Terapeutas, ciudadanos, criminales y creyentes
Christian Ferrer
En altas mansardas, en sótanos sombríos, en clubes aristocráticos o en los inestables bergantines oníricos que atracan en las cloacas de nuestra vigilia; pero también en el último pensamiento de una cabeza guillotinada súbitamente disuelto en una estéril humareda, o en la calavera usada como pisapapeles para el texto fundacional de cualquier Estado, y en la fuga alucinada de los que huyen de sus padres o en la justificación incontestable que vislumbramos en un brevísimo ademán del malo de la película.
Numerosos son los gestos y lugares en los que se cría la impugnación radical al poderoso de turno o al vocabulario de moda, buen tono de la época. Pues ciudadanos cuyas opiniones suenan como un falso acorde en la orquesta colectiva no han escaseado en los últimos siglos. Iracundos o melancólicos, excéntricos o misántropos, nutren esa epopeya de sombras de la que no suele enorgullecerse ninguna ciudad, quizá porque las personas demasiado sociables (la mayoría, por otra parte) carecen de la experiencia necesaria para comprender a estas mónadas feroces. Dandis bizarros, suelen refugiarse en barriadas poco recomendables de la imaginación o en recovecos semiolvidados por el aparato estatal. En tabernas, también.
"Los libres"
Hacia 1845, un puñado de disidentes destinados a la fama se reunían en el número 95 de la Friedrichstrasse, en la taberna de Jacob Hippel. En el salón de fumadores conversaban el Sr. Marx, el Sr. Engels, el Sr. Bauer y algunos otros cortados por la misma tijera. Se llamaban a sí mismos "Los Libres" aunque el agudo sentido gregario de los vecinos insistiera en etiquetarlos como "los raros".
Excéntrico entre los excéntricos, un tal Max Stirner pergeñaba silenciosamente una obra singular: El Unico y su Propiedad. No perdemos nada si rememoramos algunas de las advertencias de este pionero, quien sospechó la inmensa magnitud de poder que se oculta en un cuerpo. Honor señalado, el Estado alemán no le ha concedido estatua o busto en lugar alguno.
Este curioso individualista, teólogo negativo, furioso y lúcido solipsista, de cuya existencia ni siquiera podemos estar demasiado seguros, escribió estas sencillas y contundentes palabras: "Si muero, la sociedad sigue euidor y las costumbres de su jauría. Tampoco se ha modificado sustancialmente la altiva fratría, esa tremebunda aunque entrañable cofradía a la cual el muy culpable concepto "autonomía" le adeuda el amparo ofrecido a su culto incierto y frágil. Max Stirner inaugura uno de sus linajes modernos aunque la heráldica seguramente lo remontaría a una tribu de apóstatas de antigua prosapia. Un "aire de familia" vincula a Diógenes de Sínope, Epicuro, Sade, Voltaire, Nietzsche, Guyau. Quizá a Fernando Savater también. Aunque este último, en plan exclusivamente razonable, como luego veremos.
Pero ¿por qué mencionar esta aparente obviedad, la de contar el cuerpo a beneficio de inventario personal? ¿qué hay en los cuerpos que amerite tanta terapéutica y tutoría? ¿por qué, siendo puro deseo, vegeta impropiamente, públicamente colmado de derechos y obligaciones? Quizá la siempre bien ponderada y siempre mal permitida pretensión de libertad deba responder al interrogatorio previo. Doble de cuerpo, él es en sí mismo el criminal y el cuerpo del delito. En fin, lo que ha estado en discusión, en relación a la pretensión de liberad, es el soporte personal de la acción autónoma. Para los filósofos ilustrados, la "conciencia reflexiva"; para los pensadores románticos, la "educación estética de las sensibilidades"; para los forzudos de la voluntad, las "puldiones" o "fuerzas activas" que procuran arrimarse a puertos emocionantes.
