José Pepe Mujica
Compañeros, amigos:
El Bebe era un paisano raro de esos que aparecen muy de cuando
en vez. Una figura contradictoria, y con un vicio: olfatear muy
lejos. Siempre andaba preocupado, por cosas que estaban muy
lejos del escenario. Un hombre muy difícil de seguir, porque
tampoco gastaba mucho tiempo en explicar las razones por las que
llegaba a determinadas conclusiones. Les decía a algunos amigos
de la prensa, recordando una Convención –una de las últimas en
las que él participó— que se aburría de las discusiones
interminables. Era muy heterodoxo, tenía una cabeza
terriblemente abierta, tanto que daba miedo. Porque también los
hombres de izquierda inventan su Biblia. Y después creen en ella,
aunque la realidad les esté rompiendo la cabeza. Es casi una
actitud humana, el ser un tanto conservadores, y es muy difícil
mantener la frescura, poder remover y remover las neuronas...
Por eso era un hombre raro. Y en aquella Convención, estaba
pronosticando muchos años antes lo que iba a pasar en el
entonces "campo socialista". ¿Cómo había llegado a esas
conclusiones? Misterio. Pero arriba de la Tierra, de todos lo
que yo humanamente conocí, el único que tuvo la audacia
intelectual de pronosticarlo, fue él. Entonces, intentamos
seguir esa huella, con las limitaciones de nuestro tiempo y,
obviamente, de nuestros recursos; esto es lo más trascendente
que nos dejó el Bebe. Y fue una característica casi de la
juventud; como militante del partido socialista, ¿cuánto peleó
allí para poder juntar los recursos y publicar a Rosa Luxemburgo,
casi ya olvidada, en aquellos años?
Naturalmente, la libertad intelectual es la que más cuesta; y
las trompadas que más le duelen a un verdadero revolucionario,
son las trompadas que nos dan los compañeros. Pero así es el
camino de la libertad. Por esto estamos aquí.
Hoy estamos en un país fundido, debemos tanto como todo el
producto bruto. Lo que ha pasado en el Uruguay ha sido un
terremoto, y no nos hemos dado cuenta. En nuestras cabezas, en
nuestras almas, no nos hemos dado cuenta. Y mucha gente añora un
bien perdido, y no asume lo que cualquier análisis descarnado
está planteando. Dicen los economistas de la derecha, que serán
necesarios 10 años a un crecimiento del 4% para llegar a
empardar con el producto y la riqueza --con todas sus
injusticias—del año 98.
Un crecimiento del 4% sistemático, eso es impensable para este
país. Definitivamente estamos en otra sociedad. Y esto es lo
primero que tenemos que asumir. Hay un país que se nos evaporó.
Ha habido una masiva destrucción de la riqueza, no sólo de
transferencia. Hemos despilfarrado una enormidad de recursos.
Pero no pasa eso en cualquier época. Pasa al entrar en un nuevo
siglo; en un mundo que está globalizado en lo financiero, y que
es liberal para vender, pero no para comprar. Y en una época,
donde el trabajo se está transformando a tal velocidad que ¡ay,
de aquellos pueblos que no vendan talento! ¡ay, de aquellas
sociedades que no intercambien inteligencia! El camino que les
espera es el camino de Africa. Porque hay una etapa de la
historia que terminó, y estamos en otra. La gran mina a explotar
ni es el petróleo ni es el agua: es la inteligencia. Y no hay
trabajador en la Tierra que vaya a dejar más plusvalía, que el
trabajador "de túnica", el de la inteligencia.
La propiedad de la inteligencia, la propiedad de la patente, la
posesión del conocimiento, va creando ventajas infinitamente
superiores a las viejas ventajas comparativas.
En ese marco, cuando el mundo central va a tener casi el 50% de
su juventud con calificación terciaria, tenemos que darnos
cuenta que estamos a más distancia que lo que estaban los indios,
nuestros aborígenes cuando Colón llegó a las islas de las
Antillas, de ese mundo central.
Entonces, este pequeño país, esquina gravitante, porque está en
la última frontera agrícola que le queda al mundo, donde está el
mayor hato ganadero que hay arriba de la Tierra –porque
entérense, hay 220 millones de vacas por lo menos, en la bolsa
del Mercosur— ¿qué papel va a intentar jugar el Uruguay?
