poder no es para un partido ni para un ejército por más que se crea
o diga representante de los intereses de la mayoría.
Gobierno y democracia directa. Capacidad de ser todos electores y
elegibles. Revocabilidad de los mandatos otorgados. Transparencia en
la gestión de los asuntos públicos. Descentralización del gobierno.
Transferencia del poder desde el Estado hacia todas las formas
imaginables de organización social de base. Fortalecimiento de la
sociedad civil. Democratización y transferencia desde los centros de
poder hacia la gente de los medios de comunicación y de información.
Enflaquecimiento de los aparatos estatales hasta llegar a su
disolución pasando de la administración de los seres humanos y las
cosas, a la simple administración de las cosas. El pluralismo es
inseparable de este concepto de la democracia. Es un atributo
inalienable de la libertad el derecho a organizarse por afinidad.
Sea para lo que sea. Con el único límite colocado en el respeto al
mismo derecho en los demás.
El
pluralismo es natural en todo tipo de actividad colectiva (un país,
un sindicato, un club...). Es, además, la garantía de que los/as
afines de puedan organizar separadamente del modo que estimen más
conveniente. Es garantía incluso de la homogeneidad y coherencia de
dichas asociaciones -partidarias o no- cuando desean tener esos
atributos y en la cantidad y calidad que deseen tenerlos. Garantía
de "poder irse" cuando se entiende que el ámbito organizado ha
dejado de interpretar lo que se desea. Garantía de poder expulsar
cuando se entienda que alguien es incompatible con el ámbito.
Pero
la garantía del pluralismo reposa sobre el hecho de que una vez
debatido, acordado y decidido, la resolución se aplica. Porque si lo
plural cuando acuerda no ejecuta, se desnaturaliza o se transforma
en una dictadura de los saboteadores, las minorías, la inacción y la
esterilidad. Ese diabólico mecanismo ha sido usado por las más
conspicuas burocracias para matar el pluralismo. El derecho de las
mayorías a que sus resoluciones se apliquen tiene dos límites: el
respeto a las minorías, y el respeto a los Derechos Humanos
(incluido el de huelga). Los Derechos Humanos son el sello de
distinción del socialismo.
Para
que todo esto sea posible debe regir la más irrestricta libertad de
prensa y por lo tanto de crítica.
Burocracia
La
burocracia merece un capítulo aparte.
Si al
comenzar este trabajo hemos tenido que referirnos a las fuentes y a
las fases de lucha para intentar describir el socialismo, al
finalizarlo debemos referirnos, también forzosamente, a la
burocracia y al dogmatismo -valga la redundancia- porque han
constituido y constituyen, junto con el capitalismo (son en realidad
suyos), el más grande peligro de las ideas socialistas. Han
contaminado sus fuentes y han tergiversado y malversado sus promesas
y esperanzas.
La
postura que se tenga al respecto define también el socialismo por
el cual luchamos.
Dicha
-proponemos- clase social ha mostrado a lo largo de la historia y a
lo ancho de los diferentes sistemas, una pujanza y vitalidad
(nocivas) mucho mayor de las que se le adjudicó tradicionalmente.
El
proletariado se caracteriza por vender su fuerza de trabajo y ser
eso, dicha fuerza, lo único que posee.
La
burguesía, por se la dueña de los medios de producción, comprar la
fuerza de trabajo y expropiar gran parte de su valor.
La
burocracia no tiene o no quiere tener fuerza de trabajo ni para
vender ni para alquilar; tampoco tiene capital ni medio de
producción, pero cuando manda lo expropia todo: la fuerza de trabajo
y el capital. Absolutamente todo.
Lo
único que ella tiene es el poder. ¡Casi nada!
El
proletariado vende su fuerza de trabajo y en ese hecho radica una
cierta capacidad de propiedad: vende. Cuando le va bien, vende bien;
cuando le va mal, vende mal. Le expropian siempre una parte de dicha
fuerza. Pero hay otra de la que permanece propietario (el esclavo
carecía de dichas atribuciones).
El
capitalista, si bien se lleva la parte del león expropiando a los
únicos productores reales, arriesga en cada emprendimiento su
capital y siempre, la lucha con otros capitalistas. Sin piedad de
ningún tipo. Podríamos decir que, en ese orden de cosas y aunque sea
para perjudicar, trabaja. Hace algo. idea, inventa, improvisa,
arriesga. Hasta para hacer daño se tiene que mover y a veces crear
fuentes de trabajo.
Un
burgués típico, en un capitalismo desarrollado, expropia la fuerza
de trabajo de miles de trabajadores para producir algo, sea lo que
sea. De ese típico burgués hacia abajo se va graduando (siempre
dentro de la misma clase) la escala que lleva hasta la total
improductividad.