Analicémoslas: La conciencia es, sin duda, alhaja de gran valor. A ella engárzanse las ideas emancipatorias. Pero puede, también, ser presa fácil del poderoso caballero de turno aspirante al así llamado "bien común". Los sentidos constituyen sensores perceptivos de inigualable eficacia. Pero saben vibrar salvajemente cuando el latido del infierno bate el parche de piel. La voluntad es, mejor que cualquier otro atributo humano, el sostén por excelencia de la acción libre. Pero la blitzkrieg inocente de este incesante remero puede desbaratar trágicamente la brújula de la conciencia. Filosofía de la conciencia, pedagogía poética de las sensibilidades y ética de la voluntad podrían forjar un proyecto emancipador de una envergadura que hoy apenas podrían forjar un proyecto emancipador de una envergadura que hoy apenas somos capaces de imaginar. Lamentablemente, este trío poderoso ha tatuado en el pentagrama del cuerpo una sinfonía siempre inconclusa.
Lo que puede un cuerpo
"Nadie sabe lo que puede un cuerpo", escribe Fernando Savater. Y esto, uno sobre todos, lo sabe el Estado. Que, aunque meta miedo, también teme a sus súbditos. Desde tiempos casi inmemoriales, poco y nada han cambiado las faenas estatales: prontuariar, clasificar, juzgar, ordenar el catastro, instituir identidades, registrar nacimientos, cincelar lápidas, castigar el desacato, en fin, administrar un territorio. Savater nos advierte que a esta rutina burocrática se añaden ahora diagnósticos médicos. El Estado guarda la porra en su funda mientras se inviste con barbijo y atavíos de enfermero. Podemos agregar que de sus bolsillos sobresalen también gigantescas antenas parabólicas, misiles ultramarinos "inteligentes" y pantallas de variados formatos y colores. Nos hallamos frente a una demostración de fuerza que amilanaría al propio Schwarzeneger. ¿Tanto pueden los cuerpos como para volverse dignos de semejantes disuasivos? En un cuerpo rondan sustancias tempestuosas, ígneas, oníricas, felinas, y sus respectivas alquimias.
Cuando estos elementos se agitan se nos revela el sentido de un proyecto vital, aunque en ese campo de lidia se incuben tanto la tragedia como el éxtasis. Por el contrario, al modelo de personalidad preferido por todos los Estados le son ajenos el riesgo, el trance, la revelación. Hay quien opta por experimentar con los elementos y hay quien prefiere humillarlos. El aprendiz de brujo no puede aspirar a no chamuscarse, al menos, los dedos. El resentido le concede a la tecnología la misión de asombrarlo con prodigiosos instrumentos de cuerda. Más allá, pacientes verdugos, nos esperan la carrera profesional, el matrimonio y el trabajo productivo y el tedioso modelo de salud anímica que se desprende de estas tres instituciones. Que no se malentiendan mis palabras: no se trata de buscar El Dorado o el País de Jauja en el manantial de las emociones sino de localizar la marmita de la cual evapóranse los fluidos libidinales y espirituales que constituyen el impulso de la acción, esa mínima certeza de la teoría sociológica. Del énfasis con que se pigmente uno u otro modelo de vida depende el modo en que se regirán nuestros días y noches. El gris penumbroso o el rojo vibrante se deciden en cada acción, en cada opción. Y las consecuencias políticas que se siguen no son tampoco fáciles de sostener con el cuerpo: la representación "de intereses" o la actuación protagónica. Por otra parte, tampoco sabemos todavía lo que puede una conciencia poderosa, ni la experiencia vital jerárquicamente superior que ella misma sabría orientar.
Fernando Savater nos dice que la acción es culpable. Por mucho menos se pierden los paraísos. Y no existen fáciles utopías sustitutas que nos rediman. Ya se sabe que el paraíso es un don, y el proyecto político apenas un logro para el cual es preciso transpirar. Graves y agudas leyes emite el Estado a fin de ceñir los cuerpos y los desplazamientos tribales. Pero la historia, eterna saltimbanqui, echa todo a perder. Trastoca el silabeo del Verbo y esparce imprudentemente a los hombres sobre las cartografías que delimitan jurisdicciones ciertas. Inmovilizados a un pupitre siempre renovado, los tercos cimarrones forcejean aún despreciando la ira de los cielos. Y si bien el cielo no está hoy tan lejos, no cualquiera sube por el ascensor que nos lleva a los barrios bien de la ciudad. Dios, Rey, Estado, Mercado, han amonestado sucesivamente a las breves criaturas que a veces, pocas veces ansían intentar el camino menos transitado.