Se nos destrozó el tan mentado país de servicios, y queda una
cultura remanente. Hay gente que está pensando en reconstruir la
plaza financiera. Estamos de acuerdo con Aebu, es obvio que los
trabajadores se preocupen por su fuente de trabajo. Pero ¡ay de
nosotros! si cometemos la estupidez de volver a reconstruir lo
mismo. Lo que tenemos que reconstruir, "suturar" en primer
término, es la economía productiva. Y eso, a caballo del viejo
país, del más despreciado, donde tenemos que tener el punto de
arranque. ¿Por qué? Porque el año pasado todo cayó: casi un 12%
en un año, salvo el vacilante, destrozado, endeudado, enfermizo
y fundido sector agropecuario, que logró aumentar el 6%.
Entonces, lo peor que hay en una sociedad, en un país, es no
entender dónde estamos parados. Pero yo no estoy haciendo una
apología agrarista; estoy a leguas de eso.
El país de recursos, por ahora, es ése, para pagar parte de lo
mucho que tenemos que comprar afuera. Y es a partir de él, de su
desafío, del viejo país agroexportador que hay que pelear para
hacer de él un país agroindustrial, de clase obrera, pero
fundamentalmente, agroindustrial transformador, en gran medida,
de lo que produce nuestro campo.
Y eso es todo un desafío, porque hay que hablar de los recursos.
Pero no para quedarnos en eso, porque hay que pensar 25 años
para adelante; y por eso empecé por decir que el futuro será de
aquellos que vendan inteligencia. No dije porque sí que hay 220
millones de vacas en la vuelta, porque tenemos que insertarnos
en la región. Bien decía Marenales, planteando el desafío
político, pero un país no puede vivir a espaldas de la región,
en todos los aspectos. Y en lugar de pelearnos y criticar a la
región hay que entenderla, como desafío y como mercado, y ser
complementarios. En esa potencialidad de la última frontera
agrícola está el campo para el desarrollo del conocimiento en
Uruguay, a caballo de la explosión de la ciencia biológica. Hay
mucho toro para vender. Hay mucho embrión para vender, hay
millones de vacunas para vender, hay mucha lucha por la mejora
genética. El clima templado es, tal vez, el mayor aporte al
consumo, ¡y a preservar el agua dulce!
Porque sepan, compañeros, que un kilo de arroz cuesta 7.000
litros de agua, y sepan que el arroz es el primer alimento de
los pobres arriba de la tierra. Hay que ser solidarios con los
pobres, entre otras cosas es necesario tener el "arrocito"
desarrollado y disponible. La lucha del conocimiento por
desarrollar un arroz que produzca tres veces más y tener la
propiedad de la patente, es una fuente de riqueza y un servicio
para los pobres. Pero es también un método de preservar la
naturaleza, y si me he detenido apenas en esto, es para
demostrarles que el camino de un proyecto nacional tiene que
poner las patas en el suelo, en lo que somos, porque el primer
mercado y el primer banco de prueba para la explosión de nuestra
biología interna está acá. Y el segundo está en el marco de la
región.
Como alguna vez hizo Dinamarca, para poder pelear con la unidad
alemana, y que lo mantuvo como secreto de Estado. Y lo que ha
hecho Holanda en los pantanos, transformándose en un laboratorio
de la semilla contemporánea. Y éste es el encauce para la
Enseñanza, y éste es un encauce para una política financiera, y
una política monetaria, que tiene que estar en función de la
puntería de ir desde un país agroexportador a un país
agroindustrial, y desembocar en un país "agrointeligente" en los
próximos 25 o 30 años.
Hay que levantar una bandera de discusión nacional, alrededor de
un proyecto nacional, que nos dé un contenido como nación. Si
no, intelectualmente nos pulverizamos. No tiene sentido de
nación nuestro transcurrir, hay que reinventar una religión. Y
tiene que ser una religión nacional, que cree unidad nacional
por encima de nuestras discrepancias, porque esto determina la
política de conocimiento, de enseñanza, de tierra, una política
de agua.
Pero requiere también enterrar una forma de funcionamiento
político. Cuando se empezó a hablar en el marco de esta
destrucción, de la idea de Reconstrucción, nos asustamos, y nos
seguimos asustando. Prácticamente atenazado y fundido el Banco
Hipotecario, había compañeritos trabajadores del Banco que se
decían: "habrá que aguantar dos o tres años, hasta que llegue el
FA al gobierno" para recuperarlo. Yo les tengo que decir que el
Banco se fue al carajo, lo hicieron pelota, no sueñen, sáquense
las telarañas, es otra cosa...