Por
esa escala de gradación podría llegarse hasta el burócrata. No tiene
capital, no arriesga nada, no pelea contra otros burgueses, expropia
todo lo que puede... Basa su dominación en el poder administrativo
y/o político. Corre siempre con el caballo del comisario, apuesta al
número que va a salir, no hace ni deja hacer nada. En suma: molesta,
y cuanto más molesta más gana.
Esa es
la clase social que tomó el poder en la URSS luego de muerto Lenin,
y por consecuencia natural lo fue tomando en los demás países del
llamado socialismo real. Es la misma que disfrazada de otro modo,
toma el gobierno (a veces) en muchísimos países del capitalismo
realmente existente. Es una clase o sector social, llámesele como se
quiera, acérrimamente enemiga de aquella frase de Marx que decía: A
cada cual según su trabajo; o de la otra más trivial y tan
contundente, que decía y dice: El que no trabaja no come.
Vive
para no trabajar, le tiene miedo y asco al trabajo, hasta incluso al
poco o mucho trabajo que le da al capitalista ser capitalista y,
repetimos, cuando toma el poder y manda, lo expropia todo: los
medios de producción que estaban en manos de los capitalistas (los
pasa a una entidad de la que ella es única dueña: el Estado).
Expropia a todos los trabajadores y lo hace en mayor grado que el
capitalista. Porque a partir de su gobierno nadie más,
absolutamente, tiene derecho a vender su fuerza de trabajo o a no
venderla. Todos y todo, absolutamente, queda bajo la égida de las
normas administrativas bajadas desde el Centro. Esta clase social y
su modus operandi genera estilos, culturas y formas de organización
que le son vitalmente funcionales. Su vida misma depende de ellas.
Sin
agotar el inventario podríamos describirlas así: una gran capacidad,
eximia, para adular a los de arriba, serruchándole las patas cada
vez que ello sea posible sin riesgo. Igual capacidad para pisar a
los de abajo. La pirámide como idea organizativa que, mirada desde
donde se la quiera mirar, deja intacta la tranquilidad pesada de que
los de arriba pueden dominar a los de abajo. Un sofisticado y
sublime dominio, que llega más allá de la erudición, de todo lo que
sea reglamento y reglamentaciones. En realidad, para ellos la vida
misma es una discusión reglamentaria. Una defensa y un amor
entrañables y denodados de los límites, las alambradas, los sellos
de goma y cualquier otro fetiche que establezca claramente que se
debe pasar por su mostrador antes de respirar. Por lo tanto, y como
es lógico, una organizatividad filosófica estamentaria: todo es
cuestión de grados. La autoridad no emana de la autoridad sino del
grado que se tiene, que se ocupa, que se logró o que se conquistó.
Aquel a quien se le ocurra tener autoridad que emane de otra cosa
(iniciativa, creatividad, inteligencia, trabajo, capricho, invento,
descubrimiento, etcétera, etcétera) es el peor enemigo imaginable.
Terror
al trabajo, incluido el intelectual, amor a la pereza y como sumum
de la inteligencia, ganar sin hacer nada. Esto no es poca cosa:
consideran estúpido ganar mucho trabajando mucho. Para ellos es tan
peligroso no ganar como tener que trabajar. Por lo tanto, pelean a
brazo partido en los dos frentes: sacar mucho a la hora del reparto
de lo que hay, como poner poco a la hora del reparto de lo que hay
que hacer. Para ello han montado una cultura y hasta un Derecho, por
lo menos Administrativo, tendiente a demostrar que lo poco o nada
que hacen es, además de importantísimo, impresionante.
La
burocracia ha construido un típico modelo de organización política.
Este
tipo de organización genera un modelo de militante apto para el
microclima de su aparato y que, condicionado por él, pierde
sensibilidad para captar el sentimiento de la gente, adaptarse a los
nuevos tiempos y a sus cambios. Produce una visión de corto alcance
que llega hasta los aledaños de la estructura aunque, al decir de
Stendhal, "no ve más allá de su nariz pero de su nariz para atrás ve
mejor que nadie". Este tipo de militante termina transformándose en
un "raro" que cree en sus propios ´"versos" y cae fatalmente en
esquematismos y dogmas. Llega incluso a hacer un mérito de su rareza
"("carisma" llaman a esto en toda jerga religiosa y de ahí las
sotanas, las cabezas rapadas de los bonzos, las camisas pardas, las
capas rojas de ¨Tradición, Familia y Propiedad... y en general todo
uniforme que diferencia de los demás e iguala a los "elegidos"). Una
organización tal genera forzosamente una estructura altamente
centralizada, verticalista, intolerante, llena de formalidades
reglamentarias y litúrgicas que incluye una jerga propia, por lo
general tan inextricable como el latín, destinada a impresionar a
los otros a falta de otra cosa. Ello sirve para "seleccionar", o sea
para impedir el ingreso de la gente y expulsar a quienes discrepen.