El proyecto de autonomía humano, replica Savater, se sostiene sobre dos fundamentos: la pretensión a la acción más libre imaginable y la pretensión a vivir placenteramente, reduciendo los latigazos del dolor, castigo que sobreabunda en el mundo. ¿Es mucho pedir? Es mucho pedir, indudablemente. Porque la ilustración también tiene sus fines, sus confines y confinamientos. En sus instituciones, en sus frontispicios, leemos edificantes preámbulos constitucionales, pero la máquina de escribir que la redactó fue aceitada con sangre humana. Quizá la razón, la ética, la ilustración, Kant y la mar en coche no tengan la culpa. Los pronombres personales tampoco. ¿Por qué seguir pagando externas deudas al nuevo "Orden ético mundial"?
Y sin embargo, Savater impugna la "razón terapéutica" de Estado. Voltaire le presta algo de su talante, Epicuro le masajea los músculos, Nietzsche respira en sus pulmones, Spinoza -bondadoso- y Schopenhauer -desdeñoso- tironean desacompasadamente, sístole y diástole, en su corazón. Aparentemente, el Médico de cabecera no la tendrá fácil.
El Estado, con variaciones
Se imponen una serie de dudas. Estas nuevas facetas del Estado aparentan distinguirlo de formas genéticas que lo antecedieron (el Estado legitimado por derecho divino, el Estado represor, el Estado keynesiano, el Estado totalitario); pero, ¿constituyen verdaderamente una variación novedosa en la biografía de la dominación estatal? ¿se trata de funciones "perversas" no contempladas en el programa moderno del Estado? ¿atributos inesenciales, accidentes, hidropesía extirpable, prótesis prescindibles? Cabe sospechar que, de una forma u otra, el Estado siempre ha sido terapéutico. A veces, cirujano, a veces psiquiatra o psicoanalista, otras veces, dietista y cameraman, pero jamás ha olvidado que alma y cuerpo se intersectan en un apareamiento probablemente inconveniente, seguramente inquietante. En una mano, el examen rinoscópico, en la otra, el bastón policial -no los platillos de la justiciera balanza ni los "derechos del hombre" redactados con sus correspondientes mayúsculas-: el alma estatal ha sido alquilada por Gengis Khan para toda la eternidad. Antes afilaba la espada, hoy aporrea suavemente el teclado de una computadora. Sus shamanes se prueban nuevos sombreros, pero todos calzan a la perfección.
La estructura misma del Estado exige una naturaleza humana atemorizada, desarmada, con movimientos de cardumen. El rebaño es la única especie animal que le es grata. Ni el gato impávido y desairante, ni el cóndor altivo y solitario, ni el niño zambulléndose en su intemporalidad placentera. En todo Estado -llámese democrático o filantrópico, fascista o liberal, integrista o minimalista- bulle una santa cólera contra quienes, desertando de filas, calibran el grado de tolerancia estatal o social ante pensamientos innovativos o formas de vida antípodas. Sea el uppercut del nihilista, el shock del dada, el ensimismamiento del místico, el libre pensar del hombre libre, la jacquerie inesperada y feroz, a todos clasifica por igual entre los aguafiestas. Por ello, en política, optar por este o aquel censor, como ya sugería Paul Valery, es una cuestión de gustos.
Nuevamente, no quisiera que se me mal entienda: aquí no se realiza una crítica "moral" al Estado, al estilo anarcoliberal o humanista ilustrado. Más bien, se trata de llamar la atención sobre ese "punto ciego" de la política, la jerarquía, convenientemente soslayado por casi todas las políticas y pedagogías que se reclaman emancipadoras.
Por supuesto, nada impide postular que la modernidad haya sido una época de inclusión de sujetos hablantes y de cuerpos deseantes en el interior de procesos crecientes de democratización. Algunos franceses, cierto japonés y no pocos norteamericanos pondrían la mano en el fuego por ello. Nada impide tampoco postular la tesis contraria, a saber, que la sociedad funciona y existe porque algunas voces y algunos deseos son amordazados y enviados al ostracismo. Sin duda, puede sostenerse también que el disenso debería constituirse en una actitud a ser contemplada al interior de un derecho común y cuya función sería la de forzar el progreso social instituyendo "novedosas" significaciones colectivas.