Porque ese Uruguay fue el que nos trajo a esto, y no queremos
reconstruir ese Uruguay. Hay que refundar otro Uruguay, porque
si no, el dolor que hemos pasado no nos habría dejado ninguna
enseñanza. Es otro Uruguay el que queremos.
Me fui las otras noches a discutir en Rocha los "que sí, que no"
del juicio político al señor intendente. En medio de todas
aquellas críticas, lo que yo pensaba era que hay un estilo de
hacer política y de ser gobierno, que está condenado por la
Historia: la política para la joda, la política para el
clientelismo, para el acomodo.
Hay que enterrar esa metodología, que es el gran cáncer que ha
enfermado a este país frívolo, que cuando está enredado en la
más espectacular crisis que ha padecido, por lo menos, en los
últimos 50 años, hay quien plantea investigar el ADN de Gardel,
o la propiedad de la empanada o del asado... ¿Podrá pensarse
semejante frivolidad, en el medio del drama que tenemos por
delante?
Por eso, cuando se sale con esas cosas, a mi me dan ganas de
proponer que el domingo de tarde el Parlamento funcione para que
discutan las bobadas, lisa y llanamente, y que durante el resto
de la semana se trabaje en lo otro. Eso es producto de una
génesis, ese sistema es consecuencia de lo que ha sido esta
historia permisiva del Uruguay que hay que enterrar.
Por eso queremos hablar de la idea de Refundación. Porque
tenemos que refundar también nuestra cabeza, nosotros también
tenemos que refundarnos. Porque para ese país, para semejante
frivolidad, ya no hay en el mundo tolerancia.
Nosotros, los de izquierda, también debemos refundar nuestras
cabezas; refundar no es abdicar. Compañeros, ¿cómo podemos sacar
una foto de 1960, y repetirla como un sonsonete hueco, sin
entender los cambios de la realidad? Porque para que exista lo
permanente tiene que existir el cambio, y la confrontación con
la realidad.
No se puede ir a una asamblea, donde hay gente en general
informada, y que a uno le planteen: "La izquierda no habla de
Reforma Agraria", y uno se queda con ganas de preguntar: ¿vos
plantaste alguna palangana de perejil alguna vez? Porque los
compañeros son brutalmente bien intencionados, pero lo que no
hicimos en 1940, en 1950, no podemos hacerlo hoy. Porque pasaron
60 años de historia y no tiene nada que ver con lo que hay que
hacer hoy. Hay cambios que hay que incorporar, el Uruguay
necesita reforma agraria pero no tiene nada que ver con la que
planteábamos. Es otra historia, porque el mundo ha cambiado. O
nos plantean: "Ah, la izquierda, ya no habla más del no pago de
la deuda". No se entiende ni se analiza cuál es la realidad hoy,
que nos tiene atenazados; con el FMI que nos tiene agarrados del
cogote en un mundo unipolar. Hoy, cuando miro el mundo no tengo
alternativas.
Y los compañeros no se plantean que la vieja lucha, que los
viejos principios son los mismos, pero que, en definitiva, el no
pago de la deuda es empezar por no seguir endeudándose; y
segundo, empezar a entender que no se puede vivir de prestado.
Que en el camino de la deuda, hay una parte que es
responsabilidad nuestra, y no seguir mintiéndonos a nosotros
mismos.
Y que no puede Marta Harnecker plantear a los compañeros en el
Paraninfo por qué no hacen esto y lo otro, por qué no discuten;
y los compañeros, inocentemente le contestan: "porque no tenemos
tiempo", y les dice: "dejen la tarjeta de crédito, y verán que
tienen tiempo" y uno se pregunta ¿vos, dejaste la tarjeta?
Compañeros, ¿por qué los proletarios critican tanto a los
pequeños burgueses, pero todos quieren vivir como el pequeño
burgués? ¿Por qué lo critican tanto, si en el fondo es más de lo
mismo?
