autogestión vecinal

A r t i g a s
el resplandor desconocido
(ensayo histórico)
© GONZALO ABELLA

Anexo al Capítulo II

La vejez fecunda

     I - LA DERROTA

     El criollo guaraní Francisco de los Santos se alejó al galope. Llevaba los últimos dineros de la Liga Federal para los presos políticos en Río de Janeiro.

     Un grupo de hombres y mujeres, a caballo y con lanzas, contemplaba en silencio al jinete que se alejaba. Corría el año de 1820.

     Artigas abrazó uno por uno a los que se quedaban. Después dio la espalda al amplísimo territorio de sus sueños y cruzó el gran Paraná por el Paso de Itapúa. Su meta era Asunción.

     Lanceros y lanceras afroamericanos lo acompañaban. Al frente iban el joven Ledesma y el veterano sabio Joaquín Lencina, el legendario Ansina. Ahora iban escoltados por un destacamento paraguayo.

     También había vadeado el Paso con ellos un reducido grupo de gauchos guaraní-hablantes.

     Los charrúas en cambio, quedaron en la margen izquierda del Paraná. Esperaron el regreso de Artigas hasta que fueron masacrados en 1831. Después se mimetizaron como familias paisanas en Tacuarembó o se dispersaron por algunas provincias argentinas, donde hasta hoy sus descendientes sobreviven en silenciosa espera.

     II - ARTIGAS, EL DE SIEMPRE

     Desde el convento asunceno de La Merced, Artigas solicitó en vano una estrevista con el Dr. Francia.

     El Supremo Gobernador del Paraguay coincidía con Artigas en la búsqueda de un desarrollo independiente y con justicia social; pero rechazaba la "soberanía particular de los pueblos" pues su modelo era centralista y autoritario.

     Finalmente Artigas es enviado a Curuguaty, en el lejano Norte yerbatero. Los lanceros afroorientales en cambio reciben tierras en las proximidades de Asución, parajes hoy llamados Camba Cuá y Laurelty, donde siembran y crían ganado lechero, manteniendo su comunidad y su cultura.

     En Curuguaty Artigas construye su casa de piedra y barro alejada del núcleo poblacional, como era su costumbre. Podemos imaginarlo fuerte aún, trabajando la tierra con indómita energía, jineteando con destreza o recorriendo ranchos junto a su perro "Charrúa", siendo bienvenido entre los adultos por su sabiduría, su capacidad de oír y de explicar, y su fama milagrera; y siendo igualmente bievenido entre "lo mitâ'i" por sus cuentos fascinantes. Tenía una particular afinidad con los niños.

     Un viajero lo sorprende traduciendo la Biblia al guaraní para un grupo de pequeños que lo oían absortos. Era el libro del Exodo del Viejo Testamento. "Los niños americanos tienen que saber que se puede elegir entre el cautiverio y el desierto", comentó al viajero.

     III - VITALIDAD HASTA EL FIN

     Se conserva el relato pormenorizado de su último cumpleaños. Ya vivía en las proximidades de Asunción (hoy Solar de Artigas junto al Botánico) y volvía a ser una persona consultada y respetada por las autoridades asuncenas, siendo atendido con esmero en sus austeras solicitudes.

     Fue el 19 de junio de 1850. Almorzó con el Presidente Carlos Antonio López y su familia, y luego montó al "Morito" para su paseo favorito: la orilla del Río Paraguay. Lo acompañaron en la cabalgata Francisco Solano, el hijo del presidente, y López Chico, hijo natural de Francisco Solano. López Chico era por entonces un apenas un mita'i que llamaba "abuelo" a Artigas.

     Las aguas viajeras del Río llevaban los sueños de Artigas hacia la cuenca platense, donde gobernaban los enemigos de siempre pero donde aún lo esperaba su gente iletrada y descalza.

     IV - AÑOS TURBULENTOS

     Pero antes de estos agasajos vivió la lejanía de Curuguaty, que fue como siempre la cercanía a los hijos de la tierra. Y recibió en su casa a los mbya guaraní, aunque estaban enfrentados al Gobierno que le brindaba asilo.

     En 1840 muere Francia y Artigas y Ansina son encadenados. Pero cuando finalmente se consolida el Consulado Artigas y Ansina son liberados y ya bajo la presidencia de Carlos Antonio López Artigas es invitado a volver a Asunción como asesor de Defensa.

     Era justicia: durante 20 años Artigas estaba advirtiendo a sus amigos paraguayos que debían prepararse para defender su soberanía. Desde 1820, cuando había sido derrotada la Patria Gaucha, Artigas comprendió que más tarde o más temprano los "malos europeos" envolverían a los "peores americanos" en lo que fue finalmente la Triple Alianza genocida

     V - OTRA VEZ AL SUR

     En 1844, una carreta va a Curuguaty en busca de Artigas. Este acepta trasladarse pero no vivir en Asunción.

     Lágrimas y abrazos cuando los dos viejos orientales dicen adiós a su hogar de 25 años. La carreta desanda el selvático camino al Sur y al tercer día hace un alto en CambaCuá.

     Los afroorientales ya están informados. Lo reciben en formación, como en los viejos tiempos. Ansina aviva el recuerdo: "este peleó con vos en Tacuarembó, che Pepe, ¿te acordás? Y esta otra, ahora de motas blancas, era aquella moza que fue un león en Paso del Rey..."

     Artigas los abrazaba en silencio. Niños y jóvenes de Camba Cuá contemplaban por primera vez a aquel hombre-leyenda, aquel anciano bajo cuya conducción espiritual y moral sus padres y abuelos habían combatido en las lejanas playas uruguayas, y habían reconquistado su libertad, cerca del mar océano por donde sus antepasados habían llegado encadenados.

     La carreta siguió hacia Manorá, donde Ansina y Artigas se alojaron provisoriamente mientras otras manos construían una casita en Yvyray, cerca del frondoso yvyra-pyta.

     En Yvyray estaba la casa de veraneo de los López. Los últimos años de Artigas fueron de nostalgia mezclada con felicidad. Para cualqier anciano, alejado además de su entorno natal, es importante sentirse querido.

     VI - LA HISTORIA SIN FIN

     Artigas había muerto, y Ansina también, cuando llega la guerra anunciada.

     Francisco Solano López era Presidente y resistió hasta el final.

     Cae Asunción y la Triple Alianza comienza el genocidio que desgraciadamente Europa aplaude y apoya.

     La inmensa mayoría de la población adulta paraguaya muere en la defensa. Horrorizan los números y la obsesión degolladora de los invasores, con consignas claras de aniquilar todo hálito de vida.

     Francisco Solano hace su nueva capital en Curuguaty; le recuerda a los indígenas su amistad con el Overava Karaí y recibe su apoyo. Cuando el ejército brasileño pone sitio a la localidad, los mismos indígenas le ayudan a burlar el cerco y escabullirse por un trillo secreto de la selva, trillo que aún hoy se usa y es conocido desde entonces como "Lóperapé" (el camino de López). Entran los brasileños y arrasan el pueblo, queman sus documentos y dinamitan la casa que había sido de Artigas. Sabían lo que hacían.

     El mariscal López, finalmente, con un puñado de héroes y heroínas, es acorralado y muere en Cerro Corá.

     Defendiendo su cadáver cae gravemente herido un negrito de trece años. Es el sargento Cándido Silva, de CambaCuá, hijo de lancero y lancera orientales, que sobrevivirá a sus heridas milagrosamente.

     Su sangre es parte del torrente que brota de los últimos defensores del Paraguay independiente.

     El aliento de Artigas y su gente continuaba presente en la historia inconclusa del continente mestizo.

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