Pero el problema crucial comienza cuando el disenso amenaza a las bases mismas de sustentación del "derecho común". Al Estado nunca le han interesado estos bonitos banquetes lingüísticos de filósofos y moralistas. Sabe que en la tinta con que se redactaron las reglas de juego que gobiernan los espacios jurídicos y políticos se ha deslizado no poca sangre -que aún brilla para quienes no toman la letra al pie de sí misma-, y que el Estado de Derecho debe revertirse, si así cuadrara, en Derecho del Estado. Pues el Estado se funda sobre un principio de soberanía jerárquico que está presente en casi toda institución social. Es un modo de organizar el territorio, la gramática, el cuerpo, que no es instrumento exclusivo del "aparato estatal".
En nuestro país, Argentina, donde una buena parte de la discusión política durante los dos últimos años se ha ordenado alrededor del dueto privatización-estatización, conviene recordar que teléfonos y aviones son detalles insignificantes para ese principio jerárquico al lado de sus máximos imperativos históricos: regular la autodeterminación conciente, combatir la responsabilidad personal con el cuerpo.
Se que no es grata esta apreciación del Estado, mucho más en un país en el cual políticos, intelectuales y periodistas se han desvivido por santificarlo, comenzando por los liberales, a quienes les encantaría un Estado con menos empresas y más presos. Si elogiamos la libertad, necesariamente celebramos a nuestros semejantes.
Pero el Estado carece de amigos, solo tiene intereses permanentes. Los humanos le conciernen en tanto datos censales, objeto de políticas públicas. Sería quizás más servicial y provechoso proponer soluciones, criticar los excesos, no abusar de los aspectos negativos pero, en fin, la crítica no fue inventada para que nos reconciliemos sino para destruir la fuente de la iniquidad hasta sus mismas raíces. Podría reclamársele una utopía de recambio o soluciones organizacionales alternativas a esta vieja invención humana llamada Estado.
Como se sabe, este tipo de perspectivas radicales, románticas o anárquicas no han gozado de buena prensa en los 80: más allá de su buena fe, suelen dejar tras de sí una ristra de variados misántropos y escépticos, pelmazos de la antijerarquía, o fomentan el crecimiento de misticismos romanticoides. No puedo recomendar itinerarios mejores, pues a nadie aconsejaría seguir los míos. En todo caso, no se trata de elegir entre la ilustración, de un lado, y el heideggerianismo foucaltiano, del otro. Integrismos hay en todas partes. Las mentes alertas son solo eso: mentes alertas, y su única misión consiste en no justificar al prepotente, en desconfiar de los universalismos -aún de los que nos gustan-, en combatir la vanagloria del propio pensamiento.
Los humanos sirven
Basta leer algunas obras de Fernando Savater y se nos hace difícil la armonización entre su ideal de la "ética como amor propio" con la existencia, no ya del Estado Terapéutico, sino de casi cualquier institución organizada jerárquicamente. ¿Sobre qué modelo de sociabilidad y de organización política, entonces, puede imaginarse la realización de este proyecto de vida pensado a medida humana? Max Stirner había propuesto una sociedad fundada sobre la acción de ego-istas que evolucionaba a través de la tensión creada por los equilibrios de poder. Nietzsche pudo haber pensado algo semejante. Y los libertarios de toda laya han privilegiado la primacía del criterio individual sobre las necesidades colectivas.
Max Stirner nos restituye al lugar desde el cual Thomas Hobbes comenzó a malpensar el vínculo problemático que une a cada humano con la sociedad. Stirner, como tantos otros ex-céntricos, pretende fundamentar una sociedad en el mismísimo Estado de Naturaleza del cual Hobbes huía. Antes del Estado, nos dice Hobbes, la lucha cuerpo a cuerpo y sin cuartel. Después del Estado, retruca Marx, la epifanía de los oprimidos en una nueva parusía. Desdeñando ambos modelos de la filosofía política, Stirner destaca la importancia de toda costumbre colectiva aún no tamizada por el principio de jerarquía. Ni antes ni después, entonces, sino todo lo contrario: afuera del Estado.
Pero los seres humanos nos sabemos materia destruible. Titubeamos entonces ante la creación de nuevas formas. La ampliación de la autonomía siempre ha implicado desovillar la madeja lingüística que teje un corset para los pulmones. Pues la extrema sensibilidad para el sufrimiento, el miedo, la presencia cotidiana de la muerte ofician a modo de advertencia. El Estado, las Empresas y el geronte polaco hacen un buen negocio fomentando estas lacras humanas. En fin, que humano escaldado siempre huye del policía caliente. Pero si se mira bien, descubriremos que todas las invenciones placenteras: la amistad, el humor, el amor, el juego, el erotismo. Allí hallamos la respuesta a la observación de Savater a su hijo Amador en su último libro: no sabemos para qué sirven los seres humanos. Abortos de la naturaleza, seres ineficaces, muñones del cuerpo que podría ser, ellos están condenados al suicidio o a la libertad, pero no a las cadenas del galeote o al prontuario laboral.