A los que quedan luego de esa operación se los consulta
"democráticamente" sabiendo de antemano el resultado. En ese caldo
de cultivo prosperan los verbalistas capaces de soportar larguísimas
reuniones, hablar hasta la extenuación y convencer de que esa es la
quintaesencia de la militancia.
Cuando
de vez en cuando "bajan" hacia la gente (por regla general
"atrasada" políticamente), lo hacen para imponer las elaboraciones
de sus esotéricos conciliábulos.
Poliedros
Dicho
sistema organizativo, cerrado al control popular, resulta campo
expedito para los arribistas, es decir para quienes por adaptación
biológica, resistentes a los ámbitos anaerobios, conocedores del
laberinto reglamentarista y de las intrigas de pasillo como de la
palma de su mano, pueden, mejor que nadie, trepar por ellos
dedicándose en cada peldaño alcanzado a poner trabas a los de abajo
y del costado e incensar los ojos y serruchar las patas, de los de
arriba. La intolerancia pasa así a ser regla general. El "cuadro",
alguien que, como los herbicidas sistémicos, mata todo lo que no
controla y, por las dudas, lo que no entiende. Lo peor es que como
está muy ocupado, entiende poco..
Y está
muy ocupado porque acapara tareas, responsabilidades, controles, y
pasa la vida escudriñando con desconfianza qué pasa allí donde no ha
logrado acaparar. Se rodea de incondicionales que, por definición,
son obtusos y grises, generalizando en la organización este tipo de
ángulo y color. Ataca todo lo que brilla porque compite. Le tiene
terror a la más mínima autonomía de algo o de alguien. Poliedro,
sólo cree en los cubos para fabricar pirámides.
Este
tipo de organización eclesiástica viene a ser confortable y segura
para todos aquellos que le tienen miedo a la libertad. Permite vivir
sin el riesgo de pensar. El autoritarismo en ellas no sólo proviene
de arriba; por el contrario, la mayor cantidad proviene de abajo. Ni
Stalin ni Hitler se explican solos. Son un resultado.
Para
ello necesitan como el aire a los ídolos y a los catecismos. Se
alienan por tanto en los líderes y en las "teorías" (que devienen
teologías". Cuando ambas cosas entran en crisis, estas
organizaciones entran en crisis pero por poco tiempo, ya que cuanto
antes, sustituyen una estatua por otra y elaboran un nuevo
catecismo. Pueden llegar a vivir períodos de rabiosa iconoclastia,
cuyo fin empero es simplemente sustituir la iconografía. Ello es así
porque la causa de fondo que origina estos fenómenos sociales, es la
economía. Poco interesa el adulado cuando lo que más interesa es la
adulonería. Con tener qué adorar, poco importa qué se adora... Vieja
sabiduría humana que para Occidente ya está desde hace mucho
explicada en la Biblia y el Corán.
Como
los catecismos deben tener la autoridad que los mediocres no pueden,
ella por lo general se basa en grandes hombres y en grandes
pensamientos, pero como ambos son peligrosos si alguien los lee "en
directo", para catequizar se utilizan "manuales" e
"interpretaciones" cuidadosa y sañudamente elaboradas por "los
Doctores de la Santa Iglesia". No cualquiera puede darse el lujo, o
tener, el atrevimiento de interpretar la Biblia por la libre. La
tarea de "Formación" pasa a ser vital y, puesta en marcha con los
debidos manuales, la lucha ideológica se transforma en una guerra
santa que justifica todos los medios. Ideología y ciencia, cosas que
por su naturaleza deberían ser el campo de la más irrestricta
libertad y el más grande respeto por el pensamiento de las minorías,
pasan a ser el coto privado de la inquisición y la intolerancia. Si
el que dos más dos son cuatro llega a ser posición de la minoría
(cosa posible en el reino de los mediocres), se sostendrá contra
viento y marea que dos más dos son cinco si ello es opinión de la
mayoría. Cualquier otra idea será una peligrosa desviación. El más
craso idealismo filosófico desafiará la más cruda realidad. La
virginidad de María pasará a ser artículo de la fe precisamente por
ser absurda. Sostenerla hasta la muerte, confesarla, será expresión
de firmeza ideológica. "Porque es absurdo creo", decía Pascal.
Cuanto
más complicada sea la teoría, mejor. Cuanto más difícil, mejor.