Entonces compañeros, creo que necesitamos revisar todas nuestras
categorías también. Pero cuidado, no en el marco de sentarse en
el Sportman, y criticar, sino comprometidos con la vida. Y como
decía el Ñato, estamos entrando en el tiempo del bastón, sí. Ya
no peleamos por nosotros. Ya no peleamos para ver el desfile
triunfal. Estamos peleando por sembrar semillas. Porque cuanto
más veteranos, más pacientes. Esta lucha no es para "apuraditos".
Esta lucha es para consecuentes. Esta lucha no termina acá, este
mundo no va a continuar indefinidamente como es hoy. Porque este
mundo lleva en su maleta contradicciones explosivas. Este mundo
unipolar en cualquier momento podrá ser otra cosa. Y creo en las
ideas fundamentales –porque de lo contrario sería no creer en la
vida—pero hay que tener la audacia de revisarlo todo.
Si se pierde el camino al corazón de las masas, todo lo demás es
mera filosofía militante de boliche. Y para que el pueblo, que
es el único elemento que da fuerzas, nos pueda acompañar, hay
que entender que está construido con la figura de Sancho y
quiere resultados presumibles. No piensa en el cuerno de la
abundancia. Pero piensa en la seguridad mínima material para
seguir tirando. Y esto tiene una parte de reforma y una parte de
revolución y no hay revolución, si no la hay en el campo del
pensamiento. Pero para darse eso, hay mucho que sembrar: una
ética, porque la ética es también un valor económico, y es un
valor fundamental.
Pero yo no estoy hablando de programas partidarios --jamás he
visto un programa de los que redactan los partidos, que le
recomiende a su gente que sea podrida, o que sea vendida,
etc.--, no estoy hablando de catálogos de buenas intenciones.
No, yo no me refiero a la ética que se declara. Me refiero a la
ética que se practica en la forma de vivir todos los días. No se
puede ser tan exigente, tan crítico como algunos compañeros de
izquierda, feroces criticadores del todo, y no tienen la ética
intelectual de revisarse a sí mismos. Duchos en criticar todo lo
demás, flojos consigo mismos. No lo digo para ofender, lo digo
para provocarlos, porque si una cosa distinta tiene que tener la
izquierda, más allá de las ideas, es el compromiso de una ética.
Una futura burocracia política de confianza que deje el cuero en
la cancha, y que sea la más barata de América Latina. No va a
resolver ni por asomo con eso la penuria del pueblo uruguayo,
pero tiene que dar una lección de ética. Tiene que demostrar que
no se está en la izquierda atrás de la carrera de acumular plata,
que eso puede ser hasta entendible y atendible en las filas del
pueblo, pero no en la burocracia de confianza política de un
proyecto de cambio en el camino de la izquierda.
Y esto hay que entenderlo, porque hay que ganarse autoridad
moral, profunda autoridad moral para poderles parar el carro a
los de derecha, a los de izquierda, y al que sea; frente a los
corporativismos, frente al afán de reparto, frente a los
naturales egoísmos que florecen en una sociedad. Hay que tener
autoridad moral, y para tenerla hay que trabajar el doble de lo
que nos exigen, y ganar la cuarta parte. Ser austeros, sencillos
y comprometidos a ojos vistas. Que la gente te critique por
viejo roñoso y tacaño --lo que quieran—pero que se den cuenta
que un gobierno de izquierda tiene que ser como un padre duro en
esta coyuntura, porque también tenemos que reponernos como
pueblo. Ningún pueblo va a salir adelante si no acumula trabajo,
si no reparte el fruto de un trabajo real, y sobre todo cuando
hay que tapar en lo inmediato la brecha social, no de los que
tienen algún trabajo, de la brecha social de los que no tienen
nada. Y esos deben estar primero.
Pero primero no para vivir "de lástima", hay que encontrar los
medios de generar laburo en un país productivo.
La izquierda no puede ser un organizador de la lástima. Y eso,
cortada la capacidad de crédito, fundido hacia el exterior, y
hacia el interior (nueve mil y pico de millones de dólares). La
deuda interna debe salir del buen uso de los recursos.
Obligatoriamente hay que ser machete hasta con los vintenes,
porque hay que privilegiar las formas de inversión para generar
trabajo real, efectivo, que aunque sea de baja productividad,
empiece a generar valor. Porque el mayor despilfarro de una
sociedad es tener tantas manos inactivas, sin trabajo. No
podemos desafiar al monstruo; tendremos que ir "chiroleando"
nuestro endeudamiento externo, pero no aumentarlo. Y si mañana
algún rottwailer de la región sale de pecho levantado a poner a
nuestro cuzquito a rueda, no salir regalado, como el antiguo
perejil de feria.
Hay que ser además astuto, ladino, por lo que estamos peleando.
Hay que invertir una fortuna en la cabeza de nuestros gurises, y
crear condiciones para retenerlos. Pero para eso hay que darle
motivaciones a la sociedad. Si el Frente va a luchar por el
gobierno, tiene que luchar para poner las piedras fundamentales
de estas cosas. Y entender que este tipo de cosas no deben ser
propiedad de la izquierda. Deben transformarse en un capital
colectivo de la nación.
No habremos de llegar a ningún paraíso. No nos espera ningún
paraíso, sobre todo a los viejos, sino salir del infierno, y
cultivar la esperanza, que es una cosa distinta.
Entonces compañeros, estos son los homenajes al viejo luchador.
Apenas he redondeado como he podido algunas de estas cosas, que
en el futuro seguiremos mascullando.
Un futuro programa de un futuro gobierno popular que llegue,
tiene que aprender de sus fallas, de sus propias derrotas; la
esperanza se recauchuta en los primeros 150 días de gobierno, o
se pierde el partido. No es que en 150 días se pueda cambiar la
realidad. Es que hay que darle un shock de esperanza a este
pueblo. Los pueblos soportan, tienen una terrible capacidad de
soportar. Pero los pueblos necesitan ver luz en el horizonte.
Tener esperanzas en el horizonte, construir los caminos de un
tiempo mejor.
Como los pueblos, que cuando salen de las guerras colosales las
mujeres paren hijos, y no se sabe por qué hay tanto amor. En los
pueblos que están heridos por la guerra es que, tal vez, la
gente, en el medio del desastre y del dolor, se deja de pavadas
y se da cuenta que no hay nada más importante que el amor.
Nosotros necesitamos eso, una comunicación con nuestra sociedad,
para que aunque salgamos rotosos, salgamos con ganas a la cancha
de la vida. Porque estamos creyendo en algo, y ese es el sentido
de tanta lucha. La lucha por la existencia de una pequeña nación
en una esquina importante de América Latina. Porque después de
la izquierda, ¿qué le queda al pueblo uruguayo? La izquierda no
puede fallar por serlo, pero no puede fallar por nación. Debe
darle un contenido a nuestro pueblo, aunque seamos de cuarta
división tenemos que jugar un partido de primera. Porque después
de eso, si fracasamos: el nihilismo.
Y no podemos entrar como lo hicimos en la Intendencia,
conciliando con nuestras propias chaturas, enredados en nuestro
propio intelectualismo, dejándonos cercar por corporativismos de
afuera, de adentro, del costado. Y entender que hay que poner el
alma en la cancha, con una voluntad de servicio, porque llegar
al gobierno es lo de menos, el quid de la cuestión es ganarse la
gente. No hay nada asegurado si no está asegurado en el corazón
de la gente. Y para eso hay que ser bueno, y derecho, y jugarse.
Ese es, queridos compañeros, el mayor homenaje al Bebe. También
al Marciano, que se nos fue en estos días, que se bancó de
secretario de finanzas, peleando los pesitos, en los años de
soledad en que quedábamos pocos en esta casa. Y muchos nos
criticaban de afuera, y peleamos contra la soledad de afuera y
la soledad de adentro con un puñado de héroes. Y fue tan duro,
más duro tal vez, que los años de cana.
Y varias veces nos dieron por muertos. Hace 40 años que nos
están pronosticando la muerte. Si tendremos capacidad de revivir,
y vamos a revivir. Hay muchos Bebe caminando por la calle, y
todavía no lo saben. Nuestra apuesta es hacia las nuevas
generaciones, pero sin darles un dogma, sin verdades reveladas,
con la amplitud de nuestra cabeza y consecuencia en la vida. Un
tremendo amor a la vida, un camino de austeridad, sin ofensa,
sin control para nadie, pero sintiéndonos una partecita de
cambio.
Porque al final, la prolongación de nuestra vida es la
prolongación de la lucha del pueblo, y la lucha del pueblo
necesita muchos hijos, miles de hijos, miles de nietos que
levanten las banderas de esperanza allí donde los hombres y las
mujeres aflojan por el dolor y por el peso de la vida, y dando
siempre gracias a la vida que nos ha regalado tanto.