Para fomentar su filosofía de los valores Fernando Savater prefiere la sensata compañía de Kant a los berrinches malhumorados de un Nietzsche. Uno nos conduce hacia marcos jurídicos, el otro hacia mares abiertos de consistencia estética. Quizá por ello Savater desconfía moderadamente de las figuras del maldito, del nihilista, del creyente, del anarquista y se halla a gusto en las cercanías del ciudadano. Cabe sospechar, no obstante, que no son los ciudadanos los que alteran la forma instituida de la sociedad. Para semejante tarea se requiere una mezcla compleja de odio, asociabilidad, patología, piedad, imprudencia, osadía y afán de trascendencia, de la cual el ciudadano, por su constitución misma, carece. Por lo demás, como ya decía Hölderlin, los hombres solo son buenos cuando aman. ¿Habrá que darles versos de comer?
Lysander Spooner había propuesto en 1875 solucionar la cuestión del "vicio" analizándolo con las figuras de la dosificación mesurada y la responsabilidad personal. Pues no existe un problema metafísico que sería esencial al acto que la mayoría y los Estados llaman irresponsablemente "vicio". ¿Cuántos vicios caben en un cuerpo potenciado? En fin, ¿qué tipo de religiosidad -con perdón del concepto- exigiría una salud anímica más vigorosa, una virtud que sea ella misma placer, como exige Savater? ¿Qué cultos habrá que inventar: sacralidades paganas, rituales panteístas, intimidades ilustradas, fervores románticos? No son preguntas retóricas.
El tratamiento terapéutico a que se ven forzados millones de personas contra su voluntad es solo uno de los síntomas que nos informan sobre un futuro posiblemente ominoso. Cabe mencionar también a los prodigios taumatúrgicos forjados por la experimentación biotecnológica y la notoria alucinación colectiva inducida por la desmedida exposición a los rayos catódicos. Otro es el zodiaco que rige el destino contemporáneo: la apatía moral, la batería de supermercado y el desprecio sádico por la suerte del semejante son algunos de sus signos. Son buenos cimientos para Gulags o Auschwitzes. Esta condición espiritual magnífica los riesgos que corren el disidente y el sufriente. Lo que vuelve indigna y odiosa a la jerarquía es su pretensión de disciplinar por el dolor a las criaturas definitivamente olvidadas por Dios. De ello no puede salir sino un cuerpo contrahecho a imagen y semejanza del Estado. No se trata entonces de privatizarlo sino de privarlo de toda capacidad de control sobre la incesante odisea de ese sujeto humano todo deseo.
Fernando Savater nos propone reconocer la realidad innegable del cuerpo, el amor propio como fundamento de la acción ética, y al escepticismo tolerante e ilustrado como lazo social. Entre tanto postulado hay instituciones ocultas. Su explicación nos conduciría, probablemente, a paradojas que, sospecho, sólo pueden trascenderse -si poder pudiérase- con un manotazo. O no. Quién sabe. De lo que estoy seguro es que comprendemos mejor la esencia de la Ley disintiendo con ella, no confirmándola.
En fin, todas estas andanzas de adultos mal acaban. Quedémonos mejor con el niño, figura omnipresente en la obra de Savater desde muy temprano. A él le conciernen los mundos infinitos de la aventura y el juego, la experimentación pura con la gramática y con la vida. Nada sabe del Estado ni de las humillaciones que los adultos sufren por el pan y por el circo. Egoísta de tan escaso tamaño es capaz, sin embargo, de forjar sociedades perfectas instantáneamente. Las llama amistad y sus instituciones son la lealtad y la compañía placentera. Su prójimo no es aún su enemigo. Vivir gozosamente, eso es lo que pretende el niño: ¿acaso está equivocado?
| Convivencias Artículos publicados en esta serie: (I) La democracia como proyecto (Susana Mallo, Nº 126
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