Cuanto más intelectual y "formado" se necesite ser para entenderla y
explicarla, mejor. Como en toda religión, los sumos sacerdotes deben
reservarse el esotérico ámbito de la interpretación. El brujo más
primitivo de la humanidad ya había descubierto esa forma de
dominación.
Por
regla general, un obrero de carne y hueso no puede entender el
marxismo-leninismo al uso. Ello es privativo de los
pequeño-burgueses leídos. De allí a declararse, por resolución de
mayoría, vanguardia de tal o cual clase e intérprete de los
intereses históricos de la misma, no hay más que un trámite. Si
dicha clase opina lo contrario, peor para ella.
Como
todo aparato de esta naturaleza deviene el reino de los mediocres,
toda responsabilidad individual se diluye por un condicionado
mecanismo de autodefensa, en organismos colegiados. Decía Kissinger
que si un comité de dibujantes discute el dibujo de un caballo, por
lo general sale un camello. A eso se le llama "hacer la síntesis",
"lograr el consenso". Y si por milagro de una discusión de comités
se produce la metamorfosis de caballo en camello, además de esa
maravilla se agrega otra: nadie es responsable.
Este
tipo de organizaciones se transforman en medios de dominación y
hasta de vida de sus integrantes; por lo tanto, es prácticamente
imposible que den origen a una más grande.
El
sectarismo pasa a ser una razón de ser. Si no hay discrepancias con
otras, se las inventa. A eso por lo general se lo denomina "marcar
perfil". Hay que sacar declaraciones sobre todo de lo que pasa en el
mundo. Si el negocio es ser radical, ponerse siempre a la izquierda
del último. Si el extremismo debe ser de centro, colocarse siempre
allí, desesperadamente. Si la vocación es de derecha, no darle la
derecha a nadie.
La
única manera para que una organización como éstas pueda incorporarse
a otra es dominándola. Fagocitándola. A eso y sólo a eso le llaman
Unidad. Su grandeza no llega más allá del estómago. Lo que explica
la voluntad personal de adherirse a organizaciones así, por la
tranquilidad que dan y el remanso intelectual que significan en un
mundo tan caótico, es esa tendencia ancestral de volver el regazo de
mamá, a su tibio líquido amniótico, al acurrucado y confortable
estado fetal.
El
dogmatismo constituye la ideología -en el peor sentido de la
palabra- de la burocracia. Esta se caracteriza por no tener
ideología propia, adaptarse a la que le convenga en cada
circunstancia histórica para adueñarse del poder pero siempre,
absolutamente, la expresará de un modo dogmático. Confunde teoría y
programa con ideología, dándole al confuso conjunto el carácter de
dogma único. De allí pasa a impedir la lucha de ideas, la
elaboración teórica, sentirse dueña de la verdad revelada y
autoproclamarse vanguardia. Es por ello que nuestro único dogma debe
ser la lucha contra el dogmatismo.
Herencia y compromiso
Para
nosotros, las fuentes de nuestro pensamiento son herencia histórica,
acumulación de experiencia e instrumentos para el análisis de la
realidad. Nada más. Rechazamos la pretensión de establecer
interpretaciones, objetivos e instrumentos de carácter inmutable y
la práctica escolástica de sustituir el análisis concreto de las
situaciones concretas con formulaciones teóricas realizadas para
realidades y procesos diferentes al nuestro. Por la misma razón,
rechazamos la actitud acrítica y esclerosante en el examen de esas
mismas fuentes. Porque ese fue el golpe más grande que se le dio a
los miles de hombres y mujeres que con su elaboración teórica y su
acción dieron origen a esa riqueza inagotable despojándolo de su
siempre viva fecundidad creadora.
Dijimos que los cañonazos del crucero "Aurora" no anunciaban el
advenimiento de una nueva era "científicamente" irreversible...
Anunciaron sí el de algo más vivo, rico, noble y generoso: el de los
tiempos en los que pudo demostrarse que una insurrección obrera
podía triunfar a la hora crucial de tomar el cielo por asalto para
enfrentarse luego con los grandes desafíos. Incluso los de la
traición de tanto heroísmo.
Pasó
con ella lo mismo que con todo/as los hombres y mujeres que dieron
origen a cualquiera de las tres fuentes en las que nos apoyamos,
desde hace dos mil años hasta hoy.
Nosotros asumimos todo ese pasado y lo asumimos completo. Estamos, y
queremos estar de su lado. Seguimos, y queremos seguir, la misma
lucha porque a nuestro juicio allí radica, para proyectarse al
futuro, la única esperanza digna de los seres humanos.
8 de
setiembre de 